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¿Es posible una teoría política
democrática, en un contexto
de globalización?
por
Gabriel Delacoste
(gigantebueno@gmail.com)
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De manera explícita o implícita, la
Teoría Política contemporánea, y más específicamente
la teoría democrática, está pensada en términos del
Estado Nacional moderno.
Esta ponencia se propone rastrear en
autores con diferentes visiones de la democracia (Weber,
Dahl y Arendt) el problema de la escala de la unidad
política utilizando un enfoque de reconstrucción
racional, explicitando, problematizando y
cuestionando las posiciones de los autores. Buscando
también trabajar por una teoría política informada
empíricamente y actualizada, recurre a insumos de
las relaciones internacionales, la economía política
y la filosofía contemporánea para discutir las
consecuencias teóricas de la globalización sobre
estas propuestas.
Problema:
¿Que le pasa a la política?
"The tyranny of the 21st century is
called democracy.
El fin de la historia fue declarado,
el Estado es obsoleto, el socialismo siempre fue una
utopía irrealizable, la política es hoy la
competencia entre equipos en la que se juega quien
es capaz de administrar mejor a la empresa llamada
Estado, la única lucha política en la actualidad es
por el reconocimiento de las diferencias y la
protección de las minorías.
Estas frases están
entrando lentamente en el saber común. Es difícil
negar a esta altura que la política ha sufrido un
cambio fundamental en los últimos cuarenta años, sin
importar a que corriente intelectual se pertenezca o
que definición de política se use. Intelectuales de
todas las áreas hablan de esto y lo problematizan
una y otra vez.
Zygmunt
Bauman, el prolífico filósofo y sociólogo polaco
dice: “Explícita o implícitamente, las instituciones
políticas existentes están abandonando o recortando
su papel (...). Sin embargo, esto no significa -al
menos no necesariamente- que paralelamente se esté
ampliando la esfera de libertad negativa, ni tampoco
que se esté expandiendo la libertad de elección de
los individuos. Solo significa que la función de
establecer una agenda y un código es cedida -y cada
vez mas- a fuerzas ajenas a las instituciones
políticas (es decir, no elegidas y no controlables).
La “desregulación” implica la limitación de la
función reguladora del Estado, no necesariamente la
disminución, y mucho menos la desaparición de la
regulación.”
¿Quien es
el agente que efectúa hoy en día la regulación? ¿Que
consecuencias tienen estos acontecimientos sobre la
teoría normativa de la política? ¿Cual es la
capacidad de agencia de los ciudadanos frente a
estas fuerzas? ¿Porqué y como están ganando terreno?
En resumen ¿Que le pasa a la política?
Ante
preguntas de semejante magnitud es de esperar un
profundo debate en la ciencia y la teoría políticas,
que termine eventualmente en un cambio de igual
magnitud en las descripciones empíricas, los
mecanismos explicados y las justificaciones
normativas que estas disciplinas tienen como
objetivo generar.
Sin
embargo, el mainstream de estas disciplinas está
firmemente anclado en paradigmas dominantes que ya
lo eran desde antes de estos cambios: la escuela de
la elección racional y la teoría de la democracia.
Ambos funcionan, la mayoría de las veces de manera
implícita, con la premisa weberiana de que el
Estado, por tener el monopolio legítimo de la fuerza
física, es el actor principal en el mundo del poder.
Esta premisa, que tiene todo tipo de consecuencias
si se la da por buena, está siendo bombardeada
constantemente desde todos los flancos. A pesar de
esto, por tratarse de una premisa implícita,
no se encuentran
fácilmente defensas articuladas de su aceptación.
No se
debe olvidar que el Estado moderno tal como lo
conocemos no es la única forma de organización que
conoció el hombre, y que como todas las
construcciones humanas, tiene una historia compleja
a la que eventualmente llegará su fin. Esta
historia, al igual que la de otras instituciones
ligadas al Estado moderno (como la democracia) está
íntimamente relacionada con condiciones de
posibilidad de cada época.
Este
argumento es elaborado por Rober Dahl en “La
democracia y sus críticos”, donde dedica un especial
esfuerzo a explicar las diferencias entre la teoría
clásica de la democracia y la democracia realmente
existente, y por qué la primera no es posible en un
mundo complejo y moderno con grandes poblaciones,
expansión del sufragio y sociedades de masas. Para
Dahl, el concepto de democracia usado en la antigua
Grecia ya no es mas vigente debido a que tenía
implícita la necesidad de ser aplicado en el
contexto de una Ciudad Estado de muy escasa
población, unidad política para la que ya no existen
condiciones de posibilidad.
Dahl, y
en cierta medida también Hannah Arendt, distingue
dos momentos fundamentales en la historia de la
política, cada uno acompañado por un momento
correspondiente en la teoría democrática. Estos son
el momento de la Polis, protagonizado por Platón y
Aristóteles, y el momento del Estado moderno,
inaugurado por Hobbes.
Entiende,
por lo tanto, que las teorías normativas de la
política deben adaptarse a la época y a las
condiciones materiales, y que no es lo mismo
argumentar en favor de las mismas instituciones (y
sus justificaciones normativas) en diferentes
contextos. Dado que el contexto en el que funciona
el Estado en el marco en el que Dahl y el resto de
los clásicos de la teoría de la democracia
mainstream elaboraron sus teorías cambió
drásticamente, es justo preguntarse si es lo mismo
argumentar en favor de la democracia hoy que hace
cuarenta años.
En el
nudo de este problema se encuentra el concepto de
“unidad política”, es decir cual es, como es y que
tamaño tiene la institución encargada de hacer
cumplir por la fuerza las normas obligatorias. De la
misma manera que la teoría democrática clásica
partía de la Ciudad-Estado como unidad política, la
teoría de la democracia actual parte del Estado
moderno.
Nos
preguntaremos, por lo tanto, que consecuencias
teóricas tienen los cambios que se dieron en el
mundo en las últimas décadas y como impactan en la
relación entre las instituciones que la teoría
democrática mainstream propone y las justificaciones
normativas que da para esta propuesta. En otras
palabras, si se puede defender el orden de cosas
actual, del cual forma parte el Estado democrático
moderno (con sus límites, su monopolio de la fuerza
y su soberanía) desde las justificaciones normativas
que ofrece la teoría democrática moderna.
