Mil Lídices, ahora en Palestina

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  /En Montevideo existe, desde 1953, una pequeña plazoleta y una estela de granito que lleva el nombre de Lídice, la aldea que los nazis borraron de la faz de la tierra pero grabaron eternamente en la memoria de los pueblos que rechazan la guerra y los crímenes contra la humanidad. Ahora mismo, en la tierra torturada de Palestina (en Gaza y Cisjordania) existen miles de Lídices y aquellos martirios deben ser rotundamente recordados para terminar con un genocidio que aflige al mundo entero. 

LA MUERTE DEL CARNICERO DE PRAGA 

El 27 de mayo de 1942, en la carretera que unía Praga con Dresde, dos guerrilleros checos atacaron a Reinhard Heydrich el todopoderoso Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, como había sido denominada la parte occidental de la República Checoeslovaca ocupada por Alemania desde 1939. Los atacantes eran dos checos que habían sido entrenados y armados por los servicios especiales de Gran Bretaña y que se habían lanzado en paracaídas en la noche del 27 al 28 de diciembre de 1941 para preparar el atentado. 

Heydrich (1904-1942) sufrió lesiones por el impacto de una bomba (una mina antitanque modificada) lanzada contra su Mercedes descapotable que le causaron la muerte unas dos semanas después debido a una septicemia. 

Los checos pudieron escapar en primera instancia. Aunque Heydrich y su chofer los persiguieron, fueron protegidos por la resistencia antinazi pero días después, delatados por un informante, fueron cercados junto con varios de sus compañeros en una iglesia de Praga y murieron combatiendo a la Gestapo y las fuerzas de seguridad alemana. 

Heydrich, un personaje directamente vinculado como artífice y participante en los mayores crímenes del nazismo tenía entre sus antecedentes la llamada “Noche de los cuchillos largos” de 1934; la “Noche de los cristales rotos” de 1938; la programación del Holocausto en la Conferencia de Wannsee (20/1/1942), que presidió y donde Adolf

Eichmann actuó como Secretario, y la represión desatada contra la resistencia checa en las tierras ocupadas. El Protectorado de Bohemia y Moravia había sido proclamado por Hitler en marzo de 1939 después de invadir el país. 

Para entender mejor la monstruosidad de la masacre de Lídice es necesario hacer referencia al contexto. La invasión de Checoslovaquia fue el resultado directo de la llamada “política de apaciguamiento” mediante la que británicos y franceses habían cedido a las exigencias de Hitler entregándole una porción del territorio checo, los Sudetes (zona fronteriza con Alemania habitada por germanoparlantes). 

Británicos y franceses habían sido artífices de la “política de no intervención” (para estrangular a la República Española, permitir la intervención nazifascista en la guerra civil 1936-1939 y el triunfo de Franco), de modo que el “apaciguamiento”, que se consumó en Munich en 1938, fue una traición cometida contra los checos. Primero los Sudetes, el 29 de setiembre de 1938, y después la liquidación de Checoslovaquia el 15 de marzo de 1939, cuando Hitler le anunció al presidente checo Emil Hácha, convocado a Berlín, que al día siguiente ocuparía su país. 

En principio en el Protectorado de Bohemia y Moravia se estableció un gobierno colaboracionista encabezado por el mismo Hácha. Los derechistas checos preferían a Hitler y temían ser invadidos por los polacos. En Eslovaquia se instaló un estado títere del Tercer Reich que combatió junto a los nazis hasta 1944. 

La capacidad industrial y las minas de los territorios checos eran muy importantes para los planes bélicos de Alemania. En los primeros meses, los nazis trataron de no desarrollar una represión o un control demasiado intenso porque buena parte de la población apoyaba la ocupación. Sin embargo, ya el 28 de octubre de 1939 se produjeron las primeras manifestaciones populares contra dicha ocupación. 

El 15 de noviembre fue asesinado un estudiante y se desataron intensas protestas. Entonces la represión tomó un cariz muy violento: 1.800

estudiantes, profesores y maestros fueron arrestados, universidades e institutos tecnológicos fueron clausuradas, nueve líderes estudiantiles fueron ejecutados y cientos enviados a campos de concentración. 

En 1941, los nazis consideraban que el Protector del Reich, el diplomático Konstantin von Neurath (1873-1956) era demasiado benévolo con los checos y el 27 de setiembre enviaron a Reinhard Heydrich para reemplazarlo en el cargo (asumió el domingo 28 de setiembre en el Castillo de Praga). 

Heydrich era esencialmente un súper policía, un hombre inteligente, astuto, culto, absolutamente carente de escrúpulos, brutal y despiadado. Aún antes de 1933 había trabajado en la organización y métodos policiales. Fue el creador, en 1932, del SD Sicherheitsdienst o Servicio de Seguridad (la agencia de inteligencia policial). Estaba en el pináculo del aparato represivo, era SS Obergruppenführer und General der Polizei y jefe de la Oficina Principal de Seguridad RSHA, que agrupaba a la Gestapo (policía política), la Policía Criminal o Kripo y la SD (Sicherheitsdienst o servicio de inteligencia). Hitler lo consideraba “el hombre del corazón de hierro”. 

Como Reichsprotektor estableció la política del “palo y la zanahoria”. Por ejemplo, apenas llegado a Praga hizo meter preso al Primer Ministro del gobierno colaboracionista, el coronel Alois Eliás (quien después sería ejecutado), clausuró todas las organizaciones culturales y deportivas, inició la deportación de judíos para lo que transformó al pueblo de Terezin en gueto transitorio anexo al campo de concentración de Theresienstadt. 

Julius Fucik

En abril de 1942, entre muchos otros, fue detenido el periodista Julius Fucik (enviado a Alemania y ejecutado en setiembre de 1943) razón por la que, a nivel mundial, el 8 de setiembre se conmemora el Día del Periodista. 

Sin embargo, el nuevo Reichsprotektor también adoptó una serie de medidas que consiguieron aplacar las manifestaciones y atraer adhesiones. Heydrich despreciaba a los checos y consideraba que

debían ser expulsados a Asia pero al mismo tiempo buscaba (y consiguió) que la productividad de la metalurgia, las minas y las fábricas checas creciera y envió muchas decenas de miles de trabajadores para hacerlo en condiciones forzadas en Alemania. (En total se estima que por lo menos 350.000 checos trabajaron fuera de su país al servicio del Tercer Reich). 

Esas medidas fueron, por ejemplo, utilizar los equipos confiscados a la vieja organización gimnástica nacionalista checa Sokol para hacer espectáculos y actividades dedicadas a los obreros. Estableció la distribución extraordinaria de raciones alimenticias y zapatos. Dispuso un aumento de las pensiones y durante un periodo hizo que los sábados no fueran laborables. Por primera vez estableció un seguro de desempleo para los trabajadores. Reprimió fuertemente el mercado negro y en general consiguió, como dijimos, un aumento de la productividad. 

LA OLA DE TERROR Y VIOLENCIA 

El atentado contra Heydrich desató una ola de terror y violencia sin precedentes. Por resolución de Karl Hermann Frank (1898-1946), el segundo al mando de Heydrich, que fue inmediatamente nombrado 

Reichsprotektor, se declaró el estado de emergencia. Las cortes marciales condenaron a muerte a 1.412 personas (1.181 hombres y 231 mujeres), solamente en el mes de abril, en Praga y Brno. 

También hubo ejecuciones sumarias en otras localidades. Testimonios de época indican que los diarios publicaban, todos los días, largas listas de nombres de personas ejecutadas (también se leían por radio dos veces al día) y en las mismas se comprobaba que familias enteras habían sido asesinadas. 

