Poética de lo existencial

Tiempo de lectura: 15 minutos

(El registro de la experiencia, la inmediatez del presente y la proyección del deseo)

Por Sergio Schvarz

La autora de Todas las vidas, una, su primer poemario, Alejandra Errecart García, cursó profesorado de Idioma Español en el IPA, una maestría en Educación Popular y Gestión Cultural. En una muy buena edición, cuenta con varias fotografías en papel satinado (de Alejandro Montini), de buena factura. El amor y el desamor, las presencias y las ausencias, la memoria y el olvido trazan un itinerario vital que, de alguna manera, dialoga con el lector y le hace recordar sus propias vivencias.

En la presentación del libro, en Allegro café del Teatro Solís, que estuvo ambientada por Gabriela Fernández en guitarra y Fernanda Lazaga en violín (y que hace patente la importancia que tiene la música para la poeta), se vertieron conceptos de la escritora Silvia Martínez Coronel y contó con emotivas palabras de la autora. Destacaremos dos nociones importantes que trasmitió Martínez Coronel: que una vida dura requiere una poesía dura, y que el hablar de la muerte es hablar de la vida. La esperanza no es algo tan bueno, dijo Errecart García, porque es una actitud pasiva y que en realidad nos desmotiva. Estas poesías, que no acusan nombres propios para poder hablar de todos, con una noción de comunidad, nacieron desde la idea, hecha acción, en torno a la familia, la maternidad y el amor.Escarcha

Escarcha
Fuimos agua pequeña
de un viento norte y suave
gotas breves de brisa
moteando los caireles
del arcoíris

rocío
humedeciendo la boca
y el deseo
primavereando el tiempo
las alas
las orillas

hasta que un frío
áspero y amargo
ardió la noche
resquebrajando el aire
y nos nubló los ojos
donde hubo una mirada
y nos heló la boca
donde viviera un nombre
una palabra
un canto

cerrándonos el pecho
como una roca muerta
dejándonos escarcha
blanca desierta y muda
donde latiera un sol.
Y aquí está lo que fue, lo que pudo ser y la herida que queda, como una lluvia sobre
“este ardiente desierto desolado”.

El prólogo estuvo a cargo de la escritora y profesora de Literatura Silvia Martínez Coronel, que señala, en primer término, que este es un libro ético y estético, en tanto que reclama la solidaridad y acompaña una gestación, “no propone la unidad como origen, sino como conquista”. Los poemas marcan un proceso (interior) de reencuentro y renacimiento, y en cuanto a los temas se pueden clasificar en: niñez, amor, sexo, el crecimiento, el linaje, el desprendimiento, el dolor, la muerte; así como hay temas de orden político-social: la guerra, los desaparecidos, la injusticia. Es decir, es una poesía de función comprometida, pero siempre dentro del Yo, a nivel personal y en la interacción comunitaria. No se queda en la herida, dice Martínez Coronel, sino que la usa como umbral, y busca la reparación. Atraviesa el dolor, no se niega lo sufrido, sino que se lo asume.

El poemario está escrito en primera persona, en forma de verso libre, con piezas breves, de campos semánticos condensados. Se mueve en espiral, ganando en altura de conciencia. En el título, “una” es síntesis, donde se lo despoja del linaje, lo heredado y lo propio para encontrar su esencia; va hacia la interioridad como territorio, y el renacimiento se da como autoengendramiento.

Consideraciones preliminares

La de Errecart García es una poesía sencilla, de fácil entendimiento, pero anclada en conceptos, ideas, pensamientos y sentimientos de lo que ha recogido y cosechado durante ese tránsito vital. Es una poesía existencial, que registra la vida –todas las vidas posibles– mientras esta va sucediendo, una poesía que reflexiona y nos hace reflexionar, una poesía que busca el sentido de estar en el mundo e intenta comprender el proceso interior emocional, a veces contradictorio.

La poeta no teme desnudarse, se despoja por completo de todo ropaje, y nos muestra el abanico de sus sentimientos a la luz de las diferentes experiencias que ha tenido en el transcurso de su existencia, con una valentía que no cede a cuestionamientos morales, y persigue, en todo momento, el amor ideal, ese que se establezca en pie de igualdad, que sea capaz de darlo todo, hasta la última gota, hasta el último aliento, para encontrar, tal vez, la eternidad.

