El capitalismo desaforado, el poder del imperio, la soberbia y la crisis ambiental son los cuatro principales núcleos temáticos de “Digger”, el flamante largometraje del laureado realizador mexicano Alejandro González Iñárrìtu, que ganó cinco premios Oscar y otros dos galardones en el prestigioso Festival de Cannes, por su valioso producción artística.
En efecto, el exitoso director, que hace veinte años reside en los Estados Unidos, lo cual le ha
permitido incursionar en la elite de la más prolífica industria del cine, siempre mantuvo el sello de fábrica que ha caracterizado a su identidad artística.
En tal sentido, su cine revulsivo ha dividido en forma casi asimétrica a la audiencia y la crítica, entre fervientes admiradores e implacables detractores. No en vano, como lo sugiere “Bardo”, su película anterior, su propuesta cinematográfica suele denunciar las verdades incómodas que casi nadie quiere asumir.
Locutor, periodista, compositor de música, montajista, guionista y director, González Iñarritu es todo un personaje de la cultura contemporánea, que, con apenas siete films, se ha erigido en una de las figuras referentes de la cinematografía contemporánea.
Su acotada pero descollante producción incluye un clamoroso debut con “Amores perros” (1999), una suerte de película coral integrada por tres historias que se entrecruzan, cuyos personajes no se conocen, ambientada en el violento México actual. Se trata de un crudo retrato de una sociedad alienada y consumida por el odio y el conflicto, que impacta por su intensidad dramática.

Tres años después, en 2003, se estrenó “21 gramos”, un drama también de estructura coral, cuyo protagonista es un paciente cardíaco, que, para sobrevivir, necesita un trasplante de corazón. El milagro llega cuando recibe el órgano de un hombre que murió en un accidente de tránsito junto a su hijo. La relación entre este redivivo individuo y la desolada viuda, a quienes se suma el personaje de un ex convicto que es a la sazón el victimario, transforma a esta historia en una suerte de tragedia griega, no exenta de redención.
Dos años después, en 2005, irrumpió “Babel”, un relato que, desde su propio título, contiene connotaciones bíblicas, que narra también tres historias paralelas ambientadas en Marruecos, Estados Unidos, México y Japón y está hablada en cuatro lenguas.
También en este caso, el director apela al formato coral, con la novedad que todos los relatos son parte de una misma matriz dramática, que comienza en Marruecos cuando una turista que viaja con su marido es herida por una bala perdida disparada por un joven pastor marroquí, sigue en los Estados Unidos con las vicisitudes de una niñera mexicana indocumentada y culmina en la occidentalizada Tokio, donde un acaudalado viudo mantiene una ambigua relación con su hija sordomuda.
En mi opinión, hasta el visionado de “Bardo”, esta era para mí la mejor película del cineasta, porque aborda–simultáneamente- temas tan cruciales como la violencia, el autoritarismo, las contradicciones de la política, la discriminación y la soterrada sexualidad con connotación freudiana en una sociedad conservadora.
En tanto, en 2009, González Iñárritu volvió a impactar al espectador con “Biutifuf”, película ambientada en Barcelona, hablada en castellano y de título deliberadamente irónico, que aborda el drama de un hombre aquejado de cáncer que debe hacerse cargo de sus hijos en un contexto complejo, por el vacío generado por una madre ausente, bipolar y alcohólica. El filme analiza en profundidad el complejo tema de los afectos, pero también de la inmigración ilegal, en una sociedad cosmopolita fragmentada y sacudida por abundantes conflictos.

Asimismo, 2013 marcó el estreno de “Birdman” la inesperada virtud de la ignorancia”, que coincidió con el cenit de la carrera del realizador mexicano. En este caso, el protagonista es un decadente actor hollywoodense, célebre por su personaje del superhéroe hombre pájaro, que lucha obsesivamente por recuperar su identidad y su prestigio en el teatro.
En este marco, González apela a los recursos del surrealismo, en una suerte de dicotomía que pone en entredicho a dos personajes paralelos, el real, que es el actor teatral, y el ficticio, que es el superhéroe. En estas secuencias no faltan fantásticas escenas de levitación, que emulan el vuelo del personaje de ficción, que en esta contingencia funge como soporte emocional y estrategia de resurrección del decadente autor.
Empero, su film tal vez más aclamado y taquillero es “El renacido” (2015), una suerte de western heterodoxo, que narra la milagrosa historia de un cazador abandonado sobreviviente del ataque de una tribu indígena y de un oso, que recorre cientos de kilómetros de distancia para regresar a su fuerte. En ese contexto, debe afrontar terrible vicisitudes, matar para comer, ingerir raíces y carne cruda y soportar los rigores de temperaturas bajo cero. Se trata de un drama de acento épico.
