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Pasado, presente
y futuro
del gobierno progresista
Según el cristal con que se mire
por Víctor H. Abelando
Semanario Brecha, 4 de enero de 2008
Un análisis racional lleva a una sola conclusión: la
gestión de Vázquez es mejor que la de sus
predecesores. Sin embargo, entre sus partidarios hay
un sabor agridulce, pues se ha procesado una
reconstrucción de aspectos identitarios de la
izquierda, como el antimperialismo. El resultado de
esa sensación es la ausencia de un masivo
entusiasmo.
VAMOS BIEN, DIJO el
presidente Tabaré Vázquez el 27 de diciembre en
Sarandí Grande (Florida), al referirse a la marcha
de la gestión del gobierno.
La afirmación es verosímil si
se analizan algunas variantes, como los indica-
dores macroeconómicos, la disminución de los índices
de pobreza e indigencia, el escenario creado con
las modificaciones introducidas a las relaciones
laborales, e incluso la marcha de la reforma
tributaria. Aun si se considera que resta mucho por
hacer, lo ocurrido en materia de derechos humanos
también abona la tesis del vamos bien. Los
principales referentes de la aplicación del
terrorismo de Estado en Uruguay están presos, y se
han encontrado los restos de dos desaparecidos. Y si
bien la prisión de los militares y los dictadores
obedeció a resoluciones judiciales, al gobierno
corresponde el mérito de dejar varios casos fuera de
la ley de caducidad, elemento sin el cual sería
impensable que los represores estuvieran en la
cárcel.
Desafíos y problemas.
El principal reto que
enfrentará la administración frenteamplista es cómo
traducir la mejora de los indicadores
macroeconómicos en una mayor distribución de la
riqueza, tal como la izquierda ha pregonado
históricamente. Hasta ahora, las políticas sociales
implementadas han permitido disminuir el número de
pobres y de indigentes con políticas
focalizadas y la asistencia estatal, lo que no es
menor, pero la distribución del ingreso conserva la
estructura concentradora del pasado. Por el momento,
en los planes del gobierno no aparecen iniciativas
que modifiquen sustancialmente el modelo anterior,
aunque la reforma tributaria contiene medidas que
propiciarían un cambio en la distribución del
ingreso. La reforma de la salud sería otro factor,
se dice desde el oficialismo, que mejoraría el
esquema distributivo del país.
Sin embargo, un hecho
incontrastable es que el aumento de la ganancia en
los sectores agroexportadores, particularmente por
el alto precio de los commodities, no se ha
derramado sobre los trabajadores (el reciente
conflicto en la industria frigorífica es un síntoma
de ello. Pero además, en las últimas semanas y a
raíz del empuje inflacionario de mediados del
pasado año, el equipo económico ha propuesto
desindexar los salarios, tanto para el área estatal
como para la privada, aunque mantiene un porcentaje
semestral o anual de recuperación salarial. La no
corrección de los sueldos, cuando las espectativas
inflacionarias superan las previsiones, reduciría o
anularía los montos de recuperación real de los
sueldos. Esa desindexación, según los integrantes
del gobierno que se oponen a ella, no tiene
fundamento cuando una de las causas de la inflación
es exógena y se debe a la vulnerabilidad del mercado
interno ante los precios internacionales de los
commodities que Uruguay exporta o importa, como
los lácteos, la carne, el trigo, o el petróleo; y
otra de las causas son factores estacionales como
en el caso de las frutas y verduras.
La intención del equipo
económico es contener la demanda interna, y su
consecuencia sería contraria a una redistribución
más equitativa de la riqueza, pues la
desindexación no actúa sobre los ingresos
empresariales, que pueden aumentar indefinidamente.
Otro de los desafíos que
enfrentará el gobierno es la implementación de la
reforma de la salud. El Ejecutivo ha señalado que se
irán ajustando aspectos de la misma, pero en el
horizonte persisten elementos sin resolución. Entre
los más estructurales se encuentran las diferencias
salariales de funcionarios médicos y no médicos
según pertenezcan a la asistencia privada (los mejor
pagados) o estatal; también la existencia de copagos
en el mutualismo y su ausencia en los servicios de
ASSE.
La primera de las cuestiones
los sueldos dispares, de no resolverse puede
perpetuar la diferencia entre la atención pública y
la privada, algo incomprensible en un sistema
integrado. La segunda puede hacer nominal el ingreso
a las mutualistas de ciertos sectores que no están
en condiciones de pagar tiques y órdenes, como puede
ocurrir, por ejemplo, con los pasivos que ganan
menos de 4.460 pesos.
Por otro lado, queda por
resolver cuándo se integrarán al nuevo sistema
sanitario los centenares de miles de jubilados que
ganan por encima de la cantidad mencionada.
También se esperan resistencias
sectoriales, como la del cuerpo médico, que presume
la desaparición del pago por acto médico y no ve en
el horizonte cercano una modificación salarial que
mantenga la masa de recursos que el sistema destina
a sus honorarios.
