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Alcira Legaspi:
una rosa y un clavel
por Juan
Raúl Ferreira
El viernes 19 de noviembre
pasado murió Alcira Legaspi a los 96 años. Alcira
fue maestra, especializada en pre escolares, autora
de varios libros e investigaciones sobre esta
especialidad. Fue, además, integrante del Comité
Central del Partido Comunista de Uruguay y
secretaria de Educación del mismo. Fue la esposa de
Rodney Arismendi,
secretario general del PCU.
Con su personalidad vital y en
permanente actividad intelectual en los últimos
tiempos desde la Fundación Rodney Arismendi, seguía
cotidianamente la vida política social y cultural
de nuestra sociedad con gran
intensidad.

Alcira Legaspi:
una rosa y un clavel
por Juan Raúl Ferreira, ex senador del PN.
Murió
Alcira Legaspi. Una docente vocacional, que recibió
hace poco de sus alumnos, un sentido homenaje. Lo vi
en La República no hace mucho. Rápidamente vinieron
al recuerdo ocasionales encuentros en el exilio y la
hospitalidad conque en el año 84 me recibió junto a
su marido en su modesto departamento de Moscú. No la
había vuelto a ver, salvo, fugazmente en el entierro
de Rodney Arismendi. Hace poco más de 20 años. No la
volví a ver de viuda, hasta hace muy poco.
Lo que
sigue no es un recuerdo meramente personal. Aunque
no salgo de la impresión de lo que voy a contar,
siento haber sido mero testigo de algo muy de fondo
de este querido país que tenemos que cuidar y
cambiar entre todos y del cual Alcira fue hija
predilecta.
Cuando
el PCU cumplió 90 años escribí sobre el tema. EL PC
visto por un no comunista. En qué había influido su
historia en la vida de todos y cada uno de nosotros.
Alcira me contestó. Por una serie de razones que no
vienen a cuento, el e-mail se traspapeló. Ingresó a
mi servidor el miércoles pasado con fecha 6 de
octubre: "Desde el retorno del exilio hasta hoy han
sido muchas las veces en que hubiera querido verte".
Contesté
de inmediato ¡qué papelón!, habían pasado un mes y
medio. Me ofrecí a ir de inmediato.
Rápidamente, Salvador, de la Fundación Arismendi, me
comunicó que estaba internada en el Casmu 2,
habitación 515. Allí llegué en 15 minutos.
Lo
primero que me dijo fue un cariñoso reproche: "Hace
más de un mes que te escribí, Blanco pillo".
Hablamos, junto a su hermana... no sé cuánto
tiempo... A lo mejor fueron minutos, para mí fue
toda una vida resumida en aquella charla.
Tenía
una belleza asombrosa. Estaba tan bonita como en sus
años mozos. Tenía 96. Lúcida como me había
adelantado en su correo. Pero lúcida,
envidiablemente lúcida. Con maravillosa memoria de
larga data, usual en las personas mayores, y fresca
y rápida para los recuerdos inmediatos.
Una
chispa... un humor y algo muy impresionante en su
mirada. Su mirada siempre fue tierna, chispeante,
inteligente. Pero ahora tenían algo de picardía.
Nada de lo que decía tenía sentido, si no era a la
luz de esa alegre mirada de aquellos ojos que vieron
pasar un siglo de la vida de nuestro país.
¿De qué
hablamos? De todo. Desde Flores, donde ambos tenemos
familia, hasta Moscú donde pasamos muchas horas de
charla. No importa si todo se dijo con palabras.
Pero hablamos de todo lo que teníamos que hablar.
Me contó
que había recopilado mis discursos del exilio y me
los quería regalar. Me contó de su casa hecha
fundación.
Muchas
cosas estuvieron presentes en breves pausas de
silencio. La lucha. La compartida, la que falta y la
que librarán otros. Aquel capital de esperanzas que
fue el frente antidictatorial y que por errores y
horrores de todos se quebró cuando más tenía para
darle al país.
Me pidió
que la fuera a ver a su casa cuando saliera.
Levantamos juntos nuestro brazo y nos prometimos,
ella que me llamaría el día del alta. Y yo que ese
mismo día iría. Y aquella sonrisa y aquellos ojos
pícaros elocuentes en los sobreentendidos que solo
los podríamos descifrar, me acompañaron al ascensor
en el que me marché. Era la tardecita del jueves.
Hoy,
tarde, abro mis correos: "Alcira murió anoche
durante una intervención. La velamos hasta las
cuatro de la tarde. Abrazo, Salvador". Eran las
cuatro. En la casa velatoria me dijeron donde la
enterraban y llegué cuando ya la gente comenzaba a
dispersarse.
Alcancé
a abrazar a Niko y a Marcos Carámbula, abrazarme con
sus hermanos, agradecer a Salvador y hacer un minuto
de silencio frente a aquel panteón desbordado de
flores rojas. Caminé unos minutos desolado. Paré
ante un florista. Compré dos flores y volví. Las
tiré sobre los afectos, recuerdos y esperanzas
compartidas, pasando por encima de nuestras
diferencias cayeron sobre su tumba: una rosa roja y
un clavel blanco.
Fuente: La República, 20 de noviembre de 2010
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