“No hay hombres buenos”: La patología del fanatismo

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La violencia, el fanatismo religioso llevado al extremo, la misoginia patológica y desaforada, la intolerancia y el autoritarismo son los cinco vectores temáticos de “No hay hombres buenos”,  el asfixiante drama político, no exento de toques de comedia romántica, de la cineasta afgana Shahrbanoo Sadat, que indaga en la paupérrima situación que afrontan las mujeres en este país gobernado por una rígida e intransigente teocracia musulmana.

Para comprender cabalmente los pormenores de este relato sin dudas removedor, es menester otorgarle un contexto histórico, que es político, religioso pero particularmente geopolítico, ya que este país asiático siempre ha sido una suerte de botín, alimentado, durante el siglo pasado, por la pugna entre dos bloques ideológicos y militares en plena Guerra Fría.

No en vano, Afganistán es conocido como el “panteón de los imperios”, ya que en su territorio sucumbieron, en el pasado, el imperio aqueménida de Darío el Grande y hasta el demoledor ejército de Alejandro de Macedonia. Ambos padecieron la hostilidad de las tribus locales que no sucumbieron ante el poderío de sus enemigos.

Una situación similar afrontó el imperio británico, que luchó en tres guerras en los siglos XIX y XX (1839-1842, 1878-1880 y 1919), sufriendo estrepitosas derrotas como la retirada de Kabul, que es la capital, aunque en la segunda lograron ciertos objetivos políticos antes de replegarse definitivamente.

Empero, los conflictos que tuvieron una mayor visibilidad mediática fueron los que involucraron inicialmente a la Unión Soviética antes de su disolución, entre 1978 y 1992.

Todo comenzó con un golpe de Estado apoyado por Moscú que instaló un régimen estalinista e intentó imponer reformas radicales que fueron rechazadas. En ese contexto, la URSS invadió el territorio afgano para sostener al gobierno y debieron enfrentarse a los combativos Los muyahidines, grupos insurgentes islámicos que recibieron apoyo financiero y militar de Estados Unidos, Pakistán y Arabia Saudita. Los soviéticos se retiraron en 1989, pero el país quedó sumido en una guerra civil que culminó en 1992 con la caída del gobierno.

En ese marco, entraron en escena los talibanes, una organización musulmana fundamentalista que logró tomar el control del país y del gobierno en 1994, imponiendo una dictadura sustentada en la ley islámica, que otorgaron refugio a la red Al Qaeda y a su líder Osama bin Laden, quien, luego de haber sido en el pasado aliado de los Estados Unidos para afrontar la ocupación soviética, se transformó en un radical enemigo de occidente.

El resto de la historia es bastante conocida porque se registró hace apenas un cuarto de siglo, tras los atentados del 11 de setiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, durante la presidencia George W. Bush. La reacción de Estados Unidos y sus aliados occidentales fue inmediata y, como el gobierno afgano se negó a entregar a Osama bin Laden, el país fue invadido y el gobierno islámico fue derrocado y reemplazado por un régimen afín a las potencias hegemónicas del momento.

Empero, los talibanes, que organizaron una guerrilla, tampoco sucumbieron a la poderosa maquinaria militar de la OTAN y, apenas diez años después, regresaron al poder y volvieron a imponer una terrible dictadura inspirada en la ley islámica.

La población civil parece condenada a padecer los peores infortunios, entre el fanatismo religioso del gobierno y los apetitos imperiales de las potencias de Occidente, por su ubicación geopolítica estratégica y sus cuantiosas riquezas minerales.

En efecto, el territorio afgano fue históricamente un punto clave de la Ruta de la Seda,. En la era moderna, controla las rutas comerciales, de transporte y los posibles corredores de oleoductos y gasoductos entre las naciones ricas en energía de Asia Central y los mercados densamente poblados de Pakistán, la India y el resto del mundo. Incluso, en el siglo XIX, fue el estado tapón donde chocaron los intereses del Imperio Británico y el Imperio Ruso. En ese marco, quien controlaba  Afganistán tenía  la capacidad de proyectar poder militar y político hacia múltiples regiones estratégicas del continente asiático.

Empero, el gran botín económico es la colosal riqueza mineral que subyace en su subsuelo, que alberga un tesoro estimado en entre 1 y 3 billones de dólares. En efecto, en este país hay abundantes yacimientos de litio, crucial para la transición energética, de tierras raras, que son minerales esenciales para la fabricación de chips, smartphones, satélites, imanes avanzados y tecnología militar de punta, cobre y hierro, así como cuantiosas reservas de petróleo, gas natural, carbón, oro, mármol y piedras preciosas. 

