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Entrevista
con Mikel Azurmendi, profesor de Antropología en el País Vasco
y ex miembro de ETA
"Ha
habido momentos en los que he dado la clase como si fuera la
última de mi vida"
desde Bilbao,
por I. Souto
Una
de las diferencias más llamativas entre el ambiente intelectual
vasco y el de otras sociedades gobernadas por un nacionalismo
potente radica en que la mayor parte de los profesionales de la
cultura, y precisamente los más creativos, están enfrentados
con la ideología y la política nacionalista. Hasta los escasos
intelectuales nacionalistas de nivel disienten de la ortodoxia
partidaria. Privados de una «intelligentsia» orgánica
presentable, el nacionalismo intenta marginar y desautorizar a
ese difuso colectivo, algo arcaico, de «la intelectualidad»,
reanimado en Euskadi por la violencia cultural y criminal. Lo
cierto es que, hoy en día, la mayoría de las gentes de pluma y
teclado del País Vasco detestan al abertzalismo por multitud de
razones, muchas veces intrincadamente biográficas. Mikel
Azurmendi es un representante paradigmático del alejamiento crítico
de la sensibilidad nacionalista de origen. Vascohablante que ha
publicado varios libros en euskara, procedente de una familia
rural, Azurmendi fue uno de los jóvenes de los años sesenta
que entraron en una ETA escasamente activista, dubitativa entre
el aranismo de sus ancestros y las nuevas corrientes ideológicas.
Pronto fue uno de los teóricos del grupo que evolucionó hacia
el marxismo, rechazó expresamente el terrorismo y rompió con
la banda.
Exiliado
en Francia, se integró en combativos grupos de izquierda que
apoyaban a los inmigrantes españoles. Con estos intereses, no
parece sorprendente que Azurmendi desembocara en la antropología
cultural. Un antropólogo es, en los mejores casos, un sujeto
desarraigado en permanente busca de la tribu ideal, de una
sociedad cuyo modo de estar en el mundo proporcione el sentido,
la dignidad y la integridad que no encuentra en la civilización.
Pero
la antropología vasca era un caso distinto. Ha proporcionado al
nacionalismo vasco su principal marco de legitimación y
autoridad intelectual. Formada en la estela de José Miguel de
Barandiarán, se consagra a la apología de la tribu de origen
según la concibe el nacionalismo: más que un desarraigado crítico
como Lévi-Strauss, Malinowski o Bateson, el etnógrafo vasco típico
es un ejemplo de apego militante al solar patrio proclive a la
xenofobia (cultural o gremial). Mikel Azurmendi chocó con esta
concepción tribalista.
Su
conclusión es que el punto de vista abertzale, lejos de
proteger a la cultura vasca tradicional o de comprenderla, la
adultera y manipula, convirtiéndola en simple decorado de
inconfesables ambiciones de hegemonía. Azurmendi ha escrito
algunos libros excelentes, indispensables para acercarse al
drama de la modernidad vasca: «El fuego de los símbolos», «Nombrar,
embrujar» o «La herida patriótica» son algunos de estos títulos.
Convertido por elección propia en antropólogo sin tribu -y
hostilizado por la facción más brutal y totalitaria de la
abertzale-, Azurmendi es ahora un ciudadano eminente de la
sociedad de los sin tribu, que pugna por comprenderse mejor y
encontrar más sólidos marcos de convivencia productiva, con
diversidad cultural y en libertad. Esta es, por cierto, la
principal enseñanza que puede dar hoy la intelectualidad vasca,
causa de su choque con el abertzalismo, que representa y
practica lo contrario.
Mikel
Azurmendi, profesor de antropología de la Universidad del País
Vasco, pertenece a esa minoría que ha decidido no callarse y
denunciar la falta de libertad que atenaza a la sociedad vasca,
ante la evidencia de que firmar un manifiesto contra los
asesinos etarras o defender en una clase el derecho a la vida
puede costarle la suya. Azurmendi comenta en esta entrevista que
«hay un montón de gente en este país que tiene que pensar
todos los días en cómo hacer para no ser seguido, para no
tener miedo, para ver si termina el día con su familia,
sentado, cenando...»
