DOCUMENTO
El Frente Amplio que necesitamos para el tiempo que se viene // Documento Principal del FA a su 8° Congreso del FA José Mujica
del 16 al 18 de octubre
Nací en Minas de Corrales, en el interior profundo de nuestro país. Lo recuerdo cada vez que empiezo una intervención, porque desde mis propias raíces siento un profundo cariño y compromiso con mi país y con su gente. Desde allí fui construyendo un camino de vida y de militancia, siempre formando parte de nuestro gran Frente Amplio.
He tenido el orgullo y la responsabilidad de representar a mi sector político en distintos ámbitos frenteamplistas, he participado en muchas de sus discusiones, sus acuerdos, sus diferencias y, sobre todo, sus síntesis. Ese consenso que tantas veces nos recordaba el general Seregni: la necesidad impostergable de preservar a la unidad en la diversidad. El Frente Amplio es una construcción colectiva, que reivindica derechos y anhelos que van mucho más allá de sus integrantes.
Hoy llegamos a un nuevo congreso en un buen clima, algo que debemos valorar. Tenemos además un muy buen documento para discutir y una fuerza política unida. Además, cargamos con la enorme responsabilidad de ser gobierno. Es una oportunidad para discutir con profundidad y perspectiva qué debemos hacer hoy y también cuál es el Frente Amplio que necesitamos para los próximos años.
Este congreso se desarrolla en un contexto particularmente complejo. Hoy gobernamos en medio de una coyuntura internacional de profundas transformaciones, que impactan sobre las relaciones entre los estados, el papel de las grandes potencias y las reglas de juego de la política internacional. Por eso, este congreso no puede ser solo una instancia para mirar hacia adentro. Hay que levantar la mirada, comprender el tiempo histórico que vivimos y construir un Frente Amplio acorde a esta etapa. Es una herramienta formidable, construida por quienes nos precedieron con enormes esfuerzos y renunciamientos. Pero tenemos la responsabilidad de cuidarla y fortalecerla, para que siga siendo una herramienta útil para nuestro pueblo.
El mundo que conocimos está cambiando muy rápido. En pocos años vivimos una pandemia, guerras internacionales, choque de grandes potencias y un pronunciado debilitamiento del multilateralismo. Por décadas, dimos por sentado que existían determinados límites. Algunas reglas podían no cumplirse, pero seguían siendo reglas. El derecho internacional importaba, Naciones Unidas tenía peso y existían múltiples terrenos comunes para procesar los conflictos. Hoy muchas de esas certezas se ponen en cuestión.
En un país como Uruguay, estas discusiones no deberían involucrar solo a especialistas en relaciones internacionales. ¿Por qué? Porque somos un pequeño país navegando en las aguas turbulentas de un mundo cada vez más complejo, en un entorno externo, regional e interno difícil y poco amigable, con intereses que atentan contra las personas, los derechos, la justicia, la equidad.
Surgen preguntas inevitables: ¿cómo Uruguay puede conservar su capacidad de decidir en un mundo en el que las grandes potencias vuelven a hablar, explícita o implícitamente, en términos de áreas de influencia? ¿Cómo aprovechamos esta coyuntura para avanzar hacia nuestras metas de desarrollo? Muchas recetas aplicadas en las últimas décadas muestran hoy sus límites, y eso obliga a repensar estrategias para una realidad diferente.
Tenemos que defender nuestras convicciones, nuestros principios y nuestra historia, pero también debemos construir nuevas respuestas para un mundo nuevo. Hace poco leí una entrevista al politólogo Francisco Urdinez que me ayudó a ordenar algunas de estas preocupaciones. Urdinez viene estudiando desde hace casi diez años la relación entre China, Estados Unidos y América Latina, y pone números a una transformación que no siempre llegamos a visualizar en toda su dimensión. A comienzos de este siglo, China era un actor económico de tercer orden en nuestra región. Entre 2000 y 2024 su peso económico se multiplicó por quince y terminó convirtiéndose en el principal socio comercial de buena parte de América del Sur. En paralelo, Estados Unidos redujo significativamente su influencia económica sobre esta parte del continente.
Nuestra relación con China pasó a ser estructural. Es clave para nuestras exportaciones, pero también en infraestructura, financiamiento, energía, telecomunicaciones y, cada vez más, en tecnología. Uruguay exporta cerca de 30% de sus productos a China; algo parecido sucede con otros países de América del Sur. Estados Unidos comenzó a mirar el avance de China en la región de otra manera. Y no solo con la administración de Donald Trump: detrás de esa reacción hay un “consenso en Washington” que involucra a republicanos y demócratas. La disputa entre las dos grandes potencias se trasladó a decisiones muy concretas: quién construye un puerto, quién instala una red de telecomunicaciones, qué tecnología utilizamos o quién financia determinada infraestructura. En ese punto la discusión ya deja de ser abstracta.
Durante años, países como Uruguay podían tener relación con Estados Unidos y con China, y los vínculos no eran excluyentes. Ese mundo empezó a cambiar. Y las grandes potencias volvieron a pensar el planeta en términos de áreas de influencia, algo que deja a los países pequeños con menor margen de acción. Preguntas incómodas: ¿qué margen de decisión puede tener un país pequeño como Uruguay en un mundo atravesado por esta competencia entre grandes potencias? ¿Cómo preservamos nuestra soberanía cuando las decisiones económicas, comerciales y tecnológicas están cada vez más condicionadas por esa disputa? Son desafíos enormes para el Uruguay de hoy, pero sobre todo para el Uruguay que queremos construir.
