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Rolando Faget para siempre
por
Héctor Rosales
Barcelona, mayo 2009

“Dame un abrazo rápido y ya nos
veremos, nunca me gustaron las despedidas largas”,
me dijo con la cabeza baja, confinado en una silla
de ruedas, pierna y brazo diestros paralizados,
desde una casa de salud del centro de Montevideo.
Fue la última vez que estuvimos
juntos. Antes pasé media vida comunicándome con un
hermano de toda la vida, con la persona más
desprendida y solidaria que conocí, con el dueño y
señor de un corazón ilimitado.
Es muy difícil para cualquier
obra literaria, o de lo que sea, estar a la altura
de un ser humano así.
No obstante, Faget fue un poeta
verdadero, dentro y fuera de la decena y pico de
títulos editados en breves recopilaciones que, pese
a su limitada circulación original, llegaron a manos
de algunas de las personalidades más importantes del
siglo XX.
Nunca pretendió celebraciones
por la propia trayectoria, y sí por aquellas que le
interesaron, ya que estoy hablando, una vez más, de
uno de los mayores difusores de las letras y la
cultura uruguayas del que tengo memoria. Y lo hizo
sin recursos materiales, recorriendo innumerables
ciudades y pueblos de diferentes países,
sobreviviendo como el más humilde de los peregrinos.
Con un pequeño bolso, un sobre
lleno de papeles y recortes de prensa cultural bajo
el brazo, una bufanda roja y unas enormes alas
invisibles, no hubo viento ajeno a sus impulsos.
El más joven poeta de la
historia uruguaya era, es y será (empleando una
definición muy acertada de su hermano José): “un
niño de tres años escondido detrás de una barba”.
Excelente locutor de radio, con
una voz profunda, vehemente y uruguayísima, leyó de
manera irrepetible poesía y prosa, expresó
esperanzas, proclamó convicciones que, en tantos
momentos, nos ayudaron a ver luces y horizontes
donde sólo había noche implacable.
A partir de ese ejemplo (y sin
olvidar el formidable sentido del humor rolandiano,
su militancia por la alegría), intento hilvanar
estas palabras cinco días después de su discreto
adiós, que fue fiel a su existencia, e inocente del
dolor inevitable en quienes tuvimos, tenemos la
dicha de quererle.
Para la gente que desconocía el
nombre de nuestro poeta, les aviso de una crónica
llamada “Faget o el ángel sumergido”, escrita hace
diez años, donde encontrarán más referencias. Está
en internet, como también una antología que debería
haberse publicado en Montevideo en la segunda mitad
del 2008.
Rolando siguió de cerca la
génesis de esta obra. Habíamos hablado por teléfono
sobre los textos; la esperaba con ilusión, la supo
agradecer.
El pasado domingo 3 de mayo,
horas antes que este amigo insustituible se librara
de la silla de ruedas, de las paredes fijas en el
otoño montevideano, de las inútiles expectativas, en
México se lanzaba una primera edición virtual de
“Nadie dude el lucero”.
No tuve tiempo de decirle que
ya circulaba ese título (tomado de un verso suyo).
Él fue más veloz y trascendió al ciberespacio, a los
días terrestres, a las miserias humanas y a las
vanas campanillas de una fama que logró evitar,
porque su búsqueda de libertad tampoco admitía esos
venenosos caramelos, esas cadenas camufladas.
Sí Rolando, sí, me habías
pedido un abrazo rápido de despedida... Perdón por
no haberte soltado todavía desde aquella sala en la
casa de salud de nuestra capital.
Dale saludos a Marosa, al Darno,
a tu madre, a tantos seres queridos donde ahora
estás. Aquí nos aseguraste, felizmente, que no hay
muerte ni nada parecido. Tenías razón.
Aguardo tu carta, tus postales.
Sé que escribirás.
A Rolando
Faget
Faget en las plazas nuevamente
por Héctor Rosales
Texto inédito, octubre 1991
uno ya
sabe que estos colores de mañana
traen
tersos arroyos donde tu rúbrica
orilleando augurios se traslada
hay
verdeoscuro que contigo habló de otros
tallos
con hojas flores frutas que amaste antes
de que
talaran los estíos
y ahora
me cuenta que aquel roble
se te
parece porque modifica el dolor
de sus
nidos arrasados
y porque
recto tan librano invicto
de
hachas y gusanos protege hogares
con alas
rebeldes necesarias
dime que
sigues ahí hermano
que esta
ráfaga de azul es apodo de tu risa
que
tanto marrón es río mejorable
y en
algún muelle zarpó la urgente
muy
esperada medicina
uno no
sabe arquear el iris perforar
la
fuertendeble mentira del lejos
con
flecha inmediata que te abrace
pero
aquí estás estarás mientras fluyan
las
escrituras del agua llegando
hasta
los más intangibles confines
aplacado
el temporal que afila las cornisas
verás
cada día salvarse un cristal
dando al
sueño portales y avenidas
dime que
allí van tus flamantes versos
abofeteando al peligro de origen subterráneo
y que
hay sol rolando sol entero para volver
a las
plazas de la dicha
con
abuelos en serenidad asociados y parejas
de aura
chispeante y chiquilines que corren
tropiezan se levantan tras un pequeño astro esférico
plazas
donde caben todas las ciudades
que
alguna vez se anduvieron
y que tú
atraviesas reinventando aves puentes
accesibles plateas nobiliarias
para el
que requiera un trozo de cielo
auxiliar
en los barrancos
regiones
de única jornadabierta vitalicia
que
recorres al lado de una postal blanca
un rojo
acorde decisivo y el banderín
de
franjas verticales y faget
rumbo al
siempre con nosotros
hasta la
casantinviernos
por el
sur del corazón grande
fraternal eterno
nuevamente.
Se adjunta un
poema inédito en libro, “Faget en las plazas
nuevamente”,
escrito
con motivo de los primeros cincuenta años del poeta,
en
octubre de 1991 y Barcelona
-
Foto:
última imagen que registré de Rolando, bar Tasende,
Montevideo, mayo de 2007.
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