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CINE
Ni una palabra

por Gerardo Fernández García

Comparar un filme con otro suele ser tan injusto como peligrosas son las generalizaciones; cada cual –como cada quien- tiene peculiaridades que lo hacen único; pero como las convenciones artísticas que usan sí tienen en común, la tentación de demostrar con Ni una palabra, dirigida por Gary Fleder, que las insuficiencias del también “thriller” Frecuencia mortal estuvieron en el tratamiento genérico, evidencia la existencia de lo casual (se estrenó una película detrás de la otra), y pone de manifiesto nuestra debilidad porque vamos a compararlos. 

Decíamos en nuestro anterior análisis que la acción base de Frecuencia mortal está en tragicomedia -quiere decir aventura-, en tanto que la acción subordinada principal se sostiene en la comedia: téngase en cuenta en este último caso que la compulsión del hermano del protagonista, la tendencia a la realización personal a través de la burla a los demás, es lo que le da característica, debido a que resulta el mal que se evoluciona en la historia, que hace a la situación reversible y edificante. 

Esta mezcla de géneros que desde el renacimiento llena de vida el espectáculo dramatizado, presenta el serio inconveniente de la posible falla en la selección de los que se van a acompañar para contarnos una historia. 

En Frecuencia mortal, insistimos, tenemos la acción base en tragicomedia, género no realista que impone un héroe protagónico sobresaliente, alguien que, al contrario de lo que sucede en este filme, no se deje manipular por un hermano medio delincuente y, principalmente, que sepa defender a su amada.  Estas imprescindibles características de la aventura se ven dañadas por la compañía de la comedia; género que, al ser realista, es decir, más fuerte, impone, además de su tono, la levedad de una acción que se prepara para un final reversible, edificante y feliz.  Resultado: ambigüedad en la acción base por el desdibujo de un protagonista que no alcanza la altura necesaria de un héroe. 

Sucede todo lo contrario en Ni una palabra. 

En la acción base de este filme tenemos a un grupo de delincuentes que asaltan un banco con el objetivo de hacerse de una joya valorada en diez millones de dólares.  Lo logran, pero quien abre la caja de seguridad engaña al jefe de los ladrones y se apodera del botín.  Luego sabremos que el grupo ajustició al traidor, que cumplieron diez años en prisión por ello, y que la única que sabe donde está el botín es la hija del ladrón muerto.  ¿Podrá haber dudas sobre el carácter no realista del género de la acción principal de este filme?  Veámosla aún más en detalles: 

Lo que causa el conflicto, el detonante,  es el robo de la prenda; pero la intención y la oposición giran alrededor del interés de Patricth, el jefe de los ladrones, por recuperar la valiosa joya y el secreto de su escondite que lo guarda la paciente del doctor Conrad; más tarde el conflicto se desenlaza cuando, en buena lid, el galeno entierra con la prenda al delincuente.  Lo fácil del robo (se obvian los esfuerzos), el engaño, el cambio del estuche de la joya, la persecución, la traición, la venganza.  Todos son elementos que tuvieron soluciones de aventura. Pura tragicomedia: estereotipos que por serlo carecen de matices psicológicos, encarnaciones del concepto de la maldad, amén de los recursos de las  venganzas y las persecuciones. Fleder logra entretenernos con una fórmula que siempre da resultado: la búsqueda de un tesoro. 

Pero el personaje que inconscientemente oculta la joya es paciente del doctor Conrad, y con el secuestro de la hija de este último por parte del maleante el conflicto adquiere las complejidades de la psicología.  Si Patricth es un tipo,  y por lo tanto sólo encarna un concepto -en este caso la maldad-, los avatares y la solución del conflicto del médico lo diseñan como todo un personaje tridimensional.  La solución produjo un cambio conductual que va más allá de las ideas del bien o del mal; la circunstancia así lo ha querido, por ella fue capaz de matar. De modo que estamos en presencia de hechos y conductas sólo posibles en un género realista, en una tragedia, específicamente por la muerte psicológica que ha tenido lugar en la figura paterna, quien jamás podrá ser el mismo después de lo que le ha sucedido a su hija, así como en el hombre pacífico que le ha dado muerte a un ser humano. 

Contrario a Frecuencia mortal, donde la comedia como acompañante de la aventura debilitó al protagonista, acá la tragedia permitió una  creíble curva de transformación en la figura central, un crecimiento que fue desde el hombre común hasta las circunstancias en las que el miedo, el sentimiento filial y la cólera dan lugar a la actuación heroica. 

En la principal acción subordinada tenemos al mismo doctor Conrad, pero ahora ya no tan sólo interesado en la paciente, sino con el empeño de sacarle la información para salvar a su hija secuestrada.  Finalmente obtiene la confesión. Dicha acción también maneja elementos de la psicología, característica del ser humano que entorpecen la ligereza y sencillez necesaria a la aventura, y las motivaciones y recursos de manipulación son reales.  De modo que también en esta acción subordinada estamos en presencia de la tragedia.  A pesar de que el elemento de la muñeca de trapo hace algo melodramática la solución, pues interviene la casualidad de que el doctor empleara el regalo de una similar muñeca a la que luego vamos a saber es donde está escondida la joya que buscan. 

Sin embargo, en la siguiente acción si estamos de plano en la aventura que requiere el género de la tragicomedia: Aggie Conrad, la mujer del doctor y madre de la niña que los delincuentes han secuestrado, está  en la cama con una pierna enyesada.  Obstáculo socorrido que hace más meritorio su esfuerzo por tratar de rescatar a su hija, quien se ha comunicado con ella a través de las instalaciones de la calefacción, pues la niña ha estado en un apartamento del mismo edificio.  Pero antes de que lo logre, los secuestradores trasladan a la presa codiciada. 

Una investigación puede ser muy realista, pero aquí median los obstáculos, y las complicaciones para hacerla aventurera: Cassidy, la detective que interviene en el caso, evidentemente está llamada al fracaso o al menos sólo a una colaboración oportuna, pues, luego de que asocia los datos que la llevan al mismo lugar donde está la joya y se desarrolla el combate final, únicamente es el protagonista quien debe vencer a los malos. Antes de que la oficial pueda hacer algo más, una bala la hiere para dar oportunidad de lucimiento al sencillo padre de familia doctor Conrad. Es decir, de ninguna manera Cassody podía darle solución definitiva al conflicto. 

Quedaría por reflejar la inicial acción del también doctor Lois, quien engañosamente involucra a Conrad en el caso de la paciente catatónica por el también secuestro y posterior sacrificio de su novia, igualmente a manos de los bandidos. Genéricamente también con solución de tragicomedia. 

En fin, una curva de transformación del protagonista que va del hombre común al héroe; un ritmo,  un tempo stacatto, apropiado al género que se impone como acompañante de la tragedia, que tal vez a la altura del preclimax se debilitó por devaneo de la composición –muchas veces reflejo de la falta de una meta clara antes de empezar a escribir-, pero que casi logra ocultar una excelente y moderna edición.  Eficaz fotografía, actuaciones por debajo de lo que le conocemos a actores como Michael Douglas, pero que pueden catalogarse como funcionales.  De la música  cabe decirse que no se nota, que es como darle un calificativo de perfección en su tarea de marco emotivo. 

En suma, si es útil dedicarle un tiempo al análisis estructural y genérico de Ni una palabra, es para demostrar que su mezcla de tragedia -en la acción central-,  con  tragicomedia -en la acción subordinada principal-, es mucho más funcional que la liga de la aventura con la comedia, como hizo Frecuencia mortal, siempre que hablemos de “thrillers”. LA ONDA® DIGITAL


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