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Entrevista a Oribe Irigoyen (I)
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Para mí, yo soy, salvo excepciones,
un cronista de cine
"

Entrevista a Oribe Irigoyen (II)
La URSS, la RDA, Fidel, un amigo
y la visión crítica de ese mundo

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Entrevista a Oribe Irigoyen (III)
"Yo soy el melancólico desilusionado
que pelea por un mundo mejor
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Entrevista Oribe Irigoyen (II)
La URSS, la RDA, un amigo
y la visión crítica de ese mundo

-Finalmente llegaste a Moscú. ¿Pudiste ver esa sociedad que hoy está tan llena de interrogantes. ¿Vos también tenías interrogantes en esa época?

-Yo tenía muchas interrogantes, y veía muchos defectos.

 

-¿Los ves ahora o los veías en aquel momento?

-Los veía en aquel momento, pero como muchos comunistas pensaba que eran problemas graves pero subsanables.

 

-Que no eran inherentes...

-Que no eran de estructura. Ese es un error. Yo veía todo. Primera cosa que te debe llamar la atención cuando viajás -cuando yo viajé- hacia un mundo comunista: es cuando los habitantes hablan de "ellos"...

 

-Los dirigentes...

-Ellos, no nosotros. Eso lo percibí en el 68 en Praga, hablaban de ellos. Y en Moscú exactamente. Después empecé a ver la disconformidad de la gente, una disconformidad que no se expresaba en hechos. Eran -los moscovitas, lo que yo conozco de la Unión Soviética- pacientes, tienen una paciencia impresionante. La tenían entonces.

 

-¿Era paciencia o no tenían espacio para expresarse?

-Tenían paciencia, porque yo alguna vez vi gente expresándose en la calle contra la guerra con Afganistán, sin que se procesara ningún tipo de intervención policial. Porque de las pocas palabras de ruso que conocía, sabía que “vainá” era guerra.

 

Los uruguayos éramos un gueto pequeño, estábamos aislados, no había, por lo menos en mi caso y en el caso de mi gran amigo fallecido, Julio Rodríguez, no había una vinculación, aunque él tenía mucha más con la sociedad porque sabía mucho más ruso que yo. Aparte de estudiar mal el ruso, yo viajaba a Alemania Oriental donde estaba la imprenta. Los alemanes le habían dado al Partido una imprenta especializada en obras de arte, excelente, maravillosa imprenta. Yo tenía que viajar para entregar los materiales...

 

-Viajabas en tren.

-No, viajaba en avión vip, porque estaba en la canaleta de la burocracia.

 

-¿Era burocracia o se daba ese doble fenómeno -teniendo en cuenta lo que antes decías- de defectos, carencias, barbaridades y a la vez solidarios con una causa que era humanista?

-Eso es verdad. Es verdad arriba en "ellos" y es verdad en el abajo, los "nosotros". Porque si hay algo que distingue a los moscovitas es su carácter mediterráneo, es decir, igualito a un italiano: pura exclamación, te abruman con eso aunque no te conozcan. Pero en este caso era una cosa consciente, eran solidarios

 

-Invertías tu tiempo en preparar...

-Entregar los materiales, corregir. Iba a Alemania cada tres meses, tres veces espaciadas a Alemania Democrática. Entregaba los materiales dando algunas indicaciones a un intérprete -alguna vez tuve que ser mi propio intérprete- después volvía a hacer las primeras correcciones de galera y después las primeras correcciones finales de página. Por consiguiente, yo no tenía tiempo de asentarme intelectualmente aprender, por ejemplo, ruso.

 

-Y ver cine.

-Pero cine veía, a las trompadas pero veía.

 

-Pero no tenías el idioma.

-No importa, se puede saber si una película es buena o mala sin entender los diálogos. Y participar, claro, no muchas veces.

La imprenta estaba en la ciudad de Swikan, al sur de la RDA. Yo llegaba en avión a Berlín, me recibían en el hotel del Partido, de ahí arrancaba en auto, cuatro horas de viaje hasta Swikan, donde me recibían en una residencia casa del Partido, de viejos junkers (terratenientes). Y los alemanes eran tan formidablemente profesionales, que componían en español sin saber una palabra de español.

 

-Copiaban los caracteres...

-Copiaban palabra por palabra, letra por letra y yo, iba acompañado por un intérprete, pero cuando no podía tener a alguien al lado lo hacía por señas, dibujitos...