Desde
su análisis como antropólogo de lo que ocurre en la sociedad
vasca, Azurmendi señala que, «quitando el 15 por ciento de los
que están aliados clara y sinceramente con el verdugo, el resto
ha tomado una decisión de cómo situarse ante el miedo y la
mayoría ha decidido seguir callado». Denuncia que en el País
Vasco no hay ley y que el Gobierno vasco mira para otro lado y
se aprovecha de lo que pasa con el objetivo de «sacar beneficio
para su construcción nacional». Reclama también la dimisión
de un Gobierno que considera «casi ilegítimo» al haber tenido
«una baza oculta», sus conversaciones con ETA, cuando se
presentó a las últimas elecciones.
-Ir
contra corriente en un entorno como la Facultad de Filosofía
parece especialmente difícil.
-La
Universidad es una parte de la sociedad y refleja lo que ocurre
fuera. En esta Facultad los radicales plantean problemas. Pero
son una minoría y el verdadero problema es que aquí la gente,
los profesores y los alumnos, obran como la sociedad, miran
hacia otro lado. Entonces sólo unos pocos profesores dan la
cara. Es decir, cuando alguien está en una clase de ética
sobre los derechos humanos y mantiene el tipo diciendo que la
vida es la base sobre la que se pueden montar los derechos
humanos, una parte de la clase se levanta, dice que no, arma
jaleo y al profesor le montan una bronca.
-¿No
se admite en una clase de ética la defensa de la vida como un
derecho humano y, en cambio, se reclaman en la calle los
derechos de los presos?
-Considero
que la vida no es un derecho humano, sino lo que hay y, sobre
eso, se monta lo demás. Lo trágico es que estamos
reivindicando la vida como si fuera el ideal, pero, como no se dé
por sentada la vida, no se puede discutir nada. Hay un montón
de gente en este país que tiene que pensar todos los días en
qué hacer para no ser seguido, para no tener miedo, para ver si
termina el día con su familia, sentado, cenando... si llegará
el día de mañana o será hoy el último. Sinceramente, ha
habido momentos en los que he dado mi clase como si fuera cierta
y realmente la última de mi vida y, por eso, cada día daba un
salto mortal, sin red... ofrecía mi mejor clase. Al final de
curso venían alumnos a darme las gracias. Les decía que se debía
a ellos, pero también a la particular situación del curso, en
el que he vivido triste pero gozosamente cada momento por el
simple hecho de estar vivo. Ésa es la paradoja de la tragedia
que vivimos.
-¿Hay
un porcentaje de la población, tal vez un uno por ciento, que
vive de esa manera?
-No
creo que sea el uno por ciento, sino casi todos, porque,
quitando el quince por ciento de los que están aliados clara y
sinceramente con el verdugo, con el depredador, con el que mata,
el resto ha tomado una decisión de cómo situarse ante el
miedo. Todo el mundo ha hecho una cartografía de la situación,
ha pensado sobre los motivos para asesinar a fulanito, ha estado
indagando en las causas por las que moría la gente y ha
encontrado suficientes motivos, supuestas causas que no lo son,
para seguir callado. En mi opinión, esa gente es víctima. No
practican los derechos humanos, viven, trabajan, pero no crean
nada, porque han decidido no hablar, han decidido callarse,
mirar a otro lado.
PERDER
EL MIEDO
-Otros,
como usted, han decidido hablar.
-Creo
que cada vez es más la gente que ha perdido el miedo. Unos lo
perdieron antes y son los únicos que están alentando la
imaginación vasca, la actividad cultural. Lo triste es que
estamos diciendo cosas absolutamente banales, que nadie debe
matar por ideas. Eso es lo que se está diciendo en Ruanda, en
Kosovo, en Chechenia. Son absolutas y fabulosas obviedades: que
nadie nos mate.
-¿Significarse
en el País Vasco es sencillamente, en su caso, haber firmado el
manifiesto fundacional del Foro de Ermua, hablar en sus clases
del derecho a la vida y una posibilidad de ser asesinado?
-Pues
nada más que eso. Tanto es así que hasta colegas míos de este
pasillo me preguntan por qué me he metido en esto. Meterme en
esto es decir basta ya de violencia. Es preciso un movimiento
ciudadano de sacudida social. Y me pregunto con qué libertad
hablan ellos en la cátedra. José Luis López de Lacalle y Jesús
María Pedrosa sabían perfectamente que podían ser asesinados
porque no opinaban como su vecino.
Cuál
cree que debería ser la actitud de las instituciones ante esta
situación?
-El
Gobierno vasco debe dimitir, porque no ha querido entender lo
que está ocurriendo aquí. Sólo ha pretendido aprovecharse de
lo que pasa con el objetivo de sacar beneficio para su
construcción nacional. La dimisión debe ser inmediata porque
son casi ilegítimos, ya que a las última elecciones autonómicas
se presentaron con una baza oculta: la negociación con ETA.
Deben dimitir para saber si, puestas las cosas claras, la gente
les da la confianza. Si obtienen esa confianza, muchos de los
que queremos vivir libres nos vamos a ir de este país. Y
cientos de miles de personas nos iremos si las instituciones son
llevadas como hasta ahora. No tenemos ninguna obligación de
mirar todos los días debajo del coche por si hay una bomba.
-¿Cree
que son muchos los que miran?
-El
anterior rector, que es nacionalista, me dijo hace menos de un año
que mirara cómo lo hacía él. Así no se puede vivir. Las
instituciones deben comprender que, sin garantizar la seguridad
ciudadana, un gobierno no tiene ninguna legitimidad. Lo que no
se puede tolerar es que el Ejecutivo vasco mire hacia otro lado.
El Gobierno no estuvo en la manifestación en el que miles de
vascos rechazaron en Bilbao el fascismo de ETA tras el asesinato
de Pedrosa. ¿Cómo va a estar en una manifestación contra el
fascismo si está en las concentraciones con HB y con la gente
de ETA y con los de Senideak, que dicen que hay que apuntarnos
para que nos maten? Cuando el Gobierno está con ellos para
decir aquello de «necesitamos la paz», se me ocurre que lo
primero que necesitamos es la vida para todos y sobre la vida la
libertad para poder decidir cada cual su propio proyecto. Yo no
tengo vocación de mártir, no quiero morir.
-¿Cómo
cree que juzgará la historia lo que ocurre aquí?
-La
historia no juzgará nada de lo que nosotros no queramos y de lo
que nuestros hijos no quieran. ¿Qué hemos juzgado nosotros del
holocausto? Es muy difícil para la gente decir: «dejé de
hablar a mi vecino porque tenía un hermano ertzaina».
NO
HAY LIBERTAD NI EN LOS «BATXOKIS»
-¿Hasta
qué punto considera que afecta también a los nacionalistas la
falta de libertad?
-Los
nacionalistas han hecho un pacto para excluir, como mínimo, a
la mitad de la ciudadanía. Pero hay también una buena parte de
ellos mismos que no tolera esto, aunque se calla. Hay mucha
gente del PNV y de EA que saben que esto es una catástrofe y no
saben cómo decirlo, porque se quedarían sin amigos. Un
militante del PNV va hoy a un «batxoki» y está obligado a
sostener su propia práctica, aunque no esté de acuerdo. No hay
libertad en este país, ni en los «batxokis» ni fuera de
ellos.
-¿Cómo
analizaría, desde su condición de profesor de antropología,
la actual coyuntura del País Vasco?
