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“Este Doctor Honoris Causa, tiene
especial relevancia ya que es de la
universidad del Estado
donde nací y me crié”
Discurso
del profesor Luiz Moniz Bandeira
El pasado 16 de septiembre en un acto solemne la
Universidad Federal de Bahía (UFBA) otorgó el
título de Doctor Honoris Causa al cientista e
historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira.
Lo que sigue es el discurso de Moniz Bandeira
al recibir la alta disticion academica.
Presentación del
Doctor Honoris Causa
Distinguido
Rector de la Universidad Federal de Bahía, Profesor
Naomar Soares de Almeida. Exmo. Sr. Embajador Samuel
Pinheiro Guimarães, Secretario- General de
Relaciones Exteriores, representando en este acto
solemne al ministro de Estado, embajador Celso
Amorim. Exmo. Sr. Embajador Jerónimo Moscardo,
presidente de la Fundación Alexandre de Gusmão.
Exmo.
Sr. Embajador Carlos Henrique
Cardim, director del Instituto de Pesquisa de
Relaciones Internacionales del Ministerio de
Relaciones Exteriores. Exma. Sra. Luciana
Mota, de la Fundación Cultural Palmares, en
representación del Sr. Alfredo Manevy,
secretario-ejecutivo del Ministerio de Cultura,
ministro de Cultura en ejercicio.
Exmo. Sr. Fernando Schmidt,
jefe de gabinete del gobernador del Estado,
representante del gobernador Jacques Wagner.
Iustrísimo Sr. Profesor João Carlos Salles Pires da
Silva, director de la Facultad de Filosofía y
Ciencias Humanas.
Iustrísimo Sr. Profesor
Ubiratan Castro de Araujo, presidente de la
Fundación Pedro Calmon. Señores profesores,
señores miembros del Consejo Universitario de la
UFBA.
Es con
mucha emoción, que agradezco aquí, antes de
pronunciar cualquier otra palabra, la generosidad de
los colegas y amigos que propusieron, apoyaron e
impulsaron la iniciativa para que la Universidad
Federal de Bahía me otorgase el título de Doctor
honoris causa. Me dirijo, particularmente, a
los miembros de la Congregación de la Facultad de
Filosofía y Ciencias Humanas, entre los cuales
destaco a los profesores Maria Hilda Baqueiro
Paraiso, entonces coordinadora del Programa de
Posgrado en Historia, Muniz Ferreira, y Lina Maria
Brandão de Aras, entonces directora de la Facultad
de Filosofía y Ciencias Humanas, Daniel Tourinho
Peres, relator del proceso, y a los miembros de la
comisión de títulos honoríficos del Consejo
Universitario, presidida por el profesor Arthur de
Matos Neto, del Departamento de Física.
No
puedo, evidentemente, citar todos los nombres de los
profesores a los cuales les estoy muy agradecido.
Sería aburrido para los asistentes. Pero no puedo
dejar de recordar el nombre de algunos amigos, los
profesores José Góes de Araújo, Ubiratan de Castro
Araújo, João Augusto Lima Rocha y Consuelo Novaes
Sampaio, que también se esforzaron para que se me
brindase este homenaje.
El
título de Doctor Honoris Causa, de la UFBA, adquiere
una especial relevancia para mí y mucho me
reconforta, puesto que me es conferido por una
importante universidad de mi Estado natal,
donde nací y me crié, hasta los 18/19 años de edad,
y donde di mis primeros pasos en la vida académica.
Aquí, en Bahía, recibí una educación humanística,
desde el Colegio de Bahía, donde fui alumno de
excelentes maestros - mi nostálgico amigo Milton
Santos, Luiz Henrique Dias Tavares, Acácio
Ferreira, Gelásio Farias y Sócrates Marback - hasta
el primer año, en la Facultad de Derecho, en el
Portão da Piedade, donde tuve eminentes profesores,
entre ellos Nelson Sampaio y Josafá Marinho, que
enseñaban teoría general del Estado e introducción a
la ciencia del Derecho, mis disciplinas preferidas.
