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El tren de las
3:10 a Yuma
por José Luis Olascuaga

No necesito que me
apuren, para decir que El tren de las 3:10 a Yuma de
James Mangold, es una de las más punzantes alegorías
sobre el mundo de hoy, que bien puede representarse
como un lejano oeste si se lo resume en los
elementos que Mangold elige para su película. Y todo
a partir de la sencilla trama de un granjero que
tiene que trasladar a un bandido hasta una prisión
donde éste será ahorcado.
La elección no es
sencilla, porque el autor de esta película se
expresa a través de lo que ya han escrito y dirigido
otros y lo hace con lealtad hacia ellos. De
comienzo es leal a Elmore Leonard, el autor de la
novela en la que se basó el western homónimo de
Delmer Daves en 1959. La primera escena de aquel
western, el asalto a la diligencia, se convierte en
éste en una verdadera apertura del Leonard más
actual, Dinamita para empezar, y nos invita a creer
que estamos ante una película excelentemente
realizada.
Para seguir, está El
tren de las 3:10 a Yuma es una suma de fidelidades
al tratamiento del guión y a la dirección de aquella
versión primera, que ya apuntaba sin maniqueísmos un
mundo de relaciones económica y culturales que se
afectan mutuamente, con autoridades mediocres,
bandidos sagaces y el amor que todo lo puede cambiar
y con frecuencia, sorprendentemente.
Mangold construye una
parábola de sentido mas universal que la de los
hermanos Cohen en No hay lugar para los débiles.
La comparación viene al caso, porque se trata de dos
películas con muchísima acción, toneladas de sangre
y tiros y estrépito casi constantes. Pero El tren de
las 3:10 a Yuma sostiene perfectamente esa dinámica,
es totalmente verosímil y utiliza el western con
todos sus elementos propicios para referirse al
fondo humano de la violencia de una historia. Y de
la Historia con mayúscula. En Mangold sí hay una
denuncia del capitalismo salvaje como pretenden los
Cohen, según sus propias declaraciones, del film con
que ganaron el Oscar, donde no me parece apreciable.
Es curioso, en cuanto
al uso de la Historia, como Hollywood ha operado un
cambio de orientación casi impúdico en el relato del
lejano Oeste. Se dignifica el partido de los indios
y ya quedan pocos héroes positivos del lado de los
blancos. Es el caso de esta versión de El tren de
las 3:10 a Yuma, que menciona la crueldad de los
blancos hacia los indios como no lo hacía la
primera. En cambio Mangold mantiene de Daves el
trazo afeminado de Charlie, el segundo del jefe de
los bandidos, en una alusión que ya está en la
novela, que juega incluso con la guiñada de la suite
nupcial del hotel donde se alojan el jefe y el
granjero. Mangold agrega algún trazo en ese carácter
pero sin sobrecargar las tintas.
Mangold contó con un
elenco que necesariamente sería comparado con el Ben
Wade (el jefe de los bandidos) de Glenn Ford y el
Dan Evans (el granjero) de Van Heflin. Y ahí están
Russell Crowe y Christiam Bale. El primero sin la
dureza de fondo ni la picardía de Glen Ford (Crowe
apuesta demasiado a la seducción) y el segundo sin
deberle nada al notable Van Heflin. Un gran trabajo
de Bale.
Pero la versión de
Mangold tiene otros agregados a la película de Daves,
que la aproximan al cine de autor más que muchos
films de guión original. El protagonista de Mangold
es el hombre que ha quedado solo con la Biblia y es
hijo de una prostituta. Si Glen Ford era el rey en
su película, Crowe es el dios de los hijos de puta
en ésta, ambos con justicia y aunque salen
victoriosos de sus peripecias (según permiten
suponer los distintos finales, a cual más
sugerente), el trasfondo temático consigue decir más
de lo que aparenta y por si fuera poco desarma, con
sutileza, los mitos del relato histórico tradicional
norteamericano. Ni el granjero, ni el bandido, ni el
sheriff. Una de las improntas mas anarquistas del
cine americano. A Chaplin le hubiese regocijado.
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