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Eduardo Galeano, primer
Ciudadano ilustre del Mercosur
Con el salón de actos del edificio
del Mercosur el escritor uruguayo Eduardo Galeano
recibió el jueves 3 de junio pasado, la distinción
de
Primer Ciudadano Ilustre del
Mercosur
concedida por esta institución
multilateral por su papel de gran pensador,
ensayista e intelectual de la región.
"Galeano es una de esas figuras
cuya valía nadie discute", dijo el presidente de la
Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur,
Carlos Álvarez en las palabras de presentación de la
distinción a Galeano, agregando que por ejemplo, el
libro "Las venas abiertas de América Latina`, marcó
a toda una generación", la de aquellos que
actualmente ocupan muchos de los gobiernos
latinoamericanos.
En el acto se leyeron saludos de los
presidentes de Brasil, Chile, Bolivia, Venezuela y
Argentina reconociendo la trayectoria y el valor de
la obra del el autor de los "Espejos". Viajó
especialmente para participar del homenaje el
recientemente electo presidente de Paraguay Fernando
Lugo. Participaron del acto intelectuales, artistas
y parlamentarios uruguayos y numeroso publico que en
varias oportunidades saludo con fuertes aplausos la
distinción del escritor nacido en 1940. No
participaron del acto el presidente Tabaré Vázquez y
la Ministra de Cultura María Simon,
lo que sorprendió a los
participantes.
Lo que sigue son las palabras de Galeano tomadas del
audio que recogió La ONDA digital de sus palabras
de agradecimiento
Gracias
a todos y gracias por venir, gracias por estar.
Gracias Daniel por tus palabras cariñosas. Chacho y
Tatín y todo lo que hicieron tantos compañeros de
aquí del MERCOSUR para cometer este acto de
irresponsabilidad que mucho agradezco, porque es
también un acto de generosidad. Y gracias, sobre
todo, a Fernando Lugo, que cometió un acto de
irresponsabilidad viniéndose especialmente y que no
tengo palabras para decirte todas las gracias que
mis gracias quieren decirte. Y gracias a los
míos, a los más cercanos, a mis jóvenes
colaboradores: Catalina, Felipe, Manuel. A Elena,
con la que hemos formado MERCOSUR de dos hace ya
unos cuantos años y que sin eso yo sería nada más
que la mitad de lo que soy.
Queridos todos.
Nuestra región es el reino de las paradojas. Brasil,
pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho,
el hombre más feo de Brasil, creó las más altas
hermosuras del arte de la época colonial.
Paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la
infancia por la miseria de la poliomielitis, nacido
para la desdicha, fue el jugador que más alegría
ofreció a toda la historia del fútbol. Y,
paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad
Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los
arquitectos y el más joven de los brasileños.
O pongamos el caso de
Bolivia. En 1978 cinco mujeres voltearon una
dictadura militar. Paradójicamente toda Bolivia se
burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre.
Y, paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando
con ellas hasta que la dictadura cayó. Yo había
conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila
Barrios en el pueblo minero de Llallagua. En una
asamblea de obreros de las minas, todos hombres,
ella se había alzado y había hecho callar a todos:
Quiero decirles estito- había dicho,
Nuestro enemigo no es el imperialismo, ni la
burguesía, ni la burocracia. Nuestro enemigo
principal es el miedo y lo llevamos adentro. Y,
años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. A
ella la habían echado de Bolivia y había marchado al
exilio con sus siete hijos. Domitila estaba muy
agradecida de la solidaridad de los suecos y les
admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, ¡tan
solitos que estaban!, ¡Bebiendo solos, comiendo
solos, hablando solos! Y les daba consejos: no
sean bobos, les decía, júntense, júntense.
Nosotros allá en Bolivia nos juntamos, aunque sea
para pelearnos, nos juntamos. ¡Y cuánta razón
tenía!
Porque, digo yo:
¿existen los dientes si no se juntan en la boca?