Más
específicamente, nuestro problema es como impacta la
globalización[i]
sobre la política, y dentro de ésta la teoría
política, y más concretamente aún, sobre la teoría
política democrática.
Esta
investigación apunta en la misma dirección que la
crítica que Hardt&Negri hacen del pensamiento
posmoderno y poscolonial: “(...) no queremos sugerir
que los teóricos posmodernos y poscoloniales son una
especie de lacayos del capitalismo global y el
mercado mundial”, pero “Muchos de los
conceptos caros a los posmodernos y los
poscolonialistas encuentran una perfecta
correspondencia en la ideología actual del capital
corporativo y del mercado mundial.
La ideología del
mercado mundial siempre fue el discurso
antifundacional y antiescencialista por excelencia.
La circulación, la movilidad, la diversidad y la
mezcla son sus condiciones mismas de posibilidad.
(...) Las diferencias (...) parecen multiplicarse
indefinidamente en el mercado mundial que ataca con
la mayor de las violencias las fronteras fijas y
arrasa con cualquier división binaria en virtud de
las infinitas multiplicidades”.
Hardt&Negri
quieren decir que una corriente de pensamiento, a
pesar de partir de la defensa de causas que parecen
a priori justas, puede ser perfectamente funcional
al sistema que conspira contra el avance de esas
causas. Lo que motiva a esta investigación es la
preocupación sobre las consecuencias políticas que
defender un paradigma teórico o científico tiene, y
particularmente en este caso, defenderlo en un
contexto completamente diferente de aquel en el que
fue enunciado.
Objetivos: Una crítica de la
democracia
Esta
investigación se propone hacer una crítica de la
teoría de la democracia a partir de los desarrollos
actuales de los campos de la filosofía y la de
teoría de las relaciones internacionales, usando
como ejes principales a los conceptos de
“democracia”, “globalización” y “unidad política”.
Esta
crítica trabajará sobre la base de que el mundo
económico y el mundo político están íntimamente
relacionados, y que esta relación tiene
consecuencias teóricas. En este caso, llamaremos
“globalización” al estado actual del mundo económico
y estudiaremos como influye en el mundo político,
especialmente en dos de sus instituciones
principales: el Estado (como unidad política) y la
democracia (como forma de gobierno).
Con
“teoría de la democracia” me refiero básicamente a
los desarrollos de Robert Dahl en y “La democracia y
sus críticos”, así como a algunas ideas de Hannah
Arendt y Jurgen Habermas. Las ideas que estos tres
autores tienen de democracia, si bien son
diferentes, no son mutuamente excluyentes y
presentan una idea bastante completa de lo que en
general se entiende por democracia y los valores en
los que se basa su justificación normativa.
El primer
objetivo de esta investigación es, por lo tanto,
elaborar una descripción justa, razonable y lo mas
exhaustiva posible de a que llaman estos autores
“democracia”: que condiciones estiman necesarias
para llamar “democrático” a un régimen y que valores
conforman la justificación normativa de la
democracia.
En
segundo lugar, me propongo hacer una descripción del
estado de cosas actual en el mundo, particularmente
de la mecánica del capitalismo contemporáneo, es
decir la globalización. Para esto me centraré sobre
todo en el pensamiento de Cornelius Castoriadis, así
como en los desarrollos de Sassen, Bauman, Hardt&Negri
y otros, principlamente teóricos de la globalización
y las relaciones internacionales.
Debido a
que estos autores vienen de tradiciones académicas
muy diferentes a la de la ciencia política, es
importante adaptar las discusiones que estos autores
tienen a un lenguaje más amigable al de la ciencia
política de tal manera de poder luego hacer dialogar
a ambas tradiciones. Es por esto que no me limitaré
a explicar lo que dicen los teóricos de la
globalización, sino que intentaré hacer una
descripción original basada en ellos.
El siguiente paso
será juzgar al estado de cosas actual (en el que
está incluído el Estado democrático moderno) con las
herramientas teórico-normativas que nos ofrecen los
autores de la teoría de la democracia y de este
juicio extraer las conclusiones necesarias para
responder la pregunta que titula al artículo.
Método: contemporáneos y
razonables
Esta
investigación se sitúa en el terreno de la teoría
política. Con esto quiero decir que el tipo de
conocimiento en el que se centrará es un
conocimiento general, mas interesado en explorarar
las relaciones lógicas entre conceptos que en buscar
señales de la existencia de estos conceptos o sus
relaciones en una realidad empírica.
Esto no
significa que el trabajo no tenga compromiso alguno
con el mundo empírico, sino que su objetivo es
trabajar con interpretaciones de la realidad
desarrolladas por autores de diversas teorías y
disciplinas, no recabar ni procesar datos.
El hecho
de que recurra a autores tanto pertenecientes a la
teoría política propiamente dicha como a otras
tradiciones académicas no implica que el trabajo sea
ajeno a la disciplina. Por más que conceptos como
“capitalismo” o “interdependencia” tengan un lugar
clave en el análisis, estos no son el centro de lo
que quiero desarrollar. El centro, o la variable
dependiente si se quiere hablar en el lenguaje de la
ciencia política, es la política, y dentro de ella
la democracia.
Por mas
que use como metáfora la expresión “variable
dependiente”, este trabajo no intenta comprobar
vínculos causales entre fenómenos, lo que sería
impracticable para un trabajo de esta escala debido
a la complejidad y el tamaño de los objetos con los
que trata, sino trabajar con definiciones y
descripciones de autores respetados y extraer de
ellas y de su interacción con los otros conceptos un
modelo que describa cuales deberían ser las
consecuencias de la interacción de unos conceptos
con otros.
Lo que
haré, por lo tanto, es estudiar las consecuencias
teóricas del capitalismo, bajo la forma de
globalización, sobre el Estado, la democracia y las
justificaciones normativas de la democracia. Como
dije antes, esta tarea se puede desglosar en algunos
objetivos específicos, que al ocupar lugares
diferentes en mi estrategia argumental, requieren
diferentes encares metodológicos.
