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Parte V
La Cultura al Frente
Tres preguntas básicas
por el
Lic. Sergio Navatta
La cultura al frente: Parte IV
Continuando con la segunda parte del artículo “La Cultura
al Frente IV, retomamos el final del mismo, para
darle unidad a los dos temas elegidos en esa
oportunidad.
Decíamos que si bien la
instrumentalización de la cultura desvirtúa su
esencia, tampoco se trata de “culturizar”
excesivamente todo proceso de desarrollo, pero si,
de no perder de vista que el desarrollo humano es
cultural y obviamente al hacer esta afirmación se
está expresando un concepto de desarrollo integral,
de realización de vida humana y no el tradicional,
que presupone solo progreso material. Y estas
distinciones son básicas, para no confundir, como
suele suceder, nivel de vida con calidad
de vida.
Siguiendo con el desarrollo que comenzamos en la primera
parte de este artículo, en la cual proponíamos
analizar desde una perspectiva cultural a la
economía, a la política, al consumo, a la
administración pública, a los derechos humanos, etc
nos detenemos en un par de temas que siguen en el
tapete, uno porque es un tema de indudable
trascendencia, porque es un tema sensible, porque es
una cuestión de valores y porque forma parte de la
discusión política de hoy: los derechos humanos
y el otro, porque se trata de una deuda
pendiente del Estado que no es menor:
reforma del Estado.
En el desarrollo histórico, primero
surgieron los derechos civiles y políticos; luego
los económicos y sociales; y finalmente los derechos
culturales, lo que resulta llamativo ya que sin
ninguna duda los derechos humanos son culturales, su
desarrollo es histórico y se sustenta en el cambio
cultural.
Los derechos culturales suelen
calificarse de "categoría subdesarrollada" de
derechos humanos. Esta denominación se escogió como
título del seminario celebrado en 1991 en la
Universidad de Friburgo y
fue ampliamente aceptada entonces. Lo cual
significaba, la falta de reconocimiento a una
porción de los derechos humanos, que luego y muchas
veces al ser tomados como una reivindicación
minoritaria frente a las mayorías, indujo a un error
conceptual en el sentido de relacionarlo con
derechos de las minorías, cuando los derechos
culturales forman parte del patrimonio de todos los
seres humanos.
Esta evolución histórica de los
derechos fundamentales de la persona humana, que fue
ampliando el reconocimiento de los mismos, desde la
revolución francesa, fue pasando por diferentes
estadios de conciencia colectiva en donde el cambio
cultural ha hecho posible el desarrollo sostenido y
lo que es fundamental en toda transformación
permanente de la humanidad, la irreversibilidad de
los procesos.
Es así que lo derechos humanos se
constituyen en universales, patrimonio de la
humanidad toda, con convenciones internacionales que
los consagran, que los Estados ratifican y asumen el
compromiso de respetarlos y defenderlos. Pero esto
no es solo una formalidad legal, sino una
transformación de nosotros mismos, una apropiación
social de conceptos y valores que se integra a
nuestra vida cotidiana y a nuestro ser, única forma
que logra la irreversibilidad y la superación de
diferentes estadios de la humanidad. Y en tal
sentido pasa a ser un “deber ser”, incorporado a
nuestra cultura que la deontología analiza y
explica, vamos contrayendo obligaciones morales sin
retorno.
Por lo cual, no hay mayoría
circunstancial de una determinada comunidad que
pueda revertir este proceso, que pudiera recorrer el
camino inverso de la humanidad de manera permanente
y sostenida, porque las transformaciones que llegan
a la irreversibilidad se logran a través de procesos
individuales y colectivos de convicción,
apropiación, participación y gestión.
Cada vez hay más derechos
“internacionalizados”, supranacionales con mayor
cantidad de instituciones internacionales para
dirimir controversias y los derechos humanos siguen
ese camino, no serán la excepción en tanto la
violación a los mismos sea considerada de lesa
humanidad.
Hoy ya no es pensable, que una
comunidad determinada por una mayoría circunstancial
expresada soberanamente en un momento histórico,
instaure nuevamente la esclavitud. Y aún así,
¿Cuáles serían las consecuencias y la reacción de la
comunidad internacional? ¿Sería viable?
No hay posibilidad, aún recurriendo
al principio de diversidad cultural y a su
fundamentación en términos de “tradición cultural de
la comunidad”, una violación a los derechos
humanos, como bien se expresa en forma explícita en
el artículo 2 de la Convención de la Unesco, sobre
la Promoción y Protección de la Diversidad de las
Expresiones Culturales: “Sólo
se podrá proteger y promover la diversidad cultural
si se garantizan los derechos humanos y las
libertades fundamentales como la libertad de
expresión, información y comunicación, así como la
posibilidad de que las personas escojan sus
expresiones culturales. Nadie podrá invocar las
disposiciones de la presente Convención para atentar
contra los derechos humanos y las libertades
fundamentales proclamados en la Declaración
Universal de Derechos Humanos y garantizados por el
derecho internacional, o para limitar su ámbito de
aplicación.”
