¿Por qué leer “esperando a los bárbaros”?

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Vincular el aumento de la violencia, en todos los ámbitos, con “la construcción del enemigo”, es procedimiento necesario. El aumento y diversificación de la violencia no solo ha transcurrido invariablemente en el establecimiento de una tiranía sino que juega un papel en la degradación de una democracia. 

La destrucción del enemigo se produce en medio de la exacerbación del odio por un lado y de la indiferencia, por otro. No se trata de una disquisición abstracta o remitida a procesos históricos o fenómenos mundiales. Habremos de verlo cuando abordemos la controversia historiográfica acerca de “la inevitabilidad del triunfo de las extremas derechas” o, por otro nombre, “el rumbo pendular de la política”. 

Ahora nos centramos en “la construcción del enemigo” algo que aparece en casos macro, pero también se registra en la cotidianeidad. Las formas de violencia son multiformes e insidiosas. Desde un atentado feminicida contra una estudiante, hasta el desprecio de la fiscal general subrogante al cuadrado por el trabajo y la dignidad de sus colegas subordinados, son formas de violencia con partes enfrentadas. 

La violencia, independientemente de su carácter basal, se manifiesta también en episodios que parecen de humor negro como la apoteosis de la corrupción que festejó Besozzi en Soriano y que ahora agrega las “reparaciones” millonarias en dólares de “camiones imposibles” en “talleres fantasmas” o la recepción con caravana y júbilo callejero del ex-alcalde corrupto de un pueblo como Isidoro Noblía (con 2.700 habitantes) y su producción de libretas de conducir truchas (9.000 que podrían ser 50.000) como festejo a su salida de la prisión. 

Sin embargo, los indicios mayores y más estrepitosos de “la construcción del enemigo” parecen ubicarse en el ámbito internacional. Demencial y brutal el genocidio que lleva a cabo el gobierno israelí en

Medio Oriente. Demencial y brutal la limpieza étnica y el apartheid promovido por los sionistas en Palestina. Demencial y brutal en los Estados Unidos y en América Latina la prédica de odio de Trump y la ultraderecha. Demencial y brutal la Argentina de Milei, la Colombia de De la Espriella, el Perú de Fujimori, el Chile de Kast, el Ecuador de Novoa. 

Por eso, enfrentar la indiferencia es imperativo para todas las personas sin distinción alguna. La aparente inacción de la justicia en algunos casos llamativos remite a “El Desierto de los Tártaros”, la obra de Dino Buzzati, llevada al cine en el siglo pasado. Pero Buzzati no iba mucho más allá de la angustia existencial ante una espera interminable en la que lo anunciado nunca sucedía. 

Tendríamos que esperar a 1980 para que John M. Coetzee, el multipremiado autor sudafricano (Premio Nobel de Literatura 2003) produjera la novela política más importante de nuestra época “Esperando a los bárbaros”. 

Cada acción del imperialismo, del colonialismo, en cualquier lugar del mundo tiene que ver con este texto de Coetzee, una novela con todos los ingredientes de suspenso, misterio e intriga, muy bien escrita, que 

aparece como un alegato contra el apartheid que imperó en su país hasta fines del siglo pasado aunque lo hace desde una perspectiva universal y atemporal. “Esperando a los bárbaros” es un estudio mediante la ficción de “la construcción del enemigo”. 

La vigencia de esta obra aumenta precisamente en estos momentos porque el cortejo del colonialismo siempre va acompañado por el miedo, los prejuicios, el desprecio por los demás. La barbarie es intrínseca en el “orden civilizado”, – tipo Sarmiento, el enemigo de Artigas – y su clásica polarización civilización o barbarie. 

Los personajes centrales son el Coronel Joll, el jefe militar despiadado, y el Magistrado que se opone a los métodos del represor y termina adhiriendo a los bárbaros. Dice el Magistrado “el dolor es la verdad; todo lo demás está sujeto a dudas”.

J.M. Coetzee, que actualmente vive en Australia, sigue muy vinculado a su país. Nació en febrero de 1940 en la Ciudad del Cabo. Estudió informática y lingüística. Vivió en los Estados Unidos y en la década de 1970 estuvo preso por participar en manifestaciones contra la Guerra de Vietnam. Llegó a transformarse en un autor clave en la lucha contra cualquier tipo de opresión. 

Ha dicho que siempre sintió la necesidad de contar historias porque la ficción literaria es el único vínculo con la textura de lo real. También ha dicho que se considera un contador de cuentos y no un muralista. 

Siempre se ha mantenido activo. Como dijimos recibió el Premio Nobel de Literatura en el 2003 por el conjunto de su obra y en 1987 recibió otro premio oportunista, el bianual Premio Jerusalén, que la Feria del Libro de esa ciudad confería “por la libertad de los individuos en la sociedad”. Entre sus actividades extra literarias se cuenta su participación en la campaña electoral de Gustravo Petro, en Colombia, en el 2018. 

La denuncia ante las Naciones Unidas, formulada por Sudáfrica contra Israel por el crimen de apartheid tiene mucho que ver con la obra de Coetzee. La sociedad del apartheid es una sociedad de amos y esclavos (donde los amos tampoco están libres de alienación). 

“Esperando a los bárbaros” explora los comportamientos patológicos y los discursos propios de situaciones sufridas bajo regímenes que como el gobierno israelí han destruido toda posibilidad de diálogo. La violencia encierra a las personas en un soliloquio – alega Coetzee – que llega a ser un delirio que destruye el sentido de las palabras, el sentido de lo verdadero y lo falso, lo irracional y la banalidad cotidiana. Dicho sea de paso habrá que verlo en la película Naza, de Y. Abraham y R. Szors, premiada en el Reciente Festival de Venecia. 

Coetzee enfrentó al Coronel Joll – el ejemplo de quienes carecen absolutamente de empatía – con el Magistrado – el ejemplo de quienes no tienen culpa pero luchan por la libertad-. Quien lea esta novela se encontrará permanentemente en la frontera entre la normalidad y la

locura, entre la inocencia y la culpa, entre amo y esclavo, entre víctima y verdugo. Esto obliga a reflexionar más allá de la impresión fugaz de los acontecimientos y por ende a buscar un camino para detener el genocidio, para enfrentar la violencia cotidiana, para combatir la indiferencia. Un camino que todos debemos recorrer juntos, sin vacilaciones, con empatía y con efectiva solidaridad hacia las víctimas.

 

 

 

 

 

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