La protagonista de este intenso relato ambientada en 2021 en Afganistán, es Naru, quien es encarnada por la propia Shahrbanoo Sadat, una desdichada mujer separada de su violento marido, con un hijo a su cargo y un trabajo como operadora de cámara en una cadena televisiva que le permite sostener su hogar monoparental. Su actividad profesional no es la mejor y está lejos de satisfacerla, ya que se dedica a filmar programas de pasatiempo meramente baladíes y burdamente sentimentales que no colman sus expectativas. Por supuesto, ella aspira a participar en espacios periodísticos que releven la dramática situación de su país. En ese contexto, a raíz de la falta de un colega, debe cubrir una entrevista a un líder talibán, que está a cargo del entrevistador Quodrat (Anwar Hashimi). Pese a que este se manifiesta complaciente, 

el entrevistado se molesta porque la mujer no se cubre la cabeza como es debido, tal cual lo marcan las rígidas reglas del Corán, 

Esa situación la expone a la reprimenda de su jefe, quien la condena a trabajar en la calle en la cobertura de celebraciones tradicionales, como castigo a su osadía de no presentarse acorde a las normas que impone la religión. Este es el primer testimonio de intolerancia con el sexo femenino que expone la película, que, en este caso, funge como denuncia, porque las mujeres no tienen ni siquiera la libertad de vestir como lo desean, ya que deben acatar los autoritarios dictados del modelo patriarcal hegemónico.

Por supuesto, padece la violencia machista en carne propia con su marido, quien le ha sido infiel, pese a que la ley coránica permite que un hombre tenga hasta cuatro esposas. En ese contexto, para castigarla, el hombre incluso secuestra a su hija de tres años y la saca por la fuerza de la escuela.

Hay una clara asimetría en materia de derechos, porque lo que se le admite a los hombres no se le permite a las mujeres. En ese contexto, el régimen es una dictadura, porque no sólo es un autocracia absolutamente ajena a las reglas democráticas que rigen en Occidente, sino que el sexo femenino no tiene los mismos derechos que el masculino.

En efecto, tiene muy limitado el derecho a la educación y sólo pueden concurrir al ciclo primario, Cuando más ignorantes y menos preparadas sean sus posibilidades de desarrollarse y de rebelarse contra los hombres estarán condicionadas.

También están limitadas en el derecho al trabajo, ya que no pueden desempeñarse en cargos estatales ni en organizaciones no gubernamentales. También tienen prohibido laborar  en diversas actividades comerciales y de servicios, particularmente en todo lo atinente a la estética y la belleza.

Para la mujer la libertad de expresión no existe, ya que no puede ser escuchada en público. Se le prohíbe hablar y cantar en la vía pública. Tampoco puede mostrar su rostro y su cuerpo e incluso está limitada en su capacidad de movilizarse y sólo puede viajar en un medio de transporte en compañía de su marido.

Si bien la soltería está permitida, todas deben tener un tutor masculino, que puede ser un familiar o cualquier otro hombre. Incluso, pueden casarse sólo con el consentimiento de su padre y contraer enlace a partir de los 9 años de edad. En ese marco, un hombre mayor puede desposar una niña que tenga edad para ser su hija o su nieta. Incluso, los futuros maridos deben pegar una dote al padre de no menos de 20.000 dólares. En consecuencia, el amor se transforma en un negocio con valor de mercado.

En tanto, la homosexualidad está prohibida para ambos sexos y es considerada un delito, que puede exponer al eventual infractor a la cárcel e incluso hasta a la pena de muerte.

Todas estas normas, que para los occidentales como nosotros parecen inconcebibles, constituyen groseras violaciones a los derechos humanos y los países que las aplican deberían ser sancionados y expulsados de la Organización de las Naciones Unidas, por no acatar las normas del derecho internacional.

Estas referencias tienen el propósito de arrojar luz donde hay sombras y de poner en contexto la situación de la protagonista de esta película, que, por la crudeza de los cuadros de postración que debe padecer el sexo femenino, constituye una denuncia.

Empero, la intervención de las potencias en este país nunca respondió a motivaciones éticas, sino más bien económicas  estratégicas o geopolítica. Estados Unidos y sus aliados atacaron Afganistán no para proteger los derechos de las mujeres, sino en represaría por los dantescos atentados de las Torre Gemelas.

Esta infortunada mujer, que lucha enconadamente por sus derechos en situación de absoluta soledad e indefensión, termina imponiéndose por su profesionalidad 

Incluso, su jefe Quodrat cambia radicalmente su actitud con ella e incluso entabla un romance con la mujer en un momento crítico, cuando, en 2021, los talibanes ganan la guerra contra el gobierno títere de Occidente y tomanel control del territorio. Los temerosos habitantes tienen claro que se trata de un movimiento político, religioso y militar islámico de ideología fundamentalista, que fue fundado en 1990, en Pakistán, en las madrasas, que son escuelas coránicas, No en vano, la traducción de talibán es estudiante.

