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Julio Rodríguez: “No me
hagan recordar la historia
que confirma cuanto digo” |
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Julio: pienso, luego existo
Raúl
Legnani |
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Un gran intelectual del
barrio de La Mondiola
Esteban Valenti |
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Un gran intelectual del barrio
de La Mondiola
por Esteban Valenti
Director del semanario Bitácora,
Cuántos compañeros, cuántos amigos se van, se hace cada vez más
duro y difícil despedirlos, porque en cierta medida nos estamos
yendo con ellos. ¿Será así de doloroso este periodo de nuestras
vidas? Murió Julio Rodríguez. El historiador, autor de libros
que fueron en mis primeros años en el Uruguay una ayuda
invalorable para conocer, comprender y querer la historia de
este país.
Lo conocí hace muchos años, cuando yo era un tirapiedras y
buscapleitos ideológicos y un día me invitaron a una charla en
el viejo local de la calle Canelones. Ni siquiera sabía que era
el padre de un imberbe como yo, compañero de correrías en el
Liceo 12, el "Diente". Julio me deslumbró. Y eso que
compartíamos militancia con gente como Walter Sanseviero, el
Pepe Massera, para citar sólo a los más destacados y punzantes
polemistas. Julio era un minero prolijo, profundo y muy serio de
las ideas. Me cuesta mucho encasillarlo, pegarle una etiqueta.
Era un hombre de izquierda, profundamente crítico, cuando era
muy difícil serlo, con la cabeza abierta a todos los vientos.
Leyendo sus libros y escuchándolo era inevitable intuir las
horas, la enorme cantidad de tiempo que había dedicado a buscar,
a bucear en documentos, en textos, en investigaciones en las que
apoyar sus ideas. Fue un albañil laborioso de las ideas,
orgulloso de su origen en el barrio de La Mondiola.
Todavía tengo fresco el recuerdo de aquella primera charla. Fue
larga --porque esa siempre fue su característica--, él tomaba un
buen impulso histórico y teórico, necesitaba construir una
sólida base para sus ideas, para sus provocaciones
intelectuales. No sentenciaba, razonaba y eso lleva mucho
tiempo. En esta época de "ideas flash" le costaba mucho
adaptarse. Luego lo invitamos en varias oportunidades, como
profesor de secundaria, a charlas sobre temas históricos. Nos
hacía pensar, nos dejaba sembradas dudas y necesidades en una
época en que había demasiadas certezas.
Después me lo encontré en Italia como profesor reconocido y
apreciado, hablando un italiano burlón lleno de referencias a
sus queridos libros, sufriendo por la prisión de su hijo y por
la lejanía. El "gallego" julio docente de una universidad de
Cerdeña. Todavía hoy lo recuerdan con afecto y respeto.
Lo volví a encontrar en Moscú, rodeado de sus libros y sus
cavilaciones, con una lejanía que se hacía más dura por las
ausencias y por una visión llena de complejidades y preguntas
sobre la Unión Soviética. Era de los compañeros con los que se
podían compartir herejías y preguntas graves sobre el socialismo
y no recibir recetas y lineazos. Dudas, no mucho más que eso,
también es justo reconocer críticamente los límites que nos
habíamos autoimpuesto.
Pero siempre aprendí de las conversaciones con el querido
"gallego", que me repetía que para estudiar y aprender él
utilizaba el método del esfuerzo máximo: "corría el piano y no
la banqueta". Siempre tuvo un fino humor sobre todas las cosas,
incluso sobre sí mismo.
Hasta hace algunos meses cuando se enfermó y quedó afectado de
su órgano principal: la cabeza, intercambiamos una gran cantidad
de correos electrónicos.
Están llenos de sentido humano, de ideas, de rigurosidad
intelectual y de un fino humor. Mezclaba todo, citas que me han
sido muy útiles con sus relatos jocosos sobre sus tareas
hogareñas atendiendo a su querida Alba. "Mi entrañable mujer",
como la llamó en uno de sus mensajes, en sus desesperados
mensajes de los últimos tiempos.
Uno de esos días me pidió que le averiguara una serie de datos:
"Lo pido porque no tengo ni tiempo ni fuerzas para hacer lo que
hice con la investigación de historia donde pasé 14 años varias
horas por día leyendo miles de expedientes de tierras, miles de
correspondencia privada, periódicos, etc. Además tengo 75 años.
En mayo cumpliré 76, ahora tengo que interrumpir se me quema la
sopa".
Publicado
inicialmente
en el diario La
República
LA
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