Brasil al borde del abismo: la victoria que salvó a la región

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  Las tensiones que se acumularon en todo el continente y hasta se podría decir que en el mundo por el balotaje entre Luis Inasio LULA da Silva y Flavio Bolsonaro, explotaron esta anochecer de Brasilia, cuando los datos muy ajustados pero contundentes mostraron la victoria del candidato del Partido de los Trabajadores, electo por cuarta vez como presidente de la república federal de Brasil.

Es una victoria en primer lugar del pueblo humilde y trabajador del enorme país del norte, de una tradición construida con inteligencia y con tenacidad, que incluso tuvo que superar un periodo de cárcel, por parte del PT y en especial de Lula. Es verdaderamente una victoria histórica.

Es una victoria contra una ultra derecha que promovió a Bolsonaro con el apoyo de Donald Trump a niveles que no tiene antecedentes en toda la historia del continente al que se le sumó nada menos que Javier Milei, el desmelenado y desenfrenado presidente argentino.

Se acumulan hechos nunca antes registrados, la duración en la presidencia democrática de una sola persona y nada menos que en Brasil, el intervencionismo a niveles totoles y que reescribieron la doctrina Monroe, la apetencia sin límites de los Estados Unidos por las riquezas de Brasil, y el peligro que corría la batalla por preservar la Amazonia de una salvaje desforestación.

Lo que estuvo en juego en las urnas no fue una simple alternancia de partidos ni el habitual balance pendular de la política latinoamericana. Se dirimía, en el sentido más crudo y dramático del término, la supervivencia misma del pacto democrático regional y el destino ecológico del planeta. Del otro lado no había un adversario conservador tradicional con el que acordar reglas de convivencia civilizada; operaba una maquinaria fanática que transformó el odio visceral, la mentira industrializada por las redes y el fundamentalismo religioso en su principal combustible para demoler las instituciones desde adentro.

La trama internacional que rodeó esta contienda desnudó las urgencias de una geopolítica feroz. El alineamiento desembozado de Washington, la sombra de Donald Trump operando sobre los resortes del poder y los aplausos estridentes de Javier Milei desde Buenos Aires confirmaron que la batalla de Brasilia era el epicentro de un experimento continental. Pretendían consolidar en el corazón de América del Sur un enclave de sumisión económica, desregulación salvaje y entrega territorial, rematando el pulmón amazónico a los intereses del agronegocio corporativo y la minería clandestina. Una derrota popular en Brasil hubiera significado un golpe demoledor, una condena de décadas para cualquier proyecto de soberanía, integración y justicia social en todo nuestro continente.

La hazaña de Lula adquiere por eso dimensiones colosales, casi épicas, pero no admite el menor atisbo de triunfalismo ingenuo. Este cuarto mandato nace bajo el signo de la trinchera. El presidente electo asume la conducción de una nación desgarrada por la mitad, donde el bolsonarismo no desaparece con el conteo de los votos: sigue atrincherado en el Congreso, en buena parte de las gobernaciones más ricas, en los cuarteles y en millones de conciencias moldeadas por el revanchismo de clase. Gobernar en estas condiciones exigirá no solo la probada muñeca política del viejo líder metalúrgico, sino la capacidad de construir una muralla popular que sostenga cada medida frente al sabotaje parlamentario y financiero que ya está en marcha.

Habrá que reconstruir el Estado desmantelado, seguir dándole pan y dignidad a millones de familias todavía sumergidas en la indigencia, y al mismo tiempo frenar con mano de hierro el ecocidio en la selva. La tarea es descomunal. Sin embargo, en esta noche de tensión contenida y desahogo en las calles de San Pablo, Río y el nordeste profundo y en tantas ciudades, queda claro un mensaje histórico: contra la prepotencia de los poderosos, contra las cárceles injustas, contra la complicidad internacional de las extremas derechas y contra la resignación, el pueblo trabajador demostró que la historia todavía no está escrita por sus verdugos. América Latina respira con alivio porque el gigante despertó a tiempo y eligió, al filo de todo, seguir de pie.