“Bardo”, que tiene mucho de los títulos anteriores del referente creador azteca, es una experiencia visual, conceptual y a su vez metafísica tan inclasificable como fascinante, que aborda temas que atañen directamente a la propia peripecia del director, que no vive en su país natal hace ya más de dos décadas. Esta película, que no fue muy bien recibida por el público y la crítica porque es tal vez demasiado surrealista e inclasificable, alude, entre otros temas, el exilio económico, al vaciamiento de la identidad cultural, a la fama, al poder del dinero y, en mirada retrospectiva, a los salvajes estragos devenidos de la colonización, que tiene su correlato en el presente, con las redivivas tentaciones imperiales del megalómano mandatario norteamericano Donald Trump.
“Digger”, que tiene puntos de contacto con “Birdman”, más concretamente con “Bardo” y, retrocediendo en el tiempo con el formidable “Doctor Insólito” del maestro Stanley Kubrick, es una sátira desaforada y absurda que gira en torno a tres temas concretos: el poder económico que todo lo compra, la megalomanía del poder imperial y los eventuales desastres ambientales provocados por la imprudencia humano.

No en vano, comienza con la apertura de un telón, tras lo cual se proyecta una inmensa ventana, que es en realidad una pantalla, que oculta lo que no debe verse. Lo que sí debe verse e impacta visualmente al espectador es un inmenso dormitorio de estética bastante barroca en el centro del cual hay una cama de tal vez tres plazas, donde se está despertando precisamente ‘Digger’ Rockwell (irreconocible Tom Cruise), un magnate petrolero que comparte el lecho no con una mujer sino con una gata blanca, que está desfalleciente y a punto de morir. Inmediatamente, comienza a sonar su celular, con diversos anuncios y consultas de su ejército de secretarios y empleados, quienes turban la paz de sus aposentos con los problemas que suelen tener los ricos, que viven pendientes de su patrimonio. No faltan los reproches de su hermana, que es el único familiar con quien vive porque está separado hace tiempo de su hija.
Aun vestido de pijama, el protagonista se mueven frenéticamente por su inmensa habitación. Parece un rey sin corona, que es acosado por su multitudinario séquito y por sus obligaciones.
Su figura es la de un hombre viejo y con un abdomen prominente por los excesos y el ocio. Lo mismo sucede con su rostro surcado por las arrugas y las bolsas que le cuelgan. No es fácil reconocer al atlético Tom Cruise bajo esa ingeniería transformadora, que consistió en la colocación de un traje acolchado de cuerpo entero diseñado para simular una silueta flácida y un vientre prominente. Por su parte, la fisonomía de su rostro fue modificada mediante la aplicación de prótesis faciales y apliques de silicona o látex colocados estratégicamente para envejecer sus facciones. También le fue colocada una prótesis en la nariz y dientes postizos.
Mientras baña pacientemente a su agonizante gata, que es sin dudas el ser vivo que más ama o el único que realmente ama, el millonario recibe una mala noticia, cuando se le notifica de un accidente registrado en uno de sus pozos petróleos de Groenlandia, que puede provocar un desastre ambiental de proporciones en Europa., en el cual eventualmente morirían miles de personas bajo las aguas del Atlántico Norte,
Luego, sucede lo inesperado que corrobora el poder del dinero. Recibe una llamada del presidente de turno, magistralmente encarnado por un inconmensurable John Goodman, un actor conocido por su talento pero también por su obesidad, que perdió casi cien kilos mediante estrictas dietas y cuidados. Lo insólito es que en lugar de citar al magnate a la Casa Blanca para analizar la grave situación, cuya responsabilidad podría recaer sobre Estados Unidos, se traslada con todos sus ministros y colaboradores a la mansión del protagonista. En el cónclave, se lucubran diversas estrategias para salir de una situación tan compleja, desde deslindar responsabilidades hasta bombardear el inmenso iceberg que se ha desprendido. En tal sentido, el comandante del Ejército se parece mucho al alienado militar encarnado por George Scott en el inolvidable “Doctor Insólito” de Stanley Kubrick, quien proponía lanzar un ataque nuclear masivo contra la URSS, en plena Guerra Fría.
“Yo voy a seguir perforando para que ustedes puedan disfrutar de sus vidas”, grita el megamillonario a modo de revelación ante un auditorio europeo, porque se siente como uno de los amos del mundo. Ciertamente, el poder económico es el único poder real, más poderoso incluso que los bombardeos, los blindados y los proyectiles balísticos, porque el expansionismo imperialista y las guerras demandan una abultada erogación.
