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Palleiro: un vidente de
la política de las imágenes
por Gabriel Peluffo Linari
Agradezco a las
autoridades de nuestra Academia Nacional de Letras
haberme encomendado la grata tarea de presentar, muy
brevemente, a este lúcido y lúdico gladiador del
arte gráfico, que es Carlos Palleiro.
Un
uruguayo mexicano, latinoamericano, motivador de
generosas amistades y del reconocimiento profundo a
su trabajo tanto en Uruguay como en el extranjero,
pero, sobre todo, creador en buena medida de lo que
fue la poética visual de la gráfica editorial
uruguaya en los aún candentes años sesenta y setenta
del pasado siglo.
Palleiro
dejó Uruguay en 1976, expulsado por el clima
amenazante de la dictadura. Sus primeras
experiencias de diseño gráfico comienzan once años
antes, en lo que podríamos llamar, valga la
redundancia, la campaña de Campaña. Porque Carlos
comenzó como colaborador de José María Campaña,
encargado de la campaña política del Partido
Comunista. Allí encuentra un núcleo de artistas
provenientes de diversas formaciones en el campo de
la imagen, que convergen hacia un debate de ideas en
torno a las nuevas estrategias del diseño gráfico,
alentados por el formidable potencial creativo y
receptivo de las clases medias urbanas, por el
crecimiento de la industria editorial en todos los
frentes y, en definitiva, por las urgentes
necesidades de comunicación social generadas en el
contexto cultural y político de la época. En ese
grupo tallaban figuras como Manuel Espínola Gómez,
ingenioso hidalgo que aparte de su labor como
pintor, experimentó con el cartel cultural, con el
afiche político, con la ingeniería urbana de
arquitecturas efímeras para actos partidarios; Pacho
Ayax Barnes, amigo y maestro de Palleiro; Jorge
Carrozzino (para quien Palleiro diseñará un cartel
dedicado a su exposición póstuma, en 1992); el
inefable ilustrador Carlos Pieri; Leonilda González,
la personificación institucional de Club de Grabado,
y también aquel bohemio modelador de sueños que fue
Armando González, Gonzalito.
Me olvido de muchos,
pero no quiero dejar de evocar al finísimo dibujante
Luis Pollini y sus trasnoches de periodista a pie de
máquina en la calle Justicia; así como a los
artistas Luis Arbondo, Eugenio Darnet, Anhelo
Hernández, que junto a otros ya nombrados
constituían, en 1971, un equipo con sede en el local
de Plaza Zabala donde estuvo la legendaria imprenta
AS, temprana emprendedora de la inventiva gráfica
uruguaya.
Quiero
decir con esto que Palleiro se nutrió naturalmente
de ese terreno propicio para la germinación vigorosa
de su trazo. Él es también uno de los hijos de
aquel clima “sesentista” poblado de optimismos y de
urgencias que en el arte aunaba elementos
aparentemente paradójicos, como eran, por un lado,
el tono algo introvertido y escéptico, velado por un
existencialismo de café, que acompañó a la pintura
llamada “informalista” y a los cultivadores del
“monstruismo” desde principios de los años sesenta,
y, por otro, la pronta asimilación de nuevas
aperturas hacia inesperadas formas de realismo,
detrás de las que palpitaba no solamente el legado
político del arte moderno, sino el espíritu crítico
y renovador de una juventud jouissant,
encandilada, seducida por los Beatles y el
pop art, que se enfrentaba también a la Guerra
de Viet Nam y a una costosa utopía
latinoamericanista.
Desde sus
primeros trabajos Palleiro rinde cuentas, en su
propio estilo, de ese doble sentido de la imagen.
Contenida y lírica; pero al mismo tiempo con humor
transgresor, vociferante. Por un lado blindada,
aguerrida, y por otro alegremente vital, provista de
un candor que no es ingenuidad. Algo que reconocerá
más tarde su amigo mexicano Alejandro Magallanes al
decir: “Carlos combina el pesimismo y la ternura, el
humor negro y la alegría, igual que Mafalda”.
Sus
carátulas para libros de editoras uruguayas como
ARCA, BANDA ORIENTAL, CALICANTO, sus tapas para
editoriales discográficas como CLAVE, ORFEO, SONDOR,
entre otras, y su selecto afichismo político del que
no se puede dejar de recordar el escandaloso retrato
sicodélico de Lenin, contribuyeron decisivamente a
la configuración de un estilo en la gráfica
editorial uruguaya, estilo que aprendimos a
incorporar como carácter definitorio de nuestro
paisaje visual, relacionado con las industrias
culturales al despuntar los años setenta.
El
portentoso universo imaginario de Palleiro, se
prolonga y madura cabalmente en los trabajos que
realiza en México, donde extiende su don de
colorista hasta el barroco radical (y tropical) que
florece, por ejemplo, en las portadas para las obras
completas de Alejo Carpentier, editadas por Siglo
XXI. Pero no solamente ejerció como portadista para
muchísimas editoriales con sede en ese país, entre
ellas algunas tan prestigiosas como Fondo de
Cultura Económica y Siglo XXI –más tarde también lo
hará para Planeta y Alfaguara / Aguilar, entre
otras-, sino que fue cartelista de las Jornadas de
la Cultura Uruguaya en el Exilio y del Teatro El
Galpón hasta 1984, para situarse como uno de los más
relevantes comunicadores visuales de esa trama
compleja que fue la cultura de la diáspora uruguaya
durante más de una década.
Más allá de la avidez experimental
desarrollada como artista, que le lleva a transitar
desde las técnicas meramente manuales hasta la
imagen digital, pasando por la química fotográfica,
quisiera destacar ahora un aspecto que me parece más
esencial, y es la persistencia obstinada a lo largo
de su trayectoria de una actitud analítica y
conceptual aplicada al diseño gráfico. En México
se ha reflexionado en torno al aparente dualismo
entre Palleiro ilustrador y Palleiro diseñador. Pero
más que proseguir esas disquisiciones, prefiero
hablar aquí de Carlos Palleiro como
intérprete gráfico.
Es
esta capacidad de síntesis para definir la idea a
través de una relación precisa entre texto e imagen
introduciendo reflexiones y preguntas, la clave del
Palleiro intérprete de la realidad de su tiempo. Si
es, y nadie puede negarlo, un creador de imágenes
políticas, es además, y sobre todo, un vidente de
la política de las imágenes, es decir, del poder
significante y estratégico que ellas adquieren al
convertirse en signos portadores de ideas. Y como él
es un consecuente labrador de las ideas, sus
imágenes tienen en común no sólo la matizada fuerza
del estilo formal, sino, esencialmente, el
persuasivo trasfondo ético que las une y que parece
otorgar inextinguible vigencia a las metáforas
humanistas de la modernidad que alimentaron también
el dibujo checo, el afichismo polaco, y el cartel
cubano a fines de los años sesenta.
Palleiro ha demostrado ser, desde su
lugar como intérprete gráfico,
un inteligente surtidor de ideas y un
fino zurcidor de tiempos históricos.
Por lo
demás, de su lugar como surtidor y zurcidor de
afectos nos habla de manera elocuente esta nutrida
concurrencia de entrañables amigos que él ha sido
capaz de convocar hoy, cuando la Academia Nacional
de Letras ha dispuesto distinguirlo por su aporte al
libro, más allá de fronteras nacionales.
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