Por Sergio Schvarz
“La esperanza es el más humano de los afectos, es sólo
asequible al hombre y le remite a su horizonte más luminoso”
La obra de teatro Los últimos suicidas (Una comedia negra, una farsa filosófica), cuyo texto es de Claudio Gotbeter, bajo la dirección de José Luis Olascuaga, con las actuaciones de Graciela Abeledo, Laura Drescher y Rossana Tócoli, toca uno de los temas más acuciantes de la humanidad: el pesimismo.
Este pesimismo puede generar un desorden psicótico en donde la persona no encuentra salida, y por ello piensa que la solución para dejar de sufrir puede estar en terminar con la vida.
Muerto el perro, acabada la rabia.
De esta manera, las tres actrices que encarnan a los personajes de Andorra, Siberia y Uganda, buscarán la mejor forma del suicidio, la que sea realmente efectiva, mientras esperan que sean atendidas en la sala de algo que podríamos denominar Grupo de Ayuda para Pesimistas Anónimas. Esa espera va consumiendo días, semanas, meses, años, pero también va consumiendo la esperanza –si es que tienen alguna– de las tres mujeres y, de paso, de quienes asistimos a la puesta en escena.
El eje de la obra pasa por el optimismo-pesimismo, llegando al colmo de señalar que si uno se declara optimista desde ese preciso momento ya lo es.

Cada uno de los personajes, con sus características propias y diferenciadas, tiene parlamentos a modo de monólogos, siendo muy destacable el de Uganda, que se desdobla con una voz que es la conciencia que la interpela. Además, plantea que el amor puede llegar a ser el refugio ante el pesimismo, un amor hacia un hombre –cualquiera, porque todos son iguales– como modo de que la satisfacción, o alguno de sus modos, pueda desplazar a la desesperanza.
En Siberia el trabajo gestual, facial, es impresionante y, si se nos permite la expresión onettiana, expresa “la cara de la desgracia”, un rostro en donde la depresión, la desilusión y la apatía formulan la brutal desolación de la especie. En tanto, en Andorra hay una actuación solvente que muestra la rabia que le provoca el sentirse deprimida.
Con un escenario sobrio –apenas tres sillas, algún momento de música que calza a la perfección con el guion, una iluminación fija salvo en uno de los momentos culminantes, y las diferentes indumentarias: el sobretodo amarillo para Uganda, que expresa la locura, en una felicidad exacerbada; el vestido más formal, aunque con blusa roja, de Andorra, que nos señala una voz, y una actitud, más cercana a la razón y la lógica, y el parco vestido marrón de Siberia, con su oscuridad desesperada a cuestas–, logra hacer destacar la actuación y la interacción de las tres mujeres.

Capítulo aparte es el juego de palabras que se elabora en determinado momento: la angustia, que está ante esa sensación de sentirse atrapada sin salida, la desesperación por no encontrar el modo de superar los miedos y las ataduras de la conciencia, y deconstrucción, una palabra que ha terminado por perder su significado original y que se usa de un modo genérico, como si uno realmente pudiera destruir lo que nos ha construido –los genes, las condicionantes familiares y sociales, la experiencia individual– y sobre eso volvernos a construir de otro modo, empático y solidario a más no poder. Es cierto que el término tiene mucho que ver con la forma en que los hombres viven su masculinidad frente a la mujer, y en ese sentido el texto corre, por debajo, sobre la situación de desigualdad que vive la mujer de nuestro tiempo.

De más está decir que también hay momentos de humor, un humor a veces ácido pero que nos hace pensar.

No es casualidad que en nuestro país el suicidio alcance cifras tan alarmantes ni que el pesimismo sea una de las primeras reacciones ante las dificultades que se nos plantean en la vida diaria y que, por extensión, se traslada a todas las capas de la sociedad.
Los últimos suicidas se presenta en Teatro La Huella, los viernes de octubre y noviembre a las 21 horas.
Por Sergio Schvarz
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