Después del crimen, la
verdad está en las FFAA

Por Raúl Legnani*
Urumex80@gmail.com

Julio y la huerta después de los caballos

No han sido sencillos estos días, después de conocer con lujos de detalles el ajusticiamiento del maestro Julio Castro, cuando todos sabíamos que había sido secuestrado y asesinado.

De inmediato me vino a la cabeza, me imagino que esta imagen es errónea, a mi viejos maestros - la Chela, el Bebe Mesere, la polémica Aurorita, que no pensaban igual que yo-, a los profesores del Instituto Normal, como Rúben Yáñez que no era mi profesor pero igual lo iba a escuchar, a mis amigo Disdaskó Pérez, Pompona Angione y Carlos Morena, a los maestros de mi familia, entre ellos mi madre, mi hermana, mi abuelo y mi suegra, a la maestra que me escondió durante mucho tiempo, así como a muchos y a muchos, que también pudieron haber sido asesinados por el solo hecho de haber sido maestros varelianos, comprometidos con la democracia.

Recuerdo, también, a una pareja que me dejó dormir en su casa y que nunca lo contó y por eso voy a mantener la reserva. Ellos también pudieron haber sido asesinados de un balazo en la cabeza, por la sola culpa de ser solidarias.

Todo esto se me vino a la cabeza en las últimas horas, al grado que me partió el corazón y generó una serie de interrogantes, que quiero compartir.

¿Por qué nos duele tan hondo Julio Castro’. En primer lugar porque fue un ajusticiamiento a un uruguayo cuya única arma era pensar libremente, con la única intención de superar la pobreza y la indigencia, así como la mediocridad intelectual, a través del acto educativo. Hasta podría decir que era un utòpico, como lo hemos sido tasntos.

En segundo termino porque fue una maestro, hombre, de origen humilde, que pudo avanzar en su carrera profesional gracias que en nuestro país predominaban las ideas liberales y progresista del viejo Batlle, que permitieron construir un modelo de sociedad muy próximo a la socialdemocracia.

Un batllismo que tuvo relaciones fraternas con las corrientes marxistas y racionalista de la vieja España, que se manifestaron en las filas de Partido Comunista, del Socialista y del anarquismo.

Este pequeño país en materia territorial y poblacional tiene pocos pilares sobre los que se sustenta su construcción democrática: el artiguismo y la escuela pública, son las piedras fundamentales de nuestra razón de ser. Y julio Castro es parte sustancial de esa esencia y por eso duele en el profundo del alma y por eso la gente siente que estamos ante un crimen brutal, aunque todos lo sean.

Pero no solo duele, sino que su tragedia enseña. Muestra que Uruguay, a partir de 1973 con el golpe de Estado, vivió el terrorismo de una amplia alianza fascista, donde el imperialismo, la oligarquía criolla, los mandos militares y algunos dirigentes de los partidos tradicionales (un grupo nada menor) se propusieron eliminar no solo al pensamiento marxista, sino todo aquel razonamiento democrático y republicano.

Con ese golpe de Estado no solo fueron para ultimar a la izquierda, sino también para barrer al viejo Batlle, aunque aún hoy lo sigan nombrando en los discursos. La idea era eliminar a todos: a Artigas (lo encerraron en un mausoleo sin palabras), a Varela, a Batlle, a Emilio Frugoni, a Rodney Arismendi, a Juan Pablo Terra y al que se les cruzara por el camino. Entre estos últimos a Julio Castro ¿por qué no?

En estos últimos meses del año hemos recibido varios impactos en rnateria de derechos humanos. Uno es el de Julio, otro es ese grupo de mujeres que denunció que habían sido violadas durante la dictadura.

Estamos ante dos situaciones que promueven la radicalización del pensamiento y de la política. Sobre esto hay que tener cuidado. Soy de los que creen que hay que seguir trabajando por el Nunca Más, que promovió Tabaré Vàzquez, desde la presidencia de la República.

Pero también digo que solo se va a llegar a ese estado espiritual del Nunca Más, si los integrantes de la institución militar se disponen a trabajar por conocer la Verdad.

Después de esas denuncias de esas ciudadanas uruguayas, después de conocer como asesinaron a Julio Castro, el país necesita que sean los militares y la policía, los que encabecen las investigaciones para conocer el drama de las consecuencias del terrorismo de Estado. Tienen, si les da el cuero, que autodepurarse.

No soy de los que creen que los militares en su conjunto deban vivir al margen de la sociedad, siempre bajo sospecha. Al contrario, los quiero integrados a la gran batalla por transformar al Uruguay en un país de primera.

Pero que no me vengan con el verso de que se sienten acosados, porque el único acoso parte de su propio silencio, del ocultamiento de las causas de la tragedia vivida durante la dictadura. Donde fueron los grandes responsables, junto a algunos civiles de los dos partidos tradicionales, al grado que llegaron a matar Héctor Gutiérrez Ruiz y a Zelmar Michelini y anduvieron a la caza de Wilson Ferreira y su hijo, Juan Raúl.

*Periodista uruguayo, columna publicada el lunes 5 de noviembre en La República

LA ONDA® DIGITAL

Portada


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


© Copyright 
Revista
LA ONDA digital