El resistible ascenso de la ultraderecha

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  En 1941, cuando Bertolt Brecht se encontraba en Finlandia, esperando una visa para desplazarse a Estados Unidos, escribió “El resistible ascenso de Arturo Ui” (Der aufhaltsame Aufstig des Arturo Ui). En clave satírica (como lo había hecho Chaplin con su película El Gran Dictador, en 1940) Brecht refería, especialmente para el público estadounidense, el proceso de ascenso de Adolf Hitler al poder en Alemania. Aunque Arturo Ui era un mafioso estadounidense ficticio, sus personajes y lo que sucedía con el Trust del Coliflor, que era la parodia del Tercer Reich, se ajustaba con toda precisión a los que había pasado en Alemania en 1933. 

“El resistible ascenso de Arturo Ui” se estrenó mucho después de que Hitler se suicidara en el bunker y después de la muerte del autor en 1956. En 1961 se presentó la versión inglesa y en las muchas puestas en escena en los Estados Unidos, el papel de Arturo Ui recayó en grandes actores como Al Pacino o John Turturro. 

En el Uruguay el estreno se produjo en 1965, con la puesta en escena de Atahualpa del Cioppo, en El Galpón. Después hubo otras puestas y la más reciente fue la dirigida por Villanueva Cosse, en 2017 y en El Galpón, con Héctor Guido como Arturo Ui. 

Fuente: https://semanariovoces.com/

La obra era una sátira políticamente clarividente. Esa clave estaba precisamente en el título: el ascenso de Hitler no había sido inexorable o irresistible, no era el Sonderweg (el camino alemán); ¿que era lo que había pasado? 

Existen versiones historiográficas diversas acerca del ascenso de Hitler al poder, prácticamente desde el mismísimo 30 de enero de 1933, cuando el Presidente Hindenburg lo nombró como Canciller (una especie de primer ministro) a la cabeza de un gobierno de coalición derechista, donde los nazis ocupaban tres de las doce carteras ministeriales del gabinete.

Una versión que los nazis promovieron y que muchos historiadores conservadores sostenían, era que el nacionalsocialismo había tomado el poder, habiendo llegado por la via electoral y según la legalidad de la República de Weimar pero para abolirla a través de una revolución uno de cuyos objetivos era restablecer el orden y la eficiencia germánica ante el caos de la democracia liberal. Este era el Sonderweg, el camino alemán, tal como se lo concebía desde el siglo XIX. 

La evolución que ha sufrido la consideración de este “camino alemán” como una especie de destino legendario, es sólo una de las formas de comprobar como historiadores, politólogos, medios de comunicación, gobernantes, no solamente de Alemania sino de todo el mundo, han opinado, juzgado y actuado acerca de los extraordinarios fenómenos del siglo XX. La función de la historia como maestra de la formación cívica de la consciencia y la acción aparece como fundamental para comprender el presente y avizorar el futuro. 

Después de la derrota de Alemania en 1945, el término Sonderweg perdió las connotaciones positivas que no se originaron con el nazismo pero que este empleó a fondo. La derrota hizo que el camino adquiriera el significado negativo actual. Pero este significado tuvo matices que resultan incomprensibles si no se toma en cuenta lo que realmente sucedió en Alemania a partir del 8 de mayo de 1945. 

La desaparición del Tercer Reich fue acompañada por un proceso de “desnazificación”, una verdadera farsa, del reciclaje de cientos de miles de criminales y fanáticos nazis en todos los órdenes de la vida pública, jueces y abogados nazis, altos funcionarios ministeriales nazis, policías y militares nazis, médicos y científicos nazis, especialmente en la República Federal Alemana bajo “la teoría de las aguas” de Konrad Adenauer (“no se podía prescindir del agua sucia hasta contar con agua limpia”) y la gran transformación de todos los habitantes de la República Federal Alemana (RFA) en probos demócratas anticomunistas enfrentados a la República Democrática Alemana (RDA) y a la Unión Soviética. 

