“Este Doctor Honoris Causa, tiene
especial relevancia ya que es de la
universidad del Estado
donde nací y me crié”
Discurso del profesor Luiz Moniz Bandeira

El pasado 16 de septiembre en un acto solemne la Universidad Federal de Bahía  (UFBA) otorgó el título de Doctor Honoris Causa al cientista e historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira.

 

Lo que sigue es el discurso de Moniz Bandeira

al recibir la alta disticion academica.

 

Presentación del
Doctor Honoris Causa

 

Distinguido Rector de la Universidad Federal de Bahía, Profesor Naomar Soares de Almeida. Exmo. Sr. Embajador Samuel Pinheiro Guimarães, Secretario- General de Relaciones Exteriores, representando en este acto solemne al ministro de Estado, embajador Celso Amorim. Exmo. Sr. Embajador Jerónimo Moscardo, presidente de la Fundación Alexandre de Gusmão.

 

Exmo. Sr. Embajador Carlos Henrique Cardim, director del Instituto de Pesquisa de Relaciones Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores. Exma. Sra. Luciana Mota, de la Fundación Cultural Palmares, en representación del  Sr. Alfredo Manevy, secretario-ejecutivo del Ministerio de Cultura, ministro de Cultura en ejercicio. Exmo. Sr. Fernando Schmidt, jefe de gabinete del gobernador del Estado, representante del gobernador Jacques Wagner. Iustrísimo Sr. Profesor João Carlos Salles Pires da Silva, director de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas.

 

Iustrísimo Sr. Profesor Ubiratan Castro de Araujo, presidente de la Fundación Pedro Calmon. Señores profesores, señores miembros del Consejo Universitario de la UFBA.

 

Es con mucha  emoción, que agradezco aquí, antes de pronunciar cualquier otra palabra, la generosidad de los colegas y amigos que propusieron, apoyaron e impulsaron la iniciativa para que la Universidad Federal de Bahía me otorgase el título de Doctor honoris causa. Me dirijo,  particularmente,  a los  miembros de la Congregación de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas, entre los cuales destaco a los profesores Maria Hilda Baqueiro Paraiso, entonces coordinadora del Programa de Posgrado en Historia, Muniz Ferreira, y Lina Maria Brandão de Aras, entonces directora de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas, Daniel Tourinho Peres, relator del proceso, y a los  miembros de la comisión de títulos honoríficos del Consejo Universitario, presidida por el profesor Arthur de Matos Neto, del Departamento de Física.

 

No puedo, evidentemente, citar todos los nombres de los profesores a los cuales les estoy muy agradecido. Sería aburrido para los asistentes. Pero no puedo dejar de recordar el nombre de algunos amigos, los profesores José Góes de Araújo, Ubiratan de Castro Araújo, João Augusto Lima Rocha y  Consuelo Novaes  Sampaio, que también se esforzaron para que se me  brindase este homenaje.

 

El título de Doctor Honoris Causa, de la UFBA, adquiere una especial relevancia  para mí y mucho me reconforta, puesto que me es conferido por una  importante  universidad  de mi Estado natal, donde nací y me crié, hasta los 18/19 años de edad, y donde di mis primeros pasos en la vida académica. Aquí, en Bahía, recibí una educación humanística, desde el Colegio de Bahía, donde fui alumno de excelentes maestros - mi nostálgico  amigo Milton  Santos,  Luiz Henrique Dias Tavares, Acácio Ferreira, Gelásio Farias y Sócrates  Marback - hasta el primer año, en la Facultad de Derecho, en el Portão da Piedade, donde tuve eminentes  profesores, entre ellos Nelson  Sampaio  y  Josafá Marinho, que enseñaban teoría general del Estado e introducción a la ciencia del Derecho, mis disciplinas preferidas.

