Escribo estas reflexiones desde una España empeñada en derribar a Sánchez. La operación de Marruecos, claramente apoyada por Trump y Netanyahu, de hacer estallar una crisis migratoria con la entrada de 70.000 personas en pocas horas en el pequeño enclave de Ceuta, ha creado una ola de xenofobia y de nacionalismo que ha disparado al partido de extrema derecha Vox. Es ahora muy probable que el único gobierno socialista de Europa termine su período de gobierno, durante el cual ha hecho más leyes sociales que todo el resto de Europa junto, manteniendo además una tasa de crecimiento superior a la de todos los demás.
Se trata de una derecha no tradicional, mucho más soberanista, radical, xenófoba, antifeminista y anti-LGBT, que quiere hacer de la seguridad —llevada hasta los límites de la militarización— la clave de la posesión del poder y de la desaparición de la democracia. Si el año
próximo también en Francia y en toda Alemania ganan los partidos de extrema derecha, Europa no tendrá nada que ver con aquella que nació sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial: una Europa que se basaba en la idea de la colaboración, de la integración y del repudio de los mitos del fascismo y del nazismo.
De todos modos, en este momento llega desde Alemania una señal muy grave: el triunfo, en una región, de Alternative für Deutschland, un partido aún más a la derecha que cualquier otro (con la excepción del de Vannacci en Italia), que confirma una realidad que ya no se puede ignorar. Todos los países de Europa se están desplazando hacia la derecha, destruyendo la Europa que conocemos.
Y es una situación que encuentro paralela a la de América Latina, donde el tema de la seguridad ha dado, también allí, espacio a una derecha no tradicional, radical y retrógrada, que está ya en el poder en casi todas partes, con las solas excepciones de México, Brasil y Uruguay. Y es aquí donde me encuentro reflexionando sobre qué sucedería si mi amigo Lula perdiera las elecciones. México ha hecho de la resistencia al poder de los Estados Unidos una seña de identidad, y continuaría arreglándoselas para preservar su independencia. ¿Pero qué le sucedería a Uruguay, único país que quedaría definido como progresista, en una concertación cada vez mayor de sumisión a los Estados Unidos? La presidenta de Costa Rica, el otro país que junto con Uruguay era considerado la «Suiza» de América Latina, ha anunciado que aceptará la presencia de tropas estadounidenses para combatir el narcotráfico y la criminalidad.
Conozco bien Uruguay. Mi primera visita se remonta a 1961. Después estuve allí muchísimas veces, también como director de la RAI para América Latina. He visitado varios departamentos, entre ellos esa joya desconocida en el exterior que es Colonia.
Por mi iniciativa se instaló en Montevideo el Centro Regional para América Latina de TIPS, un programa del PNUD que tenía el apoyo de la Comisión Europea y que funcionó varios años exitosamente, creando un intercambio de tecnología y know how entre África, Asia y América Latina. También coloqué en Montevideo la dirección regional de IPS, la agencia del Tercer Mundo, que logró ocupar el cuarto lugar internacional, con 80 oficinas y casi 400 periodistas.
Creo haber aportado durante la dictadura uruguaya, incorporando a muchos periodistas en el exilio, incluso en cargos gerenciales muy importantes, como el de director de la red de corresponsales, que fue también jefe de redacción internacional.
Hice mi aporte a la formación de la única agencia de noticias de exiliados, con la fundación de PRESSUR, que funcionó en Roma y con sucursales en decenas de países. Esta agencia estaba formada por representantes de todos los partidos, aunque fueron algunos del Partido Comunista quienes asumieron voluntariamente las tareas más comprometedoras.
En ese marco es que conocí a dos dirigentes del Partido Comunista de Uruguay, Rodney Arismendi y Enrique Rodríguez, con los que establecí una sólida y profunda amistad.
A pesar de que no conozco en detalle la situación política de Uruguay, la sigo a través de la prensa internacional e incluso nacional, y de las conversaciones con varios amigos muy queridos.