El romance lega a su contexto álgido cuando los precarios derechos de Naru se ven amenazados tanto por los talibanes como por su vengativo marido, y Kabul cae en manos de los teócratas lo cual supone una catástrofe política que afecta mucho más a las mujeres que a los hombres.

En el último tramo de este relato, que destaca por su intensidad dramática más allá de sus eventuales toques de comedia romántica, se aprecia claramente el temor generalizado por la irrupción de estos fanáticos. Las imágenes, de elocuencia sin dudas singular, retratan el caos de multitudes desplazándose presurosamente en autos, ómnibus e incluso a pie rumbo al aeropuerto de Kabul, donde se habilitó un puente aéreo para quienes desean abandonar el país, aunque con cupos limitados.

Las escenas, de inusitada desesperación, dan testimonio del terror que todos intuyen que se avecina, con la protagonista intentando ser rescatada junto a su hijo de tres años de edad y abordar un avión que la lleve al exilio.

Si bien el título de la película sugiere que no hay hombres buenos, la mutación del protagonista masculino, que experimenta un cambio  radical, parece sugerir que el problema no son las personas en sí mismas, sino las creencias y los dogmas. No en vano, incluso en la sociedad uruguaya que es bastante abierta, suele haber mujeres que adhieren a la cultura patriarcal y hasta rechazan a los movimientos feministas, que son corrientes emancipadoras y verdaderamente libertarias en la acepción más correcta del vocablo, que nada tiene que ver con el liberalismo de mercado promovido por gobiernos conservadores como el del argentino Javier Milei, que, paradójicamente, es líder de una corriente que se denomina La Libertad Avanza.

En efecto, el avance real de la libertad sólo es posible si caen los dogmas, tanto sea los religiosos como los económicos. El neoliberalismo, que es sólo libertad de mercado y la hegemonía de quienes detentan el poder real, no es libertario porque está sostenido en la oferta y la demanda y en el modelo concentrador.

También en materia religiosa la concentración de poder, los dogmas y las creencias son tóxicas y responsables que, en muchos países del planeta, como Afganistán y otras monarquías islámicas, se perpetren las peores aberraciones y violaciones a los derechos humanos consagrados por el derecho internacional.

Este film es un contundente retrato del fanatismo más desaforado y rampante, que impone normas inaceptables a sociedades sojuzgadas por sacerdotes que se adjudican a sí mismos la potestad de decidir, en este caso, qué derechos tienen la mujer, en materia de libertad de expresión, de trabajo, de educación y de vestimenta.

Esta película no es una comedia como la ha calificado parte de la crítica internacional. Es, por el contrario, un drama y un drama que es cotidiano, porque  el calvario que padece la protagonista de esta historia es el mismo de millones de mujeres que deben tolerar cotidianamente los atropellos de dictaduras de impronta presuntamente espiritual.

Las sociedades tolerantes son aquellas que aceptan al diferente y que garantizan el libre usufructo de la libertad individual, no sólo de ambos sexos sino también de las minorías, porque esa es la esencia misma de una democracia plena.

De ahí la necesidad de apoyar a los movimientos feministas y a las organizaciones que reivindican la diversidad sexual, con coraje y con orgullo de ser lo que quieren ser y lo que sienten, sin eventuales tutorías ni apócrifos catecismos morales, que en muchos casos encubren miserias subyacentes.

Esta película revela una realidad radicalmente diferente a lo que conocemos en nuestros lares que, aunque no están exentos de intolerancia, de odio y de patológica violencia femicida, por lo menos ahora penaliza esas conductas. De ahí la necesidad de visionar e interpretar cabalmente el mensaje de “No hay hombres buenos”, como una suerte de militancia contra el autoritario modelo patriarcal, más allá de las intrínsecas virtudes artísticas que posee este valioso largometraje.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

No hay hombre buenos (No Good Men) Alemania, Francia, Noruega, Dinamarca, Afganistán. 2026. Dirección: Shahrbanoo Sadat. Guión: Shahrbanoo Sadat. Fotografía: Virginie Surdej. Montaje: Alexandra Strauss. Música: Harpreet Bansal, Therese Aune, Kristian Eidnes, Reparto: Shahrbanoo Sadat,  Anwar Hashimi, Liam Hussaini, Yasin Negah, Masihullah Tajzai,Torkan Omari, Fatima Hassani y. Ahmad Aziz

 

 

 

 

 

 

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