(Redacción) Ante la situación de inestabilidad financiera mundial, en la que hay una crisis en estado de latencia, Uruguay sólo sería afectado por factores externos, según coinciden los pronósticos de varias fuentes de información financiera.
Ellas señalan que los mercados mundiales muestran un patrón clásico previo a episodios de inestabilidad: valoraciones elevadas, volatilidad artificialmente baja, y riesgos geopolíticos y de concentración tecnológica que aún no se han materializado en precios.
Uruguay será afectado con la desaceleración de su crecimiento, tras haber llegado a 2026 con proyecciones de crecimiento moderadas y a la baja. Mientras el Ministerio de Economía proyectaba una expansión del PIB de 2,2% para 2026, Uruguay podría crecer menos de 1% en 2026 en un entorno externo de menor impulso, y BBVA Research proyecta un crecimiento del PIB de apenas 1,3% para este año y 1,8% en 2027. De hecho, la economía uruguaya entró en recesión técnica en el segundo semestre de 2025 al registrar dos trimestres consecutivos de caída del PIB desestacionalizado.
Según Blasina y Asociados y otras dos fuentes, Uruguay podría crecer menos de 1% en 2026 en un entorno externo de menor impulso. Desde Blasina se sostiene que uno de los canales más directos de influencia en la economía uruguaya es la perspectiva de tasas de interés altas en Estados Unidos por un período más prolongado de lo esperado, agravada porque con Kevin Warsh como nuevo presidente de la Reserva Federal, el mensaje podría ser más restrictivo de lo esperado dado el contexto inflacionario en EE.UU. Esto encarece el crédito externo para Uruguay y la región.
También el conflicto en Medio Oriente ha sido un factor clave: el cierre del Estrecho de Ormuz fue descrito por la Agencia Internacional de Energía como el mayor shock de suministro registrado, lo que para Uruguay puede traducirse en mayor costo energético, menor demanda de exportaciones y financiamiento internacional más caro.
A esto se agrega que el entorno regional pesa mucho para Uruguay. Las condiciones financieras globales más restrictivas limitan las posibilidades de rebote de las economías de Argentina y Brasil, acentuando algunos de sus desequilibrios, lo cual repercute en el comercio y el turismo uruguayos. La reciente volatilidad en Argentina (riesgo país al alza, caída de acciones bancarias en agosto) es un ejemplo de este contagio regional que puede afectar la confianza inversora en el bloque, según Aldo Lema.
Se entiende que habrá una menor inversión extranjera directa, en tanto parece poco probable que se recupere hacia Uruguay. Países de la región aparecen más atractivos, en un contexto donde el dólar global se asume relativamente estable y los precios de exportaciones serían iguales o peores que el último año.
A diferencia de otros episodios de crisis, Uruguay parte de una posición relativamente sólida: «Uruguay no enfrenta actualmente desequilibrios macroeconómicos relevantes», según BBVA Research, con niveles de riesgo soberano manejables y acceso fluido a los mercados financieros globales. Se prevé que la inflación cierre 2026 en torno al 4,5%, en el centro del rango objetivo del BCU. El problema estructural no es de estabilidad, sino de crecimiento potencial: el país enfrenta la llamada «trampa del ingreso medio», con restricciones de baja productividad e inversión insuficiente para sostener una expansión mayor. En concreto, Uruguay enfrenta el desafío de transformar la estabilidad en crecimiento +3
En resumen: Uruguay no está en riesgo de una crisis financiera propia (fundamentos macro sólidos), pero sí sufre los efectos indirectos vía tres canales principales — costo del financiamiento externo, precios de la energía y commodities, y contagio desde Argentina/Brasil — que se traducen en menor crecimiento antes que en inestabilidad interna.
(2) Calma, por ahora, en mercados globales
Con la información más reciente disponible (hasta finales de agosto de 2026), la situación de los mercados globales presenta un panorama de calma superficial con focos de riesgo latentes.
Los síntomas esperables son varios. La inestabilidad financiera global se manifiesta a través de varios rasgos característicos, que suelen presentarse de forma interconectada. Ellos son volatilidad en los mercados, con fluctuaciones bruscas y frecuentes en precios de activos (acciones, bonos, divisas, materias primas) y cambios abruptos en el apetito de riesgo de los inversores, lo que en la jerga se llama «risk-on/risk-off» y se expresa en correlaciones que se rompen o se intensifican repentinamente entre distintos mercados
Está presente en el escenario el mal del contagio financiero, con transmisión rápida de shocks entre países y regiones, incluso sin vínculos económicos evidentes. Los mercados emergentes suelen ser particularmente vulnerables al contagio proveniente de economías avanzadas, y la interconexión bancaria y de instituciones financieras amplifica este efecto.
En ese contexto son previsibles los desequilibrios macroeconómicos, con déficits comerciales o fiscales insostenibles, burbujas de activos en los rubros inmobiliarios y bursátiles, y niveles de endeudamiento excesivo, tanto público como privado. También es previsible la desalineación de tipos de cambio.
Descalce de plazos y monedas en los balances bancarios puede expresar la fragilidad del sistema, junto con un apalancamiento excesivo y la dependencia de financiamiento de corto plazo (mayorista) puede desaparecer rápidamente.
En el plano global, son esperables movimientos de capital abruptos, entradas masivas de capital seguidas de «paradas súbitas» (sudden stops) o fugas de capital, sensibilidad extrema a cambios en la política monetaria de economías centrales, y especialmente las de la Reserva Federal de EE.UU.
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