Para
describir al estado de cosas, la estrategia que
seguiré será la elaboración de un modelo lo mas
simple posible a partir de las relaciones lógicas
entre algunos conceptos. El modelo intentará
básicamente explicar cuales son los factores que
moldean las desiciones de los gobiernos de los
Estados en un mundo globalizado. De esta manera,
partiendo de definiciones y mínimas
caracterizaciones de los conceptos “capitalismo”,
“globalización” y “Estado moderno” intentaré
describir de qué manera deberían tender a
comportarse los Estados de darse las condiciones que
describiré más adelante.
La idea
es partir de conceptos y polémicas propios de los
mundos de la filosofía y las relaciones
internacionales y a partir de ellos elaborar un
modelo más similar a lo que estamos acostumbrados a
ver en el mundo politológico, aunque siempre
manteniéndome dentro del terreno de la teoría.
En lo que
refiere a la presentación de la teoría de la
democracia, utilizaré un enfoque de reconstrucción
racional, de la manera descrita por Richard Rorty.
Rechazando enfoques contextualitas, intentaré ser
fiel y justo con los textos de Dahl, Habermas y
Arendt, debatiendo con ellos no como clásicos, sino
como argumentos en favor de ciertos valores,
instituciones y herramientas metodológicas.
Intentaré
trabajar en la ficción de unos autores
contemporáneos y razonables, que dan a entender en
que valores se basan sus propuestas, de que manera
estos valores se traducen en instituciones y
programas políticos y que herramientas debemos usar
para juzgar normativamente si regímenes concretos se
ajustan o no a los valores que ellos proponen.
Puede
sonar arrogante intentar “hacer contemporáneos” a
autores que o bien siguen vivos o bien los estaban
hace muy pocos años. Lo que importa aquí no es la
contemporaneidad temporal, sino la académica. Con
“contemporáneos y razonables” quiero decir, como
diría Rorty, versiones ideales de los autores,
re-educados y capaces de aceptar los avances en el
progreso racional de la historia intelectual.
La
pregunta no es tanto ¿Que dice Habermas?, sino ¿Que
diría Habermas de comprender y compartir el
diagnóstico que hacemos de la realidad actual?
Prestaré
especial atención en esta etapa al tratamiento que
hacen del tema de la unidad política, al que
considero clave para mi análisis. El problema es que
el tratamiento que hacen los autores del tema no es
una toma de posición normativa frontal, sino mas
bien una resignación a que se trata de un tema que
se debe dar por dado, exterior a la lógica interna
de la teoría política.
Por lo
tanto, una parte importante de mi trabajo será
rastrear, explicitar y problematizar la posición de
los autores sobre el tema de la unidad política
cuando ésta sea explícita e intentar deducirla
cuando esté meramente implícita.
En la
siguiente etapa, ahora si apartándonos (aunque no
tanto) de la reconstrucción racional, intentaré
juzgar al Estado de cosas actual de acuerdo con los
criterios normativos que ofrecen los autores,
básicamente haciéndome la pregunta ¿Están las
instituciones democráticas del mundo actual a la
altura de las pretensiones normativas que las
justifican?
Las
herramientas que utilizaré para responder esta
pregunta, por si es necesario aclarar, no son
herramientas empíricas sino teóricas, y las
respuestas a las que llegue no van a ser
investigaciones basadas en observaciones propias o
secundarias, sino que intentaré que sean deducciones
lógicas a partir de las definiciones y
caracterizaciones.
La
estrategia argumental que seguiré (y usaré para
estructurar el resto del artículo) será comenzar por
explicitar las premisas de las que parto sobre la
democracia y sobre el estado de cosas. Estas
premisas se apoyarán fuertemente en desarrollos de
autores reconocidos y hará las veces de marco
teórico. El siguiente paso será desarrollar un
juicio normativo del estado de cosas con las
herramientas que extraje de la teoría de la
democracia, para concluir con algunas reflexiones
sobre las consecuencias políticas y académicas que
el resultado de este juicio tiene.
Premisas sobre la democracia
La
democracia es el centro de la teoría política. Todos
los autores relevantes tienen algo para decir sobre
ella y existen munerosas definiciones, teorías y
descripciones que dan cuenta de su compleja y a
veces contradictoria naturaleza. A tal punto llega
este caos teórico que Dahl propuso al término
“poliarquía” para aislar al análisis politológico de
los regímenes políticos de este debate teórico.
Es por
esto que hacer una descripción de la democracia en
términos teóricos requiere tomar decisiones teóricas
y metodológicas polémicas, que necesariamente dejan
fuera a una parte importante del debate y no hacen
justicia a algún argumento, tradición, corriente o
autor.
Teniendo
esto presente, no intentaré un análisis exhaustivo
ni genealógico del concepto ni sus implicancias,
sino que partiré del concepto de democracia
defendido por Dahl en “La democracia y sus críticos”
y lo complementaré con algunos conceptos de las
teorías de Arendt y Habermas. Esto genera algunos
problemas, debido a que cada uno de estos autores
adhiere a una manera diferente de ver la democracia
y toma una estrategia argumentativa diferente para
defenderla.
No negaré
estas diferencias, aunque si diré que sus teorías no
son mutuamente excluyentes, ya que no es que
ofrezcan diferentes respuestas a la misma pregunta,
sino que se centran en partes diferentes de la
temática. Mientras el foco de Arendt se encuentra en
la felicidad y la realización humanas, el de
Habermas se encuentra en la deliberación y el de
Dahl en las instituciones políticas.
Es cierto
que mientras Habermas y Arendt provienen de una
tradición republicana, Dahl escribe desde una
postura liberal, pero también es cierto que los
requisitos fundamentales que le piden a la
democracia son similares, los valores en los que se
basan también lo son (o como mínimo no son
mutuamente excluyentes) y las herramientas
normativas que nos dan para juzgar a los regímes son
perfectamente compatibles.
