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La esencia criolla
de Yamandú Rodríguez
por Martín Bentancor
Más sobre el autor:
“Aproximación a Morosoli”
Siguiendo
con el ciclo de personalidades homenajeadas en el
marco del Día del Patrimonio (que comenzara con
Bartolomé Hidalgo y continuara con Wenceslao Varela
y Juan José Morosoli), el autor presenta acá un
texto que, partiendo de un poema emblemático de
Yamandú Rodríguez, traza las coordenadas de la obra
éste poeta, dramaturgo y narrador injustamente
olvidado.
El remate
es uno de los textos más conocidos del poeta
montevideano Yamandú Rodríguez (1)
y el que más firmemente lo ata a una cosmovisión del
alma campesina que fue forjada, en las primeras
décadas del siglo XX, por un puñado de escritores,
poetas y dramaturgos a lo largo y ancho del Uruguay.
Ese movimiento literario tuvo como efecto evidente
la revalorización del gaucho como personaje
histórico pero también como ente de ficción. Su
estampa perdida en los puntos más recónditos de la
campaña, su carácter algo esquivo y poco sociable y
el falso aura romántico con que algunos autores
quisieron vestirlo, había convertido al gaucho en
una figura pintoresca pero sin demasiada sustancia
real. Los historiadores decretan la muerte del
gaucho con el avance del alambramiento de los
campos, en las últimas décadas del siglo XlX. A
partir de ahí, el espacio físico en que se mueve el
gaucho se acorta, se vuelve parcelado y el antaño
personaje rebelde comienza a “domesticarse”. Se
habla, entonces, del “paisano” o, en una visión más
atada a la estirpe de sus costumbres, del “criollo”.
(2)
En su obra El
remate, Yamandú Rodríguez narra una historia de
desolación campesina y confronta dos edades o dos
visiones – que terminan siendo la misma – sobre el
carácter criollo. Inicia el poema con una
contundente descripción del patio del decrépito
rancho donde habita el protagonista y que sirve de
escenario al mentado remate del título. En este
inicio, Rodríguez apela a sus artes de dramaturgo
(3) y ofrece una suerte de acotación
esencia que, en una serie de trazos, sitúa al lector
en el paisaje:
Falta el aire y
sobran moscas
este domingo de
enero.
El sol fríe las
chicharras.
Duerme un matungo
azulejo.
Algunos pollos con
árganas
andan de picos
abiertos.
En los charquitos de
sombra
hay unas guachas
bebiendo.
…………………………
¡Todo es dulce de tan
pobre!
Frente al rancho del
estanteo
que anda con los
cuatro codos
deshilachados de
tiempo,
subasta un rematador
las pilchas de un
criollo viejo.
Por una larga deuda
contraída en la pulpería y para la que no tiene
dinero con que cubrirla, el protagonista del poema,
un viejo criollo, debe resignarse a ver como una
multitud reunida en el patio de su rancho puja para
hacerse con sus efectos personales en una subasta.
El aire de resignación que envuelve al viejo e, al
mismo tiempo, el descubrimiento o la constatación de
una realidad terrible para su propia vida de
criollo:
Hay muchos
interesados
son vecinos todos ellos,
muchachos que hasta hace poco
le llamaban: el agüelo.
Recostao en el
palenque,
los mira tristón el viejo:
han ido a comprar barato
cosas que no tienen precio…
Y piensa con amargura:
Ya no da criollos el tiempo.
Esta última máxima
es, en el universo de valores del viejo, una
realidad que le anuncia el final de una forma de
vida, la caída de un sistema de valores del que él,
por los elementos que han forjado su propia
existencia, se siente el único representante. Sus
propios vecinos, gente que él conoce, aprovechan su
precaria situación para – como aves de rapiña –
abalanzarse sobre los restos de su pobreza. En el
desarrollo propiamente dicho del remate, Yamandú
Rodríguez logra los puntos más altos de tensión
narrativa, administrando mediante diálogos la forma
en que se desarrolla el despojamiento material del
viejo:
__ “¿Qué vale este
par de espuelas?”
Y las rodajas de fierro
son como dos lagrimones
que llorasen por su dueño.
Con ellos salió a
ganar,
hace ya muchos inviernos,
la novia en un bagual blanco;
la vida en un bagual negro.
Los mozos suben la
oferta:
__ “Doy diez, quince, veinte pesos!”
Disputan como caranchos
el corazón del agüelo.
Al escucharle se pone
rojo de vergüenza el ceibo.
Impotente ante el
desarrollo de los hechos, el viejo paisano ve
desfilar ante el martillo del subastador todos los
componentes de su apero, las espuelas, las pocas
ovejas que tiene y es, concretamente, en la figura
de su viejo poncho donde el poeta esboza con breves
trazos una suerte de biografía del viejo. En una
serie de versos que describen el actual estado de la
prenda, Yamandú Rodríguez logra la mayor cargue
dramática del poema al contar – mediante un proceso
de síntesis y adición – una serie de episodios
claves en la vida del protagonista:
Sacan a la venta un
poncho,
donde garúan los flecos
para mojarle los ojos
al que se lo lleve puesto.
Tiene la boca zurcida
Y lo gastó tanto el viento,
que al trasluz del calamaco
se ve la historia del dueño…
Guampas, chuzas y
facones
lo cribaron de agujeros…
pero su filosofía
siempre le puso remiendos:
de día con un celeste;
de noche con un lucero.
__ Yo pago por esa
pilcha
toda la plata que tengo!
__ Subo una onza la oferta!
__ Si no hay quién de más, lo quemo!
A medida que avanza
el remate – y el poema – el viejo no puede hacer
otra cosa que resignarse e intensificar su creencia
de que “Ya no da mas criollos el tiempo”. Esa gente
que el conoce, jóvenes en su mayoría, hijos y nietos
de criollos viejos como él, son quiénes se han
apoderado de sus cosas, despojándolo no sólo de su
pasado personal sino también de su propia condición
de criollo. Sin sus pilchas, el viejo se siente
desprotegido, desnudo ante el devenir de sus últimos
días. Y cuando esa terrible realidad se ha apoderado
del protagonista y la misma desazón se contagia al
lector que – al igual que el viejo ha asistido a ese
proceso de pérdida que representa la subasta -,
Yamandú Rodríguez da un giro completo a su historia:
Entonces, aquellos
mozos,
se acercan a defenderlo
y el más ladino le dice
entre temblón y risueño:
__ Todos compramos sus pilchas
pa’ salvárselas agüelo.
Aquí tiene sus espuelas…
Aquí tiene su azulejo…
Uno le trai en los brazos
igual que un niño, el apero
y otro le entibia las manos
con aquél poncho de flecos…
porque sigue dando criollos
muy lindos criollos, el tiempo!
La redención que
llega al final – bajo la forma de la frase más
famosa del poema (“Sigue dando criollos el tiempo”)
no sólo viene a anular la desesperación creciente
del viejo a lo largo de toda la historia sino que
instaura, además, la renovación de la creencia en un
sistema de valores que parecía a punto de
desplomarse. Toda la fuerza creativa de Yamandú
Rodríguez se encuentra comprimida, representada, en
este poema de carácter narrativo, en este cuento
crepuscular en forma de versos que descubre, revela,
a uno de los poetas más altos de la literatura
uruguaya.
(1)
– Este poema permanece integrado al repertorio de
muchos interpretes folklóricos a lo largo de Uruguay
y Argentina, siendo una de las más notorias
interpretaciones la realizada por el recitador
pedrense Rufino Mario García.
(2)
– Véase al respecto El Proceso Histórico del
Uruguay de Alberto Zum Felde (Montevideo: Arca,
1967)
(3)
– Yamandú Rodríguez fue autor de una docena de obras
de teatro, generalmente de asunto campesino e
histórico, siendo una de las más logradas la que
escribiera en colaboración con el gran autor
argentino Claudio Martínez Paiva, titulada La
lanza rota.
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