La Guerra Civil Española (1936-1939) fue el terrible preámbulo de la mayor catástrofe del siglo XX – la Segunda Guerra Mundial – y dejó huellas duraderas que España no ha podido restañar en los noventa años transcurridos desde el levantamiento militar del 18 de julio de 1936.
Los tres pilares de la rebelión contra la Segunda República fueron los movimientos políticos de ultraderecha (monárquicos, carlistas, falangistas y fascistas varios), buena parte de los mandos militares y la abrumadora mayoría de las altas jerarquías de la Iglesia Católica.
La dictadura terrorista encabezada por Francisco Franco se extendió despiadadamente hasta su muerte, en 1975. Las claves fueron una represión feroz y una censura implacable que marcó la vida de dos generaciones de españoles y que, en cierta forma, sigue haciéndolo hoy después de más de otros 40 años de democracia bajo la fachada decadente de una monarquía renqueante y de nostálgicos fascistas.
El nivel de represión y censura de “los años de plomo” debe ser recordado porque, como decía el marqués de Santillana hace 600 años, “de aquellos polvos vienen estos lodos”. Barro que fluye no sólo en las acciones de Núñez Feijóo, Abascal, Díaz Ayuso y otros especímenes sino en los operadores fascistas de exportación que han proyectado hacia las Américas.
EL REINO DEL ODIO
Rafael Torres, en su libro ’La vida amorosa en tiempos de Franco’ (1996), dice que los tiempos de la dictadura fueron largos, inacabables. Al principio – hasta que llegó el presidente estadounidense Eisenhower para abrazar a Franco en 1959 y la llegada masiva de turistas que aportaron las divisas que el régimen necesitaba desesperadamente – la represión fue implacable para eliminar cualquier recuerdo de la vida, los hábitos y las ideas de la derrotada República.
Desde 1936/37 se abolió el matrimonio civil y desde luego el divorcio, se liquidó la educación mixta y en general se aplicaron mil procedimientos para ahondar al máximo el abismo entre hombres y mujeres “ protagonistas indispensables del amor, para que se desconocieran, para que desarrollaran lenguajes e imaginarios diferentes”, para que aceptaran el matrimonio como un imperativo inevitable con fines exclusivamente reproductivos. “Y todo esto – dice Torres – envuelto en el sórdido paisaje del hambre, de los muertos recientes, de las cárceles llenas, de los fusilamientos, de la tuberculosis, del estraperlo (el mercado negro), del frío macerando los sabañones de las manos y del corazón”.
El régimen arrasó la vida cotidiana de España. Se adoptaron medidas de vestimenta ridículas, se alargaron las polleras y las mangas, se anularon los matrimonios celebrados celebrados en la zona leal durante la guerra y asimismo se anularon todas las inscripciones en el Registro Civil que se hubieran efectuado en catalán, en vasco, en gallego, en valenciano. La enseñanza de la sexualidad fue abolida y la de la anatomía humana rigurosamente velada. En las escuelas y colegios se obligó a los padres a cambiar el nombre de sus hijas e hijos. El clero y los censores eran los encargados de la formación de los españoles y ejercieron esa función con saña fanática.
Naturalmente, la sociedad española se fue librando poco a poco del yugo de la moral más reaccionaria aunque los tiempos del odio siguieron imperando hasta después de la muerte de Franco, en 1975. No es el objetivo detallar el proceso que sufrió España bajo el fascismo nacionalcatólico.
Fue muy malo que dos o tres generaciones se criaran en ese ambiente cerrado, represivo e inclinado a la lujuria, que aborrecía a la naturaleza, pero la huella que dejaron debe ser recordada, porque sus efectos patógenos desde el punto de vista psicológico, sociológico y político se perciben hoy.
Esta rememoración es importante por estas latitudes donde el franquismo tuvo tantos admiradores entre las derechas vernáculas (a
decir verdad más adeptos y más duraderos de los que tuvo el nazismo) con el concepto de “madre patria”, el “hispanismo” y “la conquista”.