La búsqueda frenética de los guerrilleros por parte de la policía alemana no arrojó resultados en los primeros días. El miércoles 3 de junio de 1942 los esbirros creyeron encontrar una pista. Ese día llegó una carta dirigida a una de las trabajadoras de la fábrica Palaba. Como la operaria, que era cerrajera, estaba certificada porque se había

lastimado una mano, el dueño de la fábrica Jan Jaroslav Pála abrió el sobre y leyó que un hombre, en forma ambigua, parecía decirle a la mujer que estaba involucrado en actividades clandestinas y utilizaba ese supuesto para romper la relación sentimental que mantenían. 

El dueño entregó la carta a la Gestapo. La destinataria y el remitente fueron detenidos e interrogados y de allí surgió el nombre de un militar checo, desaparecido desde 1939, que sería originario de Lídice, una aldea ubicada 22 kilómetros al noroeste de Praga. 

En 1939, cuando la invasión de Checoslovaquia, muchos militares jóvenes se negaron a rendirse sin combatir y escaparon. Algunos consiguieron llegar a Francia, a Inglaterra o a la Unión Soviética y se dispusieron a conseguir un puesto para luchar contra los nazis. Los servicios de seguridad empezaron desde un principio a identificar a esos “desaparecidos” y a adoptar represalias contra sus familiares. El segundo jefe de la Gestapo de Kladno (una ciudad muy cercana a Lídice), un tal Thomas Thomsen, habría declarado “los tenemos, si los perpetradores no son estos me como una escoba”. 

Con varios equipos de la Gestapo y tropas traídas desde Praga se montó a toda velocidad un operativo secreto. Al amanecer del 4 de junio de 1942 los alemanes irrumpieron en Lídice, concentrándose en las dos familias que tenían militares “desaparecidos”. Era un anticipo de la tragedia que pronto se desataría. 

Ese día no se permitió a nadie salir del pueblo para ir a trabajar. El registro casa por casa fue exhaustivo, todos fueron interrogados acerca de si algún extraño había pernoctado en la casa en los días anteriores (era obligatorio reportar esos hechos al concejo municipal), si había armas en la casa, si se había quitado la onda corta de los receptores de radio como estaba dispuesto (no hacerlo podía acarrear la prisión o la muerte y había que tener un documento escrito para confirmar que no había aparatos para captar emisiones de Londres o Moscú). 

Las familias de los dos militares que habían abandonado el país en 1939 fueron detenidas y se los llevaron pero los habitantes no se

atrevieron a preguntar que era lo que estaba buscando la Gestapo ni relacionaron los hechos con el atentado contra Heydrich. Lídice le parecía a todos absolutamente distante del atentado y los allanamientos no arrojaron nada que lo contradijera. 

En el caso de las dos familias sospechadas de haber dado refugio a los “desaparecidos” que podrían haber regresado, las búsquedas y los interrogatorios fueron brutales. Las casas fueron revueltas a fondo, altillo, sótano, el jardín y el predio alrededor, las paredes, los pisos, la ropa, todo. Se llevaron fotos, papeles, prendas de ropa, libros y documentos. Interrogaron a cada uno de los miembros de la familia por separado. En los días siguientes la Gestapo de Kladno envió un informe a Praga diciendo que la investigación no había arrojado resultados positivos. Había sido una pista falsa pero la suerte de Lídice estaba echada. 

Mientras se estaban produciendo los allanamientos en Lídice, ese mismo jueves 4 de junio de 1942, por la mañana, Heydrich falleció en el hospital Bulovka de Praga. El ataúd fue trasladado del hospital al Castillo de Praga donde tuvo lugar una ceremonia el 7 de junio y después enviado a Berlín donde, el 9 de junio, hubo una fastuosa ceremonia fúnebre, la más grandiosa de las que tuvieron lugar durante el Tercer Reich. 

Los panegíricos todavía resonaban en el gran salón de la Cancillería cuando se tomó la decisión de vengar la muerte mediante el sangriento arrasamiento de Lídice. Según parece Hitler había ordenado que 10.000 checos, escogidos al azar, debían ser fusilados pero su entorno lo disuadió por las consecuencias negativas que tendría sobre el trabajo y la producción de los checos que Alemania ya necesitaba desesperadamente. Por eso la venganza se dirigió contra Lídice. En el pueblito nadie sospechaba que el mortífero destino se había acordado al anochecer de aquel martes de junio. 

Karl Herman Frank, el sucesor del muerto, había comunicado a sus subalternos desde Berlín, que el Führer había ordenado: 1º) todos los varones, mayores de 15 años, debían ser fusilados; 2º) todas las mujeres debían ser trasladadas a un campo de concentración; 3º) todos los niños que por sus características raciales pudieran ser “germanizados” debían ser enviados al Reich para ubicarlos en familias de las SS y de los demás “se debía disponer de otra forma”; 4º) el pueblo debía ser quemado y demolido para borrarlo de la faz de la tierra. 

Izq. a der. Bôhme, Heydrich, Frank

La represalia nazi fue inmediatamente instrumentada por Horst Böhme, SS Sandartenführer (1909-1945), que dirigió personalmente la masacre. Fue un criminal de guerra con muchos antecedentes, y que después estuvo a cargo de dos Einsatzgruppe en el frente germano soviético (se supone que se suicidó, en Königsberg, para no caer prisionero de los soviéticos, aunque sus restos nunca fueron encontrados). 

Pasadas las nueve de la noche del 9 de junio, la aldea fue completamente rodeada por las tropas alemanas. Quien deseaba entrar al pueblo podía hacerlo pero nadie podía salir. El alcalde de Lídice Frantisek Hejma (1860-1942) fue obligado a confirmar a la Gestapo la identidad de todos los habitantes. 

Los comandantes del operativo, Böhme, Hans Ulrik Geschke, Harald Wiesmann y el teniente coronel Vit de la Gendarmería, establecieron su cuartel en la casa Nº93 de la familia Dolezal que fue la primera en ser desalojada violentamente. Las personas eran arrojadas a la calle sin darles tiempo siquiera a vestirse y en primera instancia fueron reunidos en el patio de la granja Horák. Después separaron a los adultos de los niños que fueron llevados a la escuela y encerrados en un aula. 

El alcalde Hejma debió entregar a la Gestapo todos los registros municipales, todos los fondos en su poder y los del banco cooperativo del pueblo. Los hombres de la Gestapo que habían actuado en un primer momento fueron sustituidos por los de la Wehrmacht. 

Hans Geschke (1907-1945) y Harald Wiesmann (1909-1947) distribuyeron las tareas que debían cumplir los de la Gestapo. Los varones mayores de 15 años debían ser reunidos en el gran patio de la

granja Horák. Otros debían ir a la escuela para reunir a todas las mujeres y los niños y confiscar su dinero y objetos personales de valor. 

El administrador Henze (un funcionario nazi que tenía el título de Supremo Administrador Provincial) debía evacuar la totalidad del ganado y animales domésticos para llevarlos a una granja estatal en Bustehrad. 

Otros de la Gestapo y grupos policiales debían hacer búsquedas exhaustivas por todo el pueblo. El oficial de la Gestapo, Vicek, estaba a cargo de un camión cargado con tanques de combustible previstos para ser utilizados en las casas que aparentemente serían más difíciles de incendiar. 

El operativo en sí mismo empezó pasada la medianoche, ya en el 10 de junio. Los grupos de acción iban casa por casa sacando a las personas; todos los objetos de valor debían ser depositados en la calle frente a cada casa. Los hombres eran conducidos al patio de la granja Horák y las mujeres y niños a la escuela donde los de la Gestapo las despojaban de cualquier cosa de valor. Pronto las calles estuvieron llenas de montones de camas, muebles, máquinas de coser, radios, bicicletas y enseres. 