-La
situación es muy mala, pero yo nunca he visto las cosas tan
claras como ahora y creo que la gente se ha dado cuenta. Ha
quedado claro que toda la maniobra hacia la paz, con la tregua
de ETA, era una estrategia para recomponerse y para romper el
frente democrático. Está claro también que ETA es una
organización llena de caretas y que no hay ninguna promesa de
libertad y democracia en el proyecto que formula. Y también ha
quedado claro que HB es ETA y que las últimas elecciones fueron
un fraude, porque el PNV no defendió aquello que tenía bajo la
mesa y que Ibarretxe se iba a encargar de promocionar. Entonces,
de alguna manera, hay una cierta deslegitimación del propio
Gobierno en tanto que no ha puesto, públicamente, las
alternativas que tenía escondidas.
-Sin
embargo, no hay intención de convocar elecciones, a pesar de
que los nacionalistas reclaman que se respete la voluntad de los
vascos.
-Cuando
ellos hablan de autodeterminación, están diciendo que cuando
ellos quieran, como quieran y sobre la pregunta que quieran, la
ciudadanía va a decidir su futuro. El PNV lleva más de veinte
años conduciendo el Estado vasco... porque se trata de un
estado, con presupuestos, policía, televisión, educación... Y
es indigno que un dirigente trate de cambiar las bases de su
propia legitimidad, sin dejar el cargo y propugnar desde fuera
otra legitimidad. No se puede pedir, camufladamente, un cambio
mediante maniobras, incluso con alianzas con ETA. Estamos en un
momento en el que el detentor del poder nos engaña para
llevarnos a un sitio en el que él no está, ni le hemos elegido
para que esté.
-¿Cuál
cree que sería la alternativa?
-Creo
que hoy se necesita un Gobierno absolutamente abierto a toda la
sociedad y la mejor contribución que puede hacer el PNV es
estar dispuesto a ser oposición, apoyando las instituciones
como ellos exigen que les apoyemos.
«AQUÍ
NO HAY LEY»
-¿Cree
que todos los vascos tienen los mismos derechos?
-Aquí
no hay ley. Ese montón de cadáveres quiere decir que no hubo
ley para ellos.
-¿Hasta
cuándo cree que la sociedad vasca puede resistir ese goteo de
muertes?
-La
sociedad vasca ha resistido tanto, ha estado en tantas guerras
civiles en el siglo XIX. Llevamos veinte años tan crueles... La
sociedad vasca puede aguantar lo que sea, pero la indignidad de
los vascos es de tal calibre que ahora mismo da vergüenza ser
vasco.
-¿Podría
haber una especie de revolución social?
-En
eso estamos empeñados. Nadie esperaba que sucediera la sacudida
de Ermua, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, pero ocurrió
porque durante catorce años hubo gente protestando en silencio.
Si no hay elecciones en estos momentos es porque el lendakari
teme que las urnas den una voltereta a la situación.
-¿Y
qué papel cree que juegan en esto las víctimas?
-Creo
que en este país sólo las víctimas han llevado adelante la
reflexión cultural. No las víctimas que buscan el odio o la
revancha, que son muy pocas, sino toda esa red interfamiliar que
acaudilla Cristina Cuesta. Son víctimas que han logrado dos
cosas: primero, no callarse, no olvidar y, segundo, mantener la
exigencia de la verdad.
-Las
víctimas se han quejado, sin embargo, de falta de respaldo
institucional
-Han
ocurrido muchos episodios indignos, como que Josu Ternera esté
en una comisión de derechos humanos del Parlamento. Un hombre
que no sólo es un gran asesino, sino que piensa sinceramente
que es bueno que se siga matando y que a eso le llama una
necesidad del propio conflicto. Ese señor, que ha llevado a la
gente del PNV hasta Estrasburgo a defender los derechos de los
presos, de los grandes asesinos, que están siendo tratados a
cuerdo de rey. No hay ni un solo derecho de los presos que esté
siendo vulnerado y nuestros rectores equiparan el logro de los
derechos humanos con que los presos consigan todo lo que
quieran, cuando no han mostrado todavía -aparte de beber champaña
cuando se asesina- ni una pizca de compasión.LA
ONDA®
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