Después de 1945 y aún durante la Guerra Fría era mal visto ser pro nazi pero en cambio el Caudillo siguió funcionando como espantajo anticomunista por treinta años más con la bendición del imperialismo estadounidense. Como puede verse ahora, provocadoras como la madrileña Díaz Ayuso se atreve a ir a México para reivindicar a Hernán Cortés.
LA CENSURA PERMANENTE
En 1964, cuando un cuarto de siglo había transcurrido desde el fin de la Guerra Civil, el obispo de Bilbao, Pablo Gúrpide (1898-1968) encendido por la proyección de una película de Antonioni que había escapado a una prohibición total por los censores, reclamaba “un bisturí potente” para sajar el tumor canceroso de la inmoralidad en el cine. Los cardenales usaban el bisturí a través de la Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad.
En setiembre de 1939, el obispo de Pamplona había dicho que “los cines son los grandes destructores de la virilidad moral de los pueblos y no dudamos que sería un gran bien para la humanidad que se incendiaran todos los de la Tierra”.
“En el cine se estaba caliente – dice Torres – la gente se refugiaba en él del frío mineral de la posguerra, los novios se buscaban en las profundidades de las últimas filas, en pantalla se reproducían mundos exóticos y tranquilos o ideales” y los obispos los odiaban, como también odiaban los bailes.
Jesús Enciso Viana (1906-1964), que llegó a ser obispo de Mallorca era uno de los más truculentos promotores de la proscripción del cine, el baile, la playa, el teatro y cualquier expansión que incluyera algún tipo de roce, de tocamiento, que inmediatamente se condenaba como “desorden”. “La experiencia que me da el ejercicio del ministerio sacerdotal – decía Enciso – me ha convencido que ninguna persona que
frecuente los bailes puede ser pura y que es muy difícil participar en un baile y no pecar”.
Por su parte, el propagandista jesuita Valentín Incio García, se concentraba en “los tocamientos” y decía: “según el juicio de los más afamados médicos, las perturbaciones cardíacas, la debilidad espinal, la enteritis crónica, etc. y de modo especial la sífilis, son
extraordinariamente triste herencia del pecado deshonesto”.
Lo que enloquecía a los obispos era el verano porque la playa era ideal para todas las aberraciones. La policía era el brazo secular que debía encargarse de reprimir sobre el terreno. En 1944, la Dirección General de Seguridad emitió una circular “En defensa de la moralidad pública” que advertía: “La llegada de la estación estival, que permite o hace posible una mayor frecuencia de la vida al aire libre, viene poniendo de manifiesto (…) unas veces, plebeyos desaliños de indumentaria con el pretexto de la elevada temperatura; otras, soeces manifestaciones de ruidosa alegría, y otras, en fin, indecorosas actitudes por las que las personas de ambos sexos pretenden demostrar, inelegantemente su mutuo afecto, y en evitación de que persistan estas licenciosas conductas se han dado órdenes severas a los agentes de la autoridad para que sean corregidas en el acto”.
Todavía en 1958, la citada Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad definía como peligro grave que los novios pasearan tomados del brazo. La Comisión prohibió los bailes en pareja, el largo de las polleras y las mangas, los escotes y casi todo era contrario a la decencia cristiana.
En 1956, los obispos hicieron que se decretara el cierre de los burdeles y se prohibió el ejercicio de la prostitución pero esto produjo un fenómeno incontrolable con la proliferación de proxenetas de todo tipo y una explosión de prostitución clandestina y de enfermedades de trasmisión sexual (especialmente sífilis y blenorragias) dado que se eliminó la revisión médica periódica de las prostitutas.
Miguel Gila (1919-2001) el gran humorista y dibujante español, recorrió España en la década de los 50 con su compañía de teatro y dijo que los
censores, presentes en todos lados, tenían cada uno su criterio personal de la moral. “No se porqué extraña deformación sexual – dijo Gila – para todos había una obsesión común: había que taparles los glúteos y los senos a las chicas del ballet”, de modo que la sastra de la compañía debía llevar cantidad de rollos de tela para agregar los centímetros que el censor creyera suficiente para no caer en inmoralidad. Al llegar a Tánger – agregó – “cuando me disponía a presentar el pasaporte, me llamó la atención que había dos ventanillas, una normal y la otra que tenía un rótulo que decía ‘Artistas y prostitutas’. Por esa ventanilla, bajo aquel cartel vergonzante, tuvieron que pasar las chicas que trabajaban en la compañía”.