Los hombres de Henze cargaban carros con bolsas de harina, granos y animales de corral. Ganado, caballos, vehículos y maquinaria agrícola eran llevados directamente a Bustehrad. 

Muchos trabajadores del turno de la noche regresaban a sus casas y encontraban el pueblo cercado, cientos de soldados y un gran movimiento de vehículos, luces encendidas (aunque regía el oscurecimiento nocturno). Una testigo dice que se detuvieron en las afueras del pueblo para esperar a otros y escuchaban ruidos y gritos confusos. 

Una testigo dijo que cuando ella preguntó a sus vecinos que debían hacer la respuesta fue unívoca: debemos ir al pueblo donde están nuestras mujeres y niños, necesitan nuestra protección y ayuda.

“Ninguno de nosotros se dio cuenta que esta sería la última vez que regresaríamos al pueblo desde el trabajo. Ninguno se montó en su bicicleta, entramos caminando y fuimos recibidos con gritos y abusos. En el pueblo nos separamos sin decirnos adiós, contrariamente a la tradición. Siempre nos habíamos dado las buenas noches pero aquella vez sentimos que decirlo habría sido una burla insultante”. 

Otra testigo que sobrevivió contó: “los nazis llegaron a las dos de la madrugada, tiraron piedras contra las ventanas y nos gritaron que teníamos tres minutos para salir. Mi esposo les dijo que yo todavía estaba enferma y que mi bebé tenía solamente quince días pero ellos solamente aullaron ‘Ales heraus’. La mujer agarró algunas cosas esenciales, pidió a uno de los soldados permiso para llevar el cochecito y cuando lo sacó el soldado lo pateó al otro lado de la calle donde quedó. La llevaron a la escuela. 

Después de las cinco de la mañana, al amanecer, las mujeres junto con sus hijos fueron cargadas en camiones con toldo. Los niños se prendían desesperadamente de sus madres, llorando. Una testigo dijo “nunca olvidaremos el último vistazo a la plaza en Lídice. La escalinata de la escuela estaba llena de ropas, sonajeros de bebés y cochecitos que los hombres de las SS alejaban a patadas apenas las madres habían sacado sus niños de ellos. Perros aullando corrían a través de la plaza. Los camiones empezaron a moverse y pudimos ver a los hombres, mirando por debajo de la lona: estaban de pie en el patio de la granja Horák. Vimos a los de las SS que lanzaban los colchones y las ropas por las ventanas de nuestras casas. Y después nuestro querido pueblo desapareció tras las nubes de polvo levantadas por los camiones en que nos llevaban. Todas llorábamos desoladas y una de nosotras exclamó ‘probablemente nunca volveremos’. 

LOS HOMBRES FUSILADOS 

A primera hora de la mañana, el jefe del operativo reunió a sus hombres para seleccionar a los veinte integrantes del pelotón de fusilamiento. Otros trajeron colchones y haces de paja y los colocaron contra el muro

del galpón que haría de paredón para evitar el rebote de los proyectiles que se dispararían. 

Horst Böhme y Hans-Ulrich Geschke, el jefe de la Gestapo de Praga, estuvieron presentes durante los fusilamientos. Alrededor de las siete de la mañana, los primeros cinco hombres fueron puestos contra la pared enfrentando a los integrantes del pelotón que se ubicaban a medio metro uno del otro. Dos de los disparos debían dirigirse al tórax y un tercero a la cabeza. Después de la descarga, un suboficial se acercaba a cada uno de los caídos y le disparaba con su pistola en el cráneo. 

El oficial que comandaba el pelotón ordenaba prepararse y se volvía hacia Böhme quien asentía con un leve movimiento de cabeza. Entonces, con el sable desenvainado, el oficial ordenaba disparar. A poco de comenzar, Böhme se quejó de que el procedimiento era demasiado lento y mandó a traer las víctimas de a diez. 

Los muertos quedaban donde habían caído y los hombres que llegaban eran puestos delante; el pelotón retrocedía dos pasos después de cada descarga. Harald Wiesmann dijo – antes de ser ahorcado en Praga en abril de 1947 – que los hombres eran llevados al paredón sin los ojos vendados y sin ataduras. “Los hombres de Lídice caminaban libres, erguidos y valientes. No hubo escenas de cobardía. No se les leyó sentencia alguna. Fueron fusilados sin explicaciones”. 

Después que el cuarto o quinto conjunto de hombres había sido ejecutado, uno de ellos, un joven (probablemente Frantisek Kubik, empleado de una oficina de prensa en Praga), se dice que gritó en alemán, ‘caballeros, díganos qué es lo que quieren oír y se lo diremos’. El comandante del pelotón, con el sable levantado, miró a Böhme pero como nadie prestaba atención ordenó disparar sin más. 

Cuando la mitad de los hombres de Lídice habían sido fusilados se le dio un descanso al pelotón y bebieron bebidas alcohólicas que habían sido robadas en las casas del pueblo. Tres de los soldados dijeron que no podían seguir disparando pero otros tantos tomaron su lugar rápidamente.

Después que los 173 hombres de Lídice yacían muertos, un oficial de la Gestapo vio a un oficial de la policía que andaba entre las filas de cadáveres como buscando algo. Por fin se detuvo ante un cuerpo, extrajo un anillo de oro de su mano y le arrancó unos dientes de oro con su bayoneta. 

Durante la ejecución, al controlar la lista de hombres del pueblo se vio que faltaban algunos. Böhme dispuso una investigación inmediata y vieron que eran mineros que hacían el turno de la noche en una mina cercana. 

El testimonio de un minero de Driñ dio cuenta que ese miércoles 10 de junio, cuando se dirigía a trabajar en el turno matutino percibió que cosas extrañas pasaban en Lídice. A la distancia el movimiento de soldados y de vehículos, de ganado y animales que eran llevados a Bustehrad y disparos que se escuchaban. 

Desde la colina en que estaba la mina veía columnas de humo que se elevaban del pueblo. Cuando los mineros de Lídice salieron de los túneles, sus compañeros les advirtieron sobre lo que estaban viendo: “todos podíamos ver el dolor en sus rostros, les dijimos que no fueran al pueblo pero se fueron a las duchas sin decir una palabra.Cuando se cambiaron de ropa Vaclav Kovarovsky dijo ‘no hay nada que hacer muchachos, debemos volver; nuestras familias, nuestras casas y nuestras pertenencias están allí. Si se llevan a nuestras mujeres y niños y hogares, dejemos que nos lleven también a nosotros. Vámonos’. 

Los mineros tomaron sus bicicletas y se fueron caminando lentamente hacia el pueblo. Algunos regalaron sus bicicletas a sus compañeros de la mina. Los nombres de esos mineros se conocen: Vaclav Kovarovsky, Vaclav Kaimi, Vaclav Hanf y Bohuslav Straka, este último de veinte años de edad. 

Los fusilamientos terminaron antes del mediodía. En el patio quedaban los 173 cadáveres. Unos junto a otros había herreros y mineros, estudiantes y aprendices, trabajadores y propietarios de tierras y

medianeros, posaderos, carniceros, comerciantes, herreros, albañiles, conductores, un molinero, un administrador de granja, un mesero, un bodeguero, un cocinero, un peluquero, un sastre, un gendarme, un zapatero, un sepulturero, un ferroviario, un maestro, un editor, un viejo sacerdote y dos veteranos de la Primera Guerra Mundial. 

El más joven no tenía quince años. Muchos murieron junto a sus hijos más jóvenes (como fue el caso del alcalde Hejma y lo suyos). Entre los caídos había hombres que habían nacido y crecido en Lídice y otros que habían llegado semanas antes de la tragedia, como el ferroviario y un soldado veterano y ciego. Uno de los muertos no fue identificado porque no figuraba en los registros policiales y se supone que era un carretero que había llegado a Lídice el 9 de junio de 1942. 

Mientras se producían los fusilamientos, los nazis habían empezado a incendiar las casas rociándolas con combustible. Actuaban en todas las direcciones desde la periferia al centro. Karl Herman Frank llegó a Lídice en visita de inspección y siguió para Praga. Apenas se fue Böhme dispuso una hora de descanso durante la cual se sirvieron alimentos y bebidas encontrados en las casas. Los de las SS habían asado gansos, patos y conejos que fueron parte del menú. Las últimas casas del pueblo ardieron en la noche. 

El jueves 11 de junio de 1942, un estrecho colaborador de Adolf Eichmann, el SS austríaco Siegfried Seidl (1911-1947), que era el comandante del gueto de Terezin y del campo de Theresienstadt, llevó a treinta judíos a Lídice para excavar fosas comunes para enterrar a los fusilados. 

Uno de ellos sobrevivió y contó que los habían traído en camiones con picos, palas y barriles de cal viva. Cuando llegaron al patio donde se encontraban los cadáveres en filas irregulares, un oficial le señaló a Seidl el cuerpo de un hombre obeso vestido con un traje azul; Seidl se agachó y tomó una cartera de entre las ropas del muerto, extrajo un fajo de billetes y los guardó en su bolsillo.

Después marcó con un hierro un rectángulo de 9 por 12 metros y ordenó excavar un pozo de cuatro metros de profundidad. Además advirtió a los presos que si no cumplían el trabajo para las diez de la mañana serían castigados. 

El duro trabajo de cavar la fosa se prolongó. Seidl obligó a encender fogatas y los SS golpeaban a los presos para apurarlos. Finalmente al mediodía debieron llevar los cuerpos a la fosa y rociarlos con cal viva. Antes debían quitarles los zapatos (“solamente los buenos” ordenaba Seidl), y todos los papeles, documentos o valores que tuvieran. Un grupo de individuos con cámaras cinematográficas, con uniforme que el testigo identificó con insignias azules con centro blanco, llegaron para filmar pero fueron alejados por Seidl. 

Los presos de Terezin trabajaron 36 horas sin comer ni beber hasta que terminaron de tapar la fosa. El sábado 13 de junio otro grupo de judíos de Terezin fue enviado a Lídice. Uno de los sobrevivientes dijo que por la carretera pasaban camiones provenientes de Lídice, cargados con muebles, maquinaria agrícola, máquinas de coser, bicicletas. 

Esta vez los presos debían empezar a demoler los edificios que, debido a la lluvia, no se habían quemado completamente. También debían enterrar restos humanos que no habían sido sepultados, ropas, y todo tipo de desechos. A esa altura quedaban pocos rastros de los habitantes sobre la superficie. 

FILMADO Y BORRADO DE LA FAZ DE LA TIERRA 

Sin embargo, todo el proceso de arrasamiento de Lídice fue filmado bajo la dirección de un consultor experto del NSDAP, el camarógrafo Franz Treml y su colega Miroslav Wagner. Con cámaras Zeiss-Ikon Movikon de 16 mm se produjeron varias películas por orden de K.H. Frank. Fueron encontradas después de la guerra y en ellas se ve la quema de las casas y graneros, las ruinas de la escuela, la iglesia y el molino.

Hay fotos en las que, acompañado por otros miembros de la Gestapo de Kladno, se ve a un sonriente Harald Wiesmann paseando entre las ruinas. Los nazis crearon un documento fílmico de sus crímenes que fue exhibido en los juicios de Nuremberg. 

También hay fotos que muestran a civiles muy trajeados con sus trípodes y cámaras, acompañados por miembros de la Gestapo de uniforme, entre ellos Harald Wiesmann, el 24 de junio de 1942, filmando la ruinas de Lídice, el mismo día en que estaba siendo arrasada la pequeña aldea cercana de Lezaky. 

Otra foto fue tomada el mismo 10 de junio y muestra al coordinador de actividades culturales (Leiter Abteilung IV kulturpolitik im Staff Reichsprotektor), SS-Sturmbannführer Martin Wolf (1908 – desapareció terminada la guerra), dos oficiales de la Wehrmacht y el camarógrafo Treml que, como dijimos, había registrado algo de lo sucedido en Lezaky. 

Detrás de las cámaras de Lídice se encontraban dos nazis, alemanes de los Sudetes, Frantisek (más tarde Franz) Treml y Miroslav Wagner. Antes de la ocupación alemana Treml vendía productos de la Zeiss-Ikon en su comercio del Palacio de Lucerna y colaboró con el SD. Wagner era el dueño de los laboratorios Zenit para aficionados al cine. Ambos fueron colaboradores activos de los ocupantes nazis. 

Treml se convirtió en el principal asesor del NSDAP para la cinematografía y controlaba la producción local para los ocupantes. El 10 de junio de 1942, a las 7 y 30, los dos se incorporaron a un convoy militar alemán llevando sus cámaras y muchos rollos de película. No sabían adonde los llevaban y llegaron a Lídice a las 9 de la mañana. 

Böhme les indicó que filmaran una radio, pistolas y fusiles de asalto que los agentes Preucil y Gerik habían introducido en el pueblo. Las armas se presentarían como pretexto para aniquilar al pueblo. Al principio, los oficiales de los servicios de inteligencia (SD) habían pensado que un documental sobre el exterminio de Lídice, mostrando armas atribuibles a la resistencia, justificaría el crimen.

Sin embargo, Goebbels había enviado una nota a Hitler señalando que “...la respuesta internacional podría ser extremadamente desfavorable y perjudicial para el Reich” por lo que los filmes fueron archivados sin más. 

Treml y Wagner registraron todo con sus cámaras aunque no estuvieron presentes cuando los hombres fueron fusilados; los cadáveres solo se veían a la distancia. Las películas se revelaron en el laboratorio Zeint-Film bajo el máximo secreto y las entregaron a Frank. 

Por otra parte, como era característico en la caótica administración nazi, la Oficina del Reichsprotektor ordenó a Karel Peceny, propietario de Aktualita, una productora cinematográfica checa, que alistara un equipo con sus cámaras y accesorios para hacer una filmación de campo al día siguiente. Cargaron pesadas cámaras Vinten con casetes de 300 mts. de filme, cámaras portátiles Arriflex y equipos para grabar sonido en el exterior. 

Nadie sabía adonde iban. Negarse habría sido mortal bajo la ley marcial y el clima desatado tras la muerte de Heydrich. Los alemanes ubicaron a los camarógrafos en una colina próxima al cementerio de Lídice y les indicaron filmar la demolición de la iglesia barroca, la escuela, la granja de Horák y varias de las casas. La película fue revelada en los laboratorios de Favoritfilm, en Praga, y entregada a la Gestapo. 

Los documentalistas Treml y Wagner ascendieron profesionalmente; el primero amplió su negocio en el Palacio de Lucerna – una especie de shopping de la época – distribuyó películas y proporcionó tecnología actualizada a los cines. 

Wagner agregó a su negocio anterior un sector inmobiliario. Tras la guerra no fue detenido, explicó su participación en el rodaje en Lídice, ayudó a identificar negativos y en 1948 emigró al Brasil (falleció años después en la isla de Guarujá, estado de San Pablo).

Treml no salió tan bien librado. Cuando estalló el Levantamiento de Praga, en mayo de 1945, se escondió durante cinco días pero fue reconocido y arrestado. Primero estuvo detenido en la cárcel de Pankrác y luego trasladado a un campo de retención en Strahov de donde intentó escapar pero se rompió una pierna y sufrió lesiones. Finalmente falleció en un hospital el 30 de mayo de 1945. 