El amor duele, sin duda, pero más duele no poder amar. Y hay que intentarlo. He ahí la valentía de Errecart García al plantearlo, al mostrarse tal cual es, por medio de la palabra hecha poesía. Y al hablar de sí misma, está, allí, la voz de todas, y todos, los que creen (y necesitan) del amor, porque es lo único que nos puede devolver la humanidad perdida en medio de un mundo caótico y violento. El amor puede ser el motor que (re) establezca la hermandad extraviada y la que nos devuelva al Paraíso sustraído por la codicia, la avaricia y el egoísmo de los poderosos.

Así, la poeta sufre, escribe y entiende. Duda, escribe y entiende. Celebra, escribe y entiende.

Pliegue y repliegue

La cita de Cerati que abre el poemario, “El fin de amar sentirse más vivo”, señala lo que es importante: el amar y el vivir, y hay, entonces, una búsqueda constante en lograr la plena satisfacción. La alcanza pero la pierde. Es el pliegue y el repliegue del deseo, se manifiesta, se consume y luego, como el agua que se escurre entre los dedos, se derrama y desaparece. Entonces el recuerdo sobreviene y duele. A pesar de ello vuelve a intentarlo, insiste, porque sabe que para encontrar la plenitud no hay otro modo que el aventurarse, y para eso debe aprender a aceptar al otro, del mismo modo que el otro debe aceptarla, con lo bueno y lo malo, defectos y virtudes, pues, en definitiva, nadie es perfecto y hacemos, en todo momento, lo mejor que podemos hacer con las herramientas que tenemos, las que hemos obtenido durante nuestra vida. El ser, el estar, celebra su existencia, aunque sea “apenas un navío/ o una barca pequeña/ que surca/ el mar y la avenida/ la voz y las palabras”, porque es existencia echada a andar, que tropieza, lagrimea la ausencia, pero también es capaz de sonreír “si espeja otra sonrisa” y puede abrir puertas a otras vidas, a otros recuerdos, a “un corazón vibrando/ a borbotones”.

Y después de todo esto el ciclo se cierra y vuelve la vista hacia sí misma. Es lo circular, que abre y cierra, pero también la afirmación y la confirmación de lo que es (y por ausencia, de lo que no es): fragilidad, una soledad que hace temblar(nos), así como una música que es blues o tango (con su nostalgia) y también samba o milongón (expresando la alegría del vivir),  además “la pasión desmesurada/ de una luna encendida de verano/ tejiendo madrugadas en las manos/ de arena y sal”.

Ausencia
¿Cómo nombrar la ausencia?
¿Qué palabras
dibujan el hueco
de los intentos

el aljibe desierto y oscuro
al que lanzamos
la esperanza en balde

hasta sentir el golpe seco
en la piedra
y volver a remontar
nuestra propia cadena
con el cuenco vacío?

Esa, la poeta, es “la voz que no se rinde/ de rebeldía insolente” y, sobre todo, “tierra/ que brota idea/ duelo/ que nace flor”. Es el concepto de la fertilidad, por lo que de mujer viene de suyo, pero también como si fuera un territorio en el que germinan las semillas de un nuevo tiempo, con un optimismo (revolucionario) de vivir, de consagrarse a la vida, y darse a ella por entero.

En estas páginas registrará la vida, la vida hecha y deshecha, que luego será rehecha, los titubeos iniciales serán superados y en el camino irá encontrando su verdadera piel, su alma dispuesta a correr riesgos, a pesar “del dolor en mi pecho”, “deshilachando vestiduras muertas”. Porque puede ocurrir un descenso “hasta el oscuro mar de fondo”, en el que sin embargo se puede propagar la vibración de su propio Yo hasta alcanzar costas lejanas, “hasta el pozo implacable insaciable de mí”. Se podrá hundir y destruir pero se (re)encontrará y se liberará, entre ese “muero a veces/ un poco” y el “vivo a veces/ un poco”, para resurgir “en llama en luna/ en luz en fuego// en la noria infinita del intento”.

Resquebrajar, crujir, empujar y romper, descubrirse “para extender las manos y dar paso a mi piel”.

