Esta es una segunda nota motivada por un comentario de mi hijo político y amigo, Diego, que regresó del exilio de Cuba con su madre, Selva, y su padre, Pepe, y luego de 42 años volvió a emocionarnos componiendo una canción en base a Guantanamera.
Correspondiente a ese período a partir de 1959, tan radicalmente opuesto a esta época de Cuba, que fue para mi generación y posteriores un elemento base de nuestra opción por el comunismo y en Uruguay también porque Rodney Arismendi fue el único dirigente comunista, el más capaz del continente, que no se puso de pie en un discurso de Fidel Castro en la OLAS, llamando a la guerrilla en todo el continente. El único teórico del socialismo con aportes de nivel, junto con José Carlos Mariátegui, conocido popularmente como «El Amauta».
Es discurso de Castro y, esa línea política que fue el error garrafal que la historia se ocupó de demostrar, con el sacrificio inútil del Che Guevara en Bolivia.
La nuestra no fue una adhesión emocional solamente, fue profundizándose en las definiciones, chocando con la derecha más amplia y más dura en el continente y en nuestro país, y luego mutando hacia una visión crítica, de la aplicación de un modelo calcado del modelo soviético, que fracasó en todos lados donde se aplicó y está fracasando estrepitosamente en Cuba.
Eso no le quita gravedad a la furia imperialista, constante que tuvo un pequeño recreo con Obama, pero entre el bloqueo y el cerco es de las cosas más deleznables de la política exterior de los Estados Unidos.
Nos hicimos comunistas por la influencia de canciones y por imágenes que sintetizaban lo que es una revolución que se fue degradando, al punto de que hoy ya se habla de la posibilidad de que, con las nuevas leyes aprobadas por desesperación y muy tarde, se esté transformando en un país capitalista, con mitos e imágenes de un pasado aplastado por la situación económica y social.
Un país capitalista con partido único, con poder total y arbitrario (ya tenemos bastantes en el mundo) y que dejó por el camino, los sueños posibles de generaciones de militantes en todo el mundo y, naturalmente, en Cuba y toda América Latina.
Una derrota más, por un camino diferente a la caída de la URSS y todos los países del socialismo «real»; Venezuela, la gran mentira del socialismo del siglo XXI; y ahora Cuba, que saltó de bomba en bomba sin que ninguna vez se diera a sí misma y a todos nosotros una explicación profunda, en serio y sobre todo socialista.
Un país capitalista, donde todo el fracaso se explica por el infame bloqueo y el más repudiable cerco imperialista (llamémoslo por su verdadero nombre), pero donde el fracaso del modelo, la pérdida del apoyo de la población, la huida de millones de cubanos al exterior -a los que hace tiempo que ya nadie se atreve a llamar gusanos- eso no existe, es ocultado groseramente por el discurso oficial.
Un discurso pronunciado por figuras como Díaz-Canel, donde es imposible reconocer a un líder revolucionario. Es un burócrata más, de la misma cepa que los que hundieron la URSS y todo el mundo de Europa del Este, de los Balcanes y de Asia Central. Un cuarto del planeta.
También es justo reconocer que nos hicimos comunistas, como lo afirmamos en la nota anterior, por Vietnam y por China, sobre todo cuando rompió -la China, con inteligencia y en el mayor silencio- con el modelo soviético y, en 1976, con Deng Xiaoping, continuado por Xi Jinping actualmente, produjeron, a pesar de la ferocidad de Trump, la mayor revolución social, económica y tecnológica de la historia de la humanidad, que recién comienza a desplegar todo su potencial.
No nos hicimos comunistas por exitismo, sino por haber recuperado a tiempo una mirada crítica y seguir creyendo que lo que parece imposible es posible para miles de millones de seres humanos.
Nos cuesta hablar de Cuba, porque toda nuestra identidad está en el pasado, en la alfabetización en la sierra, por la ayuda solidaria, por la revolución en la medicina, por su mano tendida hacia los pueblos. Hasta que quiso imponer el modelo político de la guerrilla, el más grande error, y nunca comprendió el valor de la democracia, con sus limitaciones, pero como el más perfecto sistema político creado por la civilización humana.
En Uruguay lo aprendimos en el estudio crítico, pero sobre todo y por encima incluso de los errores teóricos e historicos de la dictadura del proletariado, con 11 años de dictadura fascista, con miles de presos, desaparecidos, exiliados y perseguidos. Aunque nunca lograron derrotarnos, precisamente por esa adhesión profunda a la democracia.
No podemos seguir admitiendo esa terrible contradicción de que para ser comunista en Uruguay nos asesinaron por la democracia, pero en Venezuela y en Cuba asesinamos a la democracia.
El retorno de Cuba al capitalismo nos duele en el alma, como las condiciones que sufre hoy la mayoría del pueblo cubano, como las diferencias sociales a nivel de civiles y de militares que se han agigantado en la isla.
Hoy ser comunista es precisamente pensar con la mente abierta, con el sentido crítico que nunca debimos perder, y no vivir en la contradicción de nuestra heroica lucha democrática y el aplastamiento de la democracia en Cuba.
Incluso nuestra referencia con los héroes de un tiempo, ha ido cambiando, es comprensible qué para algunos, por sus experiencias personales y políticas, sigan teniéndolos como ídolos, me sucedía a mi hasta hace muy poco tiempo, pero para la gran mayoría de los izquierdistas y de los ex comunistas los lideres cayeron con el fracaso del sistema, de las copias del modelo soviético, con la decadencia general. Son recuerdos dolorosos. El caso más simbólico es el de Fidel Castro, era el símbolo central de la revolución.
Aquí dejo unas imágenes para emocionarnos, está es una parte importante de nuestra alma:
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