Los mayos en el Río de la Plata

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COMO DICE EL HIMNO ORIENTAL: SABREMOS CUMPLIR
Un día cercano al de hoy, pero de 1811, el 18 de mayo, el jefe de los orientales, José Artigas, derrotaba a los españoles en la batalla de las Piedras, del otro lado del charco, en una astuta estrategia militar. No menos fue su decisión política de devolver al capitán español su espada, que le daba rango y autoridad, diciéndole, dicen, al mismo tiempo: “clemencia para los vencidos”.

Después lo esperaría el Éxodo del pueblo oriental, el primero, en el campamento del Ayuí en suelo de Entre Ríos y después el exilio definitivo en el Paraguay. En Salto, Uruguay, cerca de la represa argentino-uruguaya de Salto Grande hay un monumento que recuerda el primer éxodo del pueblo oriental. Está al final de la costanera de Salto. Se inauguró recién el año pasado, el 2019.

Un día cercano al de hoy, también, pero de 1976, un 18 de mayo, en Buenos Aires, en lo que fue de alguna forma el segundo éxodo de los orientales, mezcla de exilio económico y político, fueron secuestrados en Buenos Aires, el Senador Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, Presidente de la Cámara de Diputados del país hermano. y asesinados el 20 de mayo. Sus cuerpos aparecieron junto a dos uruguayos luchadores sociales: Rosario Barredo y William Whitelow.

En ese entonces había muchos orientales que habían cruzado el Río de la Plata en resguardo de su integridad física por causa de sus ideas políticas, entre ellos estaban Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y Wilson Ferreira Aldunate. Este último en aquella madrugada del 18 de mayo de 1976 fue avisado a tiempo de los procedimientos que se llevaban a cabo contra Michelini y Gutiérrez Ruiz y pudo escapar y exiliarse en otro país.

Esa época fue todo un período de supresión de las formas tradicionales e institucionales de hacer política. Fueron los años posteriores al Mayo francés de 1968.

El caso de los uruguayos desaparecidos en la Argentina no es un hecho común. Los que desaparecieron habitaban suelo argentino en calidad de refugiados políticos.

El gobierno de facto los había condenado o a una cárcel o a un destierro. No tuvieron alternativa. Optaron por vivir en una sociedad parecida a la suya, con una historia común, con un lenguaje común, con costumbres parecidas como el mate y el tango.

Pero en Argentina, o mejor dicho el terrorismo de estado de la época de la dictadura, al igual que en la dictadura uruguaya, no se supo cumplir con los convenios internacionales y violamos la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre y la Convención de Ginebra de 1951 sobre el refugiado político. Pero hay algo que agrava la situación de violación de derechos humanos y es la impunidad con que han obrado los servicios de la represión de la dictadura uruguaya en nuestra tierra. Han venido a delinquir y actuaron impunemente.

Vale la pena recordar también que, como establece la Convención contra la Desaparición Forzada de Personas (OEA, 1994) ratificada por el Estado uruguayo en 1995, el delito de la desaparición forzada tiene un carácter permanente “mientras no se establezca el destino o paradero de la víctima”.

En Uruguay ha crecido la conciencia y el consenso de la opinión pública sobre la necesidad de que se dé una respuesta sobre el destino de los detenidos-desaparecidos. Sectores de todos los partidos políticos, instituciones sociales, culturales y religiosas de la sociedad civil se han sumado a este reclamo que tiene indiscutibles dimensiones éticas, políticas e históricas. La muestra más clara y visualizable son las Marchas de Silencio que se realizan todos los 20 de mayo de cada año por las calles y avenidas montevideanas.

Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz representan a todas las víctimas de la dictadura. Pero simbolizan, además, el reclamo de verdad. Una verdad sin la cual este país dejaría de ser el que fue hasta que los mataron.