 

Esta ciudad, Salvador, fundada por Tomé de Sousa y cuyo primer alcalde, nombrado en 1554, fue Diogo Moniz Barreto, mi antepasado, era la Bahía histórica, la Bahía que siempre cultivó la cultura y dio a Brasil grandes escritores, poetas, romancistas, y también hombres de ciencia. En mi adolescencia, inicio de la década de 1950, aquí vivían importantes intelectuales, como el historiador Wanderley de Araújo Pinho, el criminalista Edgard Matta, el profesor (y epigramista) Lafayete Spínola, el antropólogo Thales de Azevedo, entre otros, así como artistas del porte de Presciliano Silva, Pancetti, Genaro de Carvalho, Caribé, Carlos Bastos, Sante Scaldaferri, Mário Cravo y Genner Augusto. Otros estaban surgiendo. Y la vida cultural era intensa. El diario “A Tarde”, el más importante de Salvador, publicaba un excelente suplemento literario. Había, en el Cabeça, un bar, el Anjo Azul, decorado con murales de Carlos Bastos, y allá intelectuales y artistas se reunían, conversaban y sorbían “xixi de anjo” (pis de ángel), una bebida alcohólica, elaborada por la casa. La Galeria Oxumaré, en el Paseo Público, estaba siempre exponiendo obras de artistas bahianos. Alexandrina Ramalho, cantante lírica, jubilada, dirigía la Sociedad de Cultura Artística de Bahía, que promovía en el Instituto Normal, en el Barbalho, conciertos de artistas famosos, entre los cuales estaba el pianista Arthur Rubinstein, la gran pianista brasileña  Madalena  Tagliaferro, los  cantores Elizabeth Schwartzkopf y Todd Duncan, y el Coro de los Niños Cantores de Viena. El abogado Walter da Silveira dirigía el Club de Cine y exhibía películas clásicas y de arte, los sábados, en el Cine Liceu. Y el Instituto Geográfico e Histórico de Bahía invitaba a escritores de otros Estados, que visitaban Bahía, para dar conferencias en su auditorio. A estos eventos, João Eurico Matta, Paulo Fernando de Moraes Farias, mis dos grandes y dilectos amigos de la infancia, hoy eminentes profesores que engrandecen el nombre de Bahía, y yo, aún adolescentes, asistíamos siempre juntos.

 

En aquel momento, con 14/15  años de  edad, comencé a escribir poemas y los sometía a la rigurosa crítica de mi muy querida prima Isa Moniz de Aragão, que fue para mi como una hermana mayor. Fue ella quien me inició en el periodismo, dándome la tarea de escribir una columna – Letras & Artes – publicada en el  Diario de Bahía, e incentivó mi vocación por la literatura.  Aquí la recuerdo con nostalgia. Y, dado que estoy reviviendo la juventud, el tiempo que viví en Salvador, me acuerdo de Arthur de Salles, sentado en la Biblioteca Pública, donde me aconsejó leer a García Lorca y a los surrealistas franceses,  Paul Eluard y Louis Aragon, a pesar de que él era un consagrado poeta simbolista. Así fue que me interesé por la poesia moderna, de la cual los exponentes, en Bahía, eran José Luiz de Carvalho  Filho, Camilo de Jesús  Lima, Sosígenes Costa y Wilson Rocha. Sin embargo, con Elpídio Bastos y João Moniz Barreto de Aragão, éste pariente mío, aprendi el verso artesanal, la virtuosidad parnasiana del soneto, lo que me valió - incluso - para los propios versos libres e, inclusive, los textos en prosa, los libros académicos, que escribí. Y, en Río de Janeiro, completé no sólo el curso jurídico sino también mi formación literaria y filosófica, con Edmundo Ferrão  Moniz  de  Aragão,  mi  tío, mi maestro, a quien estuve siempre vinculado,  por lazos de estrecha amistad y afinidad de ideas, durante tantos años de convivencia, hasta el fin de su existencia, en 1997.

 

No obstante haber vivido, desde los 20 años, en varias ciudades y países, siempre conservé el amor por Bahía y sus tradiciones humanísticas pautaron todas mis actividades a lo largo de mi vida. Bahía es muy peculiar, entre los Estados brasileños. Aquí fue construída la primera ciudad – Salvador – planificada, políticamente, para promover y sustentar el proceso de  colonización  de la  tierra nuevamente  descubierta por Pedro Álvares Cabral y amenazada por el asedio de los corsarios franceses, que buscaban el “palo brasil” a fin de suplir las tinturas de Flandres. Y fue en Bahía que se consolidó la independencia de Brasil, con la expulsión de las tropas portuguesas comandadas por el general Inácio Luiz Madeira de Melo, el 2 de julio de 1823. Este día – 2 de julio de 1823 – es el que puede ser considerado, realmente, la fecha nacional de Brasil, la fecha en que el Grito de Ipiranga se llevó a cabo.  Si no hubiese sido por la victoria de la campaña militar, desencadenada a partir del Recóncavo, con el apoyo de la Casa de la Torre de Garcia d’Ávila, Brasil se hubiera despedazado en diferentes republicas, como ocurrió con la América hispánica.

