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¿Podrá el FA en 2008 relanzar
la primavera del siglo XXI
?
Raúl Legnani,
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Esteban Valenti

 

 
 
 

¿Podrá el FA en 2008 relanzar la
nueva primavera del siglo XXI?
por Raúl Legnani, La República, 6 de enero de 2008

No es común que en un mismo año una fuerza política reciba dos derrotas en apenas 30 días y que cinco meses después haya ganado la capital de un país, provocando la derrota definitiva del bipartidismo tradicional.

 

Eso ocurrió en Uruguay y fue en 1989. Lo hizo el Frente Amplio. En abril de 1989 perdió el plebiscito que se proponía derogar la Ley de Caducidad (Impunidad). Aquel resultado fue el mayor golpe anímico que haya recibido la izquierda en la democracia post dictadura. Solo basta recordar a la muchachada llorando por los micrófonos de CX30 Radio Nacional y a José Germán Araujo, expulsado en 1986 del parlamento por haber combatido la impunidad,  tratando de consolarla. Parecía una tarea imposible de revertir, pero se logró.

 

“Un país verde en la barriga”

Mirando ese año desde la distancia de casi dos décadas, aquella vuelta de la tortilla se agranda en el tiempo y cobra una trascendencia mayor a lo que los actores le dieron en esos días.

 

La primera señal fue aceptar el resultado, lo que confirmó la madurez democrática de la izquierda. A la vez se reconoció que el país se había cortado electoral y programáticamente en dos – y no solo en materia de derechos humanos-, por lo que se hiló fino en el análisis para no profundizar artificialmente esa división a nivel de la ciudadanía. Se llegó a la conclusión de que amplios sectores que habían votado a favor de mantener la Ley de Caducidad (voto amarillo) lo habían hecho por miedo, pero no a favor del retorno de la dictadura.

 

Los 800 mil votos que se expresaron contra la impunidad (voto verde), el 57% lo hizo en Montevideo. Eran guarismos muy superiores a los alcanzados por el Frente Amplio a la salida de la dictadura (1984), pero nadie aseguraba que esos porcentajes se iban a mantener en los comicios de 1989, a pesar de que algunos frenteamplistas creían con Eduardo Galeano que “Este país gris, tiene un país verde en la barriga”. Menos se aseguraba después de la ruptura del FA, donde Hugo Batalla – el más votado en 1984 – hacía rancho aparte con el PDC y algunos pocos intelectuales de izquierda.

 

Recogiendo la frase de Galeano, el secretario de Propaganda del PCU en aquel año, Esteban Valenti, escribió bajo el título “El país gris, el país verde”, que para enfrentar “el país gris que ha ido creciendo e invadiendo las cosas y la gente de Uruguay” había que reconocer que “hay fuerzas, que hay posibilidades, hay vigor democrático y reservas morales en el Uruguay para un proceso de cambios”.

 

Esta actitud de lucha de la dirigencia de la izquierda, permitió crear un nuevo cuadro político. Así se fortaleció la unidad, se confió en la gente y se recurrió a ella – proliferaron las reuniones en casas de familia, rompiendo la visión estrecha de quienes centraban todo en las cuatro paredes de los comités de base - y se establecieron nuevas formas de comunicación con las multitudes, recurriendo a la experiencia de la propuesta de la campaña publicitaria del voto verde.

 

Asimismo se tomaron medidas de corte político que permitieron mostrar a un Frente Amplio renovado y fraterno. Nadie discutió que la fórmula presidencial era Líber Seregni y Danilo Astori, quien a iniciativa de la 1001, se le designó primer candidato al Senado por todas las listas, asegurando su presencia en el parlamento. En este marco, ante la inesperada renuncia de Mariano Arana a la candidatura a la Intendencia de Montevideo, luego de varias idas y venidas surgió la candidatura de Tabaré Vázquez, un socialista que había sido el tesorero de la Comisión Pro Referéndum y dirigente de fútbol. Poco tiempo después Tabaré caminaba por Montevideo y detrás de él marchaban multitudes. Y en plena campaña mostró lo que sería unas de sus mayores virtudes: sorprender. Fue cuando aseguró, durante una caminata y en el momento que se cruzaba con Carlos Cat, candidato del Partido Nacional, que iba a bajar el precio del boleto.

