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Europa y la crisis económica
de América Latina

por Bernardo Quagliotti de Bellis
 

Son las épocas de crisis las que permiten evaluar de qué sustancia están hechas las naciones. La coyuntura en que vivimos con respecto a las relaciones internacionales , e incluso las regionales, son de transición y perplejidad. El tema es que la antigua dicotomía Este-Oeste, actualmente es más notorio el enfrentamiento Norte-Sur. Las disparidades entre los países desarrollados (o industrializados) son en general, tanto o más acentuadas que las que los distancian. Ante esta realidad, ¿cómo enfocar las relaciones entre Europa e Iberoamérica?

 

La región iberoamericana  -incluido el Caribe-  se inserta , obviamente, en el marco de la cultura europea. Está muy lejos de la concepción cultural del bloque afroasiático y del mundo anglo-sajón. Sin embargo, si bien la cultura iberoamericana es en esencia, reitero, un reflejo de la europea, la región se presenta  -geopolíticamente-  como un archipiélago de repúblicas separadas por multiplicidad de intereses discrepantes y a veces conflictivos, lo que quedó demostrado recientemente,  después de la XXX Cumbre del Mercosur ampliado.

 

Vale distinguir un importante detalle: lo que confiere a esta vasta región, por encima de las idiosincrasias nacionales, es su ratificación de los valores comunes al sistema interamericano (no panamericano), conjunto de principios que están en la raíz de la solidaridad difusa, pero solidaridad al fin, entre los países del hemisferio al sur del río Bravo.

 

El fantasma anacrónico de soberanía

En todo el siglo XX, particularmente, se tomó al modelo europeo como paradigma para varios de los esquemas de integración económica subregional, en desmedro de soluciones “criollas” que quizás hubieran sido más realistas. La paradoja es que actualmente se verifica, más en Iberoamérica que en Europa ampliada, que lo que le hace falta a la primera es una voluntad política, inequívoca y positivamente afirmada, de lograr una genuina convergencia de intereses, consensuados, en demanda del bien común.

 

El fantasma de una concepción anacrónica de soberanía , impide aún que el perímetro regional de intereses se sobreponga a los perímetros estrictamente nacionales. En una palabra: practicar el concepto de soberanías compartidas. Esto reclama una vocación de concordancia de todos los gobiernos iberoamericanos, sin la cual la identidad regional permanecerá virtual y opaca.

 

Al respecto, señaló Georges D. Landau: En ausencia de una conciencia iberoamericana del valor del sinergismo ecuacionado con la maximización del espacio geoeconómico, la integración iberoamericana no pasará de ser una meta histórica para una región balcanizada. Sin embargo, la integración regional sobre la base de modelos propios es factibles”.

 

Ante un conjunto de factores y circunstancias que caracterizan a las crisis iberoamericanas en su diversidad temática, vale la pena indagar si, a la luz de los vínculos históricos, económicos, políticos y culturales establecidos entre Europa e Iberoamérica, se reserva en la actualidad algún papel especial a la Comunidad Europea y en especial a sus gobiernos, en el acompañamiento a fortalecer una real y efectiva interdependencia de ambos bloques.

 

En el plano práctico, de este concepto se desprende la necesidad de lograr una concertación armoniosa de políticas tanto por parte de los países iberoamericanos como de los europeos, con miras a dirimir  las consecuencias de la crisis generalizada para unos y para otros. Lamentablemente, creo que es dudoso que en una y otra región exista  la conciencia de tal necesidad. Habrá que crearla.

 

La recuperación de la economía iberoamericana

Tal recuperación, depende esencialmente de dos factores, y en ambos Europa desempeña un papel de relevante importancia: 1).- La recuperación sostenida de la economía de los países industriales, que conduciría, a su vez, a la expansión y a la liberalización del comercio internacional y por ende al incremento de las exportaciones iberoamericanas hacia los mercados europeos.  2).- Fomentar el flujo líquido de inversiones externas hacia Iberoamérica, hecho que se ha manifestado en las recientes décadas.

 

Europa no sólo podría aprovechar el rico potencial de Iberoamérica en materia de recursos naturales (minería, forestación, por ejemplo) que ofrece oportunidades muy atractivas a los inversionistas extranjeros, sino que se debería valer del extraordinario interés de los países iberoamericanos relativamente más adelantados, en recibir tecnología europea compatible, industrializándola localmente para atender las necesidades de un mercado interno  regional, que a fines de este siglo XXI será de aproximadamente 550 millones de habitantes, concentrados, en general, en centros urbanos.

 

Hay que tener en cuenta que la revitalización económica de Europa, reflejo de la de Estados Unidos, no entraña automáticamente una mejora relativa en el acceso de los productos iberoamericanos a los mercados europeos, caracterizados como los estadounidenses por un nivel creciente de proteccionismo.

 

Binomio: deuda – exportaciones Iberoamericana

A esta altura, hay que reconocer que todavía no se ha diseñado en un enfoque sistémico los problemas estructurales más graves que presenta este binomio: deuda-exportaciones de Iberoamérica. Es lógico pensar que se trata de una tarea compleja que requerirá imaginación y creatividad, por el hecho que la misma exige cambios radicales  en los actuales sistemas de cooperación comercial y financiera y, fundamentalmente, una adopción de políticas coherentes por parte de los países deudores como de los acreedores.

 

Lo que se requiere prioritariamente, es una visión política con una perspectiva a largo plazo que, las partes (Europa e Iberoamérica) , conjuguen una adopción de estrategias para solucionar los problemas del citado binomio, sin que ello provoque un desmedro del desarrollo social-económico para los países de este continente, por cuanto resulta evidente a todas luces, que los países iberoamericanos no pueden, ni deben, hipotecar sus recursos naturales para amortizar deuda.

 

Para lograr esta concertación de intereses mutuos, se requiere un diálogo ágil y fluido entre Europa e Iberoamérica, sin olvidar que un paso no tan lejano, se plantearon problemas suscitados tanto por la carencia de interlocutores institucionalizados como por una crisis semántica, motivada por las distintas percepciones del mismo fenómeno.

 

Me hago una pregunta: ¿nuestros gobiernos, en particular sus cancillerías, están capacitados para esa tarea que exige información, estrategia en los planteos, consenso entre los países de la región?. Los resultados de la reciente  Cumbre del Mercosur ampliado  realizada en Córdoba (Argentina), lamentablemente, dejó  muchas dudas y enfrentamiento en la definición de  estrategias.

 

En la conocida “Declaración de Cartagena” realizada en dicha ciudad colombiana el 22 de junio de 1984, (han pasado 22 años) se recogieron algunos conceptos esenciales para la comprensión de la percepción iberoamericana de la crisis, caracterizándose por la decisión de los países de la región de “. . . cumplir con los compromisos derivados del endeudamiento externo y la determinación de proseguir con los
esfuerzos de reordenamiento fiscal y cambiario de sus economías para la reanudación del desarrollo económico”.

 

Iberoamérica y Europa tienen un interés recíproco de acercarse y entenderse, porque sus destinos están íntimamente vinculados, tanto en el plano económico como en el político. Si no se percibe el carácter imperativo de diseñar nuevas estrategias para actuar en este mundo de bloque económicos, las alternativas deben ser contempladas y definidas con absoluto realismo.

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