 

-Y salía con óptima calidad.

-Eran profesionales que hacían publicaciones de obras de arte, tenían una gran precisión, una gran calidad.

 

-¿Pudiste ver algo de la RDA?

-Sí, viajaba en auto. Además, yo disponía en cada viaje de 4 o 5 días, a veces una semana. En ese período, luego de cumplido ese trámite de asesoramiento de los alemanes que era lo que queríamos nosotros, salíamos a visitar esas pequeñas ciudades alemanas, que son increíbles, muy hermosas. Iba a algún espectáculo de teatro. Una obra que estaba en plena efervescencia, que ya por ahí se veían las inquietudes que había en el campo del socialismo real. En Berlín vi una obra de un ruso que se llamaba "Caballos azules". El tema era, cuando Lenin está enfermo, ya por morirse, descubre lo que está pasando con la burocracia. Entonces, recibe una carta de un viejo pintor que dice que él quisiera hacer el arte que el Partido quiere, pero que no puede, porque los caballos no le salen más que azules. Es una obra moderna, donde te reciben a la entrada del teatro, que era el famoso de Brecht, Berliner Emsemble, gente manifestando con carteles en ruso. Y entrabas a la sala y en el gallinero o en la galería había manifestantes.

 

-Esos manifestantes eran parte del espectáculo, era un síntoma.

-Era un síntoma que plantea el problema de la burocracia en tiempos de Lenin, que era derrotado por el fenómeno, y que terminaba con el escenario vacío de actores y lleno de cabezas esculpidas de distinta índole de Lenin. Eso lo vi en Berlín. No iba al cine, porque no se me ocurrió... Iba al cine en Moscú, solo además. Me acuerdo de una película que se llamaba "Teherán 43", que era la historia de una tentativa de asesinar a Churchill, Roosevelt y Stalin cuando se reúnen en Teherán. Era una película de espionaje, soviética, en la que trabajaba Alain Delon que hacía de policía francés. Era toda una intriga internacional.

 

-Pero no era una película soviética.

-Sí, era soviética.

 

-¿Y cómo trabajaba Alain Delon?

-Porque era una coproducción.

 

-El cine soviético tiene tradición también.

-Tiene, pero yo lo que veía era una norteamericana en Moscú, que se llamaba "Hangar 83". Era una película norteamericana donde se planteaba  que el descenso en la Luna era una farsa inventada por la televisión.

 

-Eso todavía sigue en debate.

-Sigue en debate, pero no sé si es verdad o mentira, vaya uno a saber.

 

-¿Vivían entonces austeramente allí?

-Te contesto con una frase de una periodista francesa. Dice: "En París vas a un supermercado y está lleno de productos, pero no podés comprarlos. Son caros. En Moscú, vas a los supermercados y no hay nada. Pero te invitan a la casa y cada  uno de los dueños de casa tiene de todo: jamones, hortalizas, todo". Moscú tenía un altísimo porcentaje de habitantes cuyos parientes tenían granjas, chacras, huertas, etc. Entonces, mientras todos los soviéticos estaban bien provistos de alimentación, en los lugares de venta no había más que cosas repetidas.

 

-Había otros canales de abastecimiento.

-Sí, que eran privados.

 

-Esa es la contradicción.

-Yo recuerdo una noche que me quedé sin llave del apartamento, aunque podía entrar al edificio. Yo vivía en la Villa Olímpica,  torres recientemente hechas para la Olimpiada. Un apartamento muy bien, de esos que tienen seguro y yo cometí el error de que el seguro quedara cerrado y quedé sin poder entrar al apartamento. Era invierno. Me siento en la escalera, al lado del ascensor, hasta que un vecino me ve y me pregunta -yo no entendía nada-. Le expliqué con gestos que la llave no me funcionaba. Entonces él me hace entrar a su apartamento. Y empezamos a hablar, aunque ni él ni yo entendíamos nada. Me abrazó -porque son extrañísimos-, me hizo sentar y me dijo Fidel Castro, me hizo gestos de apoyo, yo le dije sí, sí... Ese tipo de diálogo.

 

-Empezaron a coincidir.

-Al otro día, -yo dormí ahí, me sirvió té, lo normal- del apartamento llamo (yo trabajaba en la editorial Progreso, una editorial que publicaba libros en español; yo hacía corrección de estilo, es toda una historia). El jefe de la editorial me dice: "rompa la puerta". Yo dije ¿cómo voy a romper la puerta? Insistió pero yo me negué. Entonces mandó a un cerrajero. Eso muestra un poco la mentalidad. Porque el supuesto burócrata, era un tipo expansivo.

