|
El extraño otoño
de Felipe González
por Juan
Carlos Monedero
Se
desnudan los ex presidentes sólo bajo fuego amigo.
De ahí que suela ser más previsible el lugar que el
contenido. Las primeras lluvias del otoño nos traen
las
reflexiones de Felipe González.
Afirma
el que fuera primer presidente socialista que estuvo
de su mano volar a la cúpula de ETA. Y que anduvo
pensándolo y pensándolo. Y que no lo hizo. Pero que
le hubiera bastado chascar los dedos. ¿Tan sencillo
era? Igual es por el otoño que avanza, pero el
escalofrío es inevitable. Imaginemos que hubiera
mandado reventar sin juicio a esos ciudadanos
(terroristas, pero ciudadanos), ¿lo habría
reconocido como hizo Margaret Thatcher con los
miembros del IRA asesinados en Gibraltar en 1988, o
se los hubiera endosado a los GAL? La respuesta
parece sencilla. Otro acto de incontrolados. Asuntos
de esa democracia que, decían, gozaba de tanta
calidad como para hacerla exportable. La derecha,
tan católica, hubiera dicho: no hay mal que por bien
no venga. Y Fraga, con el franquismo aún caliente en
los tirantes y en los nudillos, hubiera soltado
alguna fresca de esas que helaban el aliento y
detenían el tiempo. Los demás apenas contaban.
Pasado
el tiempo, el ex presidente hace balance. No sabe si
se equivocó. Lo que quiere decir que rondan por su
cabeza profundas razones para pensar que quizá
hubiera debido dar la orden. Qué firmeza moral en
esa duda: ¿asesino a unos cuantos seres humanos o no
los asesino? Mira que le veo ventajas
Hubiera
salvado vidas, dice. Cosa poco creíble. Como esos
ajustes de cuentas entre mafias, cárteles o grupos
fuera de la ley, hubiera alimentado odio y algunos
centenares se hubieran sumado a la lucha armada con
razones que antes no tenían. La tesis absurda de ETA
(esto es una guerra) habría cobrado fuerza. Más
dolor, más odio, más rencor, más problemas. El
avance hacia su propio otoño podía haber reforzado
el humanismo en Felipe González. Pero ocurre todo lo
contrario. Nicolás Salmerón, presidente de la I
República española, nunca lamentaría haber
renunciado por no querer firmar penas de muerte. Y
eso que eran legales. Tiene razón Felipe González.
Ya no hay estadistas como los de antes.
Una de
las cosas que me torturó durante las 24 horas
siguientes fue cuántos asesinatos de personas
inocentes podría haber ahorrado en los próximos
cuatro o cinco años. Salvar vidas
Fue el argumento
para explicar las bombas de Hiroshima y Nagasaki. El
argumento, que no la causa real. Se lanzaron para
frenar el avance soviético por el Pacífico y hacer
un recordatorio a la URSS de que Estados Unidos iba
a ser la nueva potencia mundial. ¿Cuál hubiera sido
la verdadera razón de González? ¿Salvar vidas de
inocentes? No. En democracia, no. Ejecutar sin
juicio para defender la inocencia de la
ciudadanía es una perversión del orden democrático.
Con nuestros impuestos. Da más luz pensar en una
débil democracia procedente de una débil Transición
que había dejado intactos los servicios de seguridad
del franquismo. Una débil democracia que no dudaba
en aplicar lo que Franco había hecho con los
republicanos: ejecuciones extrajudiciales. El peso
del franquismo sociológico era demasiado fuerte. Ya
lo había anunciado el estadista González: las
democracias se defienden también en las
alcantarillas. Era una de las posibles concepciones
de la democracia: democracia de alcantarilla.
Otoñal, González se despoja de prejuicios propios de
demócratas buenistas. Hide vence al doctor Jeckyll.
Son los privilegios de los estadistas en el otoño de
su sabiduría.
Es que
todavía hoy no se puede contar eso
. No estaría de
más escuchar alguna verdad. Nos dejó a Aznar subido
en la prepotencia de vencer a un Gobierno corrupto;
a Fraga convertido en la prueba de que se podía ser
demócrata sin ser antifranquista; a la Iglesia
subida a los altares y al monte; a una monarquía con
una querencia excesiva a ir de caza con amigos de lo
ajeno (los Albertos, Colón y Prado de Carvajal,
Mario Conde, De la Rosa), pero encubierta en un
relato de papel couché y glamour. ¿Qué se puede
contar, Sr. González? Mirando hacia atrás, le
preocupa sólo la corrupción. No nos gustan los
ladrones. Somos cristianos viejos y de dinero no
hablamos. Sin embargo, lo del GAL, nos dice usted
sin decirlo, no quita prestigio. Eso de poder
mandar asesinar es de auténticos hombres de Estado.
Y se atreve a citar a Azaña. Repase el debate
parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas.
Notaremos una gran diferencia entre el Azaña dolido
y el jactancioso que afirma: los pude volar a todos.
Me debéis la vida. Tanto que aún me permito
preguntarme si no debí hacerlo. No te estoy
planteando el problema de que yo nunca lo haría por
razones morales. No, no es verdad. Los estadistas
como González no tienen problemas morales.
Queda
otra pregunta en el aire. ¿Por qué ahora? ¿Para
ayudar en el fin de ETA o para complicarlo? ¿Es una
simple afirmación personal? ¿Se siente fuerte ahora
que ha doblegado al impertinente Zapatero que no
había querido escucharle al comienzo? ¿Está cobrando
la foto malditizada en donde abraza a Vera y
Barrionuevo a la entrada de la cárcel de
Guadalajara? ¿Se está postulando a algún cargo
internacional?
Me
perdonan, pero, al menos desde Maquiavelo, la
ingenuidad no es pasto de la política. Aunque
algunas viejas ecuaciones parece que se van
despejando.
Juan
Carlos Monedero
es profesor de Ciencia Política de la Universidad
Complutense de Madrid. Fuente: Publico es.
LA
ONDA®
DIGITAL |
|