“Transitarme la sombra”

La sombra, como la del atardecer, es tan larga que abraza a la niña que fue, en el recuerdo en el que ya no hay culpa pero tampoco culpables, porque ya ha salido del rincón, de la penitencia, y entonces “Las marcas de la piel/ se fueron./ Ya no buscamos más/ la identidad negada/ en miradas ajenas/ ni amor/ donde se yerguen egoísmos”, y finalmente “Logramos desliarnos/ los arneses”, ser libres. La vida es bella, con una “belleza merecida” por ser, por estar, por creer y porque “no hay abandonos”, y sobre todo porque “te llevo en mí”. Hemos aprendido a perdonar, a perdonarnos, no sólo porque el pasado ya no se lo puede cambiar, sino porque lo que nos tocó, lo bueno y lo malo, fue –es– parte de lo que somos. Nos hemos aceptado tal cual como somos por todo lo que hemos sido y también, proyectándonos, por todo lo que seremos. Ya nos hemos puesto en camino. Y como si fuéramos una semilla, sabemos que vamos a germinar, por eso dirá “Endulcé las palabras del regazo/ con canciones/ llegadas de otro tiempo”.

Es la vida, silenciando penas “para evitar rasguños”, y “es también una tarde/ oscura en el invierno/ un diluvio/ en el medio de la calle/ y sin paraguas/ un viento arrasador/ apagando las velas/ o volando partituras al olvido”, “Es caerse/ golpearse en la nuca/ herirse hasta la masa caliente/ de los huesos/ hasta los ojos cerrados/ en llanto…”, pero, por suerte, “Nos cura la memoria/ el coraje de ser/ la valentía/ revivir el amor/ del que nacemos/ cada día…”. Ese es el “oficio” del vivir, caer y levantarse, llorar y reír y, lo que nos hace trascender la inmediatez y la vorágine de los días es apuntar al horizonte, verlo, sentirlo, ansiarlo. Tal vez no lo alcancemos, pero en esa búsqueda nos habremos encontrado a nosotros mismos, definitivamente.

Todo lo que es, es para siempre

Lo que fue, “cada ropaje nuevo/ que osamos probar” está en nosotros, como “cada perfume/ cada mínimo tacto” está en la piel, y del mismo modo que la lluvia trae “los barcos de papel/ temblando el curso”, el recuerdo se abre paso, vuelve a los días de la inocencia, de los primeros descubrimientos, de “las margaritas/ muertas de amor/ en los zaguanes” hasta que logran “armar el espejo/ y volver/ a encontrarse”. Ese es el objetivo del recordar, no es una ensoñación pasiva, sino que re-construye, a la luz de lo vivido, la esencia del ser. Esa es la pregunta, solapada, que recorre el poemario de Errecart García: ¿quién soy? A partir de lo que fue –de lo que fuimos cada uno de nosotros, ya que, como lectores, participamos, en estos versos, desde nuestra experiencia, y echamos una ojeada rápida sobre nuestro pasado, aunque más no sea a modo de comparación–, intuimos lo que será. La tensión está puesta en el camino recorrido para entender el presente. Además, sabe, porque lo ha ido aprendiendo, que el otro es uno mismo, salvo

“…los cobardes

los canallas (…)

los vencidos

los que guardan porque pierden

y cuentan las monedas

porque no sienten las rosas

los que se lavan las manos

porque no huelen la lluvia”.

Y por eso abraza “el alma de otros/ porque también es la mía./ Siempre soy esos otros”.

El palpable segundo de la eternidad

En algún momento de nuestras vidas, debemos volver a nacer. “Darnos a la luz./ Rasgar el aire viciado/ de otras vidas/ con un grito primario/ con un llanto/ empapado/ de todo lo que somos”. Sorprendernos, iluminándonos y ser así, como somos, manteniendo nuestros principios, los que nos sostienen, “descubriendo/ la única desnudez posible/ que nos cubre”. Todo lo que existe, el universo, el mundo, el hábitat, que respira, inspirando y exhalando,  contrayéndose y expandiéndose, es lo infinito, lo eterno, es el suelo y el techo de nuestra existencia: “Todo el verde del aire/ me respira” y/o “la tierra húmeda viva/ huele en mi piel”, que es la naturaleza, como un elemento independiente de nuestra voluntad que rige nuestros actos. Así, cuando somos piel, cuerpo, y nos abandonamos al sentir –esa estimulación que recorre, como un latigazo de placer, el sistema nervioso central, y explota en el centro del goce– abrazamos la eternidad.