 

-Resolvía radicalmente.

-Sí, rompa la puerta y después vemos. En la Villa Olímpica había un supermercado que no tenía  nada, salvo dos cosas maravillosas que yo conocí en Moscú. No son recomendables para la gente que quiere mantener la línea: la “Smetana”, como la crema doble de Conaprole pero riquísima y que ellos la metían en toda comida; y el jugo de mango hindú.  Después nada. A veces aparecían unas sardinas del Caspio, de 4 cm, que se te caían las medias. Ese era el movimiento comercial de Moscú.

 

-No había variedad.

-No había variedad y a veces no había cantidad. Vos veías notoriamente que la gente se refería a "ellos".

 

-Los hacían responsables.

-No había comunicación ninguna con la vida partidaria. Eran otra cosa. Eso explica lo que pasó después. Incluso, como en todos lados, esa especie de estado anímico burocrático. Porque yo lo conocí en la editorial Progreso haciendo correcciones de estilo. Yo qué hacía: tomaba el español rusificado y le daba una forma supuestamente normal. En eso consistía. Tenía que hacer  como plan 300 folios por mes y por eso cobraba 300 rublos, que en aquella sociedad era un sueldo de ejecutivo. Vos no tenías que cambiar nada sino que el lenguaje fuera legible  en español. Trabajábamos Julio Rodríguez y yo en Progreso. El plan eran 300 folios. Yo los hacía en 10 días, trabajando 5 horas por día, no más. Después no hacía nada, salvo viajar a la RDA. Entonces los compañeros soviéticos nos dijeron: por favor bajen el ritmo. ¿Por qué hablo de burocracia anímica? Porque todo el mundo no hacía nada, estaban totalmente separados de ese fenómeno llamado socialismo real, no tenían nada que ver con ello. Incluso uno de los soviéticos que me dijo eso, era un héroe, estaba en una cartelera que había en la empresa, con sus medallas de héroe de la guerra. Eso daba un poco la sensación de la deformación que se había procesado.

 

Junto con eso, una manera de aprender ruso, lo poco que podía aprender, era ver la televisión en ruso. Que consistía en muchos partidos de fútbol que es lenguaje universal, y espectáculos de todo tipo. Ahí, en la televisión entre los años 80 y 83 había síntomas de que algo estaba pasando. Porque por un lado escuchabas un notable cantante de baladas apoyadas en los sonetos de Shakespeare. Por otro lado había una película que era una experimentación, en televisión, formal, de manejo de símbolos absolutamente increíble. Había gente que protestaba.  En un programa técnico de todo tipo, mostraban sus inventos. En uno de ellos aparece un esloveno o lituano que hizo un auto automatizado totalmente, casi un robot, con líneas aerodinámicas que recién hoy se ven acá, que el público decía que era extravagante.

 

-No lo veían como una innovación.

-No lo veían como innovación. Esa mezcla de cosas te daba la sensación de que se fermentaba algo. Había programas que te llamaban la atención aunque yo no entendiera mucho.

 

-Era la época de Breznev, no había llegado la perestroika.

-No, pero para mí había llegado el más importante, el más importante no fue Gorbachov por lo que hizo sino el anterior, Andropov. Dirigió la KGB y llega a primer secretario de Partido. Si era de la KGB y era director, sabía lo que era real. Entonces empieza a tratar de cambiar para lograr que los soviéticos produzcan más, que no se pasen en los cafés y tomando vodka. Empezó a abrir...

 

-Abrió de tal manera que empieza a deslizarse sucesivamente Gorbachov.

-Quienes abrieron la puerta a Gorbachov son dos: Andropov y Gromiko.

 

-El canciller...

-Sí, le abren la puerta a lo que después sería la perestroika y la glasnot. Un día vi una cosa tan espantosa para mí, que fue  el festejo del cumpleaños de Breznev que lo transmitieron por televisión. Era la momificación del pueblo. Por el ritual, por la presencia de esa gente, incluyendo a Fidel Castro, que rendían pleitesía a Breznev. Era un espectáculo siniestro, terrible. Porque era la actitud, los movimientos parecían de faraones. Ante eso, entre Julio Rodríguez y yo hicimos una refrescante incursión en lo que estaba pasando.