 

“Delo por hecho”, fue su consigna, mientras el Corto Buscaglia con su Profesor Paradójico le cubría la espalda, respondiendo a las chicanas de la derecha. La tortilla se había dado vuelta.

 

2008 no es 1989

Hoy el Frente Amplio está en el gobierno. El presidente Tabaré Vázquez cuenta con el 52% de apoyo, al borde de los tres años de gestión. La fuerza política tiene el apoyo, según la última encuesta de Factum, del 44% de la ciudadanía, seis puntos por debajo de poder ganar en la primera vuelta en los próximos comicios nacionales.

 

2008 no es 1989 porque no viene de acumulación de derrotas, sino de victorias: una a nivel nacional y otra en el ámbito municipal, donde se ganaron ocho intendencias.

 

Los anuncios apocalípticos de la derecha – corrida bancaria, malestar militar, pérdidas de inversiones por la conflictividad sindical, cero inversión extranjera -, se disolvieron al poco andar como un terrón de azúcar en el agua.

 

Los éxitos sociales y económicos son conocidos: aumentos permanentes en el poder adquisitivo de la población, disminución sustancial de la pobreza, mejor distribución de la riqueza debido a la reforma fiscal, nueva cobertura de salud, ley de concubinatos, ensayo del Plan Ceibal, mejora sustancial de la infraestructura del país – carreteras, puertos, caminos vecinales -, rebaja del precio del boleto y mejora del transporte, aumento de exportaciones y apertura de nuevos mercados, erosión sustancial de la impunidad por la aplicación correcta del artículo 4º de la Ley de Caducidad - Gregorio Alvarez y Juan María Bordaberry presos, entre otros -, más inversión en la enseñanza y en ciencia y tecnología, repartos de tierras y reactivación del Instituto de Colonización, manejo adecuado e inteligente de la deuda externa, instalación de los Consejos de Salarios y un etcétera largo donde habría que incluir Alur y la buena gestión de todas las empresas públicas. Incluida, la cenicienta: OSE.

 

¿Qué le está pasando a la izquierda?

Ante esta realidad positiva, cuya lista podría ser mayor, ¿por qué se pierden seis puntos de apoyo ciudadano y por qué hay zonas profundas de la izquierda que están deprimidas anímicamente?

 

Hoy no hay, como lo hubo ayer, un centro de dirección que haga política con la gente, no hay planes de acumulación de fuerzas, no hay quien atienda políticamente a las capas sociales que circunstancialmente se sienten lastimadas, me refiero a las capas medias, por el proceso de reformas. No hay una fuerza política orientando a la gente, explicando los éxitos del gobierno.

Existe la más firme sospecha que no se elabora política en el Consejo de Ministros, porque de otra manera ya hubiera trascendido en la prensa de derecha.

 

Ni hablemos del Frente Amplio que llegó al V Congreso sin el nombre de un Presidente consensuado y con materiales de análisis políticos, sobre los que se terminó votando, que eran desconocidos por las mayorías del Frente Amplio y del conjunto de los uruguayos.

 

Un FA que no influye sobre el movimiento social, donde los sectores de la coalición de izquierda dirimen sus diferencias en lo que consideran es el escenario adecuado, para obligar al gobierno a dar virajes, sin saber para donde.

 

El movimiento sindical, sus corrientes mayoritarias que se expresan en “Articulación”, siguen sin encontrar su ubicación, en ese dilema que tienen entre mantener la independencia sindical del partido político (FA) y a la vez sentirse parte del proyecto del cambio, donde no se puede excluir al gobierno. 

 

El reciente conflicto de la carne que ocurrió a fin de año, donde el Secretariado del PIT-CNT jugó un gran papel en la salida, mostró que si la crisis se hubiera profundizado no solo terminaba perjudicando a los trabajadores, sino también al movimiento sindical y al gobierno.

