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Cortazar,
un reportaje a la distancia

por Julia Galemire

1a. Parte
Un cuento de Homero Muñoz
Morón

CUENTO
Morón
por Homero Muñoz

El Nando había quedado de ir por la pensión el sábado de noche, para que todos juntos fueran a jugar a los bolos. Los pedrenses lo esperaron truqueando hasta las nueve y después se fueron. No iba a ser lo mismo ya que Nando era el que mejor jugaba y los acicateaba para igualarlo, pero puntuales cuando se trataba de joda, nueve y cuarto estaban calentando las muñecas. Cuando volvieron, a las once, preguntaron a la casera, cancerbera implacable del movimiento de la pobre pensión y aún no había llegado.

La noche de primavera seducía, tintineaba en los ojos y hasta los oídos se congratulaban agradecidos por la tregua sonora, que un sábado permitía en los suburbios del oeste de la gran Buenos Aires. Morón, a la altura de Intendente Grant, cerca de la estación de trenes, parecía un barrio de Montevideo, pobre y tranquilo, con boliches en las esquinas y doñas de rulero y chancleta transitando las ajetreadas vidas y veredas de la barriada. Una serie de casuchas de madera con techo de lata, en un terreno acotado por muros altos con berretines regios por su corona de vidrios, pretendía constituirse en pensión.

Cuando el Nando apareció en medias, calzoncillos, camiseta y paquete de masitas bajo el brazo, a las que les sobraba papel permitiendo colegir que habían sido más, el Pin y el Churrinche por poco sufren un colapso histriónico. - Nada, que me asaltaron - contestó Fernando a la pregunta del Negro, medio compungido, medio enojado, sentimientos ambos que filigraneaban su origen entre su desgracia y el carcajerío de la barra.

-¡Contá!- animó el Garrón.

- Tres tipos, con bufo, me pararon cuando salía de la estación, me llevaron a un descampado y me afanaron toda la ropa, la guita, el reloj y me comieron medio paquete de masitas que traía para Uds.

- ¿Y porque tardaste tanto en aparecer? - preguntó el Churrinche entre hipos y lágrimas.

- No te rías más, soruyo. Lo que pasa es que me hicieron desbolarme del todo y para que no los siguiera, me escondieron los calzones y la camiseta entre las chilcas. Y estuve como dos horas buscando en la oscuridad hasta que los encontré y me vine.

El jolgorio consiguiente tardo un rato en aplacarse. Fernando se sentó y esperó que se calmaran. Su bronca iba en aumento. El gallego dueño de la confitería donde trabajaba había dudado bastante para adelantarle el dinero, que necesitaba para pagar la pensión donde vivía, en Caballito. Debía 3 meses. Ahora tendría que dejarla, escapándose, para poder sacar la ropa que le quedaba, que no era mucha. Y estos se reían. - Ta vo. ¿Porque no se van un poco a cagar? - dijo el Nando.

- No te calentés boludo - dijo el Garrón. - Lo que pasa es que vos no te viste la facha. ¿Y cómo es que no se comieron todas las masitas? - Se empacharon. Traía como cuatro quilos.

El único que parecía dispuesto a ayudar era el Negro, que fumaba pensativo y fundamentalmente, no se reía.

- Cómo eran - más afirmó que preguntó el Negro.

- ¡Yo qué sé! Estaba oscuro. Uno era alto, así como vos, pero flaquito. Ese era el que tenía el bufo. Los otros parecían menores.

- ¿Y si salimos a buscarlos? - propuso el Churrinche siempre dispuesto a la pelea, mientras el Pin asentía.

- A eso iba - dijo el Negro -; en los boliches del bajo paran todos los chorros. Capaz que reconocés a alguno. Prestale algo para ponerse - pidió al Garrón - vos sos más o menos del mismo tamaño.

El Nando era lo que en la jerga de Las Piedras, se conocía como 'un pinta'. No era de agarrarse a piñas por insignificancias. Provenía de familia acomodada y no se había criado en la calle como los otros cuatro. La idea de ir a enfrentarse con unos tipos armados no le gustaba para nada. Pero tampoco había mucho espacio para echar para atrás.

- Yo no voy - dijo el Garrón con naturalidad. - Tengo que ir a laburar.

- No importa - el Negro ya se estaba poniendo la campera y enfilaba para la puerta del ranchito. - Vamos nosotros.

El Churrinche se apresuró a seguirlo y el Pin tomando a Fernando de un brazo, sin comentarios, hizo lo propio. - Vamos dos por cada lado de la yeca - dijo el Negro - Si los ves - miró a Fernando - apuntalalos. ¿Ta?

- Ta - asumió el Nando.