 

-Quiere decir que ustedes dialogaban y llegaban a conclusiones críticas.

-Sí, sí, pero con un gran sentido del humor.

 

-De todas maneras no quiere decir que no fueran profundas. En palabras concretas, ustedes "no se tragaban" aquello.

-Era evidente que no se podía tragar. También hay que reconocer que nosotros no sabíamos el grado de pudrición que tenía el gobierno.

 

-¿Y Arismendi se tragaba eso?

-No lo sé. Realmente eludía el debate sobre la URSS. No le gustaba. No olvides que una de las condiciones del Partido Comunista uruguayo era que la defensa de la URSS. Era un problema de principios. Y eso explica todo, incluso la ceguera. Porque si yo me di cuenta, no tanto como para decir que eso se iba al diablo, sino que había que cambiarlo de alguna manera, él seguramente tenía muchos más datos.

 

-¿Y Julio Rodríguez?

-Julio siempre tuvo una actitud mucho más independiente que yo. Me acuerdo que discrepamos él y yo cuando la intervención en Praga, en el año 68. Él ya en ese momento tomó una actitud crítica que yo no tomé.

 

- ¿ Qué percibías tú de esa sociedad que posteriormente tuvo terminó disolviéndose? Por lo menos el régimen social que había. Tú me hablabas de una serie de hechos y anécdotas del punto de vista de la burocracia. Pero también que el que aparecía como quien buscaba un cambio era Andropov. Sin embargo era parte de la dirigencia...

-Sí era un tipo muy particular.

 

-Tú decías que había sido el jefe de la KGB.

-Sí, por consiguiente debía tener datos muy precisos de lo que estaba pasando. Y él, en una gestión muy corta, porque murió, empezó a tomar ciertas medidas que implicaban una puesta de mira para comenzar a arreglar algunas cosas. Entre otras la más importante fue la reforma interna en la jerarquía política del PCUS. Junto con Gromiko fue quien abrió paso a Gorbachov y  lo que después fue su propuesta de glasnot y perestroika.

 

Pero eso de la glasnot empezó con Andropov. No sé si la perestroika: yo no llegué a percibirlo. Pero sí una mayor información y claridad en las disposiciones que surgían de la jerarquía. Me acuerdo de una de las medidas que tuvo más repercusión a nivel popular: vigilar la producción de la gente.

 

En la URSS, en ese momento, el Partido simulaba ordenar, la gente simulaba aceptar lo que se proponía en materia de planes, y todos contentos. "Yo simulo y yo cobro por lo que simulo". Es una de las características que se percibían cuando aparece Andropov.  Se podía percibir antes viendo las reacciones de la gente. Era baja, bajísima la producción. Por lo menos en Moscú. No sé si en otras regiones, pero en Moscú eran evidentes la pérdida de tiempo, el ocio, las escapadas a tomar vodka. Era notorio visualmente y ese fue uno de los puntos que atacó Andropov. No tomó otras medidas en aspectos importantes como la KGB, el ejército, la industria, la economía. Por lo menos yo no lo percibí. Entre otras cosas porque no dominaba el ruso, y me guiaba por las informaciones de entrelíneas que podía captar. Moscú era el reino de las entrelíneas, porque casi toda la información, salvo algunos programas o algunos artículos, estaba filtrada. Era el mundo del "todo va bien".

 

-Era difícil tener un diagnóstico.

-Por lo menos para alguien de afuera, que de cualquier manera es alguien marginado en el sentido informativo  y de las costumbres, por más que se las pudiera percibir.

 

-¿Había gente pensante que se daba cuenta de esas cosas?

-Yo calculo que sí, aunque no tuve más que el rumor. Pero era evidente por ciertas señales negativas que llegué a percibir. Por ejemplo la amistad de mi compañero y amigo Julio Rodríguez con un científico, que motivó la intervención de la policía de inteligencia. De eso tuve noticia. Hechos irregulares que no pasaron a mayores pero que evidenciaban un estado de vigilancia, por lo menos, con gente que era disidente o planteaba críticas. Yo no conocí a la persona, pero era un científico.

 

-A nivel de la prensa por lo tanto no había gran cosa...

