El Cerebro De Gonzalo 

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El compromiso con la vida de Gonzalo Moratorio, más allá de las lecciones ejemplares de sus actos y de los recordatorios que seguramente se establecerán, obliga a reflexionar inmediatamente sobre la mejor forma de potenciar tanto el recuerdo como su ejemplo de vida para todos nosotros. 

Para esa reflexión recurriremos a otro gran científico que, como Gonzalo, también murió joven en la cumbre de sus aportes. Me refiero a Stephen Jay Gould (1941-2002), un hombre de Harvard, biólogo, paleontólogo e historiador de la ciencia, que se prodigó en uno de sus temas predilectos: el origen, el desarrollo y el futuro de la especie humana. 

En un ensayo titulado “La postura hace al hombre”, Gould se refiere a un “sutil prejuicio” prevaleciente hasta hace poco, en el sentido de que los humanos dominamos a los demás animales por medio de nuestra 

capacidad mental (y poco más). Este supuesto sostenía que el crecimiento del cerebro de los homínidos habría sido la fuerza motriz de nuestro desarrollo como especie en todas sus etapas. 

En contra de las muchas voces que sostenían el predominio del cerebro, unos pocos científicos sostenían la preponderancia de la postura erecta. Sigmund Freud basó buena parte de su peculiar teoría acerca del origen de la civilización en eso mismo. Desde su correspondencia de la década de 1890 hasta su ensayo de 1930, “El malestar de la cultura”, Freud sostenía que la bipedestación, el caminar erguidos, había reorientado nuestras sensaciones primarias fortaleciendo la vista por sobre el olfato. Sus ideas no encontraron apoyo entre los antropólogos pero surgieron otros proponentes sobre la importancia de la posición erguida. 

Para explicar la morfología de los australopitecos – esos lejanos antecesores africanos del Homo Sapiens – y el camino que siguió la

evolución de la especie humana, hay que partir de que el cerebro no puede haber empezado a crecer en el vacío. La postura erecta al liberar las manos de su función locomotora y permitir el uso de estas para la manipulación y, por primera vez, para fabricar con facilidad herramientas y armas, habría sido el ímpetu inicial para el incremento de la inteligencia. 

“La inteligencia es, en gran medida, una respuesta al enorme potencial inherente a la disposición libre de las manos – dice Gould – para la manufactura de objetos (…). Resulta innecesario decir – agrega – que ningún antropólogo ha sido jamás tan ingenuo como para creer que la postura y el cerebro sean totalmente independientes en el aspecto evolutivo, que uno de ellos alcanzó su estatus totalmente humano antes de que el otro empezara siquiera a cambiar. Estamos enfrentándonos a un caso de interacción y mutuo reforzamiento”. 

Lo que sí es verdad, probada por la antropología, es que el cambio en la postura fue más rápido que el que se produjo en el tamaño del cerebro. La liberación completa de las manos para el uso de herramientas precedió a la mayor parte del crecimiento evolutivo del cerebro humano. 

A fines del siglo XIX se produjo un aporte fundamental en estas cuestiones. En 1876, Friedrich Engels (1820-1895), el revolucionario alemán, fundamental colaborador de Karl Marx, escribió en 1876 un ensayo titulado “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (aunque recién se publicó después de su muerte, en 1896). 

Engels mantenía un gran interés en las ciencias naturales, aunque no vivió para culminar su “dialéctica de la naturaleza” (sustentada en el materialismo dialéctico) expuso allí la forma en que el trabajo y la interacción con el medio estimularon el crecimiento del cerebro. Explicó que la capacidad de abstracción, la conciencia y el lenguaje surgieron como resultados de la relación dialéctica entre el cuerpo y el trabajo. 

Engels decía: “la mano no es tan sólo el órgano del trabajo, es también el producto del trabajo. Sólo a través del trabajo,a través de la adaptación a operaciones siempre diferentes (…) por el empleo siempre

renovado de estas mejoras heredadas en operaciones nuevas y siempre más complicadas, ha alcanzado la mano humana el elevado grado de perfección que le ha permitido crear los cuadros de Rafael, las estatuas de Thorwaldsen o la música de Paganini”. 

Y aquí viene una de las claves. Dice Gould que la importancia del ensayo de Engels no está tanto en sus conclusiones sustantivas sino en “su lacerante análisis político acerca de porqué la ciencia occidental dependía tanto de la afirmación apriorística de la supremacía del cerebro”. 

“Al aprender los humanos a dominar su entorno material – argumenta Engels – se añadieron nuevas habilidades a las de la caza primitiva, como agricultura, hilado, alfarería, navegación, artes y ciencias, leyes y política y, finalmente “el reflejo fantástico de lo humano en la mente humana: la religión”. Al irse acumulando la riqueza, pequeños grupos de hombres se adueñaron del poder obligando a otros a trabajar para ellos. El trabajo, fuente de toda riqueza e ímpetu primario de la evolución humana, asumió el mismo estatus inferior de aquellos que trabajaban para los gobernantes. Dado que éstos gobernaban por su voluntad (o sea, por hazañas de la mente) los actos del cerebro parecieron asumir una fuerza motriz propia. La profesión de la filosofía no perseguía ningún inmaculado ideal de verdad. Los filósofos dependían del estado o del patrocinio de la religión.(…) Esta tradición idealista dominó la filosofía en todo momento hasta tiempos de Darwin. Su influencia era tan sutil y omnipresente que incluso los materialistas científicos, aunque apolíticos, como Darwin, cayeron bajo su embrujo. Antes de poder cuestionar un prejuicio hay que haberlo reconocido como tal”. 

La primacía cerebral parecía algo tan obvio y normal que se aceptaba como algo natural – dice Gould – y no como un prejuicio social profundamente arraigado, relacionado con la posición de clase de los pensadores profesionales y sus patrocinadores. 

“Todo el mérito del rápido avance de la civilización le fue atribuido a la mente – escribió Engels – al desarrollo y actividad del cerebro. Los hombres se acostumbraron a explicar sus acciones a partir de sus

pensamientos, en lugar de sus necesidades (…) bajo esa influencia ideológica no reconocen el papel que en esto ha desempeñado el trabajo”. 

El agudo análisis de Engels no solamente anticipó la actual concepción de la evolución humana sino que apuntó al papel político de la ciencia, a los prejuicios sociales que afectan necesariamente a todo pensamiento y al curso de la ciencia a través de la historia. La ciencia académica clásica se vio constreñida por el ideal de la investigación “pura” que mantenía a los científicos alejados de la experimentación y de la comprobación empírica. 

Incluso hasta hace poco tiempo, los investigadores “puros” tendían a desestimar lo práctico. Si aceptamos el mensaje de Engels sobre el que nos reclama Gould, reconoceremos que la investigación “pura” era un prejuicio social y apreciaremos en toda su grandeza la actitud de Gonzalo Moratorio, un científico de la práctica, comprometido con sus congéneres, con sus necesidades reales y con la vida misma. 

En un mundo que está tambaleándose peligrosamente al borde del abismo, actitudes como las de Gonzalo son las imprescindibles.

Gonzalo Moratorio 2026

 

 

 

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