Esta
ciudad, Salvador, fundada por Tomé de Sousa y cuyo
primer alcalde, nombrado en 1554, fue Diogo Moniz
Barreto, mi antepasado, era la Bahía histórica, la
Bahía que siempre cultivó la cultura y dio a Brasil
grandes escritores, poetas, romancistas, y también
hombres de ciencia. En mi adolescencia, inicio de la
década de 1950, aquí vivían importantes
intelectuales, como el historiador Wanderley de
Araújo Pinho, el criminalista Edgard Matta, el
profesor (y epigramista) Lafayete Spínola, el
antropólogo Thales de Azevedo, entre otros, así como
artistas del porte de Presciliano Silva, Pancetti,
Genaro de Carvalho, Caribé, Carlos Bastos, Sante
Scaldaferri, Mário Cravo y Genner Augusto. Otros
estaban surgiendo. Y la vida cultural era intensa.
El diario “A Tarde”, el más importante de Salvador,
publicaba un excelente suplemento literario. Había,
en el Cabeça, un bar, el Anjo Azul, decorado con
murales de Carlos Bastos, y allá intelectuales y
artistas se reunían, conversaban y sorbían “xixi de
anjo” (pis de ángel), una bebida alcohólica,
elaborada por la casa. La Galeria Oxumaré, en el
Paseo Público, estaba siempre exponiendo obras de
artistas bahianos. Alexandrina Ramalho, cantante
lírica, jubilada, dirigía la Sociedad de Cultura
Artística de Bahía, que promovía en el Instituto
Normal, en el Barbalho, conciertos de artistas
famosos, entre los cuales estaba el pianista Arthur
Rubinstein, la gran pianista brasileña Madalena
Tagliaferro, los cantores Elizabeth Schwartzkopf y
Todd Duncan, y el Coro de los Niños Cantores de
Viena. El abogado Walter da Silveira dirigía el Club
de Cine y exhibía películas clásicas y de arte, los
sábados, en el Cine Liceu. Y el Instituto Geográfico
e Histórico de Bahía invitaba a escritores de otros
Estados, que visitaban Bahía, para dar conferencias
en su auditorio. A estos eventos, João Eurico Matta,
Paulo Fernando de Moraes Farias, mis dos grandes y
dilectos amigos de la infancia, hoy eminentes
profesores que engrandecen el nombre de Bahía, y yo,
aún adolescentes, asistíamos siempre juntos.
En aquel
momento, con 14/15 años de edad, comencé a
escribir poemas y los sometía a la rigurosa crítica
de mi muy querida prima Isa Moniz de Aragão, que fue
para mi como una hermana mayor. Fue ella quien me
inició en el periodismo, dándome la tarea de
escribir una columna – Letras & Artes – publicada en
el Diario de Bahía, e incentivó mi vocación por la
literatura. Aquí la recuerdo con nostalgia. Y, dado
que estoy reviviendo la juventud, el tiempo que viví
en Salvador, me acuerdo de Arthur de Salles, sentado
en la Biblioteca Pública, donde me aconsejó leer a
García Lorca y a los surrealistas franceses, Paul
Eluard y Louis Aragon, a pesar de que él era un
consagrado poeta simbolista. Así fue que me interesé
por la poesia moderna, de la cual los exponentes, en
Bahía, eran José Luiz de Carvalho Filho, Camilo de
Jesús Lima, Sosígenes Costa y Wilson Rocha. Sin
embargo, con Elpídio Bastos y João Moniz Barreto de
Aragão, éste pariente mío, aprendi el verso
artesanal, la virtuosidad parnasiana del soneto, lo
que me valió - incluso - para los propios versos
libres e, inclusive, los textos en prosa, los libros
académicos, que escribí. Y, en Río de Janeiro,
completé no sólo el curso jurídico sino también mi
formación literaria y filosófica, con Edmundo Ferrão
Moniz de Aragão, mi tío, mi maestro, a quien
estuve siempre vinculado, por lazos de estrecha
amistad y afinidad de ideas, durante tantos años de
convivencia, hasta el fin de su existencia, en 1997.
No
obstante haber vivido, desde los 20 años, en varias
ciudades y países, siempre conservé el amor por
Bahía y sus tradiciones humanísticas pautaron todas
mis actividades a lo largo de mi vida. Bahía es muy
peculiar, entre los Estados brasileños. Aquí fue
construída la primera ciudad – Salvador –
planificada, políticamente, para promover y
sustentar el proceso de colonización de la tierra
nuevamente descubierta por Pedro Álvares Cabral y
amenazada por el asedio de los corsarios franceses,
que buscaban el “palo brasil” a fin de suplir las
tinturas de Flandres. Y fue en Bahía que se
consolidó la independencia de Brasil, con la
expulsión de las tropas portuguesas comandadas por
el general Inácio Luiz Madeira de Melo, el 2 de
julio de 1823. Este día – 2 de
julio de 1823 – es el que puede ser considerado,
realmente, la fecha nacional de Brasil, la fecha en
que el Grito de Ipiranga se llevó a cabo. Si no
hubiese sido por la victoria de la campaña militar,
desencadenada a partir del Recóncavo, con el apoyo
de la Casa de la Torre de Garcia d’Ávila, Brasil se
hubiera despedazado en diferentes republicas, como
ocurrió con la América hispánica.