Y para ser es necesario “sentir las hebras/ del viento/ liarse al paso/ a la sangre/ al pecho/ a los ojos”, es decir, sentir a los demás, ponerse en movimiento desterrando la inacción, ser capaces de apasionarse y de jugarse por el corazón –por la corazonada–, a mirar al otro libremente, sin juzgar y sin temer. Pero, sobre todo, es necesario amar. El amar al otro es lo que completa nuestro ser, puesto que todo lo que somos: piel, poros, “el relieve liso y tenaz/ de las suturas mal curadas”, las venas “en azul añejo”, las manos “hacedoras de frases” (de poesía), o en la negación: ni los dedos, ni el talismán turquesa, ni el pelo o “el calor grave/ de mi voz cantante”, ni la sonrisa, ni las canciones, “ni las noches de insomnio/ ni las lágrimas hondas/ ni las huecas”, todo eso no sirve de nada si no hay amor, porque entonces el cuerpo sería un mero recipiente vacío y la existencia una triste rutina deshabitada. “¿Qué/ si no la fiesta/ la flor la delicia/ el calor en los ojos/ ardiendo mirada?”.

La poeta –la voz que nos habla al oído– tiene, con todo, algunas certezas, no duda “del imprevisto calor/ que me abrasa/ ni del abrazo que abriga…” (y aquí abrasar, abrazar y abrigar tienen en común la cualidad de dar y ser calor, además del sonido abr, con el que se abre y se cierra la boca. Lo mismo ha de suceder en estruendo y trueno, y crujir, que habla del quiebre y el aturdimiento), y por eso preferirá “encontrar el rayo/ tomarlo por las astas/ y hundirlo al corazón/ de la tierra” e “iluminar/ la estación de la siembra”.

Hay una preocupación constante por saber su verdadera identidad y descubrir el sentido de la vida –de su propia vida–. Por el camino de indagar sobre lo que no es, podemos atisbar aquello que la interpela, las verdades que se sienten como ciertas e incluso la dificultad de encontrar la palabra justa que describa eso, porque uno es, va siendo, una y muchas cosas a la vez, como “un soplo/ en esta tierra/ azul como mis sueños”, de forma que lo personal se integra, se funde, en lo colectivo, en ese “sueño” que promete excluir el dolor y el sufrimiento, dándonos al excelso amor que todo lo logra.

Porque el ser, lo auténtico que nos identifica, está dentro nuestro. Es la esencia, esa, intransferible y única, que nos individualiza, y para decirnos de qué está compuesto ese centro vital imprescindible, enumera todo lo que no es –pero que también coexiste, como el reverso de la presencia–, lo que “no me gusta”, lo que no busca “el pan el vino/ni la fruta/ ni beber/ ni beberte/ el agua de tu llanto/ ni el sol de la piel/ o la miel de mi boca”, e indagará más adentro, “donde muere la luz/ la sed antigua”, eso que una vez decidimos ser y que estamos siendo.

Desbocado corazón

Es cierto, la sensación es arrolladora y no atiende razones, no sigue consejos. Cuando siente el corazón, acelerado, “me aventura/ me arrasa/ me abraza”, y “me atraviesa./ Me impulsa.// Me enlaza”, y ya no puede detenerse, lo da todo. Es el deseo que como un torbellino no deja nada en pie, es la pasión que envuelve el cuerpo y lo proyecta al punto exacto, al terreno donde la felicidad puede ser posible. ¿Cómo, y por qué, sustraerse a ese placer si allí somos fuego y nos satisfacemos? Lo que suceda después será otra cosa que ahora no nos debe importar. Hay que vivir, instalados en el presente, transitar el momento. En el amor hay que arriesgarlo todo, porque en la entrega reside la belleza de lo perfecto. Ya no se trata del amor cortés (la fin´amor), que se consumía en la perfección de lo inalcanzable, y no podemos quedarnos con la duda de lo que pudo ser, debemos intentarlo, consumar la unión. Es probable que luego surja la duda, “insistente/ destinada al vacío/ irreparable” de la ausencia, es probable que la distancia, que se establece por los desencuentros de tiempo o de alma, duelan de un modo inconmensurable, y nos haga dudar de si el otro también piensa en nosotros, “si extrañaste mi voz/ se pensás en mí”. Nada es perfecto, por cierto: “Tengo contradicciones/ miedos debilidades/ dolores en el cuerpo/ y más adentro”, en el hueco del alma, pero necesita, únicamente, “un lugar habitable/ de triunfos y derrotas// donde el abrazo/ y la palabra/ curen…”.

