Lanzado esta semana el Grupo del Rin, con el objetivo de restaurar la capacidad de Europa para innovar, crecer y competir a nivel global, es una iniciativa inusual: un club privado reunido para hacer lo que se supone que deben hacer las instituciones públicas. No obstante, ha reunido a muchos nombres conocidos, con el ex presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el empresario tecnológico Patrick Collison como copresidentes. Luis Garicano, economista de la LSE y exmiembro liberal del Parlamento Europeo, es el director ejecutivo.
Muchos otros fundadores de empresas, financistas, exministros, reguladores en funciones, figuras destacadas de los medios y economistas—incluidos los premios Nobel Philippe Aghion y Bengt Holmström—se han sumado. Pocas otras organizaciones podrían reunir tal autoridad intelectual, poder corporativo y experiencia institucional en un solo lugar. Pero es precisamente por eso que esta iniciativa merece un examen minucioso.
Es cierto, las preocupaciones que espera abordar son reales. Europa se está quedando atrás tecnológicamente, tiene dificultades para movilizar capital y se está volviendo peligrosamente dependiente de las tecnologías de Estados Unidos y China. Sin una acción urgente, perderá la capacidad de financiar la autodefensa, la atención médica, las pensiones, la educación, las inversiones en clima y la protección social. Aunque el informe Draghi sobre la competitividad europea documentó el problema con una autoridad inigualable hace dos años, pocas de sus recomendaciones se han implementado.
El Grupo del Rin fue creado para poner fin a esta parálisis. Pero a pesar de la gravedad de su diagnóstico, hasta ahora ha ofrecido una receta notablemente delgada: Europa debe “competir, construir y crecer de nuevo.” Aún más preocupante, está reproduciendo algunos de los mismos hábitos que subyacen a la parálisis. Una vez más, tenemos una formulación de políticas impulsada por personalidades, en lugar de por una visión política, con soluciones tecnocráticas impuestas desde arriba.
La agenda de Draghi no se ha estancado por falta de pruebas que respalden sus recomendaciones. El problema, más bien, es que el endeudamiento común, las subvenciones industriales, la integración del mercado de capitales y la simplificación regulatoria redistribuirían el poder, los costos y los beneficios entre los países y los grupos sociales. Eso los convierte en una fuente de conflicto político. La falta de progreso no es, como cree el Grupo del Rin, un problema tecnocrático que los expertos puedan resolver.
El propio diagnóstico del grupo reduce el rango de posibles respuestas. Considere esta sorprendente estadística en su declaración fundacional: solo cuatro de las 50 empresas de tecnología más grandes del mundo son europeas. Al resaltar esta métrica, los autores ya han introducido un argumento político. Si el problema de Europa se define simplemente como la ausencia de empresas tecnológicas del tamaño de las estadounidenses, solo necesita facilitar una mayor escala, más unicornios y un capital más concentrado al eliminar las restricciones a las empresas que buscan convertirse en dominantes. Pero, ¿es realmente ese el problema de Europa?.
Por Alberto Alemamno
Fuente: Listindiario
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