-Cuál verdad es la que se está buscando? Preguntaba un periodista en mayo del 2001

-La verdad histórica, ni más ni menos. Saber cómo fue posible que una dictadura se encarnizara contra un pueblo totalmente desarmado; por qué se practicó una sistemática represión desde el Estado?.

El hecho de que se cumplan 25 años del asesinato de Zelmar y el Toba es algo que conmueve a todos. Muchísimas cosas han pasado en lo político, menos la verdad sobre lo que ha ocurrido en los tiempos de la dictadura. Eso creo que es lo que a la gente hoy más le duele; le duele que pasen los años, los discursos, y sobre este tema no se avance nada. Pese a todo hay pruebas de que la necesidad de verdad perdura, de que se abre camino pase lo que pase. Yo no aspiro a una verdad filosófica, sino a confesiones que apunten a cosas concretas. Que nos digan el porqué de las muertes y qué pasó con los desaparecidos. Que nos digan por qué detrás de un niño encontrado no aparecen los padres, vivos o muertos. A quienes reclamamos esto nos hacen aparecer como victimarios en lugar de víctimas, pero la gente sabe de sobra que no nos anima la venganza sino evitar que los mismos males se repitan en el futuro.

Todo lo dicho implica una clara denuncia de intervención en un país extranjero a la vez que una violación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre , de la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre y de la Convención de Ginebra de 1951 sobre el refugiado político».

Una vez más la impunidad es el problema. Parece como si los estados no quisieran entender que la justicia no es un mito. Que la verdad histórica no se puede ocultar. Antes o después los pueblos desean y exigen conocer su historia y, en ese momento, son necesario figuras como el Emilio Zola del Caso Dreyfus y su famoso «Yo acuso».

Cabría recordar entonces parte del ideario artiguista. Permítanme recordarles que en Abril de 1813 – Artigas propone en el CONGRESO de TRES CRUCES para el reconocimiento de la Asamblea de las Provincias del Río de la Plata, las famosas INSTRUCCIONES DEL AÑO XIII para que los diputados orientales las lleven. Allí se plantea:

a) independencia absoluta

b) un gobierno republicano y federal y una confederación de provincias

c) libertad civil y religiosa en toda su extención imaginable

d) igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y pueblos

e) instauración de los tres poderes del Estado con independencia entre sí

f) trabas constitucionales para prevenir y combatir el despotismo militar

También dijo Artigas:

«No conseguiremos jamás el progreso de nuestra felicidad si la maldad se perpetúa al abrigo de la inocencia. Llegado es el tiempo en que triunfe la virtud y que los perversos no se confundan con los buenos»

La frase que abre esta reflexión (dicha al Cabildo de Montevideo, el 18 de Noviembre de 1815), tiene la virtud de permitirnos centrar en sus justos términos el complejo tema de las consecuencias éticas que la impunidad tiene en la vida de un pueblo.

La condición de los desaparecidos es un caso extremo de «alteridad» ética: la sociedad les quita toda cualidad humana. ¡Se les niega su condición humana! Se procura suprimirles el último lazo que tenían con la sociedad: se les niega hasta el derecho de estar en un lugar y una fecha determinadas. Sus familiares son forzados a vivir en una penumbra habitada de dudas y fantasías. Se les mantiene en un estado de crueldad y tortura permanente. Es un caso extremo de maldad (que va más allá de lo imaginable en la situación de los niños desaparecidos) puesto que para los familiares es una angustia suspendida en el tiempo, no pueden ni saben si están vivos o muertos, y en este último caso, no pueden ni enterrar a sus muertos que no están y, por lo tanto, tampoco pueden elaborar el proceso de duelo

Para tener una idea cabal de esta situación basta pensar que no es equiparable a la de una tumba del «soldado desconocido», que ayuda a canalizar el dolor de tantos familiares, desde el momento en que allí yacen restos reales de un soldado que pueden ser los de su familiar. No hay tumba posible del «desaparecido desconocido». No dudamos que esta llaga abierta, esta penumbra en el alma respecto de la situación de los desaparecidos, trasciende la situación de los familiares directos y afecta a toda la sociedad.

Triste es tener que conservar para siempre en la memoria colectiva el hecho fatal de que por la impunidad impuesta nos hemos convertido en un pueblo pusilánime, doblegado por abyectas amenazas de algunos delincuentes que obligan a olvidar y a dejar impunes sus crímenes. Es insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y con la dignidad perdida. La paz verdadera siempre es fruto de la justicia restablecida.

El mero transcurso del tiempo nunca es suficiente para sanar a una sociedad de la infección que padece por la impunidad. El problema queda enquistado en la conciencia nacional mientras no se le dé el remedio adecuado. Aún más, esa enfermedad permanecerá y será alimentada por el mismo transcurso del tiempo indefectiblemente.

Cerrar heridas y reconciliarse no es olvidar. El olvido es signo de debilidad y es miedo al futuro. Quienes pretenden tender un «manto de olvido» sobre los crímenes aberrantes que se han cometido buscan impedir, en los hechos, toda reconciliación. Los crímenes sucedieron; mientras están impunes afectan la conciencia o la inconsciencia colectiva nacional. La historia se hace con lo que el pueblo conserva en su memoria. Tendrá que conservar el hecho inocultable de los crímenes. Pero no le sumemos a esa memoria la impunidad, sino la capacidad de perdón y reconciliación. La investigación de los crímenes siempre procura colaborar en la creación de las condiciones éticas para una reconciliación.

Sin tocar por medio de algún tipo de reconciliación esa herida purulenta que viene del pasado, es imposible pretender consolidar el Estado de Derecho. Porque la consolidación institucional y democrática pasa por restablecer la actitud ética en todos sus niveles y en todas sus instituciones.

Muy a menudo se argumenta que hurgar en acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas. Nosotros nos preguntamos por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación, que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido.

Hay mojones en el camino.

En Buenos Aires, en la Plaza Artigas, en Tagle y Av. Libertador, hay una placa que recuerda que hubo otra diáspora generalizada de nuestros hermanos uruguayos y que hubo algunos que no pudieron volver a su tierra, como tantos otros, luego de la vuelta a la democracia en 1985. Ella dice:

“A la memoria de los uruguayos desaparecidos y asesinados en la Argentina por motivos políticos, en el 25º aniversario del secuestro y posterior muerte de los legisladores orientales Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz”

Gobierno y Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

18 de mayo de 2001

En los últimos años, todos los 20 de mayo, durante varios lustros, se han realizado anualmente actos realizados en la acera del Hotel Liberty, para denunciar todos los hechos de violaciones a los Derechos Humanos.

Existió en la Argentina, desde 1999, una Comisión de Derechos Humanos, que generalmente organizaba y/o coordinaba los actos allí realizados, como la colocación de la baldosa original en memoria del secuestro de esos días de 1976, y su reposición. A esos actos concurrían Organismos de Derechos Humanos Argentinos, Madres y Abuelas, etc. algunos familiares y personalidades políticas uruguayas y argentinas, como así también los Embajadores uruguayos de turno en la Argentina. A esa concurrencias, que fueron mutitudinarias, no queremos nombrarlas taxativamente, pues seguro cometeríamos omisiones insalvables. Pero sí la completaban uruguayos y uruguayas anónimos comprometidos con la denuncia de las violaciones a los Derechos Humanos que vivimos en la Argentina.

Es nuestra voluntad que en nuestras tierras impere la justicia. Las tareas del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) han permitido acercar la verdad a través de la identificación de uruguayos enterrados anónimamente en destacamentos militares del Ejército uruguayo. Entre otros, pero, ese pero que siempre existe, aún no han aparecido los autores materiales e intelectuales de esos crímenes, ni tampoco hay muchos identificados más. Hay algunos juicios, pocos, muy pocos en relación a la Argentina, por ejemplo.

Por Fabián Muñoz Rojo

 

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