-En la televisión había algunos programas, que por la calidad insólita (porque la televisión como todas, era plana, plana) mostraban que había gente que estaba pensando en otra cosa, por lo menos en una búsqueda o de calidad poco frecuente en la televisión o programas donde había contradicciones. Había un programa en la televisión de Moscú, en el que inventores aficionados presentaban sus modelos: paraguas, cafeteras... Un día apareció un científico de los países bálticos, no recuerdo si lituano. Los países bálticos se caracterizaban, porque de algún modo eran repúblicas federadas, por ir a la vanguardia en la tecnología y probablemente en la ciencia. Apareció un inventor que trajo un auto aerodinámico, digamos 2003-2004, en el año 1981. Era automático, una especie de robot. Lo presentaron en el programa y el público intervenía opinando. Era un programa muy interesante por lo que se vía. Y recuerdo que fue descalificado totalmente el automóvil porque era extravagante.

 

-Se salía del molde.

-Si. Eso me alertó dos cosas: una, que de alguna manera había cierto margen de movilidad y de iniciativa individual, en el sentido de un régimen supuestamente enquistado en el autoritarismo. Y por otro lado el atraso cultural general de la gente, porque no hubo un solo asistente a la barra de televidentes presentes que defendiera ese proyecto, que a mí me dejó con la boca abierta. Y yo venia de Occidente.

 

Después había otro tipo de programa, una cosa extraña en un país que tiene fama de haber creado un sistema estético llamado realismo socialista donde estaba todo encasillado y el que no se amoldaba a eso tenía problemas. Vi  un programa sobre la guerra contra el nazismo. Era una película abstracta en televisión. Lo cual revelaba -en mi opinión, que no sé si es justa- que había un caldo de cultivo, o elementos fermentales que intentaban romper esa cosa apática de lo oficial, porque si alguien no es apático es el moscovita. El moscovita es polirracial y policultural. Eso aparecía cada tanto. Una cosa extraña, de nivel muy elevado. Por ejemplo un cantante veterano, yo diría popular, que en televisión cantaba baladas sobre la base de sonetos de Shakespeare. Sonetos que son un conocimiento de elite en occidente, donde se conocen las grandes obras de Shakespeare pero no sus sonetos. Y este hombre cantaba sonetos de Shakespeare.

 

Es decir, que había relampagazos o cosas puntuales donde uno pensaba -quizás fue un error pensar eso- que se estaba mejorando, por lo menos del punto de vista del espectáculo o lo cultural.

 

-Todas esas vivencias se daban en un marco contradictorio, por lo menos en el aspecto de que simultáneamente eran solidarios oficialmente con situaciones como la uruguaya por ejemplo.

-Ah, por supuesto. En ese sentido -es una opinión muy personal- la URSS desde el punto de vista económico pagó un altísimo precio por su solidaridad. Recordemos lo que pasaba con Cuba desde el punto de vista económico y productivo. Con Vietnam. Y en relación con Uruguay, no sólo oficialmente había decisión expresa. También la gente en la calle te recibía con grandes gestos. Ya conté la historia de la llave. Son dos cosas: la solidaridad como esa de mencionar a Fidel, y también en la calle, donde te podían matar. Porque los moscovitas se adelantaron a la brutalidad humana que existe hoy, en el sentido de que era gente que caminaba y no tenía la menor noción del otro: se lo llevaba por delante y seguía, que es lo que está ocurriendo acá hoy en este Montevideo chiquito, de un millón de habitantes. Eso era habitual. Eran gente campesina. La base esencial de lo que yo pude percibir que era un pueblo esencialmente campesino, por sus orígenes, por lo que fuera. De esos seres que se movilizan socialmente con soltura y elegancia, había pocos.

 

-Tú me decís que pagaron tributo económico por su solidaridad con otros pueblos…

-Sí, con todos. Tengo la convicción de que todo movimiento de liberación fuera del signo político que fuera, tenía el apoyo concreto de la URSS. Eso incluye la actitud con los uruguayos.

 

-En resumen, ¿qué te dejó esa experiencia? ¿Cuántos años fueron?

-Tres años y diez meses.

 

-Esos tres años, ¿qué te dejaron?

-Dicho con todo desenfado, me dejaron los tres años mejores de mi vida. Por lo siguiente. Primero, yo trabajaba en la editorial Progreso corrigiendo el español de los soviéticos. Cobraba un sueldo de ejecutivo. Nunca en mi vida estuve a ese nivel económico. Segundo, vi esa experiencia que de algún modo era inédita. Y tercero, con Julio Rodríguez formamos una especie de dúo descacharrante que observaba, comentaba. Vivíamos Julio y yo, en esa compinchería, el espíritu de los bolcheviques de la primera época.

