“Hangar rojo”: Crónica de una dictadura criminal

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La dictadura liberticida que asoló a Chile a partir del 11 de setiembre de 1973, la represión y el genocidio en el marco de la estrategia del imperialismo para imponer su poder en la región y abortar las reformas del presidente socialista Salvador Allende, constituyen los sustentos temáticos de “Hangar rojo”, la dramática opera prima del realizador trasandino Juan Pablo Sallato.

Obviamente, el cine ha abordado abundantemente este episodio histórico clave que conmovió al continente en el siglo pasado, el cual se registró menos de tres meses después de la ruptura institucional registrada en Uruguay, el 27 de junio, cuando un complot cívico militar encabezado por el mandatario colorado Juan María Bordaberry y los mandos militares, tomó el poder por asalto, disolvió el parlamento e ilegalizó a los partidos de izquierda, a la central obrera Convención Nacional de Trabajadores y hasta a los sindicatos estudiantiles.

Por entonces, casi toda América del Sur estaba gobernada por regímenes autocráticos, acorde a los dictados de la Casa Blanca y del Pentágono, con la injerencia de de la Central de Inteligencia Americana, que, desde las sombras, preparó el terreno para el derrocamiento de los gobiernos legales y la instauración de tiranías títeres y funcionales al imperio.

En ese contexto, la dictadura chilena, junto con la argentina, inaugurada en 1976, fue la de desató la peor represión contra el pueblo y los sectores opositores. Oficialmente, se ha denunciado  que más de 40.000 personas padecieron violaciones a los derechos humanos y más de 3.000 fueron asesinadas y desaparecidas, mientras que unos 200.000 ciudadanos marcharon al exilio por ser perseguidos políticos.

El dramático proceso se inició el 3 de noviembre de 1970, cuando luego de ganar unas disputadas elecciones que se dirimieron en el congreso chileno por lo ajustado del resultado, el médico socialista Salvador Allende asumió la presidencia al frente de la Alianza Popular, un conglomerado de izquierda que se comprometió a poner en marcha una revolución respetando las reglas del sistema democrático republicano, definida como la vía chilena al socialismo, Empero, lo que seguramente ignoraba es que el poder real no reside totalmente en las instituciones, sino en la clase dominante que controla la economía.

Sin embargo, Allende tuvo la audacia y la valentía de cumplir con su programa de gobierno y, en ese marco, nacionalizó la industria del cobre, que es la principal riqueza del país, impulsó una reforma agraria para democratizar la propiedad del la tierra y estatizó numerosas empresas y áreas claves de la economía.

Pese a que el proceso había comenzado antes durante el gobierno del democristiano Eduardo Frei, la política de nacionalización de Salvador Allende afectó directamente los intereses de dos multinacionales norteamericanas que explotaban los yacimientos del valioso metal, que es un elemento clave para la transmisión eléctrica y aun hoy, más de medio siglo después, se utiliza en los nuevos modelos de automóviles eléctricos.

Por ende, más allá de meras consideraciones geopolíticas, el golpe de Estado en Chile tuvo una connotación económica. No en vano, luego de la implantación de la dictadura encabezada por el criminal militar Augusto Pinochet, se comenzó a desarrollar el primer modelo neoliberal en el continente, bajo la égida de economistas formados en la teoría monetarista de la Escuela de Chicago.

El golpe de Estado fue originado en un complot montando por los mandos militares y sectores derechistas financiados por Estados Unidos, a través de la CIA.  Los cerebros y líderes de la conspiración fueron el Almirante José Toribio Merino, de la Armada, y el General de la Fuerza Aérea Gustavo Leigh, a quienes se sumó posteriormente  el comandante en Jefe de Ejército Augusto Pinochet, quien luego encabezó la junta militar que ejerció el poder, con el apoyo de asesores militares extranjeros, que controlaron el cumplimiento del plan urdido desde la Casa Blanca y el Pentágono. Por entonces, el emperador yanqui era Richard Nixon, quien, un año después, renunció a la presidencia a raíz del escándalo de espionaje electrónico de Watergate,

Obviamente, el poder económico tuvo particular incidencia en este proceso, ya que se generó una inflación galopante y, en ese marco, la huelga de los camioneros que congeló los suministros de productos esenciales fraguó el caldo de cultivo que precipitó la ruptura institucional y el advenimiento de la dictadura. El asalto al poder se consumó el 11 de setiembre, de 1973, con bombardeos al Palacio de la Moneda, que es la sede gubernamental. En esa situación, el derrocado presidente Salvador Allende se suicidó, aunque existen otras versiones nunca confirmadas, que fue asesinado por los golpistas. Apenas doce días después, el poeta y Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda murió en circunstancia sospechosas. Si bien la versión oficial fue que la causa del deceso fue un cáncer terminal, el testimonio de un chofer suyo da cuenta que habría sido asesinado mediante la administración de una inyección que contenía una sustancia letal.  