Mirado desde un materialismo histórico riguroso, despojado de consignas fosilizadas y catecismos de manual, este resultado electoral debe leerse en su verdadera escala: no como la toma definitiva del poder por parte de la clase trabajadora, sino como una victoria estratégica de valor incalculable en la correlación de fuerzas. El aparato estatal burgués, con sus mecanismos de coerción, su judicatura corporativa y su subordinación a los circuitos financieros globales, permanece intacto. Lo que el pueblo brasileño conquistó en las urnas fue el derecho a seguir disputando la hegemonía social y política en un terreno donde la barbarie amenazaba con clausurar toda posibilidad de resistencia organizada.

El neofascismo que encarnó el clan Bolsonaro no fue una anomalía patológica del sistema, sino la respuesta de choque del capital en su fase de crisis estructural: la necesidad del agronegocio extractivista de devorar la Amazonia sin trabas regulatorias, la urgencia de desarmar los convenios laborales colectivos y la disciplina social impuesta mediante el fanatismo miliciano y eclesiástico. Frente a ese proyecto descarnado, el triunfo de Lula representa el freno de mano de las masas populares ante el despojo total. Sin embargo, el desafío de la izquierda no dogmática es evitar caer en la trampa de la pura administración benevolente del orden existente. La gobernabilidad no puede pagarse al precio de vaciar de contenido emancipador las demandas del campesinado sin tierra, de la juventud de las periferias, de los pueblos originarios y del proletariado precarizado que pusieron el cuerpo en esta gesta.

Para el Uruguay, este desenlace no es un mero dato de la política exterior; es una cuestión vital de supervivencia geopolítica y económica. Nuestro país jamás fue una isla inmune a las corrientes de fondo del Río de la Plata y del Cono Sur. Con una Argentina desgarrada por el experimento ultraliberal y anarcolibertario de Javier Milei, una consolidación del eje reaccionario en Brasil hubiera dejado a la izquierda uruguaya y al movimiento obrero encorsetados en una tenaza asfixiante, condenados a la subordinación pasiva ante el capital transnacional.

La presencia de Lula en Planalto oxigena directamente la lucha política oriental. Primero, porque dinamita la fantasía de las derechas locales de desguazar el Mercosur en beneficio de acuerdos de libre comercio asimétricos que destruyen la poca industria nacional que sobrevive y profundizan el extractivismo sojero, ganadero y forestal. Segundo, porque reconfigura el horizonte para el Frente Amplio y el PIT-CNT: les devuelve un punto de apoyo regional clave, pero también les plantea un espejo implacable. En el Río de la Plata, como en Brasilia, la tibieza de la gestión tecnocrática suele ser la antesala del retorno violento de la reacción.

El triunfo en Brasil le recuerda a la izquierda uruguaya que la democracia formal solo se defiende profundizándola: redistribuyendo la riqueza concentrada, organizando la base social desde abajo y entendiendo que la integración de nuestros pueblos es la única trinchera posible frente a la ofensiva del imperialismo global. La victoria al filo de todo en Brasil no es el final de ninguna marcha; es el comienzo de una batalla continental donde Uruguay, una vez más, tiene que elegir de qué lado de la historia va a construir su destino.

Lograrán los dirigentes del Frente Amplio y del propio gobierno aprender esta lección a tiempo e incluso valorar la enorme capacidad de solidaridad creativa de unos pocos militantes que brindaron su apoyo a la campaña de Lula, con excelentes resultados, cuando en el Uruguay tanto a nivel del gobierno como del FA la comunicación política es una de las mayores debilidades.

La capacidad de reaccionar a tiempo luego del resultado negativo del 4 de octubre en la primera vuelta de las elecciones en Brasill, de virar y darle a la movilización popular y a la campaña de comunicación un viraje muy importante, fueron fundamentales. En Brasil fue en 19 días, en Uruguay quedan todavía tres años para las elecciones y para gobernar mucho mejor.

 

 

 

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