De ahí que lamento y me extraña
– una verguenza para Bahía – que el nombre del
Aeropuerto Internacional 2 de julio, en Salvador,
haya sido cambiado por Aeropuerto Internacional Luiz
Eduardo Magalhães, nombre de un político que, aunque
respetable, es doloroso ver que así se apaga
la memoria histórica de Bahía, que sufrió, en 1933,
un daño irreparable, con la demolición de la Iglesia
da Sé, la más antigua de Brasil, construída en 1553,
en los albores de la colonización. Y la memoria
histórica es el alma del pueblo, el fundamento de su
identidad, la argamasa de su cultura, la esencia de
la civilización. El conocimiento del pasado - los
marcos históricos - dan a la comunidad la conciencia
de lo que ella es, en el presente, y de su destino,
en el futuro. Como escribió el
gran poeta T.S. Eliot.
Estos
versos de T. S. Eliot reflejan la concepción del
tiempo, en la mitología germánico-nórdica, en la
cual tres mujeres - Die Nornen – personifican a
las diosas (die Schicksalgottheiten), que tejen el
destino de los hijos de los hombres, debajo de un
fresno, Yggdrasil, tal como aparecen en Völuspá
(Predicción de la Vidente), de la Oda Mayor,
colección de poemas escandinavos escritos alrededor
de los siglos X y XI. Urd ó Wyrd2 es la Norn de lo
que fue, de todo lo que pasó y está por pasar, y
condiciona el devenir, el destino. Verðandi ó
Verdandi, tornándose, es la Norn de lo que es, que
representa el presente, el momento de cambio, de la
transformación; y Skuld es la Norn de lo que deberá
ser, el devenir, la posibilidad.
Estas
tres Nornen no representan, esquemáticamente, el
pasado, el presente y el futuro, como a veces son
interpretadas. El tiempo, en la mitología
germánico- nórdica, es indivisible. Es uno. El
pasado continúa en el presente, como una poderosa
realidad, que permanentemente modifica el futuro, lo
que está por acontecer. Así, la determinación del
destino del mundo, el fin, ocurrió en su creación.
Urðr and Verðandi, forma sustantiva de verða
(germánico: werden; anglosajón: weorðan), tornarse.
La forma corresponde al participio pasado, vorðinn,
ó orðinn, completado. Wyrd era, como Urðr, el sino o
destino. De ella derivó el término weird, en la
lengua inglesa y dio origen al verbo auxiliar werden
(alemán moderno), que significa “ser en
transformación”. La otra Norn es el participio
presente - verðandi, tornándose, aconteciendo. Skuld
proviene de skuld, el participio pasado de skulu
(sueco: skola; anglosajón: sculon); presente: skal
(sueco: skall; danés: skal; anglosajón: sceal;
inglés: shall); pasado: skyldi (sueco: skulle;
danés: skulde; anglosajón: sceolde; inglés: should).
El nombre también significa deber, obligación
(danés: Skyld), y denota el carácter de la Diosa de
la Muerte.
No se
puede estudiar una sociedad y un Estado sin conocer
sus orígenes, sin saber como surgieron, como se
desarrollaron, a lo largo de la Historia. El médico,
cuando va a examinar a un paciente, inmediatamente
le pregunta por su historia personal, las
enfermedades que tuvo, y también por la historia
familiar, a fin de verificar si su problema de salud
también deviene de factores genéticos.
De la
misma manera, el medio más eficaz para la
comprensión de un fenómeno político es saber como
comenzó. Los fenómenos políticos, cuando se
manifiestan, resultan de transformaciones
cuantitativas y cualitativas de tendencias
históricas, razón por la cual deben ser estudiados y
comprendidos en su encadenamiento mediato, en su
condicionalidad esencial y en su constante devenir.