¿Existen los dedos si no se juntan en la mano?
¡Juntarnos! Y no sólo para defender el precio de
nuestros productos, sino también para defender el
valor de nuestros derechos. Bien juntos están,
aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas,
los pocos países ricos que ejercen la arrogancia
sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su
arrogancia come miedo.
Hace bien poquito,
pongamos por caso, Europa aprobó la ley que
convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja
de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido
el mundo, cierra la puerta en las narices de los
invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa
ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad,
que resultaría inexplicable si no estuviéramos
acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo
de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma
parte de una América Latina organizada para el
divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la
mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos
capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una
tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la
resignación y la soledad y que cada día nos enseña a
desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar
de crear.
Todo a lo largo de la
primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano
llamado Simón Rodríguez, anduvo por los caminos de
nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los
nuevos dueños del poder. Ustedes clamaba don
Simón ustedes, que tanto imitan a los europeos,
¿por qué no les imitan lo más importante, que es la
originalidad? Paradójicamente, era escuchado por
nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Y
paradójicamente, lo llamaban loco, el loco
Rodríguez, porque cometía la cordura de creer que
debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque
cometía la cordura de proponer una educación para
todos y una América para todos, y decía que al que
no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene,
cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de
dudar de la independencia de nuestros países recién
nacidos. No somos dueños de nosotros mismos -
decía. Somos independientes, pero no somos libres.
Quince años después de la muerte del loco
Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país
hispanoamericano de veras libre, fue paradójicamente
asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no
estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque
no debía un centavo a nadie, y no practicaba la
mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y
nos impone una economía de importación y una cultura
de impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra
feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen.
Según la más antigua de sus tradiciones, los
paraguayos habían nacido de la lengua que los
nombró, y entre las ruinas humeantes, sobrevivió esa
lengua sagrada, la lengua primera, la lengua
guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos
a la hora de la verdad, que es la hora del amor y
del humor. En guaraní, ñeé significa palabra y
también significa alma. Quien miente la palabra
traiciona el alma.
Si te doy mi palabra,
me doy.
Un siglo después de
la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio
su palabra, y se dió. Los aviones escupían bombas
sobre el palacio de gobierno, también ametrallado
por las tropas de tierra. Él había dicho: yo de
aquí no salgo vivo. En la historia
latinoamericana, es una frase frecuente. La han
pronunciado unos cuantos presidentes que después han
salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa
bala no mintió. La bala de Salvador Allende no
mintió. Paradójicamente, una de las principales
avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía 11
de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de
las Torres Gemelas de Nueva York. No, se llama así
en homenaje a los verdugos de la democracia en
Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me
atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No
sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de
llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la
dignidad de la democracia y a la dignidad de la
palabra?
Y, saltando la
cordillera, me pregunto; ¿por qué será que el Che
Guevara, el argentino más famoso de todos los
tiempos, el más universal de los latinoamericanos,
tiene la costumbre de seguir naciendo?.
Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más
lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de
todos. Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo
que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por
eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo
donde las palabras y los hechos muy rara vez se
encuentran, y cuando se encuentran no se saludan,
porque no se reconocen?
Los mapas del alma no
tienen fronteras y yo soy patriota de varias
patrias. Pero quiero culminar este viajecito por
las tierras de la región, evocando a un hombre
nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio,
pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan
peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no
pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera
subversiva, y tuvo que decorar con fechas y nombres
de batallas el mausoleo que erigió para ofender su
memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria
grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a
aceptar que la independencia de América fuera una
emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue
el verdadero primer ciudadano ilustre de esta
región, dedico esta distinción, que recibo en su
nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace ya algún
tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted
se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se
desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se
aleja flameando su poncho rotoso, al trote del
caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a
su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no
sabe, todavía, que se va para siempre. Se agrisa el
paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda
sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos
que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes
de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se
harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy
necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la
lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la
crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque
usted, don José, don José Artigas, general de los
sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
LA
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