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Jara en las sierras
de Aceguá
por
Eduardo Silveyra
Más sobre el autor:
El puente
Solo
Elmanco sabrá que sucedió la noche anterior, pero es
posible que Jara haya recordado porque sí nomás,
algún vagabundeo displicente por las sierras de
Aceguá y que su vida se le haya presentado
laberíntica como los vados del Paso Fundo, en los
que a veces se sentía aprisionado por el cielo azul,
donde el sol brillaba y refulgía en los Winchester
44.
Algunas veces, el
hombre recalaba en el poblado de Amarillo, donde
tenía cierta familia y donde dijo mi madre,
-a la noche se
escuchaban los disparos y las estampidas de los
caballos
los cuatreros.
Y dijo también, que
nació en ese lugar y que Jara era su tío. Y el
nombre del lugar le encendía en el rostro, una
vivacidad que se remontaba desde la infancia, a
través de hilos invisibles, para aproximarnos a un
encantamiento como de siesta, debajo de una
enramada.
Se supo, porque no
todo permanece innominado, que Jara antes de ser un
hombre de barba, formó parte de una partida de
Saravia, porque Amarillo queda en ese país de Cerro
Largo y el tenía gusto por el facón y la carabina.
Aunque a veces se iba de lanza y mal montado. Era de
esa idea, aunque otros dijeron malamente, que fue de
puro gusto al peligro. Y otros afirmaban, que en su
poncho llevaba siempre una cinta desteñida como
divisa.
-Era blanco
-Como güeso de
bagual, dijo Elmanco, que mascaba las palabras
entreveradas con el vino y el tabaco. Hasta no hace
mucho, era muy mezquino lo que sabía de Jara, de a
poco y de mentas, supe de su caballo era moro y que
miraba a las lejanías en las que se adentraba, como
en un reino propio de los silencios. Y tal vez,
fuera el dueño extraño de esos dominios parcos de la
sierra del Yerbal, en los que, las manos de la noche
toman o dejan de apresar, la fascinación que todos
los demás ignoran.
Allá por Bagé, tenía
una querida, una hija de gringos de ojos claros a la
que trataba de usté, pero en eso pagos lo conocían
por Castellano, como llaman los brasileros a todos
los que hablan este idioma, en el que balbuceo o
traiciono a las memorias.
Y a la querida una
tarde le dijo,
-vou embora.
-Eu lo espero,
Castellano.
Y nunca más volvió,
porque tenía una cita que lo esperaba entre barriles
de caña y la opacidad de la luna, que se colaba
entre las nubes, por algún paso baquiano de esa
sierra.
-Y otra vez, dijo
Elmanco, le dio a la hermana el colt 45 y un montón
de billetes que no quería guardar en el banco,
porque los bancos quiebran.
Así era este Jara,
que se sentaba a matear en la rueda del fogón,
mientras el frasco de caña pasaba de boca en boca y
un payador o guitarrero, bordoneaba milongas con la
cautela de un felino montaraz.
Su mirada que
oscilaba entre la mansedumbre y los aijunas, iba y
venía sobre los rostros de sus paisanos. Hasta que
al rato, alguno que recién caía preguntaba por él,
pero Jara y los suyos ya no estaban. Solo habían
hecho un alto, entre un silencio y otro.
La vuelta era
impredecible ahí por Amarillo, tal vez fueran
semanas o meses, tiempo largo. Hasta que llegaba ese
día o esa noche, en el cual volvía y se esfumaba,
como las gotas de rocío que tiemblan en el pasto y
se evanescen en la luz o en otros signos ariscos,
que después se hacen palabras.
Pero ahora era
distinto o se asemejaba a lo distinto, Elmachado
andaba tras su huella con una partida de milicos
bravos, como si fuera persiguiendo a un destino, al
que a veces creía encontrar, tras la luz lechosa del
amanecer o perder tras la podredumbre del
crepúsculo, en el que se sepultaban las horas y los
días.
Acevedo, el compadre
de siempre, hablaba entornando la mirada, como si en
ese gesto midiera las palabras, le dijo, mañana al
clarear ya cruzamos pa´l Brasil y siguió revolviendo
con un palito las brasas de un fuego escondido, en
el que calentaba el agua para el mate.
Jara se tendió sobre
el poncho que había tirado en el pasto y con los
ojos fijos en el cielo negro e inútil, después de un
silencio le contestó, si Dios, quiere, y después
clausuró la mirada esperando al sueño sin
pensamiento.
Antes del fin de la
noche, Acevedo lo despertó con un amargo y apenas
empezó a despuntar el sol, comenzaron la marcha
contra el viento que iba arrastrando nubes y pasto
muerto.
Los otros 2, unos
muchachos de clinas sueltas, iban atrás con la carga
de barriles, fumaban y hablaban casi en secreto.
-Apenas nos crucemos
Palbrasil.
-Pal rancho de
Lamarciña.
-Con Lalucita.
-Que te gusta
Lalucita.
-Y a vó, keteimporta.
-¡Opaa!
-Me gustan las ancas
que tiene.
-Güenas pa´ darles
verga.
Esto lo contaba 1 de
los 2 muchachos; el Elmanco, ahora sentado con las
piernas cruzadas, esperando el fin del tiempo,
mientras apretaba el vaso de vino con los dedos
lívidos y hablaba al espació irradiándolo como de
solemnidad, porque después dijo,
-era para olvidarnos
de la muerte, y siguió contando, que antes de llegar
a la posta de la diligencia allá en el Chuy,
doblando medio un recodo, estaba Elmachado con su
tropa de milicos. No hubo tiempo a nada, porque
Elmachado empezó la balacera y Acevedo cayó muerto,
fue el primero y el otro después. Y un milico guacho
me dio dos plomos en el brazo. Cuando Jara cayó del
caballo, medio que estaba vivo y ahí fue cuando
Elmachado le dijo,
-¡qué joder, Jara! Yo
solo quería unos pesos y le pegaba tiros a un
finado.
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