Aún si no
lo fueran, el objetivo de este trabajo no es
elaborar una teoría totalizadora de la democracia,
sino juzgar al estado actual de cosas desde la
teoría de la democracia y a partir de este juicio
reflexionar sobre algunos supuestos de ésta. Este
juicio puede hacerse tanto si uno cree que la teoría
es un conjunto de posiciones irreconciliables (en
cuyo caso serán múltiples juicios separados,
posiblemente con diferentes conclusiones), como si
no. A esto me referiré en las reflexiones finales
del artículo.
Comenzaré
por esta caracterización de la democracia por
enumerar y explicar brevemente a los valores en
los que se basa la justificación normativa de la
democracia.
En primer
lugar, la autonomía y la libertad. La idea de que la
democracia es el único régimen político que permite
a los individuos vivir bajo leyes que ellos mismos
se imponen es la base de casi todas las
argumentaciones en favor de este régimen.
Puede
tratarse de una autonomía mas liberal en la que el
imperativo ético es respetar un espacio de defensa
de los intereses privados de cada individuo (como en
el Principio de autonomía personal de Dahl) o de de
una autonomía mas republicana, encarnada en una
capacidad para la autodeterminación en procesos
colectivos.
Este
valor es claramente defendido por Dahl: “The relvant
point here, however, is that (...) people ought to
enjoy a high degree of personal autonomy in
individual and collective decisions.
(...) That personal autonomy and thus
the incusion as a full cityzen in a democratic order
are necesary to self-determination is even more
obvious.”; y Habermas: “En el plano de la teoría
política compiten entre sí, ciertamente, desde el
principio planteamientos individualistas y
colectivistas que dan en cada caso la primacía al
individuo o a la nación. Pero en todos los casos la
libertad es entendida como libertad de un sujeto que
se determina a si mismo y se realiza a si mismo.
Autonomía y autorrealización son los conceptos
claves de una práctica que tiene en si misma su
propio fin, a saber, la producción y reproducción de
una vida digna del hombre”.
Esta
última frase de Habermas menciona, encadenado con la
autonomía al otro gran valor que justifica a la
democracia: la felicidad y la realización del
potencial humano. Aunque estas dos expresiones no
son exactamente análogas, es cierto que de una
manera u otra todas las teorías de la democracia
trabajan con la idea de que la democracia es el
régimen donde los sujetos pueden ser verdaderamente
humanos y alcanzar su máximo potencial.
Este
argumento es defendido con particular elocuencia por
Hannah Arendt, pero también lo es por Robert Dahl,
aunque, naturalmente con una veta mas liberal.
Mientras Arendt propone una idea de la felicidad y
la buena vida en el mundo público, Dahl se limita a
decir que la democracia restringe menos cursos de
acción a los individuos, que por lo tanto van a
tener mas posibilidades de realizarse.
El hecho
de que se vea a la democracia como relevante a la
hora de defender valores tan importantes para la
cultura occidental como la autonomía-libertad o la
felicidad-realización tiene como consecuencia que
para los autores no existe un modo de convivencia
humana que sea normativamente justificable si no es
democrático.
Por lo tanto, juzgar que
tan democrático es un régimen tiene consecuencias
importantes sobre la deseabilidad del mismo. Es por
esto que los autores nos dan descripciones
detalladas de como se ve una democracia que ayuda a
la realización de estos valores. Algunas partes de
estas descripciones serán usadas en este artículo
como herramientas para
juzgar lo democrático de un régimen.
Lo que describiré a continuación son
algunas de las características principales de la
democracia moderna y la teoría de la democracia.
Estas características permean hacia muchos discursos
de la teoría, la ciencia y la práctica política. Por
lo tanto, no son monopolio de estos autores ni sus
orígenes pueden ser rastreados a ellos.
Lo
primero es que la democracia es una forma de
gobierno, es decir que es una manera de tomar
desiciones obligatorias. Esto significa que las
desiciones tomadas de manera democrática deben poder
ser respaldadas por la violencia física por parte de
una institución o una agencia capaz de llevarla
adelante.
Dicho de
otra manera, en un régimen democrático la política
debe ser soberana, y tener la última palabra frente
a otras expresiones de lo social. Este argumento de
raíz hobbesiana es desarrollado por Dahl en su
alegato contra el anarquismo.
En
segundo lugar, que las desiciones obligatorias deben
ser tomadas de acuerdo a un procedimiento que
garantice que todos los afectados por esa norma
fueron consultados y pudieron participar en igualdad
de condiciones en su elaboración.
La
naturaleza exacta del procedimiento vería de autor
en autor. Pero mas allá de diferencias puntuales o
de énfasis la idea es que si se va a obligar a un
sujeto a cumplir una norma por la fuerza o a
convivir con sus efectos se lo debe informar,
consultar y darle poder de desición, de tal manera
de que los individuos puedan vivir en la mayor
autonomía posible.
En tercer
lugar y por último, en un régimen democrático debe
existir un espacio público donde los sujetos puedan
debatir, participar y mostrarse con un margen de
libertad y posibilidades de actuar en común.
Este
espacio debe estar protegido, no contaminado por
lógicas externas al propio espacio público y la
acción colectiva, es decir las lógicas científicas y
económicas. No es posible la democracia si las
decisiones se toman de acuerdo a criterios empíricos
inapelables que se desprendan de las enseñanzas de
“guardianes” o de dinámicas de mercado.
Habiendo rastreado las
condiciones básicas con las que debe cumplir un
régimen para ser considerado democrático y por lo
tanto normativamente justificable dedicaré algunos
párrafos en buscar lo que la teoría de la democracia
tiene para decir sobre el tema de
la unidad política.
A
primera vista parece no tener mucho que decir, al
punto de que Dahl llega a sentenciar: “we cannot
solve the problem of the proper scope and domain of
democratic units from within democratic theory.
Like the majority principle, the
democratic process presupposes a proper unit”.
Habermas, por
otro lado, discute largo y tendido el tema, haciendo
del futuro del Estado moderno[ii]
uno de sus principales temas. No llega, sin embargo
a ninguna conclusión sobre si existe la posibilidad
de juzgar normativamente a una escala política u
otra. Lo más parecido parece ser cuando dice,
hablando de la Unión Europea “El nuevo nivel de
interdependencias económicas permite prever una
creciente necesidad de coordinación también en otros
campos de la política”, dando quizás a entender que
la política debe funcionar en la misma escala que la
economía.