Por encima del conocimiento, le tengo un gran afecto a Uruguay, y me preocupa su situación en una geopolítica sin precedentes. Y me considero con derecho —o mejor dicho, con la obligación— de opinar sobre aspectos internos de ese país, en particular cuando veo con gran preocupación el proceso político que vive. Ante la ofensiva norteamericana, Uruguay y el Brasil de mi amigo Lula son los únicos países que no han abandonado el integracionismo y la multilateralidad en las relaciones exteriores, y en el plano interno un proceso progresista que es mirado con atención en todo el mundo.
Para mantener ese proceso en marcha, no me queda ninguna duda de que el Frente Amplio —un frente que no existe en ningún otro país sobre la tierra, que logra seguir gobernando Montevideo ininterrumpidamente desde 1990 y que volvió al gobierno después de tres períodos consecutivos, quince años, y de cinco años de gobierno de los dos grandes partidos tradicionales de centro-derecha— tiene que reflexionar sobre su fortalecimiento.
El Frente Amplio es una realidad que fue una obra de ingeniería política admirable y que ni siquiera diez años de dictadura lograron destruir.
La derechización creciente y la prepotencia de Trump me obligan a ser muy activo, escribiendo libros y artículos que se publican en diversos medios del mundo. Haber viajado a 120 países, haber trabajado en muchos de ellos, haber creado asociaciones internacionales y haber trabajado en varias agencias de las Naciones Unidas me dan una mirada de largo plazo, que le debo a tanta gente y a tantos acontecimientos que he vivido. Y en esta batalla que doy diariamente, voy a dar todo mi apoyo a Uruguay, un país de un civismo y una tolerancia poco comunes, que tiene el raro privilegio en América Latina de contar en su Parlamento con todas las posiciones democráticas. Y esto, de por sí, es hoy un anatema.
Mirando a los integrantes del Frente Amplio, hay un partido que se puede actualizar y volver a jugar un papel dinámico: el Partido Comunista. Me permito señalar que tuvo un papel fundamental en el proceso de salida de la dictadura y en la solidez democrática al iniciarse los nuevos gobiernos electos por la ciudadanía. Fue el único que logró aumentar significativamente el nivel de sus votos en las segundas elecciones después de la caída de la dictadura, cuando ya había caído el Muro de Berlín.
Con la capacidad creadora de las fuerzas progresistas, el camino de lo diferente, de lo único, no sería en absoluto imposible. Me refiero a la reunificación del Partido Comunista, creando formas nuevas y audaces. Obviamente, se trata de abandonar claramente la fracasada experiencia del estalinismo burocrático y antidemocrático, rescatando las grandes contribuciones de Antonio Gramsci y también de Rosa Luxemburgo, dos dirigentes políticos de izquierda extremadamente creativos tanto desde el punto de vista político como ideológico.
Es algo curioso que yo, que he sido colaborador de Aldo Moro, haga llamados para que el Partido Comunista uruguayo se actualice y pase a ser una fuerza de estabilidad en la izquierda uruguaya, frente al cuadro regional que se está formando. Pero Uruguay necesita todas sus fuerzas antes de elegir el camino que ciertamente se irá formando por su propia singularidad. Y Aldo Moro estaba convencido de que Berlinguer, el secretario del PC italiano, estaba abriendo un camino fundamental para la democracia italiana. No es casual que su asesinato, fruto de una intervención extranjera que utilizó cuadros italianos, haya interrumpido un camino de gran perspectiva para una democracia progresista, en Italia y fuera de ella.
En pocas palabras, me llama profundamente la atención que la extrema derecha, en su camino al poder, vaya recuperando símbolos y prácticas del período fascista y nazista, y que la izquierda no busque recuperar un espacio político que ha movilizado a millones de personas en todo el mundo.
Roberto Savio
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.
Otros artículos del mismo autor: