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Murió el Corto:el gran
irreverente desde antes que
la irreverencia cotizara
Escriben C. Invernizzi M.
Espínola ,
P. Cribari, E. Valenti y Eleuterio Fernández Huidobro |
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Colo, decinos que es mentira
Raúl Legnani |
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El Corto
Buscaglia
entró al boliche
Joe |
Colo, decinos que es mentira
por Raúl Legnani
“Un día resolviste
olvidarte de todo y de todos, perdiendo la memoria por anticipado, antes
de que otros la perdieran. Estoy seguro que hoy estarás disfrutando del
correr de la brisa, de algún insecto extraño o del movimiento de alguna
hoja de un árbol, donde seguramente descubrirás la sonrisa de algún
niño”, escribí el pasado 19 de abril en La ONDA digital, en el día del
cumpleaños de El Colorado Echave
En ese momento El Colo no reconocía amigos ni enemigos, pero estaba con
vida y nosotros con la tonta esperanza de que a lo mejor, algún día, lo
volviéramos a ver con el dorso descubierto, la toalla sobre uno de sus
hombros y de short, eludiendo a un helicóptero que lo perseguía. Es que
El Colo ingresó así a la embajada de México, con esa particular
indumentaria.
Ayer se murió y un grupo de familiares, amigos y compañeros lo
despedimos en silencio, pero dialogando de alguna manera con él en el
intercambio de anécdotas y de recuerdos imborrables.
Decir que fue un gran hombre, es decir nada. Para los exiliados en
México fue, además de un gran hombre, padre, hermano, amigo, cura,
médico, jefe, compañero. Pero todo junto a la vez.
Nadie le pidió que fuera el conductor de 500 uruguayos que se asilaron
en la embajada de México y que viviéramos por más de ocho años en ese
país, pero por su inmensa humanidad nos terminó conquistando.
En esos años hizo de todo. Puso a todo México de cara al Uruguay, para
dar su solidaridad con la lucha heroica de nuestro pueblo. Pero a la vez
atendió desde resfríos, hasta noviazgos rotos, pasando por ser siempre
el consejero espiritual y político de cada uno de los que lo rodeaban.
Era capaz de ir a arreglar una canilla a la casa de un exiliado,
mientras desataba con pasión la unidad de los pueblos, partidos y
gobiernos para cercar al fascismo. En esos días – años – construyó junto
a otros la Convergencia Democrática en Uruguay, un ámbito de encuentro
de personalidades independientes, frenteamplistas y nacionalistas, que
posibilitó el diálogo fluido con el más amplio espectro de fuerzas
políticas a nivel mundial.
Fue un hacedor de la unidad de la izquierda. Sabía como hacerlo,
combinando la franqueza y el cariño por el otro, con la firmeza de la
argumentación. Nunca dejó de ser amigo de Carlos Quijano, a quien
visitaba seguido en su apartamento de la calle Copilco del DF, a pesar
de que existían entre ambos diferencias sustanciales sobre cómo gestar
la caída de la dictadura.
Era un militante de la revolución convencido de lo que hacía, con una
capacidad increíble para adelantarse a los acontecimientos, tanto los
buenos como los malos. Se ha dicho alguna vez que algunos pesimistas,
son los optimistas bien informados. El Colo era de esa especie que
conjugaba el optimismo que le daba la visión de la política con la
información que tenía a raudales, porque era un gran lector – un hombre
muy culto-, pero también porque en la calle y en el boliche, aprendió lo
más maravilloso y lo más miserable del ser humano.
Su vida está repleta de anécdotas y de actos insólitos, para los ojos de
hoy. Fue secretario de Internacionales de la Feuu y director de su
periódico Jornada. La pluma y la oratoria de El Colo eran dardos
temibles, me han dicho, cuando en 1958 la Universidad logró, en medio de
las multitudes erguidas, su actual ley orgánica. A la vez fue un gran
negociador y por ello convenció a Luis Alberto de Herrera de que había
que votar esa ley.
Cuando Fidel Castro entró triunfante a La Habana en enero de 1959, El
Colo y otros tomaron por asalto la embajada de Cuba y no la entregaron
hasta que llegó el nuevo embajador. Tiempo después estaría junto al Ché
Guevara en el Paraninfo de la Universidad.
Fue de los fundadores del Fidel y posteriormente del Frente Amplio,
participando de toda la campaña propagandística en 1971 con ideas y
horas y horas de militancia.
Ingresó al Partido Comunista, llegó a su Comité Central, fue el jefe
político de los comunistas exiliados en México, una vez de vuela al
paisito fue secretario de Jaime Pérez, director de La Hora Popular y
secretario de Federico Fasano en La República.
El retorno a la patria y a la nueva democracia, no fue la mejor etapa de
su vida. Muchas veces se sintió desplazado, otras tantas se autoaisló.
La tristeza comenzó a ganarlo lentamente, que solo por momentos pudo
manejarla con la barra de Fun Fun o con las charlas que teníamos los
sábados de mañana en el Periplo con Juceca y el Tito Leis, donde la
política ya no era el centro de su vida, a pesar de haber sido hasta el
último momento un hombre de izquierda, prefiriendo el debate filosófico
o la pasión por la ciencia.
Muy atrás había quedado aquel muchacho que siendo secretario de
Internacionales de la Feuu, se mandó la broma del año en medio de un
gran debate. En la época de la anécdota, los anarquistas tenían un
importante peso. Se discutía qué movilizaciones realizar para lograr que
el gobierno diera más presupuesto para la Universidad. En un momento
apareció El Colo con un telegrama de un ministro de la URSS, que decía
que ese país estaba dispuesto a poner el dinero que faltaba. Los anarcos
pusieron el grito en el cielo, pero por poco tiempo. El telegrama era
falso, era solo una broma de El Colorado.
Su trayectoria política no quiso dejarla registrada. Se negó mil veces a
una entrevista. Solo una vez pude sacarle algo sobre sus broncas
políticas, luego que él le sacara las pilas a mi grabador. Fue en una
tarde de niebla, junto al mar, frente al Parque Rodó. Le juré jamás
decir nada.
Cuando Alfredo Zitarrosa murió, Néstor dibujo a Patricia llorado junto
al taburete, sus dos personajes, acompañados de una frase: “Decinos que
es mentira”. Si tuviera ese dibujo, que fue la contratapa del semanario
El Popular, hoy lo hubiera vuelto a publicar, esta vez en homenaje a El
Colorado Echave.
Romance del Colorado Echave *
“Colorado Colorado
de las huestes leninistas
nunca se viera soldado
tan provo e tan pesimista.
Que en el Comité Central
cuando palabras pedías
entre los altos prebostes
un gran pavor cundía.
E hasta el propio Arismendi
La su gran calma perdía
por temor a que tu prosa
fiziera merda sus teorías.
Que faziendo tus consejas
Tanto las bolas rompías
se requirieron de baja
mil agentes de la CIA.
Desde Moscú hasta Acapulco
desde Londres a Curtinas
mil morales levantaste
e mil morales hundías.
Con tus amores e fijos
e la idea que te guía
fiziste hidalga vida
e ya todos te querían.
Porque tras tu pesimismo
con el que tanto xodías
todos ven tu corazón
más grande que una sandía.
Colorado Colorado
bolche de la bolchería
pesimista o cabalista
terror de la burguesía”.
Alfredo Percovich, 23/XI/84 (extracto). LA
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