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Murió el Corto:el gran
irreverente desde antes que
la irreverencia cotizara
Escriben C. Invernizzi M. Espínola ,
P. Cribari, E. Valenti y  Eleuterio Fernández Huidobro
Leer artículo Colo, decinos que es mentira
Raúl Legnani
Leer artículo El Corto Buscaglia
entró al boliche

Joe

Murió el Corto: el gran
irreverente desde antes que
la irreverencia cotizara

Escriben C. Invernizzi M. Espínola , P. Cribari, 
 E. Valenti y Eleuterio Fernández Huidobro

(Imagen  parcial de portada, tomada de una portada
de un disco de Alfredo Zitarrosa,
realizada por el artista plástico uruguayo, Carlos Palleiro).

Hasta siempre Corto
Claudio Invernizzi 

Murió el Corto: un creador que hizo de creativo. Una situación nada menor ya que el desenfado y la libertad conque accedió a la publicidad fue su gran virtud. La mayoría de sus fantasmas estaban vinculados al teatro, al periodismo, a la actuación, al humor, a la poesía. Vaya a saber en qué lugar colocaba él a la publicidad, pero seguramente no estaba entre los primeros. Y sin embargo, fue, sin duda, de los primeros.

 

El creaba sobre cuanta cosa se le pusiera adelante. Y entre las cosas que se le pusieron adelante estuvo la publicidad. Y arremetió contra ella atreviéndose a cosas con las que nadie se atrevía. Era el creador volcado - como decía- a su trabajo de creativo. La memoria es chica si sólo recuerda al Profesor Paradójico. Es injusta porque el Corto fue el gran irreverente desde mucho tiempo antes que la irreverencia cotizara en publicidad. Fue un eslabón clave entre la vieja y la nueva publicidad en nuestro país. Fue el enlace.

 

El corto se le acaba de morir al teatro, a la canción, a la literatura, al humor, a la actuación, al periodismo y a la publicidad se le acaban de morir otro montón de ideas posibles.

 

Una vez más, la vida salió perdiendo. Y el Desachate perdió un cuestionador necesario. Y el Círculo - aunque en los últimos años no hubiera estado presente - un pendenciero intelectual. Es decir, un creativo. Y en su caso: un creador. 

El Corto: Horacio Buscaglia -1943-2006
Mecha Espínola 

Hay personas a las que es difícil juntar con la muerte. Horacio, El Corto, es sin duda una de ellas. Uno había figurado infinita su fuerza vital. Cabría preguntarse ¿qué no hizo El Corto?, antes que enumerar los rubros en los que incursionó.

Esa mezcla de iconoclasta e irreverente y a la vez fuertemente apegado a valores, amores, lealtades y solidaridades; Horacio responsable y rebelde encarnaba (salvando la distancia del talento y la genialidad para expresarlo) un modo de compromiso político y social en el que muchos, y en distintas décadas, nos sentimos expresados. 

Hay muertes que atraviesan toda nuestra vida y la repasan. No porque hayamos estado siempre juntos, sino porque están presentes en mojones fundamentales de nuestro caminar, rodeados y rodeándonos de nuestro afectos más queridos.

Y así desfilan las guitarreadas en Malvín, en que “éramos felices e indocumentados entonces”. De esa época: Una tarde estábamos charlando en una pieza del diario El Popular Inés Russomando, Horacio y yo; ellos dos trabajando y yo ‘de visita’. Horacio entraba y salía. De pronto irrumpió: “Inés, me voy para mi casa”. E Inés, asombrada: “¿cómo que te vas ahora? Si hay que terminar esto y...” “Lo que pasa es que yo tengo ganas de mi mujer y de mi hijo”, contestó simple y rotundo, irrebatible. Y acudió, claro está, al llamado urgente de sí mismo. 

En diciembre del 2004 le pedimos que hiciera algo en la despedida de año de Sociedad y Política (un grupo de gente que tenemos una particular ‘sensibilidad política’ que nos hace encontrarnos más allá de exactas ‘posiciones políticas’), y por supuesto accedió. El día de la fiesta me llamó por teléfono y me dijo preocupado que no iba a poder ir, que había estado con un problemita de salud, que no era nada pero que no había podido preparar algo especial para la despedida, etcétera. 