De eso se trata, el aceptarnos como somos, “simple/ mortal/ humana”, y construir juntos, en pie de igualdad.

La puerta no oculta el desencanto, se desnuda de cuerpo y alma, avanza y retrocede, es fuego que se consume y luego queda congelada. Lo que pudo ser le duele más que lo que fue, porque establece una pregunta, un porqué, instaura una inseguridad sobre sí misma, como si tuviera que descubrir cuál fue el error para provocar roer el duro hueso de la ausencia.

Y además, si nos detenemos a mirar de cerca (y ya sabemos que “de cerca nadie es normal”) veremos, del otro, el lado oscuro, porque “¡Qué difícil/ ver la belleza en el otro/ si no sacamos la mirada/ de su cicatriz!”, es decir no poner la atención en los defectos.

El olvido, al que hemos de encaminarnos para que no nos duela el pasado, requiere clavar “una estaca/ en cada recuerdo/ para no sentir”.

La elección del horizonte

Somos uno pero somos muchos, cada quien con su historia, con la urdimbre que crean las manos, con el insistente pensamiento, “que escribiste su nombre/ en la pared/ en un cuaderno/ en tu mano/ o lo dijiste a solas en voz alta/ solo para acercarlo a tu boca”, para “el que te desgarró el alma/ un adiós/ una traición/ un nunca más/ un olvido/ como a mí”. Porque en ese otro, el “sentir hondo existe”. Y si algo ha quedado, un perfume, una anécdota, un remolino que no cesa de dar vueltas, entonces todo habrá valido la pena.

Todo eso debe hacerse, sentirse, en silencio, manteniendo un perfil bajo, “que tu brillo no salga/ que no te vean tanto”, para “que nadie más que yo/ piense en tu boca/ y en tus pies desnudos”. Es la única manera de poseer(te), totalmente, y, además, poder conservar, intacto, tu propio yo.

Y cada (nuevo) encuentro, es el arriesgarse, aunque “podría ser perder”, pero hay que “saltar/ todo lo vale el salto”, “poner el corazón/ sobre la mesa”. El amor no razona, el deseo se manifiesta, incontrolable y necesario, impetuoso, sin cálculo, es decir, “soltarnos/ desunirnos/ desatarnos ardientes/ a esta dulce fracción/ de libertad”.

Por eso debemos elegir, “engullir el viento/ de todas las estaciones.// Apurar el paso/ descubrir los pliegues/ de cada avenida.// Doblar en todas las esquinas/ cruzar todas las fronteras/ y los límites/ y los mares/ y los ríos/ y los puentes y plazas”, pero elegir, también, “es morir algo/ (…)/ ese atardecer/ esta luna/ aquel beso” y, por sobre todas las cosas, “es la libertad/ de amar todo aquello/ que hemos de perder”.

En definitiva: “Tengo algo que decir/ que rumoreo/ en silencio…”, verdades que no se pueden callar, aunque desilusionen, “que nos vendieron sueños/ que no habíamos soñado”, pero que, a pesar de todo, “aún estamos a tiempo/ del coraje de ser/ en libertad”, aún podemos decidir, elegir, lo que queremos y lo que podemos ser. La iniciativa es nuestra.

Es evidente que se trata de lo que creíamos como posible, una utopía que, también, aunque de otra forma, es amor. Pero no nos es permitido olvidar, olvidar nuestros muertos, aquellos que lo dieron todo por nosotros, sin decírnoslo: “Te llevo/ entre mis pasos/ callados/ de tiempos infinitos”, y, sobre todo, “me aferro a las letras/ del silencio/ que rompe y estalla/ en presente de todos”. Allí está el drama –el trauma colectivo– de los desaparecidos, que en cuanto aún no aparecen reinan en el limbo del miedo y el terror antiguos, y el único antídoto es resistirse, con toda el alma, al olvido, perseguir la verdad y la justicia, recordar el ideal puro.

