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(II)
Poder, autoridad y
desobediencia
por Jorge
Majfud
(I)
Poder, autoridad y
Desobediencia
En 1599,
un intelectual de la corte y del clero español, Juan
de Mariana, advertía a Felipe III sobre los
inconvenientes de la tiranía en desmedro de la
monarquía, que era la mejor forma de gobierno
posible. Antes no había leyes, pensaba Mariana, y se
confiaba en los reyes. Pero por desconfianza a los
príncipes, “se creyó que para obviar tan grande
inconveniente podían promulgarse leyes que fuesen y
tuviesen para todos igual autoridad e igual
sentido”. No obstante, la autoridad política debía
ser ejercida por un noble, porque “la nobleza como
la luz deslumbra, no sólo a la muchedumbre, sino
hasta los magnates, y sobre todo enfrenta la
temeridad de los que tengan un corazón rebelde”.
Más
adelante el consejero le recuerda al príncipe que
Enrique III de Castilla decía temer más al pueblo
que a los enemigos. Juan de Mariana era a un mismo
tiempo religioso católico y humanista —casi una
norma en los intelectuales de su época—, y esta
ambigüedad se manifiesta a lo largo de sus páginas.
Por ejemplo, la idea tradicional del poder
descendiendo de Dios sobre el rey y de éste al
pueblo, es invertida con estas palabras: “Los
pueblos le han trasmitido su poder [al rey], pero se
han reservado otro mayor para imponer tributo; para
dictar leyes fundamentales es indispensable siempre
su consentimiento […] el poder real, si es legítimo,
ha sido creado por el poder de los ciudadanos”. Y
otra vez una objeción de facto que no sugiere una
posible progresión histórica sino lo contrario: pero
“el pueblo no se guía desgraciadamente por la
prudencia sino por los ímpetus de su alma”.
La Era
moderna terminó de sustituir esta idea de autoridad
personal, hereditaria, por los preceptos humanistas
de igualdad y libertad. Pero esta dinámica también
se construye por una aparente contradicción: por un
lado, el Estado moderno representa todas aquellas
promesas de superar las jerarquías religiosas y la
confianza en la equidad y las libertades
individuales, pero por otra parte también revela
cierta incertidumbre sobre la naturaleza de estas
virtudes, lo que deriva en la manipulación y control
del Estado. Según la tradición hobbesiana, las
acciones humanas no están motivadas por el bien sino
por el deseo. La guerra es una expresión de este
impulso, fuente del poder humano. La diferencia
relativa de poder entre dos seres humanos significa
un poder absoluto cuando decide un conflicto a favor
de una de las partes; el reconocimiento de esta
diferencia se convierte en honor y prestigio. Es
decir, el poder se consolida y legitima
culturalmente. Por esta razón, si se puede entender
esta diferencia de poder como inherente a la
condición humana, también se puede entender como una
creación artificial, al menos en su expresión
social, y por lo tanto mutable.
Pronto
la legitimidad del poder social establecido deja de
ser expresión indiscutible de Dios (a través de la
clase clerical, noble o aristocrática) y comienza a
ser radicalmente cuestionado. A mediados del siglo
XIX Pi i Margall adelantaba lo que un siglo después
reconoceremos en Michel Foucault: “el derecho de
penar, simple atributo del poder, es tan místico y
tan inconsistente como el poder mismo. La ciencia no
lo explica, el principio de soberanía individual lo
niega” (Reacción). Si para el psicoanálisis la
civilización es la expresión de la violencia
primitiva, la sublimación de los instintos salvajes
o la materialización de tabúes como el incesto, para
los humanistas este estado actual se trata de una
corrupción temporal de la concepción contraria: la
“naturaleza” original de los seres humanos radica en
la igualdad, la libertad se sostiene por su
racionalidad, pero aún no ha sido expresada
plenamente: el objetivo de la civilización no es
oprimir sino liberar, ir del estado de necesidad al
de libertad. Para Pi, “un ser que lo reúne todo en
sí es indudablemente soberano. El hombre, pues,
todos los hombres son ingobernables. Todo poder es
un absurdo. Todo hombre que extiende la mano sobre
otro hombre es un tirano. Es más: es un sacrílego”.
Trazando un típico paralelismo entre el individuo y
las naciones o pueblos, antes había recordado:
“entre dos soberanos no caben más que pactos.
Autoridad y soberanía son contradictorias. A la base
social autoridad debe, por lo tanto, sustituirse la
base social contrato. Lo manda así la lógica”.
Para que
la verdadera libertad del individuo social sea
alcanzada, Pi dice: “dividiré y subdividiré el
poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro
destruyendo”. La concepción inversa dominó los
siglos anteriores y fue formulada en 1599 por Juan
de Mariana. Aunque advirtiendo que las monarquías
suelen degenerar en tiranías, el religioso argumentó
a favor de la monarquía, ya que en el pueblo los
malos son más que los buenos y no conviene dividir
el poder en un orden democrático. “No se pesan los
votos, se cuentan, y no puede suceder de otra
manera”, se quejaba Mariana.
En el
caso del humanismo radical, la revolución es una
forma de progresión por saltos y el objetivo
principal es el individuo, pero siempre a través de
la asociación con los otros: “el pueblo no debe
agradecer anda a nadie. El pueblo se lo merece todo
a sí mismo” (Pi).
En el
siglo XX ya no quedan dudas sobre la naturaleza
política del poder. Para Edward Said, la autoridad
no es un fenómeno misterioso o natural; simplemente
se forma y se irradia, es un instrumento de
persuasión, posee un determinado estatus, establece
cánones estéticos y valores morales. La autoridad se
confunde con las ideas que eleva a categoría de
verdad (Orientalism).
(continúa)
Jorge Majfud: Escritor uruguayo, nacido en Tacuarembó, en 1969.
Estudió arquitectura graduándose en la Universidad
de la República. En la actualidad se dedica
íntegramente a la literatura y a sus artículos y
estudios han sido publicados en diferentes medios de
comunicación.
Enseña Literatura Latinoamericana en Jacksonville
University – EEUU.
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