Para entender de una vez

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  / Sí, el arte anticipa conductas humanas y realidades conformadas en consecuencia. Yo, y otros muy muchos, somos al menos testigos conmovidos por la magia del anticipo que previene. Si vemos al verdadero Guernica (pero indiferencia ante reproducciones), vemos la obra de alguien que intuyó la bárbara guerra que vendría dos años después.

Este fenómeno, excepcional también en el arte, está ahora a disposición en Montevideo, en el Solís, y apenas nos cuenta novedades sobre los detenidos desaparecidos; no cuántos, ni dónde, ni en qué archivo. Solo pone hechos, diálogos y silencios en la sucesión en que pueden ser razonados, que no es la cronológica.

Venimos no tomándonos en serio a Leonardo da Vinci, y su «La pittura è cosa mentale». Ahora hay que, literalmente, dar vuelta todo para empezar a entender. Para mí, lo primero fue la ráfaga de darme cuenta que, efectivamente, la suma de todas las partes no es el todo. Y la historia que cuenta es banal, cotidiana, y sólo a través de precisiones de relojero la historia toma ritmo, concatena acciones, hace entender precisas anacronías. Entonces cada diálogo pesa y tiene el sentido del que construyen. Pues esas anacronías son precisas hasta provocar la ansiedad de libertad del mono relojero del cuento de Constancio C. Vigil.

Y así, está ese «olor a pólvora, a tinta –tomo del guión, pero a nuestras narinas no les cuesta recordarlo. Olor a banderas robadas, izadas, hechas fleco. Olor a naftalina, a cera de pisos, a aceite 3 en 1. Olor a rumor, a humedad. Olor a mezquindad política que no se va con nada», y sabemos en nuestro fuero íntimo que esa mezquindad la sufrimos o ejercimos, y probablemente las dos cosas. Lo sabemos porque «debajo de todo eso estamos nosotros, 50 años después, soportando el peso y el hedor. Vestidos con relatos de diseñador, hechos a medida. Rogando que el tiempo ventile de una vez por todas la patria y la justicia ordene los percheros por color.»

La obra Dar vuelta todo es una versión libre escrita y dirigida por Claudio Quijano con la Comedia Nacional, en una interpretación del Juan Palmieri, de Taco Larreta, de 1971, que ya no pudo ponerse en Montevideo. A estos efectos, interesa destacar que la libertad y capacidad intelectual de Taco, que sí ví en su Fuenteovejuna de 1969 (y todavía recuerdo el «fuenteovejunita, señor» del campesino al que quieren hacer confesar), tiene un innegable y discreto hilo de continuidad en el espléndido trabajo de Quijano. Cabe señalarles, particularmente «a ellos», pero también a todos nosotros que medio siglo fue en vano. Que aquella capacidad y libertad viajó como arañita llevada por el viento en su propia baba de tela, acá está, ojalá que para reproducirse.

Es que salimos de sala realmente convencidos. Que basta de relatos; queremos todos los datos de un Estado que esté, que sea íntegro y del que seamos parte responsable. Para tenerlo –parece que ya no hay más remedio– ahora habrá que darlo vuelta todo.

 

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