Los trabajos de demolición con máquinas y explosivos fueron llevados a cabo por cuadrillas del Reichsarbeitsdienst, RAD (Servicio de Trabajo del Reich) la organización laboral creada para militarizar la fuerza laboral y apoyar a la Wehrmacht. 

Era obligatoria para jóvenes de 18 a 25 años, no solamente de Alemania y Austria sino de Francia y posiblemente (aunque esto no parece haber sido estudiado por los derechistas checos) también por jóvenes checos patrocinados por el gobierno colaboracionista del Protectorado. 

El cumplimiento de la orden de Hitler, en el sentido de borrar al pueblo de la faz de la tierra, iba mucho más allá de la quema y demolición de edificios. Se trataba de eliminar todos los rastros de presencia humana que, a pesar de la pequeñez del pueblo, databa de más de 700 años. Como se dijo, primero se trataba de eliminar a todos los seres vivos del lugar (humanos y animales), después de quemar todo lo combustible, luego dinamitar y triturar todo lo construido. 

Enseguida había que enterrar o trasladar todos los escombros e incluso remover pavimento, pisos y parte de la tierra superficial para nivelar. Finalmente se trataba de cambiar totalmente el paisaje, allanar colinas, rellenar depresiones, cambiar el curso del arroyo, cortar los árboles y arbustos, en una palabra eliminar todas las referencias visuales. Nadie podría determinar de memoria donde había estado el pueblo. 

Este trabajo fue intenso, duradero y demandó una gran cantidad de individuos. La primera etapa de quema y demolición terminó el 1º de julio de 1942. Aparte de los dos destacamentos del RAD (el Servicio de Trabajo del Reich), acampados en carpas en las cercanías, participaron unidades de la Wehrmacht y de las Waffen-SS (la compañía de

ingenieros Morigl, del batallón de ingenieros de reserva Nº14 Weissenfels) y fue este grupo el que destruyó más casas: 89 la Morigl, 31 el RAD y 13 las Waffen-SS. 

Los trabajos de nivelación del terreno estuvieron a cargo del RAD. Los informes del jefe a cargo, Generalarbeitsführer Alexander Commichau, señalan que 100 hombres trabajaron en la destrucción del pueblo en esos días y acumularon 20.000 horas de labor (también se indica que encontraron 14.000 marcos en las ruinas). 

El cementerio de Lídice fue salvajemente destruido. Demolieron 60 panteones, 140 sepulcros y 200 tumbas individuales. Las lápidas fueron llevadas a Praga y empleadas para los cimientos de los cuarteles del RAD en Veleslavin. Los ataúdes y cadáveres exhumados fueron cuidadosamente revisados para arrancar cuantos dientes de oro, anillos o medallas pudieran encontrar. Otros metales también fueron recogidos para usos industriales. También aplicaron explosivos cuando las exhumaciones eran muy trabajosas y los participantes festejaban al ver restos humanos volando por los aires. 

Las tierras donde había estado el pueblo fueron denominadas Vorwerk y se destinaron a campos de labranza. A los integrantes del RAD se les dijo que los mismos serían un regalo para la viuda de Heydrich. El lunes 21 de setiembre de 1942, tuvo lugar una gran ceremonia en Brno, con la presencia de Lina Heydrich (Lina von Osten, 1911-1985), conocida como “La viuda del Reich”. 

En esa oportunidad, la unidad del RAD que trabajaba en Vorwerk recibió una condecoración y se la nombró “Unidad Reinhard Heydrich”. A pesar de la cantidad de hombres que se aplicaron al trabajo este continuó prácticamente por todo el año 1943. 

Mientras eso sucedía, los nazis requisaron y confiscaron los depósitos en todos los bancos e instituciones financieras que estaban a nombre de personas de Lídice. Todo ese dinero se depositó en una cuenta especial “D21 Sonderkonto Liditz” para cubrir los costos de la

destrucción del pueblo. Hubo un avalúo de esos costos por tres millones de coronas checas que debió ser pagado por fondos públicos. 

LAS MUJERES SEPARADAS DE LOS NIÑOS 

La terrible tragedia de Lídice seguía desarrollándose. Las mujeres y los niños que habían sido trasladados desde el pueblo fueron concentradas en el Liceo de Kladno, un edificio importante de una ciudad grande. Allí fue el último lugar en que los niños estuvieron junto a sus madres. En el 

gimnasio del edificio había gavillas de paja. Se ordenó a las mujeres que utilizaran el material como lecho. Allí estuvieron hasta el viernes 12 de junio. 

Ese día los niños fueron separados violentamente de sus madres. Varios oficiales de la Gestapo se presentaron en el gimnasio y dijeron a las mujeres que ellas irían por un tiempo a un campo de trabajo, ellas en tren y sus hijos en omnibuses. Enseguida emplearon unas listas de niños y pidieron a las madres que los llevaran a la puerta para su traslado. 

Las mujeres no les creyeron y se negaron rotundamente a entregar a sus hijos. Los niños lloraban y gritaban pidiendo a sus madres que no los dejaran y las madres se resistían. En medio de ese pandemónium 

un oficial hizo disparos al aire y los de la Gestapo empezaron a llevarse a los niños a la fuerza. Todos gritaban y lloraban. Casi todas esas separaciones fueron definitivas, los seres queridos nunca volverían a encontrarse. 

Después de quitarles a sus hijos 184 mujeres fueron llevadas a la estación de ferrocarril de Kladno y enviadas en un tren de pasajeros con escolta armada al campo de concentración de Ravensbrück, a 90 kilómetros al norte de Berlín, adonde llegaron en la mañana del domingo 14 de junio.

Cuatro mujeres embarazadas fueron enviadas al mismo hospital donde murió Heydrich, tras lo cual se procedió a despojarlas de sus bebés y a trasladarlas a distintos campos de exterminio. 

La mayoría de las mujeres llegaron a Ravensbrück y fueron recibidas a gritos y golpes por varias docenas de guardianas armadas acompañadas por perros. Poco después de la llegada de las mujeres de Lídice el comandante del campo sería el SS Hauptsturmführer Fritz Suhren (1908-1950, ahorcado por los franceses) cuyo objetivo declarado era exterminar a las prisioneras mediante trabajos forzados y privación de alimentos (Vernichtung durch Arbeit). 

A las mujeres de Lídice les habían dicho que podrían reencontrar a sus hijos. Apenas entraron se les aclaró que en Ravensbrück no había niños. Las guardianas las empujaban y golpeaban, hablaban un alemán cuyo acento les pareció extraño a las recién llegadas. Fueron conducidas a un barracón donde debieron desnudarse para ser despiojadas. 

Un doctor acompañado por una guardiana checa, Hanka Sebetovská, las inspeccionó. Luego les dieron la ropa de lona rayada del campo, pero no zapatos, y un triángulo rojo con la letra T (por Tschechin, checo en alemán). En ese momento sus nombres desaparecieron, a cada una se le dio un número que sería su única identificación. A Jaroslava Suchánková, por ejemplo, le asignaron el 11.788, de modo que ante los SS o ante guardias debía obligatoriamente decir: Schutzhäftling Nummer elftausend sieben hundertachttundachtzig. 

Las autoridades del campo trataron inicialmente de mantener aisladas a las mujeres de Lídice pero varias prisioneras checas lo impidieron (hay que tener en cuenta que más del 80% de las internadas eran presas políticas y su grado de conciencia las hacía mantenerse unidas). 

Las heroicas mujeres de Lídice dejaron numerosos testimonios acerca de la organización del campo, las penosas condiciones de vida, el brutal tratamiento y el aniquilamiento mediante el trabajo (el ya citado Vernichtung durch Arbeit).

Fueron forzadas a trabajar en fábricas textiles y de municiones, en el procesado de cuero, en producción de calzado para los soldados y en la construcción de carreteras, en agotadores turnos de 12 y más horas. 

