Inteligencia sin dignidad: la fractura moral de la izquierda

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 «Decir la verdad es siempre revolucionario.»
 Antonio Gramsci

A quien le caiga el sayo, que se lo ponga. Esta es una columna difícil, muy difícil, que involucra a muchas personas, compañeros e incluso a mí personalmente. Es una contradicción que marca a fuego a quienes se han escudado en su inteligencia particular para esconder su falta de integridad.

No voy a dar nombres; no porque no los tenga, ni porque me falten ganas o coraje, sino porque perdería mi objetivo fundamental: tratar de aprender de los graves errores del pasado reciente.

Hay y hubo personajes muy inteligentes en la política uruguaya que hicieron aportes al país y a sus organizaciones, y punto. Y hubo de los otros: los que, además de su gran inteligencia, carecieron de dignidad y de integridad, haciéndole daño al país, a sus organizaciones y en especial a la izquierda y a su historia.

¿La difícil situación que enfrentamos ahora depende de esos personajes? No necesariamente, pero la construcción de relatos falsos y de deformaciones profundas en amplios sectores de militantes de la izquierda uruguaya sí depende de ese tipo de conductas.

Hay un concepto muy peligroso: la inteligencia lleva muchas veces al borde, a poner a prueba la dignidad y, en ocasiones, a sumergirse en la entrega de principios fundamentales. Principios sin los cuales la izquierda deja violentamente de ser izquierda, aunque proclame su condición a los cuatro vientos.

No menciono a nadie para que esto no se reduzca a una crónica. En esta izquierda, cada día nos acostumbramos más a vivir arrullados y sumergidos nada más que en la crónica; la cual bien puede ser la crónica de una muerte anunciada, aunque se prolongue por largos períodos.

En la tradición del pensamiento de izquierda, la tensión entre inteligencia (el intelecto, la técnica, el análisis estratégico o la razón instrumental) y dignidad (la condición moral, la emancipación humana y la negativa a ser reducido a un objeto, a la traición o a la entrega de compañeros al enemigo fascista) rara vez se planteó como una contradicción abstracta, sino como una batalla concreta contra la alienación y el elitismo.

Cuando la inteligencia se despoja de la dignidad, la izquierda histórica la denunció como pura tecnocracia, cinismo de clase o domesticación al servicio del poder. A la inversa, cuando la búsqueda de dignidad carece de lucidez teórica, corre el riesgo de agotarse en el voluntarismo o en la derrota sentimental.

Distintos referentes y corrientes clave han abordado este cruce a lo largo del tiempo:

Para Marx, el intelecto y la ciencia bajo las relaciones de producción burguesas sufren una perversión: el trabajo intelectual se separa del trabajo manual y se convierte en una fuerza hostil contra el propio productor. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, advierte cómo la alienación despoja al ser humano de su «ser genérico» (Gattungswesen), reduciendo al trabajador a un apéndice técnico de la máquina. La inteligencia técnica no emancipa si produce degradación moral y material. La dignidad no es un concepto metafísico burgués, sino la recuperación de la totalidad de las facultades humanas (teóricas y prácticas) fuera de la lógica de la mercancía.

Pocas figuras encarnaron con tanta fuerza la subordinación del cálculo político a la dignidad ética como Rosa Luxemburgo. En su célebre polémica con los bolcheviques en La Revolución Rusa (1918), sentenció: «La libertad es siempre y exclusivamente la libertad para quien piensa de manera diferente». Y la libertad es la máxima expresión de la dignidad. La supuesta «inteligencia táctica» de la burocracia partidaria o del aparato estatal jamás puede justificar el aplastamiento de la conciencia y la autodeterminación del pueblo. Para Luxemburgo, un socialismo sin dignidad, sin debate honesto y sin autocrítica de masas degenera en una cáscara autoritaria.

Gramsci desarma la falsa dicotomía tradicional entre el «sabio» y el «ignorante» en sus Cuadernos de la cárcel. Al sostener que «todos los hombres son intelectuales, aunque no todos cumplan en la sociedad la función de intelectuales», restituye de raíz la dignidad inherente a la experiencia y al sentido común popular. Rechaza al intelectual elitista y distante («inteligente» en abstracto) y propone el intelectual orgánico: aquel que une el rigor del análisis con el sentimiento y el dolor de su clase: «No se puede hacer política-historia sin esa pasión, es decir, sin esa conexión sentimental entre intelectuales y pueblo-nación». Su fórmula clásica tomada de Romain Rolland, «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad», es precisamente el punto de encuentro: la inteligencia desnuda las dificultades reales sin engaños ni complacencias, pero la voluntad moral —la dignidad de no claudicar— empuja la transformación histórica.