El resultado fueron décadas de impunidad, de justificaciones más o menos discretas del nazismo y del germen de la actual Alemania gran

potencia militar europea al amparo de la Guerra Fría (que no empezó en 1945 sino antes y que no terminó en 1991 con la desaparición de la URSS). 

Hasta mediados de la década de los 60 del siglo pasado, historiadores y periodistas, no alemanes como León Poliakov, A.J.P. Taylor y William Shirer, sostenían que el nazismo era el resultado inevitable de la historia y del carácter nacional alemán, que se remontaba a Lutero o aún antes. 

El historiador francés Edmond Vermeil, por su parte decía, en 1952, que la Alemania nazi no había sido un episodio adventicio en los márgenes de la tradición alemana. El nacionalismo alemán tenía una carácter especialmente agresivo, que solamente Bismarck había podido contener pero que después de 1890 el nacionalismo había roto todas las barreras de contención puestas por un gobierno débil. Vermeil sostenía, pocos años después del fin de la guerra, que era imprescindible analizar la situación general porque de otro modo, los triunfos momentáneos del nazismo y su terrible colapso seguirán siendo incomprensibles. 

Otros historiadores alemanes como Friedrich Meinecke y Gerhard Ritter, sostenían que el nazismo no tenía nada que ver con periodos anteriores de la historia y las tradiciones alemanas, que diferían mucho del totalitarismo de los nazis. Según Meinecke, el nazismo había sido un desafortunado accidente de trabajo (Betriebsunfall) de la historia. En forma menos defensiva, Ritter decía que las decisiones individuales adoptadas durante los últimos años de la República de Weimar habían dado paso al nazismo. 

Por la misma época (temprana posguerra), otro historiador, Bracher, decía que el Sonderweg debía limitarse al Tercer Reich pero que el vigor de una peculiar mentalidad alemana (Sonderbewusstsein) que había surgido en oposición a la Revolución Francesa, creció entre 1870 y 1918 y alcanzó sus puntos más altos durante el Tercer Reich. 

Autor de este trabajo Lic. Fernando Britos V.

En paralelo operaba el enfrentamiento entre los partidarios de la teoría del totalitarismo, que buscaba equiparar nazismo y comunismo, y quienes se oponían a ese esquema típico de la Guerra Fría.

A partir de la década de los 60 del siglo pasado el debate historiográfico sobre lo que había pasado 30 o 40 años antes, se enriqueció. A nivel de la teoría y de la filosofía política apareció la cuestión de si el Tercer Reich era predominantemente pre modernista, arcaizante o modernista. 

Ya antes historiadores como Hans Mommsen (1930 – 2015) habían acusado a las clases dominantes alemanas de 1870 a 1945 por la promoción del autoritarismo, el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, el sabotaje de la república liberal de Weimar y la colaboración con los nazis en la represión interna. 

Aquí cabe hacer un paréntesis para referirse a Hans Mommsen, historiador que era hijo, bisnieto y hermano de historiadores alemanes (una especie de familia Bach de la historia). Un hombre de izquierda que jugó un papel fundamental en la evolución de la historiografía desde los intentos justificatorios, presuntamente neutrales, y los autores lenientes hacia el nazismo hasta el desarrollo de la conciencia crítica que llevó a enfrentarse valerosamente con los crímenes del Tercer Reich y la enorme cantidad de alemanes que colaboraron y participaron directamente como perpetradores o como cómplices indiferentes de dichos crímenes. 

Si bien Mommsen consideraba que el Sonderweg condujo al surgimiento del nazismo, en modo alguno pensaba que el triunfo de la ultraderecha había sido inevitable. Junto con su amigo Martin Broszat (1926 – 1989) – el maestro de Ian Kershaw – desarrolló la interpretación estructuralista del Tercer Reich: el régimen nazi como una colección caótica de burocracias rivales ensarzadas en interminables luchas por el poder. 