En este sentido, toda legislación
nacional o local que interrumpiera este proceso de
la humanidad, en el desarrollo de los derechos
humanos, no tendría duración permanente, tarde o
temprano caería y más vale temprano, porque no
dejaría de ser una “mancha” en la historia de los
derechos humanos de un país democrático de derecho.
Aún, cuando se refiera a hechos del
pasado y no se aplique a hechos del presente, habría
igual una aplicación de sus efectos en el presente
en tanto se intentara la reconstrucción de ese
pasado.
Los procedimientos jurídicos serán
discusión de especialistas, pero desde el punto de
vista de una “cultura de los derechos humanos”, que
va más allá de una cuestión “política” e incluso de
una “cultura política” que pretendemos transformar,
no debería haber discusión alguna.
Sin duda, los derechos humanos en
nuestra evolución histórica y cultural han ido
ascendiendo progresivamente en la escala de valores
de la humanidad, ocupando hoy la cúspide de los
valores humanos en el concierto internacional. Lo
que es patrimonio de la humanidad, no puede ser
modificado por nación alguna por sí y ante sí y si
esto sucediera tal decisión estaría viciada de
nulidad ante nuestra propia evolución histórica
cultural y ante las convenciones internacionales que
las propias naciones aprueban y ratifican.
La cultura en la
administración del Estado
Cuando se habla de
reforma del Estado, ¿estamos todos entendiendo lo
mismo?. Una reforma puede ser encarada desde
diversos puntos de vista, pero en lo posible debemos
tener en cuenta todas las variables que inciden en
el problema y antes que esto debemos tener bien
determinado el “problema”.
Problema que puede
estar en las dimensiones, en la gestión, en el
funcionamiento, en la cantidad de funcionarios, en
la falta de capacidad e idoneidad, en la adecuación
de las estructuras, en la definición de objetivos y
necesidades, en la clara descripción de las tareas a
cumplir, en las políticas macro orientadoras, en los
presupuestos adecuados o no, en las justas
retribuciones o no, en los estímulos e incentivos
adecuados o no, en la creación o eliminación de
instituciones y servicios, en la selección del
personal, en los controles y en las evaluaciones de
rendimientos y resultados y muchos etcéteras más,
hasta la percepción que la ciudadanía tiene de la
situación.
En realidad es un
tema muy complejo y se presenta como inabarcable si
se pretende “una reforma única” que cambie la
situación de un momento a otro, luego de la cual
creamos que el problema está solucionado y asunto
terminado. Mucho menos si la reforma a aplicar
abarca un solo aspecto de la situación, con este
pensamiento difícil lograr buenos resultados.
Pretendo ir más allá de reestructuras orgánicas, a
nuestra “cultura” en la manera de pensar, de
analizar, de hacer las cosas, de razonar, de encarar
un problema y fundamentalmente de creernos que
eligiendo y eliminando una posible causa, que muchas
veces es una creencia, se solucione definitivamente
una situación problema. Como sí atacando ese único
elemento, que no surge por lo general de un estudio
serio y riguroso, automáticamente toda una
administración cuestionada comenzara a ser eficaz y
eficiente, sin percibirse, que una transformación de
esta naturaleza que opere un cambio en forma real y
efectiva implica que nosotros mismos, que estamos
inmersos en la situación-problema, seamos
simultáneamente transformadores y transformados, lo
cual requiere procesos de reformas. Y desde un punto
de vista “cultural”, ya sea analizado desde el
interior del Estado, en la “cultura” de funcionarios
y cargos de dirección (de carrera y políticos) o
desde afuera, en la “cultura” que la gente que no
está involucrada en los procesos de gestión, tiene
sobre este fenómeno, nos encontramos con posiciones
diferentes que hacen más complejo el abordaje de la
situación planteada.
Y dentro de esas
ideas y conceptos que forman parte del imaginario
colectivo, cuantas veces hemos oído decir: “sobran
funcionarios públicos”. ¿Cómo saberlo?
¿Está claramente
definido el rol del Estado?, ¿conocemos cabalmente
las tareas a desarrollar? ¿hay políticas definidas
con planes estratégicos hacia objetivos
establecidos? ¿ están elaborados descriptivamente
todos los perfiles de los cargos?
En la selección del
personal, ¿los procedimientos son eficaces,
eligiéndose siempre a las personas adecuadas al
perfil de los cargos? Como decía J. S. Bach,
¿tenemos claro que estamos poniendo “el dedo justo,
en la tecla justa en el momento justo”?
