En su canal de streaming La ONDA digital acaba de presentar el lanzamiento de un libro extraordinario, que pronto estará en Montevideo. Se trata de “Israel y las dictaduras del Río de la Plata” de Gerardo Leibner. Una investigación rigurosa, realizada por este historiador israelí de origen uruguayo, tiene palpitante vigencia y me atrevo a decir que nadie hubiera podido llevarla a cabo si él no hubiera hecho este trabajo de calidad y coraje incomparable.
La presentación estuvo a cargo de dos destacados historiadores, Magdalena Broquetas y Gerardo Caetano, en el salón Ibáñez de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Leibner, en sentido estricto, no necesita presentación entre nosotros.
En el gran repositorio de presentaciones bibliográficas, conferencias y debates que integran el archivo de videos de la revista La Onda Digital esta ocasión no solamente es un poderoso acicate para leer ese libro

sino que proporciona, en las exposiciones de sus colegas y sobre todo en la del propio Leibner, ciertas claves estimulantes para comprender los desafíos del método y la potencia heurística de una investigación que trascenderá generaciones.
En otras palabras, estamos seguros que, a partir de la importancia actual de las “sorpresas”, como califica el autor a sus hallazgos, dentro de muchas décadas habrá quien cite a Leibner y diga “yo lo leí en un libro publicado en el 2026” o “yo lo escuché explicado por el autor en los videos que se usaban en el siglo pasado”.
Aclarado esto y a modo de aperitivo deseamos aportar un comentario, una especie de precuela como dicen algunos, que los desarrollos a partir de la obra de Leibner o de otros historiadores, deberán poner a prueba en un futuro inmediato. El autor explora el alto grado de coincidencia entre el gobierno israelí y las dictaduras rioplatenses, centrado en la “contrainsurgencia”, los cursos, recursos y el manto de
protección institucional que Israel proporcionó a las dictaduras, tanto en Uruguay como en Argentina y muy posiblemente en Chile. La exploración de esta coincidencia es llamativa porque un buen número sino la misma “masa crítica” de las jerarquías militares y civiles de las dictaduras rioplatenses eran definidamente pro nazis, nostálgicos del fascismo italiano, del nacional catolicismo franquista y sobre todo del nazismo puro y duro.
Desde los que tenían retratos de Adolf Hitler en sus despachos y pistolas de la Wehrmacht en sus cajones, hasta los que atesoraban memorabilia nazi y de las SS en sus hogares. Las simpatías nazis en Uruguay probablemente hayan sido menos explícitas que en la Argentina y tal vez haya que remontarlo, sobre todo en el ámbito de la formación militar, a la admiración que generaron los oficiales prusianos que se desempeñaron como asesores e instructores en ejércitos latinoamericanos, en el siglo XIX.
Esto fue muy claro en Chile y en Bolivia. En Uruguay los instructores franceses tuvieron más peso y sin perjuicio de los mercenarios germanos, que participaron en uno y otro bando en las luchas de la independencia y posteriores, no es aventurado hipotetizar en el sentido que la admiración por Hitler y
sus secuaces se haya fortalecido a partir del mito de la eficiencia militar y el poderío ideológico que se atribuía al militarismo prusiano, a los cascos de acero, al Führerprinzip y a las Waffen SS a partir de 1933.
Esta es una hipótesis precaria, como todas las hipótesis, pero se podría profundizar más allá de los nombres de más reconocidos de los filonazis, como Ballestrino, Silva Ledesma y varios más.
Examinar las compras de armamento, especialmente de artillería, aviación y armamento reglamentario (donde el obús francés Schneider de 105 convivía con los Krupp 85 alemanes, el aeroplano Blériot XI y los Farman fueron la norma a principios del siglo XX y el fusil reglamentario era el Mauser alemán desde 1896), los manuales, programas y publicaciones puede ser el camino. En nuestro país la influencia doctrinaria fue francesa; aunque no hubo una misión militar francesa, se
adoptó modelos franceses en la organización del Ejército y la Sanidad Militar a principios del siglo XX. Oficiales y médicos uruguayos viajaron a Francia para especializarse y luego aplicaron estos conocimientos aquí.
En Argentina las cosas fueron distintas, desde las publicaciones con tomos dedicados a divisiones de la Wehrmacht durante las campañas de la Segunda Guerra Mundial, hasta la abierta simpatía de Juan Domingo Perón por el fascismo y por la protección brindada a todo tipo de criminales de guerra alemanes, austríacos y croatas. O la ayuda económica, los cientos de miles de toneladas de trigo argentino, que le permitieron al franquismo mantenerse en el poder sobrellevando las hambrunas de la década del 40 del siglo pasado.