Los centinelas de la moral estaban convencidos de que los estragos del liberalismo habían penetrado muy hondo en las conciencias y de que el pueblo español era salvaje, proclive a las “soeces manifestaciones de ruidosa alegría” y que “bajo la pátina de sumisión a la Iglesia latía en el pueblo llano la pulsión animista y pagana” por lo que apelaron a los misioneros. Estos se paseaban, día y noche, por las calles de pueblos y ciudades con megáfonos y salmodiaban a voz en cuello consignas como:
El demonio a la oreja
te está diciendo
deja misa y rosario
y sigue durmiendo.
O también: Pecador, no te acuestes
nunca en pecado,
no sea que despiertes
ya condenado.
Naturalmente había una moral para los pobres y otra para los ricos. Las parejas pobres que se atrevían a besarse o acariciarse en la calle estaban expuestas a multas, a terminar en la comisaría, a que sus nombres se escracharan en los diarios. Pero Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete (1917-1947), el torero del franquismo, se exponía con la vedette Lupe Sino, le ponía apartamento en Madrid y
viajó con ella a México, en 1945, sin que nadie se atreviera a decir nada.
En 1970, en épocas de tardo franquismo, el jesuita Aparicio Pellín, que había escrito un opúsculo titulado ‘Problemas de la juventud’ decía “si por cada pecado mortal que en los baños de mar se comete, en la orilla se irguiera una negra cruz, más numerosas serían las cruces que las arenas de la playa”.
El cine estaba muy vigilado. Durante muchos años hombres y mujeres debían sentarse separados, a lado y lado, y después entre el público general había vigilantes que podían encender las luces y sacar a los infractores de la sala si había acercamientos y arrumacos sospechosos entre parejas. En los primeros años de la dictadura los asistentes debían ponerse de pie y hacer el saludo fascista para cantar ‘Cara al sol’.
Célebre fue el caso del cura párroco de Boadilla del Monte (un pueblo cercano a Madrid). El padre Hilario era el dueño del cine local y apostado en la cabina de proyección, cuando veía una escena que le parecía pecaminosa o alguna chica bonita manipulaba el objetivo y borroneaba la imagen. Esto lo hizo hasta bien entrada la década de los 60.
La censura cinematográfica estaba precisamente establecida. En 1963, por ejemplo, se señalaba que se prohibía la justificación del divorcio, el adulterio y todo lo que atentara contra el matrimonio y la familia; se prohibían las imágenes y escenas que pudieran provocar bajas pasiones “y las alusiones hechas de tal forma que resulten más sugerentes que la presentación del hecho mismo”; se prohibía todo lo que de alguna manera atentare contra la Iglesia Católica, su dogma, su moral y su culto; se prohibía la acumulación de escenas o planos que, aunque no tuvieran gravedad en sí mismos, pudieran crear por reiteración un clima lascivo, brutal, grosero o morboso.
La censura abarcaba a todo, incluso a los extranjeros que habían apoyado la causa de la República. El 2 de abril de 1940 la Jefatura de
Prensa del régimen prohibió citar en los anuncios, en el reparto de las películas y en las críticas de prensa, los nombres de los profesionales desafectos (entre algunos de los extranjeros figuraba Charles Chaplin, Upton Sinclair, James Cagney, Bette Davis, Douglas Fairbanks, Joan
Crawford y Bing Crosby). Esto obligaba a hacer piruetas. Por ejemplo, el actor James Cagney que estuvo prohibido en España hasta 1943, después no podía ser nombrado y se debía denominarlo como “el formidable actor de ‘Contra el imperio del crimen”.
Esto produjo un fenómeno en la comunicación en España que estuvo “plenamente vigente hasta los últimos estertores del franquismo: la de no llamar nunca a las cosas por su nombre”. Las pasiones, los sentimientos, todo lo relativo al deseo, a la sexualidad y al amor humano debía omitirse o tratarse en forma elíptica o retorcida.
Todo esto se reforzaba con el doblaje de las películas (que en manos de los españoles sigue siendo horrible aún hoy en día) y daba resultados increíbles. Por ejemplo en Mogambo (1953), película dirigida por John Ford con un elenco estelar, Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly, el matrimonio que formaba esta última con Donald Sinden se convirtió, por manipulación del doblaje, en una pareja de hermanos lo que hizo que la jungla fuera escenario de un tórrido incesto.
Además, los tijeretazos de la censura solían despertar fantasías más calenturientas de lo que en el filme se planteaba. Este fue el caso de ‘Gilda’ (1946), la famosa película dirigida por Charles Vidor, con la actuación de Rita Hayworth y Glenn Ford. Gilda interpreta la canción ‘Put the blame on me’ y se quita sensualmente un guante; esta escena causó sensación en su momento y motivó que el filme fuese prohibido en varios países, entre ellos España. En este caso la fantasía de los españoles se desbocó y todo el mundo creía que los censores la habían prohibido porque después del guante la Hayworth se quitaba toda la ropa hasta quedar totalmente desnuda.
TERRORISMO MORAL CONTRA MUJERES Y HOMBRES
En los años cuarenta, la situación de la mujer era descrita por el corresponsal en Madrid del New York Post de la siguiente manera: “La posición de la mujer española está hoy como en la Edad Media. Franco le arrebató los derechos civiles y la mujer no puede poseer propiedades, ni incluso, cuando muere el marido, heredarle, ya que la herencia pasa a los hijos varones o al pariente varón más próximo. No puede frecuentar los sitios públicos en compañía de un hombre si no es su marido, y después, cuando está casada, el marido la saca raramente del hogar. Tampoco puede tener empleos públicos (…)”.
“La mujer española se había quedado peor que desnuda – dice Rafael Torres – cubierta con los harapos que un régimen político y una doctrina moral habían seleccionado para ella, y cuyos colores no eran otros que los de la sumisión, la inanidad, la obediencia, la pasividad, la entrega permanente, el silencio. Daba miedo: la mujer vestida de sí misma, con sus piernas, sus senos, sus sobacos, sus espaldas y su conciencia daba pánico, y la represión para con ella no cejó hasta que la mujer española tornó a ser, siquiera en obligada apariencia, una muñeca feble, ñoña, ultracoqueta e infatigable paridora. Daba miedo, y más a los curas y los militares, que eran los que mandaban, la mujer con criterio y sensualidad, de modo que se fomentó su pasividad erótica, su aversión al sexo (algo no muy difícil de lograr en un país de tan deficientes amadores masculinos), su indiferencia por la política y su desdén por los asuntos del mundo. Lo dicho: su muñequización”.
El cardenal Isidro Gomá y Tomás (1869-1940), arzobispo de Toledo y Primado de España, fue le jefe fanático de la iglesia católica, principal apoyo de Franco, promotor de las mayores crueldades, enemigo de la reconciliación y animador de la represión.
Se le conoció como el cardenal del Terror Blanco y es bueno recordar lo que, en ese espíritu, decía a las mujeres españolas: “Y ellas, que andan por la tierra como diosas carnales, buscando los ojos de sus adoradores, no piensan que, dentro de poco, aquella figura tan alabada, tan adorada por los hombres sensuales, será un montón de corrompida
materia que habrá de apartarse de la vista de los hombres por hedionda, que apestará con su hedor, que no tendrá más caricias que las de los gusanos que la festejarán para devorarla”.
En general, las españolas más humildes, las pertenecientes a familias de pasado republicano y las naturales de algunas regiones (como Galicia) “quedaban un poco al resguardo de la nueva moral”. Pero las mujeres de la burguesía creada por el franquismo (con burócratas, militares, aristócratas venidos a menos, negociantes del mercado negro, jerarcas del régimen), y las de familias conservadoras y católicas, no tenían escapatoria: “las monjas se ocupaban de ellas”.
Fernando Vizcaíno Casas (1926-2003) un abogado y guionista fascista, paniaguado nostálgico del franquismo de los años 40, escribió ‘Hijas de María’ (1983) en que describe detalladamente la educación que las hermanitas daban a sus discípulas. Además de un sinfín de banalidades clasistas (la debida compostura, formas de sentarse y de colocar las piernas, supresión de estornudos y bostezos, comportamiento ante visitas, parquedad en el habla, regulación de las necesidades fisiológicas, etc.), las monjas inculcaban morbo y terror al cuerpo en forma permanente, de día y de noche.
Las cabinas de los baños no tenían pestillo. “¡A buena hora iban a poder encerrarse aquellas muchachas – dice Vizcaíno Casas – en la edad ardiente y tan proclive a las excitaciones, para facilitar con su incomunicación satánicas tentaciones y hasta quién sabe si demoníacas manipulaciones en sus jóvenes cuerpos!” Tampoco había espejos en los baños. En los recreos se prohibía a las muchachas reunirse en parejas. Eran obligadas a bañarse vestidas con gruesos camisones de algodón y a la hora de dormir tenían terminantemente prohibido desvestirse (o vestirse) sin que las demás o ellas mismas pudieran ver ni un centímetro cuadrado de piel.
Pilar Primo de Rivera (1907-1991) fundadora y líder de la Sección Femenina de Falange Española, influyente durante la dictadura franquista, era hija del dictador Miguel Primo de Rivera y hermana de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange. Así instruía a sus
correligionarias: “A las Secciones Femeninas, mientras menos se las vea y menos se las oiga, mejor. Que el contacto con la política no os vaya a meter a vosotras en intrigas y habilidades impropias de las mujeres. Nosotras atendemos a lo nuestro y dejamos a los hombres, que son los llamados para que resuelvan todas las complicaciones que lleva en sí el gobierno de la nación”.
En cuanto a los hombres, se desarrollaba un tono aconsejador, entre hombres, entre colegas, del cual es un buen ejemplo el del padre marianista Victoriano Mateo (1914-2010): “Si el andar con chicas es un juego peligroso en su vertiente sentimental, más peligroso aún es en la vertiente moral de la cuestión. Hay en este tema una imbricación sucia de tentaciones diversas, de pensamientos malos, de deseos turbios y de acciones inconfesables. Iniciar este juego equivale a sumergirse en la atmósfera de sensualidad peculiar del mundo freudiano”.
Vicente Verdú y Alejandra Ferrandiz escribieron ‘Noviazgo y matrimonio en la burguesìa española’ (1974) y diagnosticaron con precisión los efectos de la represión sobre los varones de aquellas generaciones que la sufrieron. “Este tipo de tensión masculina – entre objetivos ensalzados y medios no admisibles – le hace vivir, de hecho, en unas disposiciones muy diferentes a las de la mujer. Porque aún bajo una represión semejante o menor, el rol masculino que le toca desempeñar (macho, conquistador, acometedor, etc.) le provoca una conocida exasperación psicológica que deviene en una erogenización objetal, cuyo proceso revela una transmutación cualitativa de las relaciones”.
Así las cosas – concluye Rafael Torres – no había nada que rascar. El joven español de los cuarenta, cincuenta y sesenta estaba, en efecto, absolutamente erotizado. Y hambriento. Y la joven española, horrorizada, o cuando menos confusa, ante las acometidas impacientes del novio, que quería, como es natural, yacer con ella o siquiera meterle mano. La persuasión (rústica e insuficiente) del novio no bastaba para derribar los bastiones que curas, madres y consultores sentimentales y su propia formación monjil habían erigido contra la amenaza del rijo masculino, del barro, lo cual despertaba en la novia – según Carmen
Martín Gaite – una serie de emociones y dilemas para cuyo análisis raramente podía servirle de apoyo el mismo que los provocaba.
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