Estos historiadores formaron uno de los bandos que se enfrentaron en el debate denominado Historikerstreit, que tuvo lugar a mediados de la década de los 80 del siglo pasado. Aunque fue una polémica extraordinariamente revulsiva y compleja entre historiadores de izquierda y de derecha, uno de los asuntos centrales que precisamente Mommsen rebatió, era la llamada teoría del totalitarismo, pergeñada durante el auge de la Guerra Fría y que buscaba equiparar al nazismo con el comunismo.

A mediados del siglo pasado, en los Estados Unidos, historiadores como Fritz Stern y George Mosse, analizaron las ideas y la cultura de la Alemania del siglo XIX, se detuvieron especialmente en el movimiento Vôlkisch, virulentamente antisemita. Ambos concluyeron que las clases dominantes alemanas habían optado conscientemente por el rechazo a la modernidad y con ello a los grupos que identificaban con esta, como los judíos. Sin embargo, esas conclusiones respecto al rechazo de la modernidad por los nazis han sido seriamente cuestionadas. 

Aunque los debates acerca de los orígenes del nacionalsocialismo continúan y continuarán, la historiografía alemana adoptó un acento europeísta, menos nacionalista. Historiadores como Jürgen Kocka sostienen que, mientras que la tesis del Sonderweg no explica las razones para el ascenso del nazismo, en cambio permite comprender el fracaso de la democracia de la República de Weimar. 

Un especialista francés contemporáneo en historia cultural y en nazismo, Johannes Chapoutot, se ha resuelto a enfrentar algunos de los mitos que son promovidos o recreados por quienes, en forma deliberada o inconsciente, presentan el ascenso de la ultraderecha en Alemania y en general en todo el mundo como un fenómeno incontenible, “la fatalidad parda”, como alguien la ha calificado, ante hechos actuales como el avance electoral de la Alternativa por Alemania (AfD) y el rearme de Alemania y su papel como principal vasallo militar de los Estados Unidos. 

Chapoutot es docente de la Universidad de París-Sorbona y tiene importante obra escrita en los temas de su interés con especial atención al ascenso y desarrollo del nazismo y del Tercer Reich. 

Como corriente contrarrevolucionaria, alimentada por el romanticismo alemán, el nazismo se enfrentaba no solamente al Iluminismo sino fundamentalmente a la Revolución Francesa de 1789 a 1793. Goebbels, en un discurso pronunciado el 1º de abril de 1934 dijo “hemos borrado el año 1789 de la historia alemana”. Por su parte Alfred Rosenberg dijo en esos días que la filosofía y el pensamiento jurídico de la Revolución Francesa habían sido eliminados por la revolución nacionalsocialista.

En el léxico de los nazis la revolución significaba el “retorno al nacimiento de la raza” oculto bajo los sedimentos de siglos de aculturación judeocristiana. En realidad, antes de 1789 el significado de “revolución” era el retorno circular al origen. 

Además, la revolución de los nazis era una revolución conservadora que no tocaba la situación de las clases dominantes y que ponía énfasis en “el hombre germánico”. Al mismo tiempo, el cuerpo social era visto en forma organicista como “comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft) en la que el individuo no existe sino como miembro del grupo, la raza, y su existencia se justifica si su acción beneficia a la raza. 

La concepción racista de la historia hace que la preservación de la raza, amenazada por peligros no solamente biológicos sino intelectuales y morales, se vuelve el objetivo fundamental de la acción. Ese esquema que planteaba la recuperación de la virilidad de la raza aria conllevaba “la construcción del enemigo”: el judeo bolchevismo y una separación estricta de esos enemigos (no simples adversarios) de la comunidad de los compatriotas (Volksgenossen). 