La
comprensión del acontecimento, que fluye, y de su
desdoblamiento, en el futuro, requiere el
conocimiento del pasado, como sustancia real del
presente, en la que se esbozan posibilidades y
contingencias, suprimiendo (aufheben) y, al mismo
tiempo, conservando y elevando a una síntesis
superior (aufheben/aufbewahren) las contradicciones
intrínsecas del proceso histórico. La ciencia
política, por lo tanto, necesita de la Historia, con
la cual se debe identificar, para alcanzar y conocer
la naturaleza íntima del fenómeno que se pretende
estudiar.
Una
teoría es necesaria, por cierto, “para ligar los
hechos observados, y poder hacer nuevas
observaciones”, así lo enseñó el filósofo António
Ferrão Moniz de Aragão, mi antepasado, en su obra
Elementos de Matemáticas, publicada en 1858. Pero,
del mismo modo que los acontecimientos históricos no
pueden ser juzgados, según valores y criterios del
presente, tampoco se puede aplicar, integralmente,
teorías y conceptos elaborados en épocas antiguas
para analizar y estudiar lo que ocurre en la
actualidad. Las relaciones económicas y sociales
del pasado no se conservan iguales, se modificaron,
las ideas e instituciones modernas son diferentes de
las que otrora existieron, y las contradicciones
económicas, las relaciones sociales y las luchas
políticas son enteramente distintas de las que
ocurrieron en el siglo XIX o en las primeras décadas
del siglo XX. Así, cada época debe de ser evaluada
según su propia medida, sus propios valores,
determinados por la evolución de las fuerzas
productivas.
El
desarrollo científico y tecnológico, de los medios
de comunicación y de las herramientas electrónicas,
aumentando la productividad del trabajo e impulsando
aún más la internacionalización/globalización de la
economía, produjo una profunda mutación en el
sistema capitalista mundial, en la estructura social
de las potencias industriales y en el carácter de la
propia clase obrera, el cual no corresponde más al
de la clase obrera todavía concebido, abstracta y
teóricamente, por algunas tendencias políticas.
En el curso de la segunda mitad
del siglo XX, luego de la gran guerra de 1939-1945,
capitales de los Estados Unidos y de las potencias
industriales de Europa, buscando factores más
baratos de producción, emigraron, en gran medida,
hacia países de Asia y de América Latina, así como
hacia los países de Este Europeo, después del
colapso de la Unión Soviética y del Bloque
Socialista, en 1989-1991. Dichos países, con un
tercio de la población mundial, adoptaron la
economía de mercado. Y, sobre todo en China y en
India, donde encontraron condiciones de inversiones
más seguras, estables y lucrativas, las grandes
corporaciones instalaron sus plantas industriales y
pasaron a exportar la producción hacia los mercados
de las propias potencias económicas de las cuales
habían emigrado.
La consecuencia, agravada por
la automatización de la industria con la creciente
utilización de microchips (robots industriales), fue
el aumento del desempleo, que batió un record
histórico, alcanzando a 195,2 millones de personas,
en 2006, de acuerdo con los datos de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT). La existencia del
poderoso ejército industrial de reserva debilitó el
poder de negociación de los sindicatos, cuya
articulación política, restricta a los límites de
sus respectivos Estados nacionales, no acompañó el
desarrollo de la organización transnacional
capitalista, que permite a las grandes
corporaciones, con subsidiarias en los nuevos países
industrializados, contar con amplios recursos para
resistir a las presiones y minimizar los efectos
de cualquier paralización del trabajo. El desvío de
la producción hacia los países con niveles
salariales más bajos, las diferencias de condiciones
sociales y políticas, así como de los niveles de
organización obstaculizam, por ejemplo, el éxito
de la coordinación internacional de una huelga, con
el objetivo de paralizar, simultáneamente, todas las
unidades de producción de la misma empresa
esparcidas por diversos países. Y el poder de los
sindicatos fue aún más debilitado por la expansión
del mercado global de trabajo, con el surgimiento de
1,2 mil millones de nuevos trabajadores y de otros
millones dispuestos a trabajar por cualquer
salario, para tener un medio de subsistencia.
Asimismo, la política
imperialista, de competencia armada entre las
potencias industriales, apuntando a reproducir las
relaciones de producción e imponer su dominio sobre
vastas regiones del planeta, evolucionó, luego de
dos ruinosas guerras mundiales (1914- 1918 y
1939-1945), hacia el ultra-imperialismo, con la
formación de una especie de cartel de los grandes
Estados capitalistas, con la adhesión de otros
menores.