En el otoño de 1942, después de intensos bombardeos que sufrió la Siemens A.G., en Berlín, se resolvió instalar talleres junto al campo de concentración. Las mujeres, que empezaron siendo 25 alcanzaron a ser 2.500 operarias que fabricaban componentes eléctricos de armamento, interruptores especiales, equipos electrónicos para submarinos, teléfonos y otros artefactos importantes. Nunca cayó una bomba sobre el campo y la Siemens hizo fabulosas ganancias con el trabajo esclavo de las mujeres. 

Pocas semanas después de su llegada, empezaron en Ravensbrück los experimentos con las presas que se extendieron hasta setiembre de 1943. Los médicos nazis investigaban la eficacia de la sulfamida mediante experimentos tan crueles como inútiles. Las prisioneras eran infectadas con bacterias o neurotoxinas, como las que ocasionan la gangrena gaseosa o el tétanos. 

Se obstruía los vasos sanguíneos en los extremos de una herida causada al efecto, para crear una condición similar a la de una herida en el campo de batalla. La infección era agravada mediante la introducción de suciedad y vidrios. Después se la trataba con sulfamida y otros medicamentos para determinar su eficacia. 

Las primeras internadas en Ravensbrück a poco de la llegada de Hitler al poder fueron militantes políticas y judías alemanas pero llegó a haber prisioneras de 27 nacionalidades diferentes y un total superior a las 132.000 de las cuales más de 92.000 murieron o fueron asesinadas. 49 de las muertas provenían de Lídice, un cuarto del total cuando la proporción general de mortalidad era de dos tercios. 

Cuando las mujeres de Lídice llegaron al campo, entre dos a tres internadas morían diariamente. Para fines del año 1942 esa tasa se había duplicado. Las condiciones del trabajo esclavo, la falta de

alimentación, las deficiencias sanitarias y los experimentos de los médicos nazis, eran las principales causas de muerte. 

Sin embargo, lo peor estaba por llegar. En los últimos meses del Tercer Reich, Ravensbrück que había sido un campo de trabajo con altísimas tasas de mortalidad se transformó en un campo de exterminio. Cuando 

los nazis debieron abandonar Auschwitz (liberado por el Ejército Rojo en enero de 1945) se instaló una cámara de gas (el crematorio ya existía) y se aplicaron los criterios de selección para eliminar lo más rápidamente posible a las internadas. 

Se trataba de “carreras de selección”, la totalidad de las prisioneras de un bloque debían correr cien metros, descalzas, ante el comandante del campo y un médico. Las que se retrasaban o se caían eran enviadas inmediatamente a la muerte. Además los examinadores tomaban en cuenta otros factores de apariencia. Por ejemplo, las canas eran una señal para ser gaseada y por eso las mujeres teñían el cabello de sus compañeras mayores oscureciéndolo con ceniza, carbón o ácido acetilsalicílico. 

Finalmente, como en otros campos, los SS emprendieron una horrenda marcha de la muerte porque los verdugos huían ante el avance de los soviéticos y trataban de no dejar testigos de sus crímenes. A fines de marzo ordenaron que todas las mujeres en condición de hacerlo formaran una columna y caminaran hacia el norte. 

24.500 prisioneras emprendieron la marcha (150 de ellas eran mujeres de Lídice). Unas 2.500 alemanas fueron liberadas y 500 fueron entregadas a la Cruz Roja Sueca. El 30 de abril de 1945, menos de 3.500 prisioneras, desnutridas y enfermas, estaban vivas cuando el Ejército Soviético liberó el campo. Las sobrevivientes de la marcha de la muerte fueron liberadas por exploradores soviéticos poco después (tres de las mujeres de Lídice habían muerto durante la marcha).

MUERTE Y SECUESTRO DE LOS NIÑOS 

Respecto a los niños, 58 fueron trasladados al área de la antigua fábrica textil de Gneisenaustraße, en Lodz (la ciudad central de Polonia). Su llegada fue anunciada desde el despacho de Böhme mediante un telegrama el cual terminaba diciendo: “Los niños solo traen lo que llevan puesto. No es deseable un cuidado especial”. El cuidado dado a los menores fue mínimo, motivo por el que sufrieron numerosas enfermedades. Asimismo, por orden de la dirección del campamento, se les negó cualquier tipo de atención médica. 

Poco después de su llegada, los examinadores (Eignungsprüfer) de la Oficina de Raza y Asentamiento de las SS (Rasse- und Siedlungshauptamt der SS, abreviado RuSHA) comprobaron las medidas antropométricas acordes con la teoría eugenésica racista y escogieron a siete niños para someterlos a un proceso de germanización. Fueron secuestrados. 

Se les arrebató su identidad y fueron entregados a familias alemanas para su crianza. Más adelante veremos los esfuerzos que se hicieron para recuperar a estos niños y los testimonios de algunos de los rescatados. 

Los oficiales asignados a Lebensborn, la organización creada por Himmler, participaban en el secuestro de niños en los países ocupados. Aproximadamente entre 50.000 y 200.000 niños polacos fueron secuestrados para “germanizarlos”. 

Tras un riguroso examen, eran enviados con partidas de nacimiento falsificadas a familias previamente seleccionadas. A estas se les decía que el niño o niña que iban a adoptar era huérfano/a de un soldado muerto en combate. Los niños que no obtenían la certificación de ser lo suficientemente arios eran enviados a los campos de exterminio. 

La mayoría de los niños “adoptados” nunca regresaron a sus familias originales, y sus descendientes ignoraban, por lo general, sus orígenes. En 1946, se estima que la cantidad de niños secuestrados rondaba los 250.000, de los cuales solo 25.000 fueron devueltos a sus familias.

Muchas familias alemanas que habían participado en el programa rechazaban devolver a los niños y, en otros casos, fueron los niños mismos quienes no quisieron volver con sus familias. 

Existen testimonios de los siete niños de Lídice destinados a su germanización. Por ejemplo el dado por Marie Dolezalová Supiková (1932-2021) quien testificó en Nuremberg y otros juicios a que fueron sometidos los criminales nazis. En un principio – dijo Marie – fueron llevados a un hogar infantil cerca de Poznan (llamado Puschkau), acompañados por una enfermera alemana. 

Allí había unos cincuenta niños alemanes y polacos. Era una especie de hogar modelo de tránsito. Apenas llegados fueron desnudados y sometidos a un tratamiento para la pediculosis que les había infectado. Después les dieron unas ropas hospitalarias grises. 

Se les prohibía hablar en checo entre ellos so pena de ser castigados. Debían aprender alemán. Marie dice que la mayoría no habían tenido alemán en la escuela porque esos cursos empezaban recién en cuarto año. Ella sabía un par de palabras (Fenster = ventana y Katz = gato) pero era incapaz de mantener una conversación. 

Los enviaron a la escuela alemana y además enseñaban a las niñas a coser, bordar y remendar. También debían trabajar en el parque y el jardín cultivando vegetales. En su tiempo libre podían caminar por la orilla del Warta y los mayores ensayaban obras de teatro para representarlas ante los más pequeños. 

Varias semanas después llegaron otros dos niños de Lídice. “Habíamos entendido – dijo Marie, de diez años – que querían criarnos como alemanes pero no sabíamos porqué nos habían elegido a nosotros. Muchos años después comprendimos que habíamos coincidido con la idea que tenían de la pureza racial aria: la forma de nuestro cráneo, nuestros huesos faciales eran como lo prescribían. 

Se podía simplificar y decir que estaban predominantemente interesados en niños rubios de ojos celestes pero yo no encajaba en eso muy bien – dijo Marie – nunca había sido rubia y mis ojos no eran azules, por lo tanto nos decíamos que habíamos sido afortunados en

medio de toda esa miseria en haber sido elegidos; así fue como sobrevivimos”. 