En Los condenados de la tierra y Piel negra, máscaras blancas, Fanon analiza cómo el colonialismo utiliza la inteligencia, el lenguaje y la cultura occidental para imponer un complejo de inferioridad ontológica al colonizado. Frente a la arrogancia intelectual de la metrópoli, el sujeto oprimido debe reconquistar primero su dignidad a través de la ruptura y la acción descolonizadora. La inteligencia no precede a la dignidad en el colonizado; la dignidad es el acto que le devuelve la capacidad de pensar por sí mismo y rechazar la asimilación alienante.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Sartre situó la libertad y la dignidad en el centro de la responsabilidad intelectual. En ¿Qué es la literatura? y en sus ensayos políticos, argumenta que el intelectual no puede parapetarse en una torre de marfil de «lucidez neutral». La inteligencia sin compromiso moral con los oprimidos, con los compañeros, con los que comparten peligros y combates, es una complicidad tácita con la opresión. La dignidad radica en asumir la contingencia y la culpa de la acción histórica antes que refugiarse en una pretendida superioridad analítica que no toma riesgos.

En América Latina, la reflexión tomó un cariz intensamente pedagógico y ético. Ernesto «Che» Guevara (El socialismo y el hombre nuevo) insistió en que la construcción económica y el desarrollo técnico no tenían sentido sin una profunda elevación moral. Para Guevara, la inteligencia organizativa y productiva debía estar guiada por los estímulos morales y la solidaridad internacional, resumidos en su concepción de que «el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor».

Observo que he manifestado serias discrepancias con Ernesto Guevara más allá de su papel como conductor moral en la batalla por cambiar las injusticias del mundo. Es más: siendo un hombre extremadamente inteligente y capaz, su sobrevaloración de los factores de la dignidad lo llevó a cometer graves errores en su lectura de las situaciones concretas en el Congo y en Bolivia, pero nunca al precio de comprometer su integridad.

Por su parte, Paulo Freire (Pedagogía del oprimido) rechazó la «educación bancaria», donde el educador deposita saber sobre cabezas consideradas vacías, lo que constituye una negación flagrante de la dignidad. Freire planteó que la inteligencia crítica solo florece cuando existe un reconocimiento mutuo de la dignidad humana a través del diálogo horizontal.

La inteligencia desprovista de rectitud corre siempre el riesgo de degenerar en astucia estéril, en un cálculo frío que optimiza el beneficio inmediato a expensas de la verdad. 

Es en la moral alcanza su sentido pleno, pues saber pensar carece de valor duradero si no conduce a saber convivir con justicia y dignidad. La moral proporciona el horizonte que orienta la potencia creadora de la inteligencia, asegurando que las decisiones no solo sean eficaces, sino humanas y responsables. Quien combina una mente lúcida con una conducta transparente comprende que el verdadero mérito no reside en la habilidad para imponerse a los demás, sino en la solidez ética que resiste la tentación del atajo y honra el compromiso con el bien común. Y sobre todo no sacar ventajes de las posiciones conquistadas en el poder, mezclando los negocios y la política.

Frase muy pronunciada en la izquierda uruguaya, pero violada en reiteración real, eso sí “robando para la corona”. Para recordar la célebre frase de un ministro menemista. 

En el fondo, la izquierda contemporánea, al repensar debates como la inteligencia artificial, la tecnocracia de mercado o la pérdida de derechos laborales, vuelve una y otra vez a esta advertencia: la inteligencia que se pone al servicio de la dominación deja de ser sabiduría y se vuelve barbarie eficaz; la dignidad es el límite infranqueable que le recuerda al intelecto a quién debe servir.

Es posible que nos hayamos alejado de la cotidianidad y de la historia reciente; por eso terminaré con una pregunta: ¿no conocemos acaso personajes extremadamente lúcidos que en su trayectoria fueron tan hábiles como para camuflar comportamientos verdaderamente indignos ante los enemigos?

Estoy profundamente en contra de una frase que he utilizado y que pertenece a mi querido amigo Horacio Buscaglia: «Qué sponsor, la muerte». No es cierto. Cada uno de nosotros, y los que ya se fueron, se llevaron consigo sus virtudes, sus defectos, sus grandezas, sus miserias, su inteligencia y sus indignidades. Aunque el sentido de piedad a veces eleve las virtudes por encima de las fallas, algunos se llevaron a sus tumbas sus méritos, pero dejaron de este lado sus traiciones, sus entregas y su falta absoluta de integridad.

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