Otro de los aspectos centrales
para el futuro progresista es la definición del
reemplazante de Vázquez. Los dos candidatos a
sustituirlo, José Mujica y Danilo Astori, no parecen
recoger los con- sensos necesarios, y muchos creen
que la imagen del ministro de Economía quedó
deteriorada después del affaire Bengoa. En materia
de consensos, además, el ante- cedente del reciente
congreso frenteamplista, donde no hubo acuerdos para
elegir al presidente de la coalición, augura un
panorama sombrío.
Cambio de norma.
Otro capítulo que puede tener
dificultades es la anunciada reforma del Estado.
Aunque nadie sostiene oficialmente que debe
modificarse el estatuto de los funcionarios,
atacando la presunta inamovilidad de los mismos, el
discurso gubernamental plantea el corporativismo
de los empleados estatales como una rémora en su
intento de transformación.
El borrador acordado en el
gabinete sobre la Transformación democrática del
Estado dice, en el capítulo dedicado a las empresas
estatales, que el logro de haber evitado la
privatización de las empresas públicas en algunos
casos podría ser amenazado por presiones que
conducirían, si se cediera a ellas, a la
privatización corporativa de las mismas.
Desde algunos sectores
sindicales, e incluso del propio FA, se afirma que
hay una modificación sustancial del discurso
progresista, donde se pasó de apoyar las justas
reivindicaciones de los trabajadores a advertir que
uno de los problemas es el corporativismo sindical,
desapareciendo de la escena la antigua idea de
incorporar a los trabajadores y usuarios a sus
cuerpos directivos.
El vicepresidente Rodolfo Nin
fue el primero en formular la advertencia de que el
corporativismo de los empleados de las empresas
estatales podría desembocar en otra forma de
privatización.
Para los sindicalistas
consultados, la variación en la doctrina deviene de
la ubicación de los gobernantes izquierdistas como
administradores de la sociedad, y no como
defensores de
determinados intereses, según
la antigua postura. En esa lógica, arguyeron, el
progresismo comienza a apelar a la
mayoría silenciosa, como
siempre lo hizo la derecha ante los movimientos
sociales, para argumentar que vela por los intereses
de aquellos que no pueden expresarse, como si la
sociedad no estuviera cortada por distintos
reclamos sectoriales, tanto explícitos como
implícitos. Las relaciones internacionales del
país, y en consecuencia el modelo de inserción en el
mundo, serán otro de los factores críticos de la
acción del gobierno. En el seno del Ejecutivo y del
FA existen tendencias centrífugas respecto al
Mercosur. Y aunque hoy no pueden argumentar que ha
dejado de ser el principal socio comercial, la no
resolución de las asimetrías estructurales del
bloque y el conflicto con Argentina abonan una
tendencia de acercamiento unilateral a Estados
Unidos y el establecimiento de tratados de libre
comercio con países desarrollados.
Sin embargo, el congreso del FA
desarrollado a mediados de diciembre de 2007 fue
enfático en ratificar la línea pro Mercosur,
eliminando párrafos como regionalismo abierto, a
la vez que subrayó el rechazo a un TLC con Estados
Unidos.
El factor subjetivo.
Un problema inmediato para el
gobierno radica, sobre todo de cara a la próxima
campaña electoral, en la incapacidad de entusiasmar
a su fuerza política. La gestión de Tabaré Vázquez,
sin dudas, ha dado mejores resultados que la de
quienes lo precedieron, pero eso no se refleja en la
actividad del FA. Éste ha estado ausente en momentos
críticos, como durante el paro patronal, o en la
defensa de las reformas estructurales implementadas.
Seguramente sobre esa actitud
del FA inciden muchos factores: desde los aspectos
simbólicos, como el planteo de Vázquez del nunca
más hermano contra hermano y el proyecto de reparar
a los familiares de las víctimas de la sedición
(hoy enterrado en el Parlamento), hasta el
acercamiento a Estados Unidos con el horizonte de un
TLC, incluyendo los recientes procesamientos de dos
jerarcas de gobierno por delitos de corrupción.
Lo cierto es que tanto la
reforma tributaria como la del sistema de salud se
concretaron después de arduas discusiones, y si bien
mejoraron respecto a su redacción original, la
sensación para la masa frenteamplista es que son
cambios a medias. En el ánimo de los miitantes han
influido obviamente las discusiones intestinas y un
exceso de realismo político incapaz de promover la
militancia.
También parece haber habido
una intención premeditada de escamotear a la
fuerza política la discusión sobre los grandes
rumbos del gobierno. El debate sobre los aspectos
estratégicos, por ejemplo el de la inserción
internacional, se dio con posterioridad a los pasos
que ensayó la administración.
El resultado de esa combinación
de factores es el de una fuerza política que no
puede, al menos por ahora, sacudir su letargo, y el
de un gobierno que no consigue generar la mística
imprescindible para un proceso de cambios.
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