Lo que si
está claro, es que tanto Habermas como Dahl y Arendt
hablan la abrumadora mayoría de las veces de que la
democracia (o el espacio público, o la deliberación,
etc.) existe en el contexto de “una sociedad”, “un
pueblo” o “un país”, sin nunca definir que
significan estos conceptos mas que con alguna breve
caracterización.
A pesar
de que se trata de un tema poco problematizado,
parece claro que cuando hablan de sociedades,
pueblos y países están diciendo que la unidad
política a la que se aplica su teoría es el Estado
moderno.
Cabe
preguntarse si esta elección está basada en
criterios empíricos (si es, por ejemplo, que no ven
posible la existencia de otra unidad política
relevante) o normativos (si creen, por ejemplo, que
la actividad política debe ocurrir en comunidades
espirituales previamente existentes) o si
simplemente el tema no es relevante y se da por
sentado.
Una
explicación posible a esta omisión es que en el
momento histórico en el que estos autores
escribieron el problema de la escala no era
polémico. Que la discusión actual sobre la crisis
del Estado-Nación, la globalización, el choque de
civilizaciones y la ingobernabilidad del capital
trasnacional no había comenzado. Esto explicaría,
por ejemplo, por qué Habermas, el autor de actividad
más reciente entre los seleccionados es el que
enfrenta el tema de manera más directa.
El
problema con esta explicación es que nos obligaría a
tomar una postura contextualita, de reconstrucción
histórica de la teoría, tratando a los autores como
hijos de su tiempo y no como parte de la
conversación teórica contemporánea. Más problemática
aún es esta postura si se tiene en cuenta que se
trata de autores del Siglo XX.
Aceptar su silencio
sobre el tema implicaría apartarse de la postura
metodológica de la reconstrucción racional, ya que
no les pediría a los autores opinión sobre los temas
que no eran vistos como relevantes mientras
escribieron. Especialmente cuando se tiene en cuenta
que los tres autores entienden y resaltan las
consecuencias de la diferencia entre la democracia
clásica y la democracia moderna debido al cambio de
la unidad política.
Si la
transición de la polis al Estado moderno tuvo
consecuencias teóricas tan amplias ¿Como es posible
defender que la teoría de la democracia sea una
teoría del Estado moderno? ¿No importa la unidad
política que contiene las instituciones democráticas
para que se realicen los valores que la justifican?
¿No vale la pensar en que consecuencias tendría la
evolución o eventualmente el fin del Estado moderno
sobre la democracia?
La
respuesta que da Dahl a esto es que “to make a
reasonable judgment about the scope and domain of
democratic units requires us to move well beyond the
realm of theoretical reason and deep into the realm
of practical judgment”, es decir, que la unidad
política que defendamos va a depender en gran parte
de que conclusiones saquemos sobre el contexto.
Siguiendo
su consejo, aunque sin renunciar a continuar en el
territorio del razonamiento teórico, intentaré a
continuación describir el contexto en el que existen
hoy las instituciones democráticas, para luego ver
si la escala de la unidad política en la que están
aplicadas es indiferente o no a la hora de juzgar a
los regímenes normativamente.
Sobre el Estado de Cosas
Hay una
sola cosa en la que todos están de acuerdo cuando
hablan del estado actual de las cosas: que algo,
aunque no se sepa muy bien qué, cambió en los
últimos cuarenta años.
Puede
haber terminado la modernidad y comenzado la
posmodernidad, aunque puede ser también que la
modernidad simplemente esté en su etapa tardía,
radical o líquida. Quizás la historia terminó, o
quizás estamos en una nueva etapa del capitalismo, o
en su crisis, o en la etapa de formación de un
Imperio biopolítico que todo lo gobierna.
Cuando
Hardt&Negri defienden esta última postura, dicen que
su argumentación “apunta a ser tanto filosófica como
histórica, tanto cultural como económica, igualmente
política que antropológica”.
A pesar
de que es cierto que algún grado de
interdisciplinariedad es necesario para hablar de un
mundo tan complejo e interdependiente como el
actual, es para esta investigación totalmente
imposible y probablemente innecesario partir de un
enfoque totalizador de esa escala.
Por esto,
me limitaré a explorar la parte económica del
Cambio, y su impacto en la política, sin privarme
para esto de usar como insumo a ideas sobre el tema
provenientes de otras tradiciones académicas. De
hecho, no usaré prácticamente insumos de la ciencia
económica, sino más bien desarrollos teóricos sobre
las economías elaboradas desde la teoría de las
relaciones internacionales y la filosofía.
Uso para
esto como hipótesis de trabajo la idea de
inspiración marxista de que la economía determina en
última instancia a la política. De aquí se desprende
que es de esperar que los cambios generados en las
relaciones económicas impacten en el funcionamiento
de las instituciones políticas.
Para
describir a la globalización y explicar que cambios
introduce en el mundo de la economía (y por lo tanto
de la política) comenzaré por ponerla en el contexto
del capitalismo y su evolución a lo largo de la
historia.
Comenzaré
con la definición de capitalismo propuesta por
Cornelius Castoriadis: “El capitalismo no es
simplemente la acumulación por la acumulación, sino
la transformación implacable de las condiciones y
los medios de acumulación, la revolución perpetua de
la producción, del comercio, de las finanzas y del
consumo. Encarna una nueva significación en el
imaginario social: la expansión ilimitada del
“dominio racional”. Después de un tiempo, esa
significación penetra y tiende a informar a la
totalidad de la vida social (por ejemplo el Estado,
los ejércitos, la educación, etcétera). Mediante el
crecimiento de la institución capitalista básica -la
empresa-, se materializa un nuevo tipo de
organización burocrático-jerárquica; gradualmente la
burocracia gerencial-técnica se convierte en la
portadora por excelencia del proyecto capitalista.