Finalmente la niña fue adoptada por una pareja madura sin hijos que vivía en Poznan. Le cambiaron no solamente sus ropas sino su nombre, pasó a llamarse Ingeborg Schiller. Con ellos Marie recibió un buen trato, muy diferente a los gritos y bofetadas que había recibido en Puschkau. Cuando el frente se aproximaba, en 1945, las familias alemanas se evacuaron de Poznan y los Schiller y Marie se instalaron en Mecklemburg (en un pueblo llamado Boizenburg). 

De los demás niños sobrevivientes de Lídice existen testimonios, algunos más sombríos que los de Marie, otros comparables. En todo caso, pasaron años antes de que los niños volvieran a reencontrarse con sus familiares en Checoslovaquia. Pero estos fueron los escasos sobrevivientes. 

CHELMNO Y LAS CÁMARAS RODANTES 

A finales de junio Adolf Eichmann había ordenado la muerte de todos los niños. Es asombroso comprobar queEichmann nunca llegó a ser condenado por este crimen cuando lo juzgaron en Jerusalén. Respecto a los niños de Lídice los jueces dijeron que: “…no nos ha sido probado más allá de toda duda razonable, de acuerdo con la evidencia ante nosotros, que fueron asesinados”. 

El 2 de julio de 1942, 82 niños de Lídice fueron entregados a la oficina de la Gestapo en Lodz, la cual los envió al campo de exterminio de Chelmno, a 70 km de distancia, donde murieron en furgones de gas Magirus, probablemente el mismo día de su llegada. 

El 6 de julio la Oficina de Raza y Reasentamiento envió a una niña de seis años, de Lídice, que originalmente había sido seleccionada para la “germanización” pero que luego fue rechazada. Junto con ella se enviaron a Chelmno a varios niños de la aldea de Lezaky, cercana a Lídice, que también había sido arrasada.

El jardinero de Chelmno, Andrzej Miszak, dijo en noviembre de 1947, lo que había visto en el verano de 1942. Él pasaba cerca del campo de exterminio y vio dos camiones con toldo detenidos ante la puerta. Los hombres de las SS sacaron de los camiones a niños que iban desde bebés hasta adolescentes. Los formaron en filas de a cuatro e ingresaron al castillo. 

Desde las ventanas de su casa, el jardinero vio que a los niños se les quitaba toda la ropa y esta era lanzada por las ventanas; debajo unos prisioneros judíos recogían las prendas y las apilaban. Los niños de Lídice fueron introducidos en los tres camiones herméticos (S-Wagen) y gaseados con monóxido de carbono. Sus cadáveres habrían sido enterrados en los bosques en los alrededores de Chelmno. 

El Sonderkommando Kulmhof como se denominaba la unidad que operaba el campo estaba encabezada por el SS Hauptsturmführer (capitán) Herbert Lange (1909-1945) – muerto en Berlín el 20/4/45 – que en marzo había sido sustituido por el también capitán Hans Bothmann (1911-1946) que se suicidó estando preso de los británicos. 

Entre enero de 1942 y marzo de 1943, asesinaron más de mil personas por día, judíos provenientes del gueto de Lodz, gitanos, checos, polacos húngaros y prisioneros de guerra soviéticos. 

De los 105 niños de Lídice, 82 murieron en Chelmno y 6 en orfanatos de las SS (Lebensborn). Solamente 17 niños pudieron regresar a sus hogares después de la guerra. 

TRISTE RETORNO Y ADVERTENCIAS A LA HUMANIDAD 

Trescientos cuarenta habitantes de Lídice fueron asesinados por los nazis (fusilados los hombres, torturadas y muertas las mujeres en Ravensbrück, gaseados los niños en Chelmno) y la relación de lo sucedido – la que ya hicimos y las que haremos enseguida – son estremecedoras pero aún son más terribles y vigentes, como advertencia para cada uno de nosotros y para la humanidad, los testimonios de quienes sobrevivieron.

Decenas de heroicas mujeres y unos cuantos niños expusieron otras tantas historias desgarradoras. Todas son estremecedoras, todas son diferentes. Más allá del menoscabo físico y mental de las víctimas, todos reclaman atención sobre el profundo daño psicológico, social y cultural que produjo el nazifascismo. 

Es verdad que Lídice y Lezaky, fueron dos casos de extremo terror pero los nazis arrasaron miles de aldeas en la Unión Soviética y sometieron a millones de seres humanos a la muerte y la tortura. Por desgraciadas circunstancias de la Guerra Fría, la magnitud de esos crímenes cometidos durante la ocupación de las repúblicas soviéticas no han tenido una adecuada difusión. 

Sin embargo, en Francia, en Italia, en Grecia, los nazis cometieron muchas atrocidades similares. Exactamente dos años después del comienzo del aniquilamiento de Lídice, el 10 de junio de 1944, una aldea de 600 habitantes fue arrasada en Francia. La masacre de 

Oradour-sur-Glane cobró la vida de 643 habitantes y fue perpetrada por el primer batallón del 4º regimiento de Panzergrenadier Der Führer, perteneciente a la división blindada de la SS Das Reich. 

En Marzabotto, al sur de Bolonia, la masacre fue llevada a cabo contra la población civil entre el 29 de setiembre y el 5 de octubre de 1944, en represalia por el apoyo dado a los partisanos. Soldados de las SS-Panzer-Aufklärungsabteilung 16, al mando del SS-Sturmbannführer Walter Reder (1915-1991), sistemáticamente asesinaron a centenares de personas en Marzabotto y en las localidades cercanas de Grizzana Morandi y Monzuno. 

El fatídico 10 de junio de 1944 otra masacre tuvo lugar en Grecia ocupada por los alemanes. Durante dos horas, tropas de la 4ta SS Polizei Panzergrenadier Division, al mando del SS-Hauptsturmführer Fritz Lautenbach, de 26 años de edad, masacraron a los habitantes del pueblito de Dístomo, cerca de Delfos. 

Hay testimonios señalando que derribaban las puertas y baleaban a hombres, mujeres y niños. Los más chicos no eran baleados sino acuchillados a la bayoneta en sus cunas y a las embarazadas en el vientre. El sacerdote del pueblo fue decapitado. Además los soldados

cometieron saqueos, violaciones y mutilaciones. Disparaban a todo lo que veían por las calles y los campos. Robaron todo lo que pudieron llevarse. 

Un total de 228 pobladores fueron asesinados (40 de ellos niños y 20 bebés). Un equipo de la Cruz Roja venido de Atenas llegó a las ruinas de Dístomo y encontró cadáveres mutilados colgados de los árboles en todos los caminos de acceso. Estaban transfiriendo a todos los sitios lo que era una práctica corriente en el frente germano soviético. 

Hay un detalle importante, de estos últimos crímenes que debe ser tenido en cuenta. El historiador británico Mark Mazower dijo que la compañía que actuó en Dístomo estaba compuesta por “una combinación letal” de adolescentes mal entrenados volksdeutsche dispuestos a probar su sentido de germanidad (deutschtum) y fidelidad a sus fanáticos oficiales de las SS por lo que se prestaban a cometer todo tipo de atrocidades. 

La mayoría eran adolescentes volksdeutsche de Hungría y Rumania que no tenían las historias familiares requeridas para probar que eran de ascendencia alemana pura y solamente contaban con vagas comunicaciones escritas por las asociaciones locales de comunidades volksdeutsche. Estas comunicaciones no eran consideradas satisfactorias por las SS porque aunque los sujetos hablaban alemán se sospechaba que muchos tenían “sangre húngara o rumana”. 

En 1944, las pérdidas sufridas por las fuerzas alemanas eran tan grandes que las SS ya no ponían reparos al reclutamiento para las unidades de policía de tiernos adolescentes y elementos impuros. 