 

De ahí que lamento y me extraña – una verguenza para Bahía – que el nombre del Aeropuerto Internacional 2 de julio, en Salvador, haya sido cambiado por Aeropuerto Internacional Luiz Eduardo Magalhães, nombre de un político que, aunque respetable, es doloroso ver que así se apaga la memoria histórica de Bahía, que sufrió, en 1933, un daño irreparable, con la demolición de la Iglesia da Sé, la más antigua de Brasil, construída en 1553, en los albores de la colonización. Y la memoria histórica es el alma del pueblo, el fundamento de su identidad, la argamasa de su cultura, la esencia de la civilización. El conocimiento del pasado - los marcos históricos - dan a la comunidad la conciencia de lo que ella es, en el presente, y de su destino, en el futuro.  Como  escribió el gran poeta T.S. Eliot.

 

Estos versos de T. S. Eliot reflejan la concepción del tiempo, en la mitología germánico-nórdica, en la cual  tres mujeres - Die Nornen  –  personifican a las diosas (die Schicksalgottheiten),  que tejen el destino de los hijos de los hombres, debajo de un fresno, Yggdrasil, tal como aparecen en Völuspá (Predicción de la Vidente), de la Oda Mayor, colección de poemas escandinavos escritos alrededor de los siglos X y XI. Urd ó Wyrd2 es la Norn de lo que fue, de todo lo que pasó y está por pasar, y condiciona el devenir, el destino. Verðandi ó Verdandi, tornándose, es la Norn de lo que es, que representa el presente, el momento de cambio, de la transformación; y Skuld es la Norn de lo que deberá ser, el devenir, la posibilidad.  

 

Estas tres Nornen no representan, esquemáticamente, el pasado, el  presente y el futuro, como a veces son interpretadas. El tiempo, en la mitología  germánico- nórdica, es indivisible. Es uno. El pasado continúa en el presente, como una poderosa realidad, que permanentemente modifica el futuro, lo que está por acontecer. Así, la determinación del destino del mundo, el fin, ocurrió en su creación. Urðr and Verðandi, forma sustantiva de verða (germánico: werden; anglosajón: weorðan), tornarse. La forma corresponde al participio pasado, vorðinn, ó orðinn, completado. Wyrd era, como Urðr, el sino o destino. De ella derivó el término weird, en la lengua inglesa y dio origen al verbo auxiliar werden (alemán moderno), que significa “ser en transformación”. La otra Norn es el participio presente - verðandi, tornándose, aconteciendo. Skuld proviene de skuld, el participio pasado de skulu (sueco: skola; anglosajón: sculon); presente: skal (sueco: skall; danés: skal; anglosajón: sceal; inglés: shall); pasado: skyldi (sueco: skulle; danés: skulde; anglosajón: sceolde; inglés: should). El nombre también significa deber, obligación (danés: Skyld), y denota el carácter de la Diosa de la Muerte.

 

No se puede estudiar una sociedad y un Estado sin conocer  sus orígenes, sin  saber como surgieron, como se desarrollaron, a lo largo de la Historia. El médico, cuando va a examinar a un paciente, inmediatamente le pregunta por su historia personal, las enfermedades que tuvo, y también por la historia familiar, a fin de verificar si su problema de salud también deviene de factores genéticos.  

 

De la misma manera, el medio más eficaz para la comprensión de un fenómeno político es saber como comenzó. Los fenómenos políticos, cuando  se manifiestan,  resultan de transformaciones cuantitativas y cualitativas de tendencias históricas, razón por la cual deben ser estudiados y comprendidos en su encadenamiento mediato, en su condicionalidad esencial y en su constante devenir.

 

La comprensión del acontecimento, que fluye, y de su desdoblamiento, en el futuro, requiere el conocimiento del pasado, como  sustancia real del presente, en la que se esbozan posibilidades y contingencias, suprimiendo (aufheben) y, al mismo tiempo, conservando y elevando a una síntesis superior (aufheben/aufbewahren) las contradicciones intrínsecas del  proceso histórico. La ciencia política, por lo tanto, necesita de la Historia, con la cual se debe identificar, para alcanzar y conocer la naturaleza íntima del fenómeno que se pretende estudiar.

 

Una  teoría es necesaria, por cierto, “para ligar los hechos observados, y poder hacer nuevas observaciones”, así lo enseñó el filósofo António Ferrão Moniz de Aragão, mi antepasado, en su obra Elementos de Matemáticas, publicada en 1858. Pero, del mismo modo que los acontecimientos históricos no pueden ser juzgados, según valores y criterios del presente, tampoco se puede aplicar, integralmente, teorías y conceptos elaborados en épocas antiguas para analizar y estudiar lo que ocurre en la actualidad. Las relaciones económicas  y  sociales del pasado no se conservan iguales, se modificaron, las ideas e instituciones modernas son diferentes de las que otrora existieron, y las contradicciones  económicas, las relaciones sociales y las luchas políticas son enteramente distintas de las que ocurrieron en el siglo XIX o en las primeras décadas del siglo XX. Así, cada época debe de ser evaluada según su propia medida, sus propios valores, determinados por la evolución de las fuerzas productivas.

 

El desarrollo científico y tecnológico, de los medios de comunicación y de las  herramientas electrónicas, aumentando la productividad del trabajo e impulsando aún más la internacionalización/globalización de la economía, produjo una profunda mutación en el sistema capitalista mundial, en la estructura social de las potencias industriales y en el carácter de la propia clase obrera, el cual no corresponde más al de la clase obrera todavía concebido,   abstracta y teóricamente, por algunas tendencias políticas.

 

En el curso de la segunda mitad del siglo XX, luego de la gran guerra de 1939-1945, capitales de los Estados Unidos y de las potencias industriales de Europa, buscando factores más baratos de producción, emigraron, en gran medida, hacia países de Asia y de América Latina, así como hacia los países de Este Europeo, después del colapso de la Unión Soviética y del Bloque Socialista, en 1989-1991. Dichos países, con un tercio de la población  mundial, adoptaron la economía de mercado. Y, sobre todo en China y en India, donde encontraron condiciones de inversiones más seguras, estables y lucrativas, las grandes corporaciones instalaron sus plantas industriales y pasaron a exportar la producción hacia los mercados de las propias potencias económicas de las cuales habían emigrado.

 

La consecuencia, agravada por la automatización de la industria con la creciente utilización de microchips (robots industriales), fue el  aumento del desempleo, que batió un record histórico, alcanzando a 195,2 millones de personas, en 2006, de acuerdo con los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La existencia del poderoso ejército industrial de reserva debilitó el poder de negociación de los sindicatos, cuya articulación política, restricta a los límites de sus respectivos Estados nacionales, no acompañó el desarrollo de la organización transnacional capitalista, que permite a las grandes corporaciones, con subsidiarias en los nuevos países industrializados, contar con amplios recursos para resistir a las presiones y minimizar los  efectos  de  cualquier paralización del trabajo. El desvío de la producción hacia los países con niveles salariales más bajos, las diferencias de condiciones sociales y políticas, así como de los niveles de organización obstaculizam,    por ejemplo, el éxito de la coordinación internacional de una huelga, con el objetivo de paralizar, simultáneamente, todas las unidades de producción de la misma empresa esparcidas por diversos países. Y el poder de los sindicatos fue aún más debilitado por la expansión del mercado global de trabajo, con el surgimiento de 1,2 mil millones de nuevos trabajadores y de otros millones  dispuestos a trabajar por cualquer salario, para tener un medio de subsistencia.

 

Asimismo, la política imperialista, de competencia armada entre las potencias industriales, apuntando a reproducir las relaciones de producción e imponer su  dominio sobre vastas regiones del planeta, evolucionó, luego de dos ruinosas guerras mundiales (1914- 1918 y 1939-1945), hacia el ultra-imperialismo, con la formación de una especie de cartel de los grandes Estados capitalistas, con la adhesión de otros menores. 

 

Este cartel es conducido por los Estados Unidos, como potencia hegemónica, con alta capacidad estratégica de modelar la voluntad de las otras potencias industriales y conducir la política internacional, de acuerdo con sus intereses, exportando sus amenazas hacia los aliados y llevándolos a moverse y actuar en función de lo que piensan ser sus auténticos intereses geoestratégicos, cuando, en realidad, son intereses extranjeros. Y la expresión militar del cartel  es la OTAN, que ofrece garantías mutuas de no - agresión y preveía la cooperación en el área de seguridad, así como ayuda mutua en el caso de una  agresión por terceros países, colectivizando la defensa, para que no se torne un asunto nacional sino de interés del sistema global capitalista.

 

La disolución de los regímenes comunistas en los países del Este Europeo, la caída del Muro de Berlín y la reunificación de Alemania, junto con la desintegración de la Unión Soviética en otros quince Estados independientes y la adhesión de China a la economía de mercado y a la globalización firmaron el comienzo de una nueva época histórica e impulsaron el proceso de internacionalización/globalización de la economía, acentuando la organización  transnacional de la            producción y la expansión del consumo, en contradicción con las formas nacionales de constitución de las sociedades y de los Estados.  

 

Dichos factores económicos  y sociales produjeron, sobre todo en las potencias industriales, cierto desvanecimiento de las contradiciones políticas e ideológicas entre los partidos políticos, cuyas iniciativas, en el gobierno, no discrepan mucho, en Alemania, Francia, Guilherme Sandoval Gôes. “El Geoderecho y los Centros Mundiales de Poder”, estudio presentado en el VII Encuentro Nacional de Estudios Estratégicos, 6 al 8 de noviembre de 2007, Brasilia, F.F. Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia de la República.

 

Inglaterra, mucho menos que en los Estados Unidos, donde los Partidos Demócrata y el Partido Republicano, esencialmente, poco se diferencian. Con razón el gran historiador Eric Hobsbawm claramente declaró en una entrevista a la agencia de noticias Telam, de Argentina, que “ya no existe izquierda tal como era”, ya sea socialdemócrata o comunista.  O está fragmentada o desapareció. No existe el contraste, no hay virtualmente oposición. Las diferencias consisten solamente en el matiz de los partidos. No se puede decir, por lo tanto, que el régimen democrático haya avanzado. Por el contrario, tiende a converger, en los más diversos países, con los regímenes totalitarios, en la medida en que el Estado de excepción se torna la norma, tendencia esta que se acentuó, sobre todo, luego de los atentados terroristas contra las torres gemelas del World Trad Center, en los Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001.

 

El papel de la sociedad civil se torna cada vez más irrelevante. A pesar  de la oposición, los gobiernos de los Estados Unidos y de algunos países de la Unión Europea deflagraron la guerra y sus tropas continúan combatiendo en Irak y en Afganistán.

 

El desarrollo de la tecnología, cada vez más y más sofisticada, da a los gobiernos de las potencias industriales medios para controlar aún más a la población, amenazando las libertades civiles.

 

En una entrevista de Eric Hobsbawm a Martin Granovsky, presidente de la agencia de noticias Telam, publicada en el diario Página 12, Buenos Aires, 29/03/2009.

 

Chip, vehículo de espionaje, que facilita el monitoreo de las personas, integra los nuevos sistemas de televisión, computadores, teléfonos etc.; el PKI Electronic Intelligence permite, por medio de la tecnología  digital,  monitorear  cualquier medio de comunicación electrónica, como GSM, fax, teléfono,  internet y otros; los semáforos de tráfico cuenten con cámaras  - Security  Camera Surveillance Equipment  -  que siguen cualquier movimiento del individuo; y cámaras de vigilancia - CCTV –, instaladas en los más diversos  ambientes, con el objetivo de la seguridad, posibilitan la invasión de la privacidad de las personas; y también los gobiernos intentan almacenar el tráfico de llamadas  telefónicas y del uso de internet, bajo el pretexto del combate al terrorismo.