La
revolución perpetua de la producción y su constante
influencia en el aparato estatal es donde haré foco,
intentando poner a la globalización en contexto en
tanto etapa de ésta. Para definir a la
globalización, por lo tanto, es importante ver
claramente en que se diferencia de etapas anteriores
y de que manera esta diferencia impacta en la manera
en que la revolución constante de la economía moldea
al Estado.
Esta
relación es tan antigua como el capitalismo y el
Estado moderno mismos. Las fuerzas productivas
destruyeron de manera espectacular los lazos y las
cadenas que mantenían de pie al régimen feudal ni
bien fue manifiesto que podía acumularse más de
prisa con un régimen más “racional”.
“Existía, (...) un latente -que pronto sería
abierto- conflicto entre las fuerzas de la vieja
sociedad y la nueva sociedad “burguesa”, que no
podía resolverse dentro de las estructuras y los
regímenes políticos existentes.” “Lo que aboliría
las relaciones feudales agrarias (...) sería la
Revolución francesa.
Naturalmente, el conflicto fue laudado en favor de
las fuerzas racionalizantes de la economía
capitalista, aunque no sin resistencias ni pasos
atrás. Surgiría de esta manera el capitalismo
nacional, del que el Estado moderno sería garante.
En su
revolución constante, el capital requirió del Estado
no solo que fuera garante de la propiedad y la
libertad de movimiento de ésta, sino también que
usara su poder violento para expandir su ámbito de
acción a nuevas áreas geográficas.
El
capital, de esta manera, era exportado con
asistencia estatal a territorios ajenos a la
metrópoli (o en la versión del dependentismo
latinoamericano, el centro), para volver
multiplicado luego de usar los factores productivos
y la capacidad de consumo de la colonia (o la
periferia). Este proceso es el centro de lo que a
partir de Lenin llamamos “imperialismo”.
Paralelamente a esto, los Estados vivieron entre
finales del Siglo XIX y finales del XX un proceso de
expansión tanto de sus funciones como de la apertura
a nuevos actores en el proceso de toma de
decisiones, en parte como consecuencia de luchas
sociales y en parte como consecuencia de la
prosperidad que el sistema imperialista (o
centro-periferia) hacía posible.
Este
estado expandido y democrático fue llamado “Estado
de bienestar” y sus exponentes más exitosos fueron
los protagonistas de “los 30 gloriosos”, una edad de
oro del capitalismo en la que algunos
países (especialmente la tríada Estados
Unidos-Europa-Japón) vivieron un crecimiento
económico explosivo acompañado de una
correspondiente mejora en términos de bienestar de
la población.
Este es el contexto de la
primera y segunda “olas de democratización”, se
trató de épocas, especialmente en la segunda, en la
que la democracia avanzaba y con ella un Estado de
bienestar que imponía condiciones al capital, por
decirlo de alguna manera, intentaba domarlo para
hacerlo funcional a las decisiones democráticas de
la sociedad.
Este
estado de cosas no podía mantenerse para siempre,
dado que eso significaría el fin de la revolución
perpetua que define al capitalismo. Las fuerzas
productivas continuaron avanzando, como siempre, y
también como siempre volvieron a cambiar la
fisonomía del Estado moderno.
En
este espiritu, Gary Teeple define: “Globalization
can be defined as the unfolding resolution of the
contradiction between ever expanding capital and its
national political and social formations. Up to the
1970s, the expansion of capital was always as
national capital, capital with particular
territorial and historical roots and character.
Afterwards, capital began to expand more than ever
as simply the corporation; ownership began to
correspond less and less with national geographies.
Just as capital once had to create a national state
and a defined territory, in the form of the
transnational corporation (TNC) it has had to remove
or transform this 'shell' to create institutions to
ensure and facilitate accumulation at the global
level. Globalization is the close of the national
history of capital and the beginning of the history
of the expansion of capital
sans
nationality.
Esta
definición puede reducirse a la simple idea de que
la globalización es el proceso por el cual el
capital pasa de reproducirse a escala nacional (de
aquí en más evitaré usar la palabra “nacional” para
evitar algunas complicaciones teóricas que
introduce) a reproducirse a escala mundial,
moviéndose libremente a través de las fronteras de
los Estados.
Se
desprende de esto que en una economía globalizada
existe una interdependencia entre todos los actores,
independientemente de las fronteras nacionales. Las
decisiones tomadas en cualquier lugar del mundo
afectan al resto, se trate de decisiones políticas,
económicas o de otro tipo. Estas relaciones de
interdependencia se dan a través de lo que la teoría
de la interdependencia compleja llama “múltiples
canales de contacto”.
Es
importante notar que esto de ninguna manera
significa el fin del Estado moderno, sino solamente
del fin de la historia nacional del capital.
Significa, eso si, que el Estado deberá
transformarse profundamente para facilitar la
acumulación a nivel global.
En primer
lugar es necesario notar que a pesar de que el
capital es líquido, móvil y capaz de ignorar las
fronteras de los Estados modernos, “en una gran
medida, la economía global se materializa en
procesos concretos situados en lugares específicos”,
y como todo el territorio productivamente relevante
del mundo está dividido entre múltiples Estados
modernos, casi toda la actividad económica está
ubicada al interior de las fronteras de uno de
ellos.
A pesar
de que esto pueda parecer obvio, es fundamental para
explicar de qué manera el Estado moderno se
transformó en los últimos 40 años. Siguiendo con las
obviedades, diré que el Estado necesita para su
reproducción material como institución el desarrollo
de actividad económica dentro de su territorio de la
cual extraer recursos por la fuerza bajo la forma de
impuestos.
A los
gobiernos de estos Estados les conviene además (y
mucho más si se trata de un Estado democrático)
lograr el mayor nivel de bienestar posible para su
población, principalmente bajo la forma de empleos
(mejor si se trata de empleos de calidad) y
políticas públicas que protejan a los ciudadanos de
las crisis y las injusticias del sistema económico.
En un
mundo en el que el capital es móvil, para sobrevivir
como institución los Estados deben hacer todo lo que
puedan para que los actores de la economía
globalizada tomen decisiones favorables a la
instalación de la mayor cantidad de capital posible
(que de ser posible use intensivamente la fuerza de
trabajo de sus ciudadanos) al interior de sus
fronteras.