(Al mes siguiente, hablando de su enfermedad, me dijo que en ese momento ya sabía lo que tenía, pero que quería que pasaran las fiestas para decirlo, para no amargar a la gente en esas fechas.) 

Después de discutir sobre que no necesitaba “preparar” nada, le dije que lo importante era que fuera para estar juntos, que lo queríamos a él por él y no por lo que podía aportar a la fiesta. No quedamos en nada, pero tuve la sensación de que no iría. 

Cundo llegué al lugar (aebu) ya estaba El Corto. Le exclamé mi alegría y con el ánimo de siempre me dijo algo así como “sí, vine, y vine preparado. Agarré unos mojos que tengo, ya veremos”. 

Cuando le balbuceé que no se exigiera, y casi empiezo con mi rollo de nuevo, me dijo “¿sabés?, no me gusta defraudar a la gente. Y estaba anunciado en las invitaciones...” 

Luego reímos, disfrutamos y brindamos con El Corto y su puta enfermedad, que entonces desconocíamos.

Hoy, muchísimos estamos repasando la vida, encontrándonos y encontrándote. 

Buscaglia y su generación
"...meter pata duro y seguir"

Pedro Cribari 

En momentos en que escribo estas líneas, los restos del Corto Buscaglia estarán siendo sepultados. Pasé por la sala de velatorio y preferí venirme a la intimidad de mi casa porque no resistí tantas caras y tantos recuerdos. 

Con el paso de los años estoy flojo y pensé que el mejor tributo a su vida, a su trayectoria, era escribir unos pensamientos sueltos, signados, claro está, por la inmediatez de su muerte que seguramente no permite el análisis más claro de lo que deja este pequeño gran hombre detrás de sí. 

Opté por contar aunque más no sea en una aproximación a su vida y sus obras, lo que nos dio a los uruguayos la generación del Horacio Buscaglia, y él en persona.

Siempre se dice que basta con morir para que se hable bien de alguien. El lector juzgará si caí en esa máxima o aporté elementos ciertos que valen por sí más allá de las emociones del triste momento. 

Buscaglia y su generación comenzaron con sus primeros pasos artísticos en la lejana década de los sesenta, conflictiva pero fermental. Los más entendidos podrán hacer una reseña cuidadosa de cada una de sus etapas, la del Kinto de las Musicasiones, la de Totem, la de sus inicios en el teatro independiente, la de sus visiones humorísticas en diarios de izquierda de aquella época. 

Yo, en cambio, me referiré a un tramo de su vida profesional que fue el de la dictadura. Insisto en el concepto de generación, pero hoy siento que tengo que hablar del Corto, parte inseparable de esa pléyade de jóvenes artistas que regalaron a los uruguayos espacios grandes de libertad en lo peor de la censura irracional. Pienso en Canciones para no dormir la siesta, en Los que iban cantando, en Rumbo, en el inolvidable Choncho Lazaroff, en las obras del Circular, en Cinemateca, en el teatro de la Asociación Cristiana, en las jornadas culturales de AEBU, por nombrar algunos y olvidando a muchos con similares méritos.

Desafiaron la mentalidad represiva, la mediocridad de los censores y vivieron haciendo driblings para el disfrute de la gente. ¡Ellos sí resistieron a su manera! ¡Y cuánto aportaron al estado de ánimo de quienes vivíamos sometidos a los abusos cotidianos de la prepotencia policíaco-militar! 

No es del caso evaluar en términos porcentuales la contribución de los artistas al No del 80, a los reveses dictatoriales del 82, al resurgimiento del espíritu de lucha abierto de trabajadores y estudiantes del 83, pero ¿alguien puede dudar de que en toda esa corriente de resistencia hubo un componente decisivo del mundo del arte? 

Hay muchos Buscaglia para destacar, pero quise rendir homenaje a aquel muchachón ­siempre lo fue hasta al final por su espíritu incansable ­ que sorprendía a los uruguayos y siempre lograba sortear a los censores con solvencia, ingenio, picardía y desfachatez. 