Este cartel es conducido por
los Estados Unidos, como potencia hegemónica, con
alta capacidad estratégica de modelar la voluntad de
las otras potencias industriales y conducir la
política internacional, de acuerdo con sus
intereses, exportando sus amenazas hacia los aliados
y llevándolos a moverse y actuar en función de lo
que piensan ser sus auténticos intereses
geoestratégicos, cuando, en realidad, son intereses
extranjeros. Y la expresión militar del cartel es
la OTAN, que ofrece garantías mutuas de no -
agresión y preveía la cooperación en el área de
seguridad, así como ayuda mutua en el caso de una
agresión por terceros países, colectivizando la
defensa, para que no se torne un asunto nacional
sino de interés del sistema global capitalista.
La disolución de los regímenes
comunistas en los países del Este Europeo, la caída
del Muro de Berlín y la reunificación de Alemania,
junto con la desintegración de la Unión Soviética en
otros quince Estados independientes y la adhesión de
China a la economía de mercado y a la globalización
firmaron el comienzo de una nueva época histórica e
impulsaron el proceso de
internacionalización/globalización de la economía,
acentuando la organización transnacional de
la producción y la expansión del consumo,
en contradicción con las formas nacionales de
constitución de las sociedades y de los Estados.
Dichos factores económicos y
sociales produjeron, sobre todo en las potencias
industriales, cierto desvanecimiento de las
contradiciones políticas e ideológicas entre los
partidos políticos, cuyas iniciativas, en el
gobierno, no discrepan mucho, en Alemania, Francia,
Guilherme Sandoval Gôes. “El Geoderecho y los
Centros Mundiales de Poder”, estudio presentado en
el VII Encuentro Nacional de Estudios Estratégicos,
6 al 8 de noviembre de 2007, Brasilia, F.F.
Gabinete de Seguridad Institucional de la
Presidencia de la República.
Inglaterra, mucho menos que en los Estados Unidos,
donde los Partidos Demócrata y el Partido
Republicano, esencialmente, poco se diferencian. Con
razón el gran historiador Eric Hobsbawm claramente
declaró en una entrevista a la agencia de noticias
Telam, de Argentina, que “ya no existe izquierda tal
como era”, ya sea socialdemócrata o comunista. O
está fragmentada o desapareció. No existe el
contraste, no hay virtualmente oposición. Las
diferencias consisten solamente en el matiz de los
partidos. No se puede decir, por lo tanto, que el
régimen democrático haya avanzado. Por el contrario,
tiende a converger, en los más diversos países, con
los regímenes totalitarios, en la medida en que el
Estado de excepción se torna la norma, tendencia
esta que se acentuó, sobre todo, luego de los
atentados terroristas contra las torres gemelas del
World Trad Center, en los Estados Unidos, el 11 de
septiembre de 2001.
El papel
de la sociedad civil se torna cada vez más
irrelevante. A pesar de la
oposición, los gobiernos de los Estados Unidos y de
algunos países de la Unión Europea deflagraron la
guerra y sus tropas continúan combatiendo en Irak y
en Afganistán.
El desarrollo de la tecnología,
cada vez más y más sofisticada, da a los gobiernos
de las potencias industriales medios para controlar
aún más a la población, amenazando las libertades
civiles.
En una entrevista de Eric
Hobsbawm a Martin Granovsky, presidente de la
agencia de noticias Telam, publicada en el diario
Página 12, Buenos Aires, 29/03/2009.
Chip, vehículo de espionaje,
que facilita el monitoreo de las personas, integra
los nuevos sistemas de televisión, computadores,
teléfonos etc.; el PKI Electronic Intelligence
permite, por medio de la tecnología digital,
monitorear cualquier medio de comunicación
electrónica, como GSM, fax, teléfono, internet y
otros; los semáforos de tráfico cuenten con cámaras
- Security Camera Surveillance Equipment - que
siguen cualquier movimiento del individuo; y cámaras
de vigilancia - CCTV –, instaladas en los más
diversos ambientes, con el objetivo de la
seguridad, posibilitan la invasión de la privacidad
de las personas; y también los gobiernos intentan
almacenar el tráfico de llamadas telefónicas y del
uso de internet, bajo el pretexto del combate al
terrorismo.