Poca cosa es el decir, ante “…el peso/ incalculable/ del poder”, poca cosa el grito “entrecortado en el metal/ de la garganta anudada”, pero esos pocos, con todo, “amaneció para muchos”, y por eso “somos unos cuantos/ –que no es poco decir–”.

Respirar, aunque el horizonte ruja y se desplace y tiemble, auscultar el derrumbe del mundo, “todo es seco y opaco y noche amarga/ menos la sangre/ el grito y el ahogo”, porque los días del mundo, los que suceden, tienen ambos lados, el de la derrota y el que se renueva “y me espera en el café/ en la cocina”, ese mundo ajeno, tan lastimoso, y el otro, tan cotidiano. Un mundo de tristeza y otro de canto, el canto guerrero que lucha sin descanso. Así, la poeta será una guerrera, aunque “lo que no debería doler/ duele”, aunque al volar vuele menos “con la piel de la aljaba atada al hombro”, pero es necesario estar lista para ver “hacia atrás al enemigo/ ausente/ latente”, no descuidar(se).

Y entonces, “voy por mi piel al sol/ a sentirme agua/ que brota y corre/ a la cima del aire/ –aunque no llegue–/ a respirar/ el horizonte lejos”, ese horizonte que nos guía, nos ilumina y nos llama, como si fuera el regazo materno.

El tiempo sigue su marcha, no se detiene, todo es continuo movimiento, ambivalente. Se nace y se muere, se abre y se cierra una puerta, se enciende o se apaga el fuego, “una lágrima llega/ hasta una risa”. Estamos tan metidos dentro de nosotros mismos que no lo vemos, sólo tenemos unos ojos vueltos para adentro, que lloran o se lamentan en silencio. Es “un recuerdo/ que borra otro recuerdo”, un pensamiento pensado, una caja de Pandora abierta, “que no logra cerrarse” y la esperanza, que está en el fondo del arcón, se desancle, se eleve y se pierda.

Habitamos en la vida de los días que suceden, en el tornado, en las cenizas o en “la ardiente libertad/ que supo ser”, pero también la muerte habita en nosotros, del otro lado del espejo, donde se oculta –y se devela– “todos los derrumbes/ los del amor/ los del odio/ los del tiempo” y, haciéndose trampas de solitaria, jugará “a desterrar la muerte”. Pues, somos “un mismo suelo” en el que nos desenvolvemos. “¿Cómo alejar el rumbo/ que transita lo humano/ de tantas soledades/ sacarlo de la máscara/ acariciar los grises/ las arrugas/ lo incierto?”.

En realidad, “nos habitan/ la vida y la muerte”, “el terrón de tierra reseca/ que cubrirá los dientes/ y el de azúcar/ disolviéndose suave/ en un café perfumado/ de deseo”. “Sé que está acá/ que puede aparecer/ debajo de cualquier baldosa/ o al ras del suelo”. Por suerte, contamos con los amigos, soplo cómplice para soportar el paso del tiempo, “porque pueden no estar/ y estar presente/ porque son/ porque somos/ la misma fibra lazo/ de nuestros blancos huesos…”.

Y como no basta hurgar en el lenguaje para que podamos decir todo, “hay solo este deseo feroz/ e irreverente/ de sostener la espada/ de la palabra viva/ de irrumpir con un verso/ en el olvido/ como un último sol/ en el intento/ de espantar a la muerte”.

Se acerca el final, lo sabe, y mientras tanto, para que esto, lo que existe, el hoy, sea vida, necesitará “aguantarme el corazón/ no volverlo roca/ ni polvo hueco”, “dejarlo sangrar/ (…)/ y sostenerlo latiendo”. Y por último, deseará “impregnarme del mundo/ perfume de la tierra/ nutriendo las raíces/ y volver a ese mar/ que siempre fui”.

Ese mar que, ola tras ola, arriba a la playa del destino que tenemos reservado para cada uno de nosotros.

(Todas las vidas, una, de Alejandra Errecart García, Da Vinci ediciones, 2026, Uruguay, 139 páginas)

 

 

 

 

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