Argentina
contemporánea Tomo de Céline el título de este escrito porque me parece el que más se adecua a lo que voy a contarles. Ayer tuve que viajar a Buenos Aires para asistir a una muestra de fotografías que organizaba una amiga. Al llegar a la estación lo que primero me sorprendió fue la falta de un horario, cosa que se repitió en Palermo, lugar al que viajé. Sé que la empresa ferroviaria levantó varios de los servicios rápidos, con lo que , al ofrecer menos trenes por la misma tarifa, produjo un aumento encubierto, o no tanto, de la misma. En el andén de la estación Muñíz, lugar donde vivo, vi una gran cantidad de personas (hombres, mujeres y niños) con carritos de supermercado y viejos cochecitos de bebé y me pregunté para qué los traían. Luego supe el motivo, pero dejo esto para más adelante. Todas estas personas bajaron en Palermo. Ya en la muestra conversé con muchos de los presentes, casi todos fotógrafos, ellos me contaban, con gran angustia, sobre la virtual desaparición de la actividad debida al alto costo de los insumos, en su abrumadora mayoría importados. Pero lo más terrible sucedió al regreso. Al doblar por Jorge Luis Borges (antes Serrano), ya en la Avenida Santa Fe, vi un verdadero ejército de personas que revolvían entre la basura, sobre todo de los bares y restaurantes, y colocaban lo que les parecía de alguna utilidad en los citados carritos y cochecitos o directamente se llevaban las bolsas. Luego marchaban hacia la estación Pacífico, a la que yo también me dirigí. Serían las once de la noche, tal vez un poco más tarde. A lo largo de la estación, cientos de personas con sus patéticas cargas al hombro, con ellos una multitud de niños y niñas, llorosos, sucios. Todas estas personas se ubicaron en los últimos vagones del tren, ya colmado desde su viaje desde Retiro con el resto del pasaje, a lo que hay que agregar una cantidad enorme de bicicletas ubicadas entre vagón y vagón, cajas, paquetes, bolsos desparramados por doquier. Al salir de la estación Villa del Parque, el tren se detuvo. Luego de largos minutos de incertidumbre, alguien dijo que la locomotora había golpeado y destruido a un auto. Después, otro contó que el auto se había descompuesto justo sobre las vías y que sus ocupantes habían podido salir antes del accidente. En el tren no había guarda ni personal de seguridad. Media hora más tarde, una voz, ¿del maquinista? ¿de algún policía o bombero?, anunció, desde el borde de las vías, que “el servicio está suspendido”. Así que debimos bajar. Yo decidí caminar dos cuadras hasta la estación Sáenz Peña, otros se quedaron a lo largo de las vías a la espera del siguiente tren. Cuando ese tren llegó supe el motivo de esa decisión: a la muchedumbre que venía en nuestro servicio se agregó la que componía el pasaje del siguiente. Y ya no era posible que las personas con sus residuos se ubicasen en los últimos vagones, ahora era como se podía, a lo que viniera, apretar los dientes, hacer fuerza, pasar por encima de bolsas, cajas, botellas de plástico, cartones... Cuando, ya en algún vagón, al que llegué de puro milagro, miré hacia el fondo del tren vi un espectáculo dantesco: cientos y cientos de personas, muchas de ellas desdentadas, cansadas, con cuanto habían podido recoger. Y vi a sus hijos, con bolsas en sus faldas o apretadas contra el pecho. Bolsas de las que salía un olor intenso, fétido. Una chica muy joven, mientras, le decía a un amigo: “...trabajo en Jumbo, el último sueldo que cobré fue la mitad de diciembre...” Algunos
chicos viajaban colgados del vagón, gritaban y estiraban sus
manos para cortar las ramas de los árboles mientras el tren iba a
toda velocidad. Otros escupían a los que estaban en los andenes.
Yo sólo atiné a mirar a los ojos a un chiquito que viajaba cerca
de mí. Estaba encargado de cuidar un viejo y oxidado carrito
colmado de trapos, maderas, papeles, objetos de plástico. Tenía
su mirada toda la tristeza del mundo. Fue a él lo último que vi
cuando bajé a la estación Muñíz. Después el tren arrancó y
siguió, se perdió en lo más oscuro. Hacia José C. Paz, destino
final de este viaje que se repite noche tras noche, calles de
tierra que se anegan con cada lluvia, barrios sin esperanza, sin
una miserable lámpara, donde los yuyos crecen hasta ser más
altos que los hombres. El
escritor Carlos Barbarito nació en Pergamino, Buenos
Aires, Argentina, 1955) LA ONDA® DIGITAL |
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