Este
elevado desarrollo tecnológico también favoreció la
concentración de riqueza y de poder y las
disparidades sociales aumentaron aún más en los
países de la periferia del sistema capitalista,
alimentando el fundamentalismo religioso, en medio
de una inestabilidad política, que se produjo en el
sistema internacional luego del colapso de la Unión
Soviética y del Bloque Socialista. Los Estados
Unidos se tornaron el único polo de poder, tanto
económico como político, cultural y tecnológico, con
un poderío militar, capaz de intervenir, inmediata
y efectivamente, en cualquier región del mundo. Su
capacidad de destrucción es incomparable, no tiene
paralelo en la Historia. Con todo, a diferencia de
otras potencias industriales, los Estados Unidos
dejaron de ser exportadores líquidos de capitales y
ya no lideraron más las compras o el establecimiento
de firmas en otros países. Con enormes déficits
comerciales y fiscales, así como en la cuenta
corriente de la balanza de pagos, se convirtieron en
una potencia deudora, sin condiciones de pagar su
deuda externa. Los bancos centrales de otros países
detentan reservas del orden de más de U$S 4
trillones. Solamente China posee reservas que
sobrepasan los U$S 2 trillones y detentan ¼ de la
deuda pública de los Estados Unidos, cuyo poderío
militar, basado, sobre todo, en las armas nucleares
y en los misiles de larga distancia, más que en las
tropas terrestres, ya no puede garantizarles la
hegemonía política.
Económica y financieramente, será difícil
sustentar, por muchas décadas, a lo largo de todo el
siglo XXI, un imperio, con cerca de 909 bases
militares, ostensivas y secretas, instaladas en
46 países y territorios, y dos guerras – Irak y
Afganistán – cuyos costos totales suben de U$S 2,7
trillones, en términos estrictamente presupuestales,
a un monto de U$S 5 trillones, en términos
económicos, según los cálculos de Joseph E.
Stiglitz.
El
colapso del sistema financiero internacional, que
estaba previsto desde 2006 y en 2007 eclosionó, se
profundizó, en la segunda mitad de 2008, con la
bancarrota de los mayores bancos de inversiones,
Lehman Brothers y Merril Lynch, así como de las
aseguradoras American International Group (AIG), de
la mayor de los Estados Unidos y del mundo, Fannie
Mae y Freddie Mac, entre otras corporaciones. Hasta
diciembre de 2008, el gobierno de los Estados Unidos
tuvo que invertir cerca de U$S 5 trillones para
evitar el colapso de todo el sistema financiero. Y
ya en el primer semestre de 2009, su déficit
presupuestario superó el monto de U$S 1 trillón. La
previsión es de que alcance la cifra de U$S 1,6
trillón hasta el final del segundo semestre y el
Congressional Budget Office estimó que, dentro de
diez años, el déficit presupuestario estará entre
U$S 9 trillones y U$S 10 trillones. La deuda
federal, que corresponde al 33% del PBI de los
Estados Unidos, en 2009, podría saltar al 68%,
alrededor de 2019, lo que representará cerca del
5,1% del PBI calculado para la década, un porcentaje
extremadamente alto.
Esta
tendencia no puede continuar indefinidamente.
Llegará el momento en que la cantidad habrá de
generar una nueva calidad, probablemente en medio de
una crisis mucho más grave aún, mucho más profunda,
sin precedentes en la Historia.
El
colapso del sistema financiero, que entre 2007 y
2009 sacudió la economía mundial y obligó por igual
a los gobiernos del Reino Unido, de Alemania y otros
países a aplicar trillones de dólares en operaciones
de rescate y estatización parcial de los bancos y
otras empresas, asestó un fuerte golpe al
fundamentalismo de mercado, similar al que alcanzó
al comunismo stalinista con el desmoronamiento del
Muro de Berlín y de los regímenes instalados por
parte de la Unión Soviética, en los países de Este
Europeo.
El
cambio en la arquitectura política internacional,
debido al desvío del centro de la producción
industrial hacia Asia, se aceleró. Y el grupo de
Estados ricos del Hemisferio Norte (Estados Unidos,
Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón, Rusia
y Canadá), el G-8, que pretendía constituir un
sistema global de poder y decidir sobre todas los
temas, tanto económicos como políticos, ecológicos y
otros, ya no puede hacerlo más sin la participación
de las potencias emergentes, como China, India y
Brasil.
También
se torna inevitable el descongelamiento del sistema
de gobernabilidad mundial. El Consejo de Seguridad
de la ONU, constituido al término de la Segunda
Guerra Mundial, está obsoleto. Con apenas cinco
miembros permanentes, las grandes potencias, con
Derecho a veto, y diez miembros no-permanentes, sin
Derecho a veto, no tienen representatividad para
aplicar sanciones contra un país (embargos
comerciales, financieros, de armas etc.) o
determinar una intervención militar, basada en un
juicio político sobre situaciones de guerra o de
amenaca a la paz.
Brasil
se opone al congelamiento de la estructura del poder
mundial, configurado por el Consejo de Seguridad de
la ONU, y por eso demanda su reforma, junto con
Alemania, India y Japón, dando un importante paso
hacia el establecimiento de un orden internacional
multipolar. Como dijo el embajador João Augusto de
Araújo Castro, hablando a los becarios de la Escuela
Superior de Guerra, en 1971, “Brasil está
condenado a la grandeza”, condenado por su
extensión territorial, por su dimensión demográfica,
por su composición étnica, por su ordenamiento
socio-económico y, sobre todo, por su incontenible
voluntad de desarrollo y progresso. Brasil no es
imperialista, no posee bases militares en ningún
otro país, pero tiene que enfrentar y vencer todos
los factores externos, superar todos los obstáculos,
que puedan contener su poder nacional e impedir que
desempeñe un papel de mayor relevancia, como un
global player, sin arrogancia en las relaciones con
los países más débiles y más pequeños y sin
humildad y sumisión frente a los designios de las
grandes potencias. Y de ahí el porqué el gobierno
del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, teniendo a
los embajadores Celso Amorim, como canciller, y
Samuel Pinheiro Guimarães, como secretario-general
de Relaciones Exteriores, trató de expandir las
fronteras diplomáticas de Brasil.
Entre
2003 y 2008, creó 35 nuevos cargos en el exterior y
el número de embajadas subió a 111, de las cuales
15 fueron abiertas o reabiertas en África. Así, con
un total de 203 representaciones diplomáticas,
Brasil afirma su presencia en todas las regiones
del mundo, inclusive en los países ricos en petróleo
y gas - Cazaquistán, Azerbayán, Katar y Omán y en el
centro de los temas sobre la estabilidad política y
la paz en el Oriente Medio y en Asia Central. Uno de
los principales objetivos es diversificar los socios
y ampliar los mercados para sus exportaciones e
inversiones, sobre todo en los sectores de minería,
petróleo, agricultura e infraestructura.
Es
necesario, entre tanto, que el pueblo tenga
conciencia de la proyección internacional de
Brasil, de la dimensión económica y política, que
conquistó, en la comunidad de las naciones, y de la
importancia de la política exterior, como
instrumento de afirmación del poder nacional, en la
medida en que preserva su autonomía e independencia.
La
Fundación Alexandre de Gusmão (FUNAG) y el Instituto
de Pesquisa de Relaciones Internacionales (IPRI),
órganos del Ministerio de Relaciones Exteriores y
dirigidos por los embajadores Jerónimo Moscardo y
Carlos Henrique Cardim, respectivamente, están
empeñados en la promoción de seminarios y
publicación de libros, divulgando la relevancia de
la política exterior y el conocimiento sobre
diversos países con los cuales Brasil desarrolla
significativas relaciones económicas, comerciales,
políticas y culturales. Entre tanto, la masa
crítica existente aún es precaria y las
universidades pueden contribuir para aumentarla,
incentivando la investigación y el estudio de otros
países, tal como ocurre, por ejemplo, en los Estados
Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia.
En
Brasil, en diversos Estados de la federación, ya
funcionan cerca de 84 cursos de graduación en
relaciones internacionais, 36% de los cuales (la
mayoría) en San Pablo, el 11% en Río de Janeiro y el
4%, en Bahía. También existen cerca o un poco más de
quince centros de estudios dedicados al estudio de
la política internacional y de algunas regiones,
sobre todo África, área en que la Universidad
Federal de Bahía fue pionera. En septiembre de 1959,
exactamente hace 50 años, fue fundado, durante la
gestión del rector Edgard Santos, el Centro de
Estudios Afro-Orientales (CEAO), bajo la dirección
del profesor portugués Agostinho da Silva. Este fue
el primer centro de estudios afro-orientales creado
en una universidad brasileña, reflejando los
intereses económicos y estratégicos, determinados
por el desarrollo industrial de Brasil, que - a
fines de los años 1950 - ya estaba necesitando abrir
mercados para sus exportaciones de manufacturas. Uno
de los miembros de la primera generación de este
Centro de Estudios Afro-Orientales fue Paulo
Fernando de Moraes Farias, que tuvo que salir de
Bahía, cuando se produjo el golpe militar de 1964, y
se exiló en África y, después, en Inglaterra. Como
profesor de la Universidad de Birmingham, se
convirtió en uno de los más importantes
africanólogos del Reino Unido, y la African Studies
Association, de los Estados Unidos, le concedió en
2005 el premio Paul Hair, por su obra sobre las
inscripciones árabes medievales y la Historia de la
República de Mali, publicada por la Universidad de
Oxford y la Academia Británica.