El
problema es que al existir múltiples Estados, éstos
van a necesitar competir entre sí por el capital,
generando decisiones cada vez más favorables a éste.
Estas decisiones pueden tomar la forma de
desregulaciones, estímulos fiscales, zonas francas y
muchas otras.
A pesar
de venir en diferentes variedades, lo que todas
tienen en común es que favorecen al capital sobre el
trabajo, e incluso sobre el mismo Estado, que en su
competencia por dar condiciones más favorables al
capital que los demás, termina renunciando a su
propia capacidad de regular y a la recaudación
impositiva que le permite llevar a cabo sus
funciones, sin hablar de las protecciones y
beneficios para sus ciudadanos.
Si algún
estado decidiera conservar sus regulaciones,
impuestos y beneficios, el capital, al estar
globalizada la economía, tendría la capacidad de
irse a otro que le sea más favorable, privándolo
totalmente de empleo y recaudación. Si, en cambio,
decidiera ceder se quedaría con empleos de cada vez
peor calidad y paga y con cada vez menos
recaudación.
Esta
verdadera espiral descendiente toma la forma de un
dilema del prisionero, en el que todos los Estados
(y sus ciudadanos) estarían mejor si todos regularan
al capital, pero el estímulo para no regular (es
decir para traicionar) y el riesgo de hacerlo y que
otros no lo hagan es demasiado grande para que los
Estados se animen a hacerlo.
Este
proceso es descrito por Seidman (2004) de la
siguiente manera: “(...)
labor is often denied much support
from its strongest potential ally in the neoliberal
world, where states are severely constrained by the
fear of capital flight. High tax rates could chase
away investments, while higher wage bills undermine
international competitiveness. Globalization may
thus further erode state revenues in countries that
already lack social services or infrastructures-a
prospect that undermines the possibility that
developing-country states will be able to educate
workers to give them skills that might increase
their bargaining power with employers, or create the
social security net that historically strengthened
labor's ability to organize in advanced industrial
countries.
This tension is most
clearly reflected, perhaps, in the proliferation of
export-processing zones-sites in which states often
agree not to enforce existing labor law, as part of
a subsidy package offered to foreign investors. As a
development fashion, these zones create new
dilemmas, involving a complicated tradeoff between
investment, job creation, and the enforcement (much
less improvement) of existing labor law. Indeed, in
the effort to attract new jobs to their countries,
many developing-country governments have proved more
likely to provide services to new export-processing
zones than to their own citizens. Governments are
more likely to publish brochures advertising the
"nimble fingers" of their willing workers (Ong 1987;
Lee 1998) than to insist that investors provide
health and safety protections, more likely to call
migrant workers who remit needed foreign exchange
"national heroes" (Parreñas 2001) than to solve
unemployment by funding public works or
infrastructural development. From this perspective,
globalization will inevitably intensify inequities,
further weakening already poor nations, and making
workers who are already unskilled and poor
increasingly vulnerable to the demands of
international capital.
A pesar de que esta cita habla
específicamente de países en desarrollo,
teóricamente este problema lo deberían tener todos
los Estados modernos en un contexto de economía
globalizada, ya que el capital es igualmente móvil
en los países ricos que en los pobres.
Una característica que
tiene la competencia entre Estados para atraer el
capital es que se trata de un proceso totalmente
objetivo y dependiente de una racionalidad
económico-científica. En un mundo globalizado, se
espera que la ciencia económica sea capaz de decir
de manera inequívoca cual es la mejor manera de
atraer al capital.
Volviendo a la definición
de Castoriadis, éste es el mecanismo a través del
cual en el contexto específico del capitalismo
globalizado se expande el “dominio racional”. Es
decir la supremacía de la economía sobre la
política. En sus términos, estamos viviendo una
expansión del ágora, el lugar semi-privado de la
sociedad donde las relaciones son racionales y
autinteresadas, equiparable a algunas concepciones
de la sociedad civil. Se trata de un mundo en el que
existe un solo ágora y decenas de ecclesias.
Esto no significa que
estemos presenciando el fin de la soberanía estatal[iii].
Al contrario, ésta es una pieza clave de la manera
en la que funciona la economía globalizada, ya que
configura un dilema hobbesiano. Ser soberanos
significa que por definición los Estados son
incapaces de formar un Leviatán que les impida
robarse el capital entre si y participar de la
guerra (algunas veces mas metafórica que otras)
continua de todos contra todos. Se podría decir que
en un mundo globalizado, la vida tiende a ser
solitaria, pobre, peligrosa, bruta y corta.
El Estado moderno, de
esta manera, se mantiene como el garante de la
acumulación capitalista global, al mismo tiempo a
pesar de ser incapaz de gobernar al capital y por
serlo.
En
resumen, el imperialismo da lugar a una nueva etapa
del capitalismo, llamada globalización, en la que el
capital, en lugar de ser exportado desde las
metrópolis, se mueve libremente entre todos los
países, generando un sistema interdependiente y
tecnocrático que puede ser interpretado como un
dilema del prisionero de acuerdo al cual todos los
Estados se ven forzados a desproteger a sus
ciudadanos y vaciar de contenido a su política.
Al
principio del artículo cité una frase incompleta de
Bauman describir el estado de cosas, y me pregunté
¿Quien es el agente que efectúa hoy en día la
regulación? Dejaré a Bauman responder terminando su
frase: “El efecto más evidente de este retroceso o
auto limitación del Estado es la mayor exposición de
los electores al impacto coercitivo (la agenda) y
doctrinario (el código) causado por fuerzas
esencialmente no políticas, en particular fuerzas
asociadas con mercados financieros y de productos.
En las condiciones actuales, la agenda destinada a
las elecciones mas importantes no puede ser
construida políticamente. La tendencia más marcada
de nuestra época es la separación del poder y la
política: el verdadero poder, que es capaz de
determinar el alcance de las elecciones prácticas,
fluye: gracias a su movilidad -nunca tan
irrestricta-, es virtualmente global... o más bien,
extraterritorial. Si las autoridades estatales
territoriales no hubieran abandonado la función de
establecer la agenda, de todos modos su accionar no
resultaría efectivo; el núcleo de la actual crisis
del proceso político no radica tanto en la ausencia
de valores o en la confusión que causa su
sobreabundancia como en la ausencia de una agencia
suficientemente efectiva como para legitimar,
promover, instalar y cumplir cualquier conjunto de
valores o cualquier agenda de opciones”.