Caminaban rápido, rumbo a la zona de boliches donde se juntaba el malandraje de noche. El Nando iba con el Pin por una acera y el Negro con el Churrinche por la otra.

No anduvieron mucho. A las pocas cuadras Fernando casi en un susurro le dijo al Pin: - esa es mi campera. 'Mi campera' abrigaba, ociosamente dada la temperatura, el torso de un muchachito de unos dieciséis años, que parado en una esquina, fumaba indolente con una mano en el bolsillo del vaquero.

- Hacete el boludo - dijo el Pin, mientras con la boca producía un ruido agudo de succión, llamador de la atención del Negro y el Churrinche y con un gesto 'apuntalaba' al chorro. El Pin empezó a caminar rápido y sesgado, cruzando la avenida hacia el muchacho, que estaba en la esquina del lado del Negro y el Churrinche . Estos a su vez también apuraron el paso. Cuando estaban a unos treinta metros, el fumador esquinero se percató de la maniobra, al tiempo que reconocía en Fernando al anterior propietario de su abrigo recién estrenado.

Su primera reacción fue echar mano a la cintura teatralmente, gesto que detuvo en seco a Fernando. La mirada experiente del Pin, sin embargo, ya le había dado fe de que no había bultos en esa zona y el gesto de fútil amenaza fue el disparador de su carrera. El Churrinche y el Negro también comenzaron a correr y eso movió al muchachito a iniciar la huida cruzando la avenida en diagonal. Un Falcon, que venía relativamente rápido, frenó y derrapó para evitar el atropellamiento. El Pin saltó sobre el coche y desde el capot se tiró en palomita sobre el fugitivo, arañándole apenas los talones y dando con todo el cuerpo en el hormigón de la calle. La huida fue cortada sin embargo por el Negro y el Churrinche, buenos corredores, que cobrando pieza, la emprendieron a patadas con el ladrón que ya en el suelo se tapaba la cabeza y se encogía intentando protegerse del malambo que le estaban bailando en las costillas.

El Pin y Fernando no alcanzaron a sumarse, porque los tripulantes del Falcon resultaron ser agentes de la policía federal que revólver en mano detuvieron la paliza, para suerte y desgracia del paliceado. Suerte táctica, desgracia estratégica.

Todos fueron a parar a la comisaría, donde después de las declaraciones, careos, etc., quienes la emprendieron a golpes con el chorro, fueron los policías. La seccional tenía, como todas, un mostrador en una oficinita, que fue donde se ventiló la parte formal y un patio, como todas, donde al muchachito lo tomaron de los pelos y lo patearon hasta que quedó hecho un guiñapo, mientras Fernando, el Negro, el Pin y el Churrinche miraban desde un banco de madera.

- Loco, yo no vine a esto - decía el Negro bajito, mientras el Pin, para no mirar bajaba la cabeza.

- ¡Paren!- gritó Fernando mientras se ponía de pie. - ¡Retiro los cargos! - resonó su voz.

- No te hagas el pelotudo pibe, que encima te la vas a ligar vos - contestó amenazador uno de los milicos de particular. - A estos hay que darles así para que larguen prenda, gil. -¿Querés recuperar las pilchas y la guita o no? El milico, de lentes negros a pesar de la semipenumbra reinante, se acercó a Fernando . - Y no te trabajés un alma sensible que si no se lo sacamos lo revientan ustedes - cerró, mientras otro le echaba un balde de agua fría al cuerpito arrollado en el piso.

- ¿Podemos irnos?- preguntó Fernando.

El tira miró al oficial, que asintió.

- ¿Dejaste tus datos? Por si aparece algo ¿viste?- aconsejó el milico sonriente, mientras comenzaba el ablande otra vez.

Volvieron los cuatro caminando despacio, las manos en los bolsillos, sin hablar. En la pensión, prepararon un mate y se pusieron a compartir el silencio. Cuatro vueltas dieron ánimo al Churrinche para decir: - No teníamos por qué saber que iba a caer la cana.

- Lo que no se puede - contestó Fernando - es arreglar las cosas de esta manera. Lo que dijo el milico es cierto. Si ellos no aparecen lo matamos.

- No seas boludo. Ese gurí no largó prenda por que estaba en la cana. Y el que bate a la cana es boleta cuando vuelve al barrio. Pero con nosotros no se iba a aguantar. Una piñas más y largaba todo.

- No sé loco - terció el Negro. - Esta gente tiene una especie de código de honor muy rígido. Acordate lo que era la pesada allá en Las Piedras o en el Borro, que vos también viviste allá ¿no?.

- Cierto - dijo el Churrinche meditabundo. - ¡Qué código ni qué código! - refunfuñó Fernando.

- ¡Pero sí vo!, mirá que sí. Tienen como una lealtad entre ellos. Salvo alguno medio cagón, no se baten. A nadie. Y mucho menos a la cana.

- Hay que verlo desde otro punto de vista - dijo Fernando - son marginales, desclasados, no tienen ideología. ¿Cómo van a tener un código ético reconocible?

El Negro lo miró con una mezcla de condescendencia e impaciencia.

- No me vengas con palabritas difíciles. Vos nunca estuviste en la mala, ni afanaste a nadie, ni te volteaste un puto por guita, ni viviste de una mina. No sabés un carajo de la yeca. Acá te aguantamos porque sos un buen botija, pero no nos vengas a dar la lata con tus discursitos ¿ta?. Guardalos para la universidad, que ahí todos se hacen el bocho con que saben, porque hablan complicado.

- No son discursitos... - empezó Fernando cuando el Garrón entró con un ¿y? pintado en las cejas.

El relato le produjo el mismo efecto que a todos.

Se rascó la cabeza, suspiró - ¡Vengan!- dijo.

Se miraron. - ¿Otra vez?- preguntó Fernando.

Ya estaba claro y la luz se metió por la puerta abierta.

- ¡Vengan! - insistió el Garrón. Les cuento por el camino.

Los cuatro salieron tras él, curiosos y deslumbrados por el contraste del sol matinal con la lóbrega pieza.

- El Canuto es un loco que acaba de salir de la gayola - explicaba el Garrón. - Estuvo como diez años, porque mató a otro loco por un partido de truco.

- ¡Qué animal! - afirmó el Negro en el hueco sonoro.

- Al compañero - aclaró el Garrón. - Parece que cantó una flor mal y éste le reventó un sifón de soda en la cabeza.

- ¿Y? - preguntó el Churrinche.

- Nada, diez años a la sombra y salió por atenuantes y buen comportamiento etcétera.

- No, no, no - el Churrinche meneó la cabeza. - El 'y' iba por que no veo a qué viene toda esta historia.

- Viene a que el loco éste está en todo el mojo del bajo, conoce a todo el mundo y capaz que nos puede ayudar a encontrar las cosas.

El encuentro con el Canuto fue en el lavadero de colectivos donde él y el Garrón trabajaban en turnos sucesivos.

El Garrón lo llevó a un aparte y conversó con él, señalando a Fernando ocasionalmente.

El Canuto, era bajito, fuerte, aindiado en sus rasgos, con un bigotazo mejicano que le daba algo de torvo a su aspecto que, de otro modo, sería casi inofensivo. El Garrón volvió con un - dice que no hay problema, que lo vengamos a buscar a la salida.

La barra aprovechó para desayunarse las masitas que habían sobrevivido al afano, acompañándolas de unos mates con yerba brasilera que puntualmente recibían desde Uruguay todos los meses.

Cuando lo fueron a buscar, el Canuto, después de sacarse la ropa de trabajo, se paró delante de Fernando y a quemarropa le dijo: - vos sos un gil, pero algún día vas a aprender. Nunca, nunca, ¿me oís bien?, nunca, vayas a la cana. Y si te agarran, no batás a nadie. Les decís que era una pelea por cuestiones de minas o algo así. No mandés al frente a nadie. ¿Entendiste?.

Fernando con cara de susto, asintió. Se tomaron el 97 y bajaron cerca de una villa miseria.

- Esta es nueva - dijo el Churrinche.

- ¿Lo qué?- preguntó el Nando.

- La villa. Cuando llegamos hace 1 año no estaba. Es impresionante cómo surgen de la nada. Un día pasás y no están y al día siguiente la gente anda por ahí como si de toda la vida.

El Canuto lideraba el grupo con seguridad entre las calles mugrientas, con las marcas de las ruedas de los carros en el barro seco, seguro lodazal infamante con cuanta lluvia cayera.

Observados con atención disimulada por los habitantes, recorrieron tres cuadras, hasta llegar a la puerta de un ranchito de lata indistinguible de los otros.

El Canuto golpeó y esperó. Desde dentro una voz de mujer inquirió identidad, que el Canuto satisfizo. Abrió un hombre, mayor, de unos sesenta años, en camiseta, pantalón raído y alpargatas bigotudas. Miró por encima del hombro de el Canuto, se chupó los bigotes, profusos, amarillos de nicotina y sin invitarlo a pasar, fraseó algo inaudible para los uruguayos.

Del silencioso intercambio, emanaba, a pesar de ser muy quedo, una sensación de violencia, de discusión a gritos, que mantuvo tensos a los espectadores. Por fin, el Canuto pareció obtener lo que quería. El veterano señaló con las cejas un ranchito a cincuenta metros de donde estaban y se metió al propio sin más.

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