Debo
evocar aquí, además, la memoria de dos grandes
personajes notables de la diplomacia brasileña que
nacieron en Bahía: José Maria da Silva Paranhos,
visconde de Río Branco, y Rui Barbosa. José Maria da
Silva Paranhos, padre del barón de Río Branco, el
patrono de la diplomacia brasileña, desempeñó un
importante papel en los países de la Cuenca del
Plata, donde, como secretario del marqués de Paraná,
Honório Hermeto Carneiro Leão, negoció el tratado
con Uruguay, Paraguay y las provincias argentinas -
Corrientes y Entre Ríos - contra el gobierno de
Buenos Aires, bajo la comandancia de Juan Manuel de
Rosas, a quien el general Justo José Urquiza,
presidente de la Confederación Argentina, derrotó,
con el apoyo de Brasil, en la batalla de Caseros, en
1852.
El otro
fue Rui Barbosa. En los años 1890, apoyando a
Eduardo Prado, él denunció la “ilusión americana”,
el expansionismo encubierto por la Doctrina Monroe,
en el uso diplomático, con el objetivo de reservar
el continente americano a los emprendimientos
futuros de los Estados Unidos, y previó que Europa
solicitaría necesariamente su anulación, o
modificación, combinando “un modus vivendi adaptable
a la política imperialista de la Casa Blanca”. Rui
Barbosa, según afirmó el canciller Celso Amorim,
“fue un pionero de la diplomacia multilateral en
Brasil” (...) e “inauguró una línea de actuación que
perdura hasta el día de hoy: la defensa de la
igualdad entre los Estados y de la democratización
de las relaciones internacionales”. “El nuevo
sentido de la política externa brasileña” –
acentuó el embajador Carlos Enrique Cardim – “se
afirma con el pensamiento y la acción de Rui
Barbosa”, al defender el principio de la igualdad
entre los Estados, en la Asamblea de la Haya”, en
detrimento de los países más débiles. Y, al defender
la igualdad de los Estados soberanos, proclamó
que “la souveraineté est la grande muraille de la
patrie”. Si, la soberanía es la muralla de la
patria. Sin embargo, de acuerdo a lo que observó el
mismo Rui Barbosa, no se toma en serio la ley de las
naciones, sino entre las potencias cuyas fuerzas
se equilibran. Esta lección debe pautar la
estrategia de seguridad y defensa de Brasil, sobre
todo cuando los Estados Unidos amplían e instalan
otras bases militares en Colombia, penetrando la
Amazonia, y la IV Flota navega en el Atlántico Sur,
en las márgenes de los enormes yacimientos de
petróleo descubiertos en las capas pré-sal, en aguas
profundas, entre Espíritu Santo y Santa Catarina.
Estos
descubrimientos, a lo largo de la costa,
insertaron a Brasil en el mapa geopolítico del
petróleo. Y las amenazas existen, aunque puedan
parecer remotas. El peligro que representa una gran
potencia, tecnológicamente superior, pero con
enormes carencias, sobre todo de energia, puede ser
mucho mayor, cuando está perdiendo la supremacía, y
quiere mantenerla, que cuando expande su imperio.
No dudo que la intención del presidente Barack Obama
sea, sinceramente, renovar la política internacional
de los Estados Unidos y aliviar las tensiones
generadas por las iniciativas bélicas, agresivas,
unilaterales, de su antecesor, el presidente George
W. Bush. Con todo, incohercibles intereses
económicos alimentan poderosas fuerzas políticas,
que el presidente Barack Obama no tiene como
controlar y hasta pueden, eventualmente,
eliminarlo. Brasil, por lo tanto, debe estar
preparado para enfrentar, en el mar y en la tierra,
los inmensos desafíos que se plantean, en el siglo
XXI, la “era de los gigantes”, como denominó el
embajador Samuel Pinheiro Guimarães a esta era en
que los grandes espacios económicos y geopolíticos
serán los principales actores de la política
internacional. Si vis pacem,
para bellum. (Si quieres la paz, prepárate para la
guerra). Es el pasado, la Historia, que está
presente, condicionando el futuro.
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
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ONDA®
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