Tuve el placer de compartir con él experiencias periodísticas desde 1984, con Cinco Días y con el placer de incluir una tira cómica en la tapa, todos los días, bajo la inspiración de Horacio y el mágico diseño de Pablito Escobar, con El Jeremías le tomábamos el pelo a los dictadores. 

Recuerdo que cuando los dictadores clausuraron el diario de circulación nacional Cinco Días, primer diario en desafiar a los ya decadentes defensores de la mordaza (labor compartida con varios dignos semanarios y revistas), nos juntamos aquellos audaces "periodistas" en la oficina de Martín C. Martínez y Colonia a ver qué hacíamos. Cómo respondíamos al decreto de clausura y a la acción directa de bombardear las vidrieras de los únicos tres avisadores comerciales y tirar a matar a la casa de nuestro redactor responsable. Cuando aquella mañana de abril del 84 llegué al pequeño apartamento que hacía de redacción, había caras largas, obviamente con incertidumbre y temor por lo que podría aún suceder. Miré hacia un costado y allí lo vi, sonriente, jugando al truco como para decirnos a todos "no hay que acobardarse y seguir". Y así fue, tres meses después, en el último y definitivo invierno de la dictadura, aquel grupo de uruguayos comunes, editábamos otro diario, aún más exitoso, La Hora. 

Por eso, cuando ayer me iba de Martinelli, conteniendo el llanto, y me cruzo con su compinche de los años juveniles, el inmenso Negro Rada, poco pudimos decirnos porque ante la muerte del Corto qué decir. Balbuceamos algo de Totem, de la mítica figura de Mateo, de los Fattoruso, de Galleti, de Useta, de Chichito Cabral, del fallecido Marquitos Gabay y otros, hasta que Rada, con esa sencillez de los grandes cortó por lo sano, y como Buscaglia cuando el cierre de Cinco Días, dijo: "No hay otra que meter pata duro y seguir adelante".

Y así será, querido Horacio Buscaglia. 

El Corto dejó un montón de amigos y de los otros
Esteban Valenti 

Ayer se murió una de las personas más llena de vida, de humor y de pasión que he conocido. Horacio Buscaglia, el “Corto”, el guapo Bermúdez, el “profesor Paradójico” y quién sabe cuántos personajes más que nos dieron vida y ganas de seguir peleando, sin caminos fáciles y sin atajos. 

El Corto dejó un montón muy grande de amigos y también dejó de los otros. No tenía atajos. Basta releer su columna amarilla para recordarlo con su fina y salvaje ironía, su pasión por lo que creía y quería. Lo conozco desde hace más de 40 años. Y lo queremos mucho y su muerte nos pega en el alma. 

Un genuino laburante del arte y de la cultura. Trabajaba duro, no se daba aires, tenía un ingenio a prueba de todo, incluso de la dictadura. Se quedó aquí y la peleó desde los renglones de sus canciones que no nos dejaron dormir la siesta de la tiranía pero, por sobre todo, le sacaron el sueño a muchos de sus burros represores. 

La peleó desde el teatro, antes, durante y después. Para el Corto el teatro era un refugio, una forma de vida, un diálogo con sus convicciones, con su gente, con sus causas y con sus enemigos. Y también con la muerte. Esa muerte que sólo en el último suspiro de su cruel enfermad logró aceptar. Era uno de esos amigos que uno nunca logra combinar con la muerte, aceptar que se irán antes que nosotros. 

Fue un trabajador de la publicidad y la comunicación. Culto, sensible y, sobre todo, creativo. No posaba, leía, aprendía y trabajaba duro. Pasó por muchas agencias y por muchas campañas y seguramente lo recordaremos por esa genial interpretación del Profesor Paradójico que le dio lenguaje, le dio humor y fuerza creativa a la campaña electoral de la izquierda en 1989. El Corto no actuaba los spots, los vivía, le hablaba a la cámara como si dialogara con la gente, sacando su fuerza de convicción desde el fondo de su alma y de sus tripas. 

Pero el Corto compartió con nosotros – con un grupo grande de compañeros - muchas otras aventuras políticas en la UJC de Malvín, en el PCU, en la Comisión Nacional de Propaganda, en la campaña por el voto verde, en la renovación de las formas de la comunicación de la izquierda. Y su aporte no era sólo de ingenio, sino que era fundamentalmente político. Sí, político, en esta época en que todos se ocultan de la política o miran y se hacen los distraídos, Horacio tenía pasión por la política. La última conversación que tuvimos, la semana pasada, fue de política y como siempre me aportó esa mirada aguda, llena de sensatez loca y renovadora, comprometida y sin claudicaciones con sus ideas y con la causa del cambio. Hasta diciembre, cuando lo internaron, estuvo trabajando en muchos frentes. Desde su columna, desde SEPREDI. Le costó mucho ser funcionario. Para él la política era una forma de ver la vida. 

Y el Corto era un amigo. De los que dan pruebas tangibles, concretas y necesarias. Una sola anécdota: fue el gran amigo de Mateo. Sí, ese Mateo que ahora es famoso y querido por todos, pero cuando tenía que ir a golpear una puerta - porque siempre estaba abierta - iba a visitar al Corto. Que siempre lo recibió sin reproches, sin mezquindades y que le tendió la mano porque era un gran artista, pero por sobre todas las cosas porque era una buena persona, atormentada y necesitada de amistad. Y el Corto era un amigo. 

No era amigo de todos. Después de la muerte se tienden mantos grises y parejos y muchas veces hipócritas. Horacio los odiaba. Yo no soy muy conversador con mis amigos, me cuesta abrir el alma, pero con Horacio compartimos escepticismos y pasiones y sus buenos amigos sabemos qué enorme esfuerzo hacía para ser medido en sus críticas y en sus valoraciones. Le salían como un cañonazo, como una tromba y a veces dejaba heridos. Es que las convicciones unánimes son convenientes, pero no son convicciones. 

Es que las ideas no se muestran a plazos, no se negocian al mejor postor y de acuerdo al momento, son un riesgo, son volcánicas y firmes. Y ésa es la descripción de Horacio. 

Siempre recuerdo un dicho del Corto, cuando leíamos encuestas y preparábamos campañas, “además de eso o mejor dicho antes que eso hay que tener muchos cumpleaños de 15 y mucho boliche para entender a la gente”, a su gente, los uruguayos. Y Horacio tenía eso, mucha vida, que le brotaba por todos lados, que quería y necesitaba compartir con el teatro, con sus artículos, con sus interpretaciones inolvidables de los “dos guapos” con otro inolvidable amigo, el flaco Juceca, o creando mensajes políticos. 

Hace meses que sabíamos que estaba muy enfermo, pero siempre nos quedó la esperanza que le tomara el pelo a la muerte, que la entretuviera con una historia, que le recitara un duelo criollo, que la cautivara con Shekespeare, que la encandilara desde un aviso publicitario, desde un afiche o con una consigna. Ilusiones. La muerte no tiene sutilezas y nos dejó a todos nosotros sin nuestro amigo y compañero. 

A su esposa Mary, a sus hijos que siguen por su camino de musicalizar la vida, a su nieto, a su hermana y a todos sus amigos y compañeros nos han llevado un ser humano cortito y muy grande que está pegado a muchos de los mejores episodios de nuestras vidas. 

Todos nos quedamos ayer preguntándonos: ¿con quien nos juntaremos en un boliche o en una reunión a tomarle el pelo seria y concienzudamente a la política, a la vida, al poder, al contra poder y a la muerte? Nos costara mucho recordar al Corto con tristeza, porque con él compartimos y fabricamos muchas alegrías y miramos al mundo con inteligencia y por ello mismo con humor. El seguirá navegando junto a sus locos. 

Salú Corto
Eleuterio Fernández Huidobro* 

Mi compañero de página ayer decidió irse. Lo voy a extrañar, lo vamos a extrañar. Se fue a tomar una a un boliche y no me invitó. Es que me dijo que todavía me quedan unas cuantas copas para seguir brindando. Salú Corto.

* El Corto compartía la contratapa de La República los días jueves, con Fernández Huidobro.

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