De hecho, en 1899 el gobierno argentino, presidido nada menos que por el Gral. Julio Argentino Roca, solicitó ayuda a Alemania para modernizar sus fuerzas armadas. Oficiales alemanes fueron enviados para organizar las instituciones de educación militar superior y entrenar oficiales. La estructura, disciplina y doctrina del ejército argentino se inspiraron en el modelo prusiano, considerado en la época como el más prestigioso y eficaz. Entre 1920 y 1940 Alemania se convirtió en el actor externo más influyente en la profesionalización del ejército argentino, más que Francia o los Estados Unidos.
Volviendo a las “sorpresas” que entraña la extraordinaria investigación de Leibner, el cangrejo debajo de la piedra está en el antisemitismo feroz del nazismo y sus simpatizantes uruguayos y argentinos, en sus dictaduras (1972-1984) y su colaboración y coincidencia con el gobierno de Israel en esos años. Yo creo que la clave está en el carácter profundamente derechista del sionismo, por lo menos de la versión preponderante del sionismo. Ser antisemita y pro sionista no es contradictorio; no lo era entre 1972 y 1984 y no lo es ahora.
En el contexto de la Guerra Fría en que se movían como peones estadounidenses las dictaduras latinoamericanas, aún con sus vaivenes, tenían varios puntos de contacto con el régimen israelí: el Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia de las dictaduras
rioplatenses siempre actuaron en coincidencia. La venta y dotación de armamentos es otro de los canales de vínculo estrecho entre sionistas y dictaduras. La cobertura diplomática, mediante la cual Israel y sus influyente lobby sionista en Estados Unidos encubría los crímenes de lesa humanidad cometidos por las dictaduras rioplatenses e incluso saboteaban las denuncias que se hacían contra ellas en ámbitos internacionales.
Leibner naturalmente no está sorprendido por esta colaboración y coincidencia que él desvela y analiza en su apasionante investigación porque conoce muy bien el paño.
Algún historiador uruguayo podría sorprenderse de como sionismo y antisemitismo han podido convivir y complementarse perfectamente pero esto se debe, muy probablemente, a un conocimiento superficial o limitado de lo que es y ha sido el sionismo que, por cierto, no es un fenómeno simple.
Habrá que traducir los pasajes fundamentales de “El Muro de Hierro”, el artículo que Vladimir Jabotinsky escribió en 1923 acerca de la colonización de Palestina, para contribuir a que se comprendan mejor las razones de la coincidencia entre Israel y las dictaduras rioplatenses y/o latinoamericanas 1972-1984.
Sería un atrevimiento opinar sin haber podido leer el libro pero Leibner no es un historiador de los que “surfean” la historia reciente y ha apuntado en su exposición (la de la presentación) a un aspecto de fondo que él relaciona más bien con los “imaginarios”.
Se trata del mito del Estado de Israel como “trinchera de Occidente”, es decir un enclave de civilización occidental en medio de la barbarie que es uno de los mitos del sionismo en su versión más ashkenazi (más etnonacionalista europea).
El autor califica a este mito como una barbaridad, la de atribuir “barbarie” a la cultura árabe y civilización al colonialismo sionista, pero relaciona dicho mito con otro típicamente rioplatense: de que las
culturas del Río de la Plata tienen un orígen netamente europeo, occidental.
Este mito lo recordaba hace muchos años nuestro mentor y amigo, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro (1922-1997) (exiliado en Montevideo en 1964), el mito de “los pueblos que descienden de los barcos”. Para investigar esto, Darcy estableció un seminario sobre Aculturación en la Universidad de la República con el objetivo de profundizar en el componente indígena de nuestra cultura.
Encabezados por este precursor de la antropología científica en Uruguay y por el entonces Director del Instituto de Psicología de la Facultad de Humanidades y Ciencias, nuestro profesor y mentor, el Dr. Jorge Galeano Muñoz (1919 -1987), exploramos todos los archivos de la región (la mayoría radicados en Buenos Aires) y trabajamos con el mayor experto en la materia, el Dr. Juan Alejandro Apolant (1903-1975). Los ayudantes de Darcy Ribeiro y de Jorge Galeano éramos Renzo Pi Hugarte (1934-2012) uno de los grandes antropólogos de este país, Sarah Cavagnaro Obez (1945-1995) psicoanalista, docente, investigadora y quien suscribe, entre otros.
Además del origen multiétnico de nuestra sociedad y cultura, durante ciertas épocas rigió el mito de la predominancia europea absoluta o de la civilización netamente europeizante. Este mito convive perfectamente con el de Israel como la “trinchera de Occidente” en el Medio Oriente. Se parecen lo suficiente para que los sectores más reaccionarios, las derechas más recalcitrantes, monten sus relatos justificativos de olvidos, injusticias y crímenes.
La antropología tiene para aportar en torno a estos mitos y sus características, que no son sencillas, sino formas complejas de ocultar el colonialismo y las desigualdades en las sociedades actuales y en las visiones de futuro, aunque esto no sea más que un complemento de la investigación pura y dura y de aportes tan significativos como los de Gerardo Leibner.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.
Otros artículos del mismo autor: