Tema: la juventud
No es un diálogo que haya ocurrido. Es una conversación imaginaria (con IA) entre dos hombres de generaciones distintas, con experiencias distintas y también con diferentes maneras de entender la acción política. Los reúne una pregunta que atraviesa todas las épocas: ¿qué lugar ocupa la juventud en la transformación de la sociedad?
—
—El problema que tenemos —dice Mujica— es que los veteranos siempre queremos explicarle el mundo a los jóvenes. Y cuando terminamos de explicárselo, resulta que el mundo ya cambió.
Arismendi sonríe.
—Eso es cierto. Pero tampoco debemos cometer el error contrario: creer que cada generación comienza la historia desde cero.
—Ahí está el asunto. ¿Cómo le transmitís experiencia a un muchacho sin convertir la experiencia en un sermón?
—No se transmite una conclusión. Se transmite un método para pensar.
Mujica se queda callado unos segundos.
—Eso me gusta. Porque los jóvenes tienen que cometer sus propios errores.
—Naturalmente.
—¿Naturalmente? Cuando uno envejece se vuelve especialista en evitarles errores a los demás.
—Y ése puede ser nuestro propio error —contesta Arismendi—. Una generación anterior puede entregar experiencia, memoria, herramientas. Pero no puede sustituir a la generación siguiente.
—Ni debería.
—Ni debería.
Mujica mira hacia algún punto lejano.
—Yo desconfío cuando escucho decir que los jóvenes de ahora no se comprometen. Cada generación dice lo mismo de la que viene atrás.
—Porque muchas veces confundimos compromiso con las formas de compromiso que nosotros conocimos.
—Exactamente. Si no van al comité, si no leen los mismos libros, si no cantan las mismas canciones, pensamos que no les importa nada.
—Y quizá están buscando otras formas de intervenir.
—O todavía no las encontraron.
Arismendi asiente.
—La juventud tiene una característica formidable: todavía no ha aprendido completamente los límites de lo posible.
—¡Por suerte!
—Pero eso también implica una responsabilidad para quienes tenemos más experiencia.
—¿Cuál?
—No enseñarles dónde están los límites.
Mujica se ríe.
—Mirá vos, Rodney… al final vas a resultar más anarquista que yo.
—No exageres.
Los dos ríen.
Después Arismendi continúa:
—Hay algo más. La juventud necesita rebeldía. Una sociedad en la que los jóvenes aceptan dócilmente el mundo que reciben es una sociedad que ha perdido capacidad de transformarse.
—La rebeldía es imprescindible —dice Mujica—. El problema es cuando nosotros queremos administrar también la rebeldía.
—Eso sería una contradicción.
—Pero lo hacemos. Les decimos: “Rebélense”. Y enseguida agregamos: “Pero rebélense de esta manera, por estas cosas y hasta esta hora”.
Arismendi vuelve a sonreír.
—Entonces no estamos formando jóvenes. Estamos buscando sucesores.
—Copias.
—Exactamente.
Hay otro silencio.
—Yo creo —dice Mujica— que nuestra generación tiene una deuda con ellos.
—¿Cuál?
—Les hablamos mucho del mundo que soñamos y poco del mundo que les dejamos.
Arismendi piensa antes de responder.
—Cada generación recibe una realidad que no eligió.
—Nosotros también.
—Sí. Y nuestra obligación fue intentar transformarla.
—Entonces la obligación de ellos será la misma.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque la obligación será de ellos decidir qué merece ser transformado.
Mujica levanta la mirada.
—Ahí está.
—¿Qué cosa?
—La diferencia entre legado y mandato.
Arismendi asiente lentamente.
—El legado ofrece herramientas. El mandato exige obediencia.
—Y nosotros tenemos que dejar un legado.
—No un manual de instrucciones.
—Memoria, sí.
—Memoria.
—Experiencia.
—Experiencia.
—Organización.
—También.
—Pero las respuestas…
Arismendi termina la frase:
—Las respuestas tendrán que encontrarlas ellos.
Mujica se acomoda en la silla.
—Entonces capaz que la pregunta que deberíamos hacerle a un joven no es “¿qué aprendiste de nosotros?”.
—¿Cuál sería?
Mujica sonríe.
—¿Qué vas a hacer que nosotros no supimos hacer?
Arismendi guarda silencio.
Esta vez durante bastante tiempo.
Finalmente responde:
—Si alguna vez una generación joven puede contestar esa pregunta con libertad, entonces nuestra generación habrá cumplido una parte importante de su tarea.
—¿Aunque nos contradigan?
—Especialmente si nos contradicen.
Mujica se ríe.
—Ahora sí, Rodney. Ahí estamos de acuerdo.
Y quizá ése sea el verdadero legado que una generación puede ofrecer a la siguiente: no un camino terminado, sino la libertad, la memoria y las herramientas necesarias para construir uno nuevo.
(Homero M)
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