 

Este elevado desarrollo tecnológico también favoreció la concentración de riqueza y de poder y las disparidades sociales aumentaron aún más en los países de la periferia del sistema capitalista, alimentando el fundamentalismo  religioso, en medio de una inestabilidad política, que se produjo en el sistema internacional luego del colapso de la Unión Soviética y del Bloque Socialista.  Los Estados Unidos se tornaron el único polo de poder, tanto económico como político, cultural y tecnológico, con un poderío militar, capaz de intervenir,  inmediata  y  efectivamente, en cualquier región del mundo. Su capacidad de destrucción es incomparable, no tiene paralelo en la Historia. Con todo, a diferencia de otras potencias industriales, los Estados Unidos dejaron de ser exportadores líquidos de capitales y ya no lideraron más las compras o el establecimiento de firmas en otros países. Con enormes déficits comerciales y  fiscales, así como en la cuenta corriente de la balanza de pagos, se convirtieron en una potencia deudora, sin condiciones de pagar su deuda externa. Los bancos centrales de otros países detentan reservas del orden de más de U$S 4 trillones. Solamente China posee reservas que sobrepasan los U$S 2 trillones y detentan ¼ de la deuda pública de los Estados Unidos, cuyo poderío militar, basado, sobre todo, en las armas nucleares y en los misiles de larga distancia, más que en las tropas terrestres, ya no puede garantizarles la  hegemonía política.         

 

Económica  y financieramente, será difícil sustentar, por muchas décadas, a lo largo de todo el siglo XXI, un imperio, con cerca de 909 bases militares,  ostensivas  y  secretas,  instaladas  en 46 países y territorios, y dos guerras – Irak y Afganistán – cuyos costos totales suben de U$S 2,7  trillones, en términos estrictamente presupuestales, a un monto de U$S 5 trillones, en términos económicos, según los cálculos de Joseph E. Stiglitz.

 

El colapso del sistema financiero internacional, que estaba previsto desde  2006  y en 2007 eclosionó, se profundizó, en la segunda mitad de 2008, con la bancarrota de los mayores bancos de inversiones, Lehman Brothers y Merril Lynch, así como de las aseguradoras American International Group (AIG), de la mayor de los Estados Unidos y del mundo, Fannie Mae y Freddie Mac, entre otras corporaciones. Hasta diciembre de 2008, el gobierno de los Estados Unidos tuvo que invertir cerca de U$S 5 trillones para evitar el colapso de todo el sistema financiero. Y ya en el primer semestre de 2009, su déficit presupuestario superó el monto de U$S 1 trillón. La previsión es de que alcance la cifra de U$S 1,6 trillón hasta el final del segundo semestre y el Congressional Budget Office estimó que, dentro de diez años, el déficit presupuestario estará entre U$S 9 trillones y U$S 10 trillones. La deuda federal, que corresponde al 33% del PBI de los Estados Unidos, en 2009, podría saltar al 68%, alrededor de 2019, lo que representará cerca del 5,1% del PBI calculado para la década, un porcentaje extremadamente alto. 

 

Esta tendencia no puede continuar indefinidamente. Llegará el momento en que la cantidad habrá de generar una nueva calidad, probablemente en medio de una crisis mucho más grave aún, mucho más profunda, sin precedentes en la Historia.

 

El colapso del sistema financiero, que entre 2007 y 2009 sacudió la economía mundial y obligó por igual a los gobiernos del Reino Unido, de Alemania y otros países a aplicar trillones de dólares en operaciones de rescate y estatización parcial de los bancos y otras empresas, asestó un fuerte golpe al fundamentalismo de mercado, similar al que alcanzó al comunismo stalinista  con el desmoronamiento del Muro de Berlín y de los regímenes instalados por parte de la Unión Soviética, en los países de Este Europeo.       

 

El cambio en la arquitectura política internacional, debido al desvío del centro de la producción industrial hacia Asia, se aceleró. Y el grupo de Estados ricos del Hemisferio Norte (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón, Rusia y  Canadá), el G-8, que pretendía constituir un sistema global de poder y decidir sobre todas los temas, tanto económicos como políticos, ecológicos y otros, ya no puede hacerlo más sin la participación de las potencias emergentes, como China, India y Brasil.

 

También se torna inevitable el descongelamiento del sistema de gobernabilidad mundial. El Consejo de Seguridad de la ONU, constituido al término de la  Segunda Guerra Mundial, está obsoleto. Con apenas cinco miembros permanentes, las grandes potencias, con Derecho a veto, y diez miembros no-permanentes, sin Derecho a veto, no tienen representatividad para aplicar sanciones contra un país (embargos comerciales, financieros, de armas etc.) o determinar una intervención militar, basada en un juicio político sobre situaciones de guerra o de amenaca a la paz.