 

-Eran una especie de observadores privilegiados...

-Exactamente. Sin acceder a datos especiales por la barrera del idioma. Pero fue una época muy fermental para mí en el sentido de lo que yo podía hacer.

 

-¿Y esa experiencia confirmó la expectativa de que el ser humano se puede cambiar?

-Pregunta difícil. Yo creo que sí, que el ser humano es cambiable, pero un elemento muy difícil es el cambio interno. El cambio exterior es más fácil, la posibilidad que tiene el hombre en su conjunto de extender sus sentidos desde el punto de vista tecnológico a niveles absolutamente increíbles, prolongando la mirada a través de la televisión y la computadora. Yo opino igual que un genial realizador de cine ruso,  Tarkovsky: que es muy difícil cambiar al hombre desde adentro. De tal manera que él sube al árbol mucho más fácilmente que descender de él. Vuelve a ser mono cuando sube y homosapiens cuando baja. Es muy difícil. Tarkovsky lo planteó en todas sus películas. Esa cosa difícil de convertir al hombre en eso que se llamaba el hombre nuevo. Es muy difícil.

 

-Pero necesario...

-Yo creo que es necesario en el sentido de que si uno recorre la historia de la humanidad, sabe que el hombre ha cambiado internamente sin ningún género de duda. Lo que pasa es que los períodos de cambio son cada vez más acelerados, pero también cada vez con períodos más largos. Es notorio suponer que el joven de hoy es completamente distinto interiormente al de hace un siglo. Aunque haya zonas muy oscuras,- yo diría los agujeros negros del ser humano- que probablemente no hayan cambiado desde la edad media hasta hoy. Es un tema que a mí me preocupa pero no lo he sistematizado como búsqueda de conocimiento.

 

-Pero te surge la interrogante de que el hombre sea cambiable.

-Sí, sin duda. Y creo que la respuesta es que toda la historia de la humanidad no tendría sentido si no fuera posible eso.

 

-Parecería que en ese aspecto de la intimidad del hombre, más que en los agujeros negros del hombre, el marxismo no hurgó hasta ahora lo suficiente.

-No. Es evidente. Y creo que eso es un problema de prejuicios. En el sentido de ver enemigos donde no los hay; de no captar otras corrientes de pensamiento que atienden a lo subjetivo con la suficiente amplitud como para asumirlas. Una de las cosas que para mí era y sigue siendo, es su capacidad de asimilar las corrientes de pensamiento que no están contenidas previamente en el propio marxismo. Era notorio en los clásicos.

 

-En Marx. En todo caso los reproches de la gente pueden venir con ese pensamiento posterior a Marx.

-Sí. Creo que se exageró algo importante y que quizás sea lo más importante pero no es lo todo: el elemento social. Se exageró en detrimento del individuo.

 

-También es cierto que recién en el siglo XX hay corrientes filosóficas y científicas que estudian al hombre y al individuo más profundamente.

-Eso es verdad. Pero también es posible que las religiones hubieran podido jugar un buen papel en ese elemento si se analizara críticamente todo el proceso religioso que es fundamental para el hombre evidentemente porque todavía dura. Y yo pienso que el marxismo no lo atendió suficientemente...

 

-El propio Marx descarta de un plumazo la religión. No es un factor de estudio minucioso.

-Y eso para mí es un error de Marx. Pienso que la posición crítica respecto de eso con que juega la religión, que es el interior del hombre, fue descartado tajantemente, incluso por Marx.

 

- Las sociedades que se propusieron construir en base a la idea del hombre nuevo ¿no terminaron siendo una tragedia?

–Sí, terminaron en tragedia, en algunas sociedades lo fueron en forma total. Pienso por ejemplo en el caso de Pol Pot, en parte en la propia URSS o China, con sus millones de muertos, la tiránica opresión de sus pueblos, incluso las matanzas y encarcelamiento de sus mejores cuadros  revolucionarios.

 

Pienso que ese olvido o desprecio de la libertad y el individuo, del hombre, en definitiva, es en si misma una tragedia. Un derrame de sangre y de lagrimas que son irrecuperables, e indefendibles y condenables. Aún en las condiciones de acosamiento constante y sin respiro, padecido por la construcción del socialismo y sus enormes obstáculos de lo nuevo despiadadamente atacado desde siempre. Por más que sesudos pensadores burgueses digan que esas monstruosidades están implícitas en la propia teoría de Marx y Engels, pienso que no es así.