Luego, tras el cruento asalto al poder, vinieron los encarcelamientos masivos, las torturas, los asesinatos y las desapariciones masivas. Inicialmente, hubo resistencia popular al golpe y distintos movimientos populares impulsaron la lucha armada, como el Movimiento de Izquierda Revolucionario y y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Empero, esa actividad combativa fue sofocada por el poderoso aparato represivo.

Estos episodios fueron recreados en el cine, tanto en largometrajes como en películas de ficción. En tal sentido, los títulos referentes son “La batalla de Chile”, dirigido Patricio Guzmán. Esta obra monumental en tres partes, que retrata los meses previos y el desarrollo del golpe de Estado de 1973, es considerada uno de los testimonios políticos y cinematográficos más importantes de América Latina. 

Otro importante trabajo es “Nostalgia de una luz” (2010), también de Patricio Guzmán, que conecta la labor de los astrónomos en el desierto de Atacama con la búsqueda de los familiares de detenidos desaparecidos que aún buscan restos humanos en la misma tierra. 

En lo que atañe a los filmes de ficción, los testimonios más destacados son “Machuca” (2004), dirigido por Andrés Wood, que está ambientado en los meses previos  al golpe de 1973, y narra la amistad entre dos niños de clases sociales opuestas que asisten a un colegio religioso de Santiago. 

  • El realizador Pablo Larraín aportó otros dos largometrajes, que son “No” (2012),  que recrea la campaña publicitaria del plebiscito de 1988 en el que la opción «No» venció a la continuidad de Augusto Pinochet. Obtuvo una nominación al Óscar como Mejor Película Extranjera. La otra película es “El conde” (2023),  sátira en tono de comedia negra y terror fantástico que imagina a un Augusto Pinochet convertido en un vampiro anciano que busca finalmente morir.

Sin embargo, el filme más conocido y taquillero es “Desaparecido” (1982), dirigido por el célebre director franco griego Constantin Costa Gavras, autor también de las removedoras “Z”, “Estado de sitio” (ambientada en Uruguay en el marco de la ejecución de Dan Mitrione por parte del MLN) y “La confesión”. La película expone los primeros días del golpe militar en Chile, a través de la historia real de un padre que busca a su hijo estadounidense desaparecido. La película, magistralmente protagonizada por Jack Lemonn,  logró un gran reconocimiento internacional y gano la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

En cambio, “Hangar rojo”, que es una coproducción chileno argentina rodado íntegramente en Mendoza,  ofrece una mirada radicalmente diferente, que se centra no sólo en las víctimas de la ruptura institucional, sino primordialmente en la interna de los golpistas, que es, sin dudas, la menos conocido.

El protagonista real de esta historia, que se desarrolla en apenas tres días, es el capitán de la Fuerza Aérea Jorge Silva (Nicolás Zárate), un experto paracaidista e instructor que  está al frente de la escuela de aviación e inicialmente parece desconocer el plan de los insurrectos. Sin embargo, no resulta confiable para sus camaradas de armas, ya que, en octubre de 1970, denunció un intento de asesinato contra el presidente Salvador Allende. Es decir, se trata de un militar constitucionalista y leal al gobierno que fue ungido por el voto popular.

Este hombre, que está casado, es una suerte de referente, fundamentalmente para los jóvenes aviadores que aspiran a volar, pero también a experimentar la emoción de lanzarse por los aires en paracaídas. Aunque se trata de un oficial disciplinado, mantiene un trato muy cordial con sus subalternos.

El relato soslaya el contexto en el cual se registró el golpe de Estado, por lo cual el espectador que no conoce la historia debe aguardar hasta el epílogo, cuando, intercalado con los créditos, varias placas dan cuenta de lo sucedido y de la peripecia del propio protagonista.

Todo sucede rápidamente y cuando un camarada de armas le anuncia al capitán que se avecina un alzamiento contra el gobierno constitucional encabezado por el socialista Salvador Allende. Este no atiende la advertencia como no queriendo involucrarse en un complot que no comparte. Esa actitud, que parece de indiferencia, es reamente una estrategia de supervivencia y para mantener su poder en la base aérea.

Rodado en un blanco y negro que impacta por su profundidad y que alterna primeros planos con imágenes desenfocadas, el relato avanza a gran velocidad, sin necesidad de ahondar en detalles.