 

Brasil se opone al congelamiento de la estructura del poder mundial, configurado por el Consejo de Seguridad de la ONU, y por eso demanda su reforma, junto con Alemania, India y Japón, dando un importante paso hacia el establecimiento de un orden internacional multipolar. Como dijo el embajador João Augusto de Araújo Castro, hablando a los becarios de la Escuela Superior  de Guerra, en 1971,  “Brasil está condenado a la grandeza”, condenado  por  su extensión territorial, por su dimensión demográfica, por su composición  étnica, por su ordenamiento socio-económico y, sobre todo, por su incontenible voluntad de desarrollo y progresso. Brasil no es imperialista, no posee bases militares en ningún otro país, pero tiene que enfrentar y vencer todos los factores externos, superar todos los obstáculos, que puedan contener  su poder nacional e impedir que desempeñe un papel de mayor relevancia, como un global player, sin arrogancia en las relaciones con los países más débiles  y más pequeños y sin humildad y sumisión frente a los designios de las grandes potencias. Y de ahí el porqué el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, teniendo a los embajadores Celso Amorim, como canciller, y Samuel Pinheiro Guimarães, como secretario-general de Relaciones Exteriores, trató de expandir las fronteras diplomáticas de Brasil.

 

Entre 2003 y 2008, creó 35 nuevos cargos en el exterior y el número de embajadas subió a  111, de las cuales 15 fueron abiertas o reabiertas en África. Así, con un total de 203 representaciones diplomáticas, Brasil afirma su presencia en todas las  regiones del mundo, inclusive en los países ricos en petróleo y gas - Cazaquistán, Azerbayán, Katar y Omán y en el centro de los temas sobre la estabilidad política y la paz en el Oriente Medio y en Asia Central. Uno de los principales objetivos es diversificar los socios y ampliar los mercados para sus exportaciones e inversiones, sobre todo en los sectores de minería, petróleo, agricultura e infraestructura.

 

Es necesario, entre tanto, que el pueblo tenga conciencia de la proyección  internacional  de Brasil,  de la dimensión económica y política,  que conquistó,  en la comunidad de las naciones, y de la importancia de la política exterior, como instrumento de afirmación del poder nacional, en la medida en que preserva su autonomía e independencia.

 

La Fundación Alexandre de Gusmão (FUNAG) y el Instituto de Pesquisa de Relaciones Internacionales (IPRI), órganos del Ministerio de Relaciones Exteriores y dirigidos por los embajadores Jerónimo Moscardo y Carlos Henrique Cardim, respectivamente, están empeñados en la promoción de seminarios y publicación de libros, divulgando la relevancia de la política exterior y el conocimiento sobre diversos países con los cuales Brasil desarrolla  significativas relaciones económicas, comerciales, políticas y culturales.  Entre tanto, la masa crítica existente aún es precaria y las universidades pueden contribuir para aumentarla, incentivando la investigación y el estudio de otros países, tal como ocurre, por ejemplo, en los Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia.

 

En Brasil, en diversos Estados de la federación, ya funcionan cerca de 84  cursos de graduación en relaciones internacionais, 36% de los cuales (la mayoría) en San Pablo, el 11% en Río de Janeiro y el 4%, en Bahía. También existen cerca o un poco más de quince centros de estudios dedicados al estudio de la política internacional y de algunas regiones, sobre todo África, área en que la Universidad Federal de Bahía fue pionera. En septiembre de 1959, exactamente hace 50 años, fue fundado, durante la gestión del rector Edgard Santos, el Centro de Estudios Afro-Orientales (CEAO), bajo la dirección del profesor portugués Agostinho da Silva. Este fue el primer centro de estudios afro-orientales creado en una universidad brasileña, reflejando los intereses económicos y estratégicos, determinados por el desarrollo industrial de Brasil,  que - a fines de los años 1950 - ya estaba necesitando abrir mercados para sus exportaciones de manufacturas. Uno de los miembros de la primera generación de este Centro de Estudios Afro-Orientales fue Paulo Fernando de Moraes Farias, que tuvo que salir de Bahía, cuando se produjo el golpe militar de 1964, y se exiló en África y, después, en Inglaterra. Como profesor de la Universidad de Birmingham, se convirtió en uno de los más importantes africanólogos del Reino Unido, y la African Studies Association, de los Estados Unidos, le concedió en 2005 el premio Paul Hair, por su obra sobre las inscripciones árabes medievales y la Historia de la República de Mali, publicada por la Universidad de Oxford  y la Academia Británica.