 

Por algún tiempo, acaricié la idea que con el socialismo real ocurría a escala mundial la inevitable violencia interna de lo ocurrido en el plano social con la revolución francesa y el periodo de terror. Esquematizando pensaba que Stalin fue el Robespierre del socialismo  real, y que la maduración y el tiempo iban a conducir al socialismo a su cauce justo, acaso con el éxito de Gorbachov. Un craso error mío, Tengo que agregar, que mi convicción, es que el capitalismo, que se considera “el menos malo de los sistemas”, es peor que la experiencia de 70 años del socialismo real, que acumula mucho más injusticia y destrucción  humana, más muertes en cifras millonarias, piensese, en los 6.000.000 de muertos de hambre por año que ostenta, por dar un solo dato. Sí, también el capitalismo es una tragedia, a pesar  de que esconde muy bien su  horrible trasfondo y de que a diferencia del comunismo tiene buena prensa y mejor propaganda desde que comenzó.  

 

A pesar de tirar la comida en los países ricos, no es capaz de alimentar a 6.000.000 de seres por año, mientras que incluso China comunista resolvió para siempre con sus 1. 000.000.000 de habitantes. A titulo de ejemplo malvado y capcioso, si se quiere.

 

- ¿Qué es Cuba para Oribe?

- Cuba fue una alegría exultante de vivir oír hablar español al socialismo, la admiración por su prensa revolucionaria, más tarde la consiguiente decepción y hoy sigue manteniendo mi simpatía dolida y mi apoyo critico, con alguna rispidez de mi parte en mucha cosas y mi aplauso en otras, conocidas por todos, salud, orgullo nacional, dignidad del David frente al Goliat de enfrente. Con el gran déficit, desde luego, de la ya mencionada falta de libertad, porque en mi concepto ésta contenida en el código genético del hombre como aspiración a lo largo de toda la historia de la humanidad, imposible detenerla u olvidarse de ella.

 

- ¿Y Fidel?

Fidel Castro es sin duda una de las grandes personalidades políticas del siglo XX. Por sus valores reales, su carisma y seducción, a los que suma también sus defectos y negruras de dictador. Tiene un acentuado claroscuro en su personalidad y en su gestión marcadamente individualista, aunque termina por despertar simpatía por su fe y consecuencia en sus ideas buenas o malas, su total entrega a las mismas y por la asombrosa lucidez en algunos de sus conceptos.

 

- ¿Chávez?

Un populista con mucha plata que no termina de convencerme, con cosas muy buenas para Venezuela y su gente más humilde, pero con borrones y dudas que siempre sugieren o concretan  los populistas. Es  gobernante legitimo de su país, con varias elecciones ganadas, un estilo personal no muy católico, que no me molesta, pero poseedor de unza gran interrogante sobre en que va a terminar. El petróleo lo convierte en figura importante en América Latina.

 

- ¿El progresismo latinoamericano es un avance de las sociedades o es una nueva forma de adaptación, con elementos de resistencia, al modelo capitalista internacional dominante?

Pregunta muy difícil, no soy politólogo ni tengo bola de cristal. Porque, en primer lugar, el actual progresismo latinoamericano es cosa positiva para el continente, puede tener  o tiene  un valor estratégico para un mejor  futuro  del mismo. Luego  hay que decir que tiene tumultuoso, en el sentido de acarrear agua clara mezclada con barro, los innecesarios encontronazos  o luchas de intereses entre sí, o sea falta de comunidad de ideas y políticas para avanzar en su proceso, claro que jaqueados por el proceso mas de la globalización. Eso lleva a que el avance de las sociedades latinoamericanas sea enredado. Acaso todo sea un proceso de la política de lo posible en estos tiempos.

 

Acaso  todo  sea un proceso  de política de lo posible en estos tiempos, según vieja  y querida formula del quehacer político. Acaso yo me equivoque  y acaso, también, el Mercosur  constituya el instrumento aglutinante  para el proceso ése de avance indudable, se consolide, se concrete en hechos estratégicos y fructifique una vez por todas. No soy optimista, ni pesimista, de a ratos una cosa o la otra. Es horrible, porque por ahora el Mercosur está muy verde.

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