En todo momento, hay un ritmo frenético, con los oficiales superiores tomando el control de la situación y aplicando un lenguaje autoritario, que no respeta ni siquiera el alto rango del protagonista, cuando recibe la orden de acondicionar un hangar donde serán confinados decenas de presos políticos que llegan a bordo de camiones militares.

Empero,  este militar legalista, que debió padecer toda suerte de maltrato de sus superiores e incluso terminó preso, se rebeló e incumplió órdenes superiores, logrando salvar la vida de decenas de presos políticos. Esta actitud de valentía, que ciertamente resultó encomiable, es destacada sin grandes aspavientos en esta película, que destaca por la austeridad y la dureza de su planteo.

“¿Qué se siente cuanto se cae de tan alto? le pregunta un joven aviador, que aspira a transformarse en un experto paracaidista, al  capitán Silva. Es una clara metáfora de alguien que gozó de poder y prestigio, quien paga el precio de no renunciar a sus convicciones, que, en este caso, trasciende a la obediencia debida que es una suerte de código en las fuerzas armadas. Obviamente, esa obediencia debida transformó a soldados en criminales y, en el caso de Chile, en manos ejecutoras de un genocidio.

En ese contexto, el protagonista debe afrontar el dilema moral de sumarse al alzamiento militar y limitarse a acatar órdenes o de rebelarse contra ellas y actuar en función de su código ético.

Incluso, en su actitud hay un componente afectivo, ya que tiene la obligación de amparar a su esposa Rosa (Catalina Stuardo), una profesora de Historia progresista que trabaja en la universidad.

Obviamente, esta película no está impregnada de la crudeza de la ya aludida “Desaparecido”, de Costa Gavras, que, en una de sus escenas más dramáticas, muestra al protagonista buscando el cuerpo de su hijo en una montaña de cadáveres de víctimas de los criminales del régimen. En este largometraje, que se sumerge en los entretelones de una interna militar conflictiva, también el protagonista es visto como un enemigo por parte de los militares golpistas.

Una de las mayores virtudes de este film es recrear una tragedia colectiva sin apelar a los golpes bajo ni a escenas truculentas. Incluso,  ni siquiera la tortura está visibilizada y sólo se percibe a través de los alaridos de las víctimas alojadas en el hangar del título.  En cambio, la dimensión de este drama se percibe claramente en las actitudes y la gestualidad de los verdugos, que trasuntan la misma furia y odio que trasuntaban sus colegas uruguayos, más allá de la diferencia de escala en materia de muertos y desaparecidos.

En realidad, los oficiales militaron que protagonizaron las dictaduras en toda la región habían sido formados en la denominada Escuela de las Américas emplazada en Panamá por el imperialismo norteamericano, en la denominada doctrina de la seguridad nacional. Allí aprendieron estrategias represivas demenciales, para torturar, desaparecer y exterminar a sus víctimas, a quienes consideraban “traidores” y “enemigos de la patria” por el mero hecho de profesar ideas de izquierda,

Obviamente, el film culmina con la dictadura instalada y recién en el epilogo el espectador se entera que el protagonista fue un personaje real y cuál fue su destino. El capitán Jorge Silva fue detenido, encarcelado y torturado. Tras recuperar la libertad en 1976, se exilió en España, donde falleció hace dos años.

Su historia, que es recreada en esta película, es la de una suerte de héroe anónimo, que desafió a los golpistas y le salvó la vida a varios presos políticos que iban a ser ejecutados.

“Hangar rojo” es un film contundente, que recrea y testimonia uno de los acontecimientos más dramáticos de los tiempos de Guerra Fría, cuando el imperialismo norteamericano instaló dictadura títeres en casi todo el conteniente, a los efectos de detener el avance de la izquierda y de las organizaciones del campo social, en muchos casos impulsadas por el triunfo de la revolución cubana, que fue el único foco emancipador real que logró romper las amarras con el imperio, pese a que hoy soporta un bloqueo tal vez más criminal e inhumano que en el pasado.

Esta película es un testimonio para grabar en la memoria de los pueblos latinoamericanos, que vuelven a afrontar, como en el caso de la colonizada Venezuela, una nueva ofensiva del gendarme global que actualmente ocupa el sillón de la Casa Blanca. El desafío es, como en el pasado, resistir y no dejarse avasallar por la prepotencia de la primera potencia militar y económica del planeta.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

Hangar rojo  (The Red Hangar) Chile, Argentina, Italia/2026. Dirección: Juan Pablo Sallato.. Guion: Luis Emilio Guzmán, inspirado en la crónica autobiográfica de Fernando Villagrán. Fotografía: Diego Pequeño. Edición: Valeria Hernández y Reparto: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hernández, Francisco Carrasco y Juan Cano Sebastián Brahm. Música: Alberto Michelli y Matteo Marrella

 

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