Todo es desmelenado y caricaturesco, desde las actitudes ambiguas del magnate que no parece comprender que la situación es realmente grave por el desastre ambiental que se avecina que puede además arruinarlo económicamente. Mientras tanto, el mandatario es una auténtica caricatura tan ridícula como Donald Trump, Un emperador sin neuronas y con escasa materia gris, que para peor padece de un cáncer de ano terminal, que tiene sólo un 2% a prevalencia a nivel mundial. Por eso, casi no se puede sentar y permanece parado casi todo el tiempo.
Alejandro González Iñarruti, director y guionista, se mofa abiertamente del poder global, de la Casa Blanca, de los militares y, por supuesto de los ricos, para quienes perder su fortuna se transforma en una verdadera pesadilla. En efecto, todos son seres humanos grotescos: el protagonista, su hermana, sus sirvientes, sus secretarios y colaboradores, sus empleados y ni que hablar los militares y el presidente, que es tan o más energúmeno que el actual inquilino megalómano de la Casa Blanca, que colonizó Venezuela, bombardea Irán y quiere anexar a Groenlandia y hasta a Canadá. Para los uniformados y el presidente todo se soluciona lanzando misiles, tal cual sucede en Oriente Medio, donde opera la potencia del Norte apoyando e incluso auspiciando el genocidio que está perpetrando Israel en la Franja de Gaza.
Es claro que se trata de una película ácidamente crítica con la patria de adopción del director, que no ahorra dados satíricos contra el gendarme que pretende mover los hijos del planeta desde el salón oval de la Casa Blanca, hace dos siglos y medio. Como antes fue México en “Bardo”, aquí la “víctima” del director es la potencia del Norte, en la cual ha ganado mucha fama y dinero.
En esta oportunidad, el cineasta azteca transforma a casi todos sus personajes en bufones de un circo que tiene más de ridículo que se gracioso, por más que algunos críticos no hayan entendido que todo es deliberado y nada es producto de la eventual torpeza de un creador mayor de la cinematografía universal.
Empero, más allá de eventuales virtudes, que pasan sobre todo por la crítica y la denuncia de conductas descarriadas, “Digger” está a años luz de la mejor producción del célebre realizador de films memorables como “Babel”, “Birdman” y “El renacido”.
Es claro que Alejandro González Iñarriti nunca concitará unanimidades, porque las temáticas que suele abordar son controversiales. Aunque nunca se ha definido como alguien de izquierda, porque considera que esta ideología al igual que la derecha son meras etiquetas, siempre es duro con un sistema que, como el capitalista, está lejos de colmar las expectativas de las sociedades del planeta. Un ejemplo concreto y muy reciente son las masivas manifestaciones con disturbios registradas en París y en otras ciudades francesas, de multitudes enardecidas que protestan airadamente por el alto costo de la vida y por el aumento de la pobreza, que entre 2018 y 2025 se incrementó en un 37%, con una precariedad residencial que se disparó un 62%.
Aunque no se necesita ver el cine de González Iñarritu para interpretar que el sistema capitalista está en crisis y ello ha provocado un descreimiento que inclinó la balanza electoral hacia los populismos de derecha en todo el planeta, la voz de este cineasta es un mensaje plausible para comprender los problemas que aquejan a una humanidad polarizada, por más que su cine ya no provoque el mismo impacto emocional que en el pasado.
De todos modos y aunque “Digger” ha sido muy fustigada por la crítica especializada y hasta el momento sea un mayúsculo fracaso comercial, no deja de atraer a una audiencia, en la que me incluyo, que disfruta con su osadía, agudeza e irreverencia.
En lo que atañe a la faz interpretativa, es muy solvente el trabajo actoral de Tom Cruise. En efecto, lo más trascendente no es tanto su imagen modificada por la ciencia, sino sus movimientos y la sabiduría con la encarna un personaje tan diferente al del agente secreto de la saga de “Misión imposible” y otros tantos thriller de ritmo vertiginoso que lo han popularizado como estrella de acción. Salvando las diferencias, se parece más al Tom Cruise de la formidable “Magnolia” o de “Ojos bien cerrados”. Otro tanto sucede con John Goodman, que desempeña uno de los mejores papeles de su ya extensa carrera artística, encarnando a un presidente tan o más ridículo que Donald Trump, que mantiene en vilo al mundo con sus megalómanos desvaríos.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Digger Estados Unidos-México-Reino Unido, 2026. Dirección: Alejandro G. Iñarrìtu. Guión: Alejandro G. Iñarrìtu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobbone, Sabrina Berman, Jez Buterworth. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Edición: Stephen Mirrione, Fotografía: Connor O’Neill Música. Cosmo Sheldrak. Elenco: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemmons, Emma D’Arcy, Robert John Burke. Y Connor O’Neill
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