Este cambio de época no involucra solamente a los estados y las grandes potencias, también a nuestras sociedades, a nuestros barrios y hasta a las formas en las que nos relacionamos. Hace poco el querido Augusto Tito Gregori dijo una frase que me quedó grabada: “vienen por el Frente Amplio”. Más lo pienso y mayor significado encuentro detrás de esas palabras. Porque vivimos una época contraria a lo colectivo: en la que cada uno tiende a resolver individualmente sus problemas y encerrarse en sus preocupaciones. En definitiva, la época impone la idea de que cada uno haga la suya, algo que ha calado fuertemente en nuestra sociedad.
En medio de esa realidad, tenemos algo extraordinario que nos legaron los compañeros fundadores de nuestro Frente Amplio: una fuerza política que no existe solamente en las elecciones, en el Parlamento o en el gobierno. Una fuerza política que tiene territorio, militancia y comités de base. Una fuerza que entendió desde sus orígenes que la política se construye fundamentalmente desde la base de la sociedad, desde el encuentro con otros. Eso, compañeros, es algo que tenemos que cuidar muchísimo.
No por mirar con nostalgia al Frente Amplio de 1971. La sociedad cambió, las formas de participar cambiaron y nosotros también tenemos que cambiar. Seguramente tendremos que encontrar nuevas maneras de convocar, de escuchar y de organizarnos. Una cosa es transformar nuestras herramientas; otra es renunciar a todo aquello que las hizo valiosas. Porque la territorialidad no es solamente tener un local abierto o un comité de base funcionando. Es estar ahí, es conocer qué pasa en un barrio, saber qué preocupa a nuestros vecinos, encontrarnos con quien piensa distinto, escuchar antes de hablar y construir respuestas con otros. Es evitar que la política se convierta únicamente en algo que sucede en las redes sociales, en los medios de comunicación o en las discusiones entre dirigentes.
Cuando hablamos de capilaridad política estamos hablando, en el fondo, de algo bastante sencillo y al mismo tiempo muy profundo: la construcción de comunidad. Quizás uno de los grandes desafíos sea justamente ese: cómo reconstruir comunidad en una sociedad cada vez más fragmentada. Cómo generar espacios en los que las personas puedan encontrarse, discutir, disentir y hacer cosas. Cómo hacer que quienes se alejaron de la política vuelvan a sentir que participar sirve para algo. Cuando “Tito” Gregori advierte que “vienen por el Frente”, se refiere precisamente a esa embestida cultural que debilita la capacidad de construir comunidad: el cuestionamiento de las organizaciones colectivas, la pérdida de intermediaciones sociales y políticas y la expansión de discursos que presentan a la acción individual como sustituto de la organización colectiva.
Hay algo que nunca deberíamos perder de vista. El Frente Amplio no nació de la nada, fue una construcción colectiva que emergió desde las raíces del pueblo. Hombres y mujeres provenientes de historias, tradiciones y culturas políticas diferentes tuvieron que encontrarse, reconocerse y, sobre todo, renunciar a muchas cosas. Los compañeros del 71 entendieron que había algo más importante que sus identidades particulares: construir una herramienta común capaz de representar las esperanzas de una parte enorme de nuestro pueblo. Esa capacidad de poner lo colectivo por encima de lo propio es uno de los legados más importantes que nos dejaron.
Por eso, la unidad no puede ser entendida como uniformidad ni como ausencia de diferencias. El Frente Amplio siempre discutió y seguirá discutiendo. Esa diversidad forma parte de lo que somos. El desafío consiste en transformar esas diferencias en síntesis y comprender que la unidad tampoco es algo que conquistamos una vez y conservamos para siempre. Cada generación de frenteamplistas debe reconstruirla, en las condiciones de su tiempo. En este Congreso debemos formular preguntas. ¿Qué Frente Amplio necesitamos hoy y cuál se necesita en el tiempo que viene? ¿Cómo fortalecemos nuestra presencia en el territorio y reconstruimos comunidad en una sociedad cada vez más fragmentada? ¿Cómo hacemos para que nuestra fuerza política dialogue permanentemente con el gobierno sin confundirse con él? ¿Cómo incorporamos nuevas formas de participación sin perder la riqueza de nuestros comités de base? ¿Cómo puede Uruguay construir un camino propio en un mundo atravesado por la disputa entre grandes potencias?
Un Congreso difícilmente pueda tener todas las respuestas escritas de antemano, pero sí puede empezar a desenredar esta madeja. Tenemos que asumir y destacar que tenemos una hermosa herramienta entre las manos. No la construimos nosotros: la recibimos de generaciones que hicieron enormes esfuerzos y renunciamientos para que llegara hasta acá. Ahora nos toca asumir nuestra parte. Cuidarla no significa dejarla quieta. Significa cambiar lo que haya que cambiar, preservar aquello que nos hizo fuertes y construir, una vez más, la unidad necesaria para este tiempo. Ese es el desafío de este Congreso: pensar el Frente Amplio que necesitamos hoy y ser capaces de construir el Frente que necesitaremos para el tiempo que se viene, sin perder aquello que hizo posible que llegáramos hasta acá. Es nuestra responsabilidad, en nombre de quienes estuvieron antes y de quienes vendrán después.
¡Viva el Frente Amplio!
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