Una anécdota ilustrativa:
Muchos hemos visto la película “Amadeus” sobre
Mozart
que apareció en 1984 y
cosechó la mayoría de los Oscar de 1985
y tal vez
recordemos, una de sus escenas cuando Mozart
presenta ante el emperador de entonces, Josef II,
una obra nueva. Al lado del emperador estaba su
compositor de Corte Antonio Salieri, quien ostentaba
el título de
Kapellmeister,
(maestro de capilla) de la ópera
italiana. Mientras escuchaban la obra de Mozart,
Salieri se le acerca al oído del emperador para
opinar sobre la misma, no encontrando críticas que
hacerle solo se limita a decir que la obra tenía
demasiadas notas. Cuando Mozart se acerca al
emperador para pedirle su opinión sobre la nueva
obra musical, éste le dice: “sobran notas”, ante lo
cual Mozart replica: “¿Cuáles su
majestad?”…Obviamente, Josef II no pudo responder a
esta pregunta, como tampoco podrían hacerlo quienes
sistemáticamente han afirmado, desde hace mucho
tiempo, que “sobran funcionarios públicos”.
¿Cómo se puede definir la cantidad
necesaria de funcionarios, sin definir primero
cuales tareas se deben cumplir?, ¿Cuál es el perfil
del funcionario público que se necesita?¿para lograr
qué? ¿Sin un análisis serio y riguroso de las
variables que mencionábamos al principio? No podemos
determinar una situación-problema si no tenemos una
referencia, si no tenemos una idea clara de lo que
debería ser en función de objetivos definidos. Para
una eficaz evaluación de las tareas, es necesaria la
existencia de planes a cumplir, de metas a alcanzar,
de actividades a desarrollar y de una asignación
suficiente de recursos.
Pero para el desarrollo de estos
procesos se hace necesario, contar con políticas
claras y definidas, no es pensable una “reforma del
Estado” sin “políticas de Estado”, de no ser así no
estaríamos ante la transformación que pretendemos,
sino ante un mero ajuste de algunas situaciones,
dependientes de una determinada administración de
turno y no, de profundas transformaciones a mediano
y largo plazo.
Si pretendemos procesos
irreversibles, éstos requieren cambios culturales y
esa es la esencia del “progresismo”, superar etapas
sin retorno.
En el caso del que estamos hablando,
se trata de una “cultura del funcionario público”,
pero también de la propia población con respecto al
Estado, porque ni unos ni otros se sienten
consustanciados y con sentido de pertenencia a las
estructuras públicas, como un patrimonio común, por
falta de apropiación social de determinados
principios, conceptos y valores. Esta es la
transformación más difícil, más allá de la
necesarias reestructuras orgánicas, el cambio de
“mentalidad” y de “paradigmas” hacen a la
irreversibilidad de los procesos y al sostenimiento
de esos cambios.
Para ilustrar la idea que se intenta
abordar en este artículo, que por razones de espacio
no es posible un gran desarrollo y en clara alusión
a la burocracia (no sola pública) presentamos la
siguiente narración:
“¿Cómo
Nace un Paradigma?”
Un grupo de científicos colocó cinco
monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una
escalera y, sobre ella, un montón de bananas.
Cuando un mono subía
la escalera para agarrar las bananas, los
científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre
los que quedaban en el suelo.
Después de algún
tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los
otros lo agarraban a palos. Pasado algún tiempo,
ningún mono subía la escalera, a pesar de la
tentación de las bananas.
Entonces, los
científicos sustituyeron uno de los monos. La
primera cosa que hizo fue subir la escalera, siendo
rápidamente bajado por los otros, quienes le
pegaron. Después de algunas palizas, el nuevo
integrante del grupo ya no subió más la escalera.
Un segundo mono fue
sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto
participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un
tercero fue cambiado, y se repitió el hecho.
Finalmente, el cuarto, último de los veteranos fue
sustituido.
Los científicos
quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que,
aún cuando nunca recibieron un baño de agua fría,
continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a
las bananas.
Si
fuese posible preguntarles por qué le pegaban a
quien intentase subir la escalera, con certeza la
respuesta sería:
"No
sé, las cosas siempre se hicieron así aquí..."
Suena conocido, ¿no?
Albert
Einstein afirmaba que era más fácil desintegrar un
átomo que un pre-concepto, y esta es la
transformación más importante, por más cambios de
institucionalidad, de organigrama y presupuestales
que hagamos sin el cambio de “mentalidad”, - que
también lo hemos oído decir muchas veces-, el
resultado solo sería parcial y aquí el tema
“cultura” se convierte en fundamental, (y no solo
“educación” como se suele decir, distinción que
desarrollaré en otra oportunidad) porque la mente es
como el paracaídas, solo funciona cuando se abre. Es
cierto también, que para el logro de los objetivos
sean los que sean, necesitamos instrumentos, pero
antes de introducirnos en una reforma de la
naturaleza que sea, debemos hacernos al menos tres
preguntas básicas: ¿Qué reformamos?, ¿Para qué
reformamos? Y ¿Cómo lo reformamos? y no siento que
hoy esté públicamente sobre la mesa este debate en
estos términos.
LA
ONDA®
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