Nada de esto había sido creado por los nazis, no eran sus tropos exclusivos y en un sentido de fondo eran compartidos por las clases dominantes en Alemania: los terratenientes, los grandes industriales, los banqueros, la aristocracia prusiana, los militares e incluso por buena parte de la derecha católica y su partido (el Zentrum) y la iglesia protestante. 

Yendo a los años 1932 y 1933 hay que reconocer claramente que Hitler no tomó el poder, se lo entregaron. Llegó a ser Canciller porque Franz von Papen, un aristócrata católico, un militar muy vinculado al Presidente Hindenburg, el viejo prusiano monárquico ya muy deteriorado, con la ayuda del gran propietario de medios de comunicación Hugenberg, del general Kurt von Schleicher y otros representantes de la derecha clásica, intrigaron y lo convencieron para nombrar a Hitler como Canciller, el 30 de enero de 1933. 

Von Papen aducía que “el pequeño histérico” como le llamaba a Hitler serviría para frenar el avance de la izquierda, el Partido

Socialdemócrata (SPD) y el Partido Comunista (KPD) que, aunque enfrentados tenían importante caudal electoral y militancia organizada. 

Según los cálculos de la derecha tradicional, los nazis podían aportar masas organizadas en forma paramilitar (las Sturmabteilung, SA) y podrían ser controlados en una coalición donde Hitler figuraría como Canciller pero con la cuarta parte de los ministerios a su cargo, por lo que pensaban que “las limitaciones del antiguo cabo austríaco quedarían en evidencia” y podría ser destituido cuando les pareciera conveniente. 

Hitler siempre había jugado al todo o nada, reclamando tozudamente ser nombrado Canciller y el levantamiento de la prohibición que pesaba sobre su organización paramilitar, las SA. Sin embargo, después del 37% de los votos alcanzado en 1932 había empezado a perder partidarios (dos millones de votos menos en la siguiente elección, cayendo al 32% del electorado). De hecho los electores de izquierda (socialdemócratas y comunistas) jamás votaron a los nazis. 

Todo el periodo comprendido entre 1930 y 1933 estuvo acompañado por pugnas internas con nazis como Otto Strasser o su amigo Ernst Röhm, el jefe de las SA. Además el NSDAP estaba literalmente fundido con deudas multimillonarias en marcos, con varias de sus organizaciones en quiebra técnica con miles de funcionarios impagos. 

Esto llevó a Hitler que además era un diletante bastante perezoso a aceptar la coalición que le ofrecía von Papen y una función aparentemente decorativa porque seguir en el llano ya resultaba imposible. Después la total falta de escrúpulos, el terror, la censura, la violencia y las provocaciones de los nazis, contando con todos los elementos del poder estatal, hicieron posible la condensación del poder en la figura del Führer y el empeño frenético en la guerra y los genocidios. 

Entre 1933 y 1934 se había producido, además, el incendio del Reichstag (una provocación atribuida últimamente a Goering) y la muerte del Mariscal Hindenburg que permitió la unificación formal de la Presidencia y la Cancillería en manos de Hitler.

Algunos de los intrigantes que le entregaron el poder a los nazis enfrentaron la furia de Hitler que era especialmente vengativo. El general Kurt von Schleicher fue asesinado junto a su esposa, Ernst Röhm fue suicidado y varios de sus seguidores asesinados. Franz Joseph Hermann Michael Maria von Papen, Erbsälzer zu Werl und Neuwerk, el aristócrata que jugó el papel clave en la entrega del poder a Hitler se salvó por poco de ser liquidado como los demás en la llamada Noche de los Cuchillos Largos de 1934 y fue relegado a un oscuro cargo diplomático. Varios de sus asistentes más cercanos fueron asesinados. Después de la guerra, Franz figuró entre los juzgados por el Tribunal Militar Internacional en Nuremberg, en 1946, y fue absuelto de todos los cargos. En realidad debió haber sido ahorcado el primero de todos.

Por Lic. Fernando Britos V

 

 

 

 

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