 

Debo evocar aquí, además, la memoria de dos grandes personajes notables de la diplomacia brasileña que nacieron en Bahía: José Maria da Silva Paranhos,  visconde de Río Branco, y Rui Barbosa. José Maria da Silva Paranhos, padre del barón de Río Branco, el patrono de la diplomacia brasileña, desempeñó un importante papel en los países de la Cuenca del Plata, donde, como secretario del marqués de Paraná, Honório Hermeto Carneiro Leão, negoció el tratado con Uruguay, Paraguay y las provincias argentinas - Corrientes y Entre Ríos - contra el gobierno de Buenos Aires, bajo la comandancia de Juan Manuel de Rosas, a quien el general Justo José Urquiza, presidente de la Confederación Argentina, derrotó, con el apoyo de Brasil, en la batalla de Caseros, en 1852.

 

El otro fue Rui Barbosa. En los años 1890, apoyando a Eduardo Prado, él denunció la “ilusión americana”, el expansionismo encubierto por la Doctrina Monroe, en el uso diplomático, con el objetivo de reservar el continente americano a los emprendimientos futuros de los Estados Unidos, y previó que Europa solicitaría necesariamente su anulación, o modificación, combinando “un modus vivendi adaptable a la política imperialista de la Casa Blanca”. Rui Barbosa, según afirmó el canciller Celso Amorim, “fue un pionero de la diplomacia multilateral en Brasil” (...) e “inauguró una línea de actuación que perdura hasta el día de hoy: la defensa de la igualdad entre los Estados y de la democratización de las relaciones internacionales”. “El nuevo sentido de la política  externa  brasileña”  –  acentuó el embajador Carlos  Enrique Cardim  –  “se afirma con el pensamiento y la acción de Rui Barbosa”, al defender el principio de la igualdad entre los Estados, en la Asamblea de la Haya”, en detrimento de los países más débiles. Y, al defender la igualdad de los  Estados  soberanos,  proclamó que “la souveraineté est la grande muraille de la patrie”. Si, la soberanía es la muralla de la patria. Sin embargo, de acuerdo a lo que observó el mismo Rui Barbosa, no se toma en serio la ley de las naciones,   sino entre las potencias cuyas fuerzas se equilibran. Esta lección debe pautar la estrategia de seguridad y defensa de Brasil, sobre todo cuando los Estados Unidos amplían e instalan otras bases militares en Colombia, penetrando la Amazonia, y la IV Flota navega en el Atlántico Sur, en las márgenes de los enormes yacimientos de petróleo descubiertos en las capas pré-sal, en aguas profundas, entre Espíritu Santo y Santa Catarina.

 

Estos descubrimientos, a lo  largo de la costa,  insertaron a Brasil en el mapa geopolítico del petróleo. Y las amenazas existen, aunque puedan parecer remotas. El peligro que representa una gran potencia, tecnológicamente superior, pero con enormes carencias, sobre todo de energia, puede ser mucho mayor, cuando está perdiendo la  supremacía, y quiere  mantenerla, que cuando expande su imperio. No dudo que la intención del presidente Barack Obama sea, sinceramente, renovar la política internacional de los Estados Unidos y aliviar las tensiones generadas por las iniciativas bélicas, agresivas, unilaterales, de su antecesor, el presidente George W. Bush. Con todo, incohercibles intereses económicos  alimentan poderosas fuerzas políticas, que el presidente Barack Obama no tiene como controlar y hasta pueden, eventualmente,  eliminarlo. Brasil,  por lo tanto, debe estar preparado para enfrentar, en el mar y en la tierra, los inmensos desafíos que se plantean, en el siglo XXI, la “era de los gigantes”, como denominó el embajador Samuel Pinheiro Guimarães a esta era en que los grandes espacios económicos y geopolíticos serán los principales actores de la política internacional. Si vis pacem, para bellum. (Si quieres la paz, prepárate para la guerra). Es el pasado, la Historia, que está presente, condicionando el futuro. 

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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