 

Sostener eso no va en contra de las reivindicaciones de los trabajadores de la carne que sufren la discriminación de los empresarios cuasi monopólicos. Solo es un alerta, porque no se acumula si se termina perjudicando la imagen del gobierno. La acumulación pasa por la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, pero también por el cuidado del prestigio de la política gubernamental. Es un arte complejo, sin duda, que solo se resuelve con política.

 

Este intento de reflexión no deja de lado de que hay sectores de votantes de la izquierda que fueron solidarios hasta que llegó la hora de sacar plata de sus bolsillos, actitud que se agrava si no se habla de política, si no se gesta la participación, si no se crean nuevos espacios de comunión.

 

También detrás del desánimo subyace la idea de que los cambios solo se producirían por el acceso del FA al gobierno, sin comprender que desarmar la economía y el Estado construido desde la óptica y los intereses de los partidos tradicionales no es moco de pavo.

 

La falta de política ha incidido negativamente, aunque es muy difícil cuantificarlo, en el mantenimiento de la corriente emigratoria, particularmente juvenil, que se desató a partir del 2000 y que no se detiene. Es cierto que los muchachos se van porque en otros lados pueden realizarse mejor y ganar mejor, pero se van también porque no hay fuertes factores culturales, ideológicos y políticos que los detengan. En 1971 por lo menos se les planteaba “Hermano no te vayas, ha nacido una esperanza”. Hoy los vamos a despedir al aeropuerto, sin poner mucha resistencia. Es que no hay una política para los jóvenes y menos la hay para aquellos que tienen estudios y están capacitados.

 

Algo similar pasa con la academia y con los sectores de la cultura, donde las responsabilidades no son solo del gobierno y del FA, aunque hay muchos en la izquierda que miran de costado a estos sectores porque la prioridad son los más humildes, confundiendo prioridad con exclusividad.

 

Los sectores de la cultura, que esperan que alguna vez se vote una ley que les permita jubilarse, muestran también un desencanto con la política que no solo se expresa en nuestro país, sino que tiene alcance universal. La cultura parece no haberse enterado que el FA ganó y avanza en la gestión de gobierno. No hay una cultura empapando el cambio.

 

Las dificultades para concretar cambios sustanciales en la enseñanza, que cada vez se ven más lejos, es otro factor de desánimo. Para los votantes de izquierda la enseñanza pública tiene un significado que trasciende a la posibilidad de acceder gratuitamente a ella, en tanto también es factor democratizador y de movilidad social que desde hace décadas no encuentra un rumbo.

 

La izquierda y el cuerpo educativo nacional llegaron al 2005 sin haber madurado una propuesta para la enseñanza. Llegaron solo con los sueños de la década del 60. Para peor, desde el comienzo del gobierno, no hubo un shock presupuestal al grado que aún se desconfía por parte de los actores educativos de que se llegue al 4,5% del PBI al final del período.

 

Dentro de los múltiples desencantos, algunos menores otros mayores, está la actitud del Presidente en contra de la ley que despenaliza el aborto. Si se llega a vetar la ley, será un cimbronazo al espíritu liberal y progresista de la izquierda.

 

Quizás uno de los mayores problemas haya estado en lo que es el relacionamiento internacional del país, donde el acercamiento con Estados Unidos se ha transformado en una patada al hígado para la mayoría de los frenteamplistas. El regionalismo abierto, no se ha transformado en su patrimonio.

 

La justa propuesta del Nunca Más de Vázquez no fue comprendida por los frenteamplistas, ni todos los dirigentes de primera línea pelearon por ella. El Presidente quedó solo y los frenteamplistas sin su líder, solo por unos días.

 

Esta colección de desánimos, tomados todos juntos, está por cierto muy lejos de los problemas de aquel junio de 1989 en que la torilla se dio vuelta, porque se salió en clave política. ¿Podrá el FA en 2008 relanzar la nueva primavera del siglo XXI que solo está a seis puntos?

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