Desarrollo y conclusiones
La globalización en el banquillo
Ya
enunciadas las premisas, el siguiente paso es juzgar
al estado actual de cosas de acuerdo a las
herramientas normativas que nos da la teoría de la
democracia, de manera de juzgar si los regímenes en
los que vivimos son funcionales a la realización de
los valores en los que se basa la defensa de la
democracia.
La
primera condición para juzgar si un régimen es
democrático es la soberanía de la política sobre las
otras áreas de la vida social. Es decir, que el
mundo de la política sea capaz de regular e
intervenir sobre todos los temas que se proponga,
con una agenda abierta a lo que la propia política
decida con sus mecanismos internos.
En un
mundo globalizado donde la unidad política es el
Estado moderno, la soberanía le pertenece a la
economía. La política no dispone de una agenda
abierta, ni de una capacidad de intervenir sobre
todos los temas. Al contrario, la economía es la que
dispone de una gran capacidad para determinar las
dediciones que toma la política, que si bien son
obligatorias, no son soberanas.
La
segunda condición es la existencia de un
procedimiento que garantice que todos los obligados
a cumplir con una norma obligatoria tengan la
posibilidad de ser consultados en su elaboración.
A primera
vista, los regímenes democráticos existentes cumplen
con esta condición por lo menos parcialmente. Se
celebran elecciones regulares, existen mecanismos de
democracia directa y una prensa libre que permite
exponer los argumentos de cada parte.
Si se
mira mas de cerca, sin embargo, se puede ver que la
situación de interdependencia en la que viven los
Estados modernos hace que las decisiones que cada
uno de ellos toma tengan efectos muy relevantes
sobre todos los demás, al punto de determinar gran
parte de las condiciones de posibilidad de del resto
de los Estados.
Se podrá
decir que siempre hubo comercio, intervenciones y
migraciones, pero la escala en la que estos
fenómenos ocurren y el hecho de que impongan límites
sistémicos tan importantes a la actuación de los
Estados significa que estamos ante un fenómeno
diferente. En los hechos, es imposible que un Estado
que diferencia entre residentes y no residentes,
ciudadanos y no ciudadanos consulte a todos los
obligados a vivir con las consecuencias de sus
decisiones, ya que en teoría, si la economía está
globalizada, todas las decisiones de todos los
Estados impactan sobre todos los individuos de la
tierra.
Por
último, para conceder a un régimen el título de
democrático es necesario que éste promueva la
existencia de un espacio público no contaminado de
lógicas externas a si mismo, como las lógicas
científicas o económicas. Es decir que la democracia
esté protegida de los avances de la tecnocracia, y
las decisiones objetivas y objetivantes.
Tampoco
en esto los regímenes de los Estados modernos están
a la altura. La lógica de la globalización es tal
que para sobrevivir como instituciones los Estados
tienen caminos predecibles como buenos o malos bajo
los criterios de la ciencia económica. Esto reduce
al espacio público a la discusión sobre cual es el
momento, con que profundidad y quienes son las
personas adecuadas para llevar las políticas que es
necesario llevar a cabo.
Lo que se
desprende de esto es que a pesar de conservar las
instituciones democráticas previamente existentes,
los Estados no cumplen con ninguno de los requisitos
necesarios para calificarlos como democráticos. Esto
se debe a que el Estado moderno como unidad política
no es capaz de funcionar a la misma escala que el
capital en el mundo globalizado.
Consecuencias políticas y
académicas
Esto
significa un fracaso para el proyecto político de la
democracia. El mundo globalizado es un mundo
heterónomo a pesar de que en el existan numerosos
países donde existan instituciones democráticas, que
mientras estas estén aplicadas en Estados modernos,
no serán capaces de generar autonomía ni realización
humana. Como dice Zizek, la tiranía del Siglo XXI se
llama democracia.
Claramente las instituciones democráticas actuales
no están a la altura de sus pretensiones normativas,
por lo que se hace necesario, si se sigue creyendo
que los valores en los que se basa la teoría
democrática siguen siendo relevantes, pensar
alternativas sabiendo que esta vez es importante
hacer propuestas que den relevancia al tema de la
unidad política.
Estas
propuestas deben tener claro que si se acepta este
diagnóstico de la globalización la unidad política
del Estado moderno (junto con su ideología, el
nacionalismo) no tiene justificación normativa
posible desde los valores de la autonomía y la
realización humanas.
Si
seguimos pensando en términos de la democracia
moderna en términos políticos o del imperialismo (o
el dependentismo) en términos económicos estaremos
cometiendo el error que Hardt&Negri señalan en los
teóricos post-coloniales, es decir ser funcionales
al sistema que queremos combatir por no comprender
los cambios en el mundo que nos rodea.
Por
decirlo de alguna manera, la teoría política y
específicamente la teoría política democrática se
encuentra suspendida (y quizás obsoleta) hasta que
no jerarquice a la unidad política como categoría de
análisis. Si eso no ocurre, no tendrá mucho que
decir, ya que la institución en la que deposita el
poder de tomar las desiciones no son capaces de
hacerlo.
Es que al
contrario de lo que dice Dahl el problema de la
unidad no es externo a la teoría de la democracia,
sino al contrario, se encuentra en el corazón de
ésta. Un régimen político no puede ser relevante (ni
mucho menos democrático) si existe en una unidad
política incapaz de impactar sobre una sociedad
civil y una economía que lo superan ampliamente en
tamaño.
Esto es
así sin importar que definición de la democracia
usemos, ya que el problema no es (solo) que los
gobiernos de los Estados modernos en un mundo
globalizado no puedan ser democráticos, sino mas
bien lo que ocurre es que no pueden ser gobiernos.
Este Trabajo fue presentado en
Tercer
Congreso Uruguayo de Ciencia Política
LA
ONDA®
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