Tres días después de su salida de Ravensbrück, los guardias armados de las SS huyeron y las mujeres de Lídice se reunieron en un bosque. Cuando los soviéticos las localizaron emprendieron el regreso a sus hogares, muchas caminando otras mediante algún transporte ocasional. 

La mayoría cruzó la frontera entre Alemania y Checoslovaquia en Cinovac el 2 de junio de 1945, casi tres años después del martirio de Lídice. Nada sabían de la suerte corrida por sus padres, sus hermanos, sus hijos que habían visto por última vez de plantón en el patio de la

granja Horák. Sobre todo nada sabían de sus niños, los que les habían arrancado de sus brazos en Lodz. Nada sabían de su pueblo y de sus hogares. 

Preguntaban con desesperación a los soldados checos de guardia en la frontera si habían visto o conocían a algún hombre de su pueblo. Cuando llegaron a Kladno sus parientes y amigos las estaban esperando y entonces, mientras el resto de Europa se regocijaba por el fin de la guerra y la recuperación de la libertad, recibieron la terrible noticia de la muerte de los hombres, la desaparición de los niños y la destrucción del pueblo. Todavía las mujeres conservaban alguna esperanza respecto a la posibilidad de que los niños se hubiesen salvado. 

Los testimonios son desgarradores. Desplazarse por la región era muy difícil y los que sabían lo que había sucedido en Lídice evitaban decirlo a las que retornaban. Las mujeres buscaban desesperadamente a los niños. Los lugares de transición estaban vacíos, los alemanes habían desaparecido completamente. 

Finalmente algunas decidieron ir hasta su pueblo. He aquí el testimonio de una de ellas: “Hay una carretera que va desde el cementerio de Bustehrad hacia Lídice, siempre la recorría antes volviendo de la escuela o de entrenar en Bustehrad, menos de cinco kilómetros, yo siempre veía el campanario de la iglesia de Lídice; ahora yendo en un coche no veía la torre y cuando la carretera hacía una curva a la derecha, en lugar de seguir directamente a Lídice colina abajo, no había árboles en torno a nosotros, solamente campos donde crecía avena. 

En ese momento sentí tal dolor en mi cabeza como si me hubiesen golpeado con un objeto pesado, un fuerte acceso de dolor y solamente entonces me di cuenta que estábamos pasando por un lugar donde ahora solamente había campos. Antes la carretera tenía una hilera de nogales altísimos a cada lado, ahora no había nada. Normalmente no sufro dolores de cabeza pero ahora era un dolor feroz y pensé que colapsaría. 

Seguimos un par de curvas y llegamos a un sitio que reconocía, era donde debía estar el viejo cementerio pero no había nada, solamente

los campos de avena crecida. En el campo había un estrecho sendero que se apartaba de la carretera. La señora que me trajo me guiaba por el sendero sin decir nada hasta que llegamos al arroyo que corría a través de Lídice, cruzamos un pequeño puente improvisado y el sendero se había ensanchado hasta donde estaba la fosa común de los hombres. 

Solamente allí supe toda la verdad, la señora K. me dijo, en ese lugar, que todos los hombres de Lídice habían sido fusilados el 10 de junio después que las mujeres y los niños fuimos llevados a Kladno. No sé lo que hice en ese momento, solo recuerdo a la Sra. K diciendo una y otra vez ‘Anicka, se valiente, tu hija debe volver a ti, mantente con vida ahora que ella perdió a su padre porque ella ahora te tiene a ti para criarla. Se muy valiente, yo se que es terrible lo que te he dicho, pero desgraciadamente todo es verdad’. 

Entonces lo vi todo, ni un hogar en ningún lado, nada quedaba. Debería correr como loca, no lo sé, porque ella siempre me alcanzaba y me decía ‘Anicka, por favor sé valiente. Después de haber pasado por todo este infierno esta es la realidad ahora; tu no lo sabías antes y yo debía decírtelo, este es el lugar donde todo sucedió’. No creo haberle preguntado nada a ella. Todo estaba en mí. Solo recuerdo que juré junto a esa tumba de que mientras viviera le diría a todas las generaciones, que escucharan toda la verdad. Esto no podía conservarlo para mí y eso es lo que he hecho hasta ahora”. 

LA BÚSQUEDA DE LOS NIÑOS 

Para las mujeres de Lídice nada era más importante que recuperar a sus hijos. La población confiaba en que los niños podrían ser encontrados. Nadie había concebido en todas sus dimensiones la crueldad y brutalidad de los nazis. En los primeros meses hubo algún indicio alentador, por ejemplo, seis o siete de los niños menores de un año en el momento de la tragedia, volvieron a Lídice. 

 

Una niña que retornó contaba que cuando terminó la guerra había permanecido con una tía y un primo en un pueblo que creía que se llamaba Neuendorf (en Baviera), donde el esposo de la prima de su padre los encontró. Fue en un encuentro feliz aunque la niña no reconocía a su lejano familiar pero este la llevó primero a Pilsen, donde vivía, y después a Lídice. Fue la primera niña en volver, el 10 de junio de 1945. No encontró allí a su madre que fue de las últimas en volver desde Ravensbrück y al principio tampoco la reconocía después de los años transcurridos. 

Una adolescente de 14 años, volvió sola desde Alemania; su madre adoptiva le compró un pasaje de tren para Dresde y tuvo la suerte de encontrar allí a un tío suyo. Cuando llegó a Lídice dijo que parecía otro mundo, solamente “algunos árboles que las bestias nazis no habían talado” le permitieron darse cuenta donde había estado el patio de su casa. 

Los nazis le habían robado todo: su madre, su padre y su hermano, dos abuelas y un abuelo, además de su tío y un primo. Todo lo que significa un hogar había desaparecido, el amor de los padres, la comprensión, la seguridad, solamente los tristes recuerdos quedaban para siempre. 

“Yo tenía once años en 1942, mi hermano ocho y mi hermana doce. Regresamos como tres almas desgraciadas en setiembre de 1945 y no fuimos los únicos. Después de años de separación volvíamos a estar solos otra vez. Yo me quedé con la hermana de mi madre; Václav se quedó con el hermano de nuestra madre y mi hermana vivió con las hermanas de nuestro padre. 

Crecimos separadas, a pesar de que sabíamos que nos pertenecíamos no había vínculos familiares entre nosotros en el sentido estricto del término. Nadie nos unió, el elemento que debía unirnos faltaba y nadie nos animó a hacerlo. Los tres quedamos marcados por eso. 

Como adulta yo formé una nueva familia, que de alguna forma amortiguó el dolor de todo lo que me había sucedido, pero no he sido capaz de olvidar y he debido enfrentarlo. La angustia sigue retornando. Provengo de una familia sencilla, mi padre era minero, vivíamos en una casa alquilada, modestamente pero juntos. Con mi hermana y mi hermano tuvimos una infancia verdadera. Lo que entonces sucedió fue el fin de todo”.

Para encontrar a sus hijos, las mujeres se integraron en equipos de búsqueda, con policías, funcionarios y un traductor si fuese necesario. Hasta una organización alemana colaboró con ellas: Opfer des Faschismus (Las víctimas del fascismo). 

La búsqueda empezó en Lodz donde fueron separadas de sus hijos. Allí obtuvieron los nombres y la ubicación de los hogares colectivos transitorios y los visitaron uno por uno. Solamente en Pushkau encontraron un registro de nueve niños de Lídice y empezaron a encontrarlos. 

Marie Uchytilová

Primero encontraron a Marie Hanfová en Dessau (en Sajonia-Anhalt), cuyo nuevo nombre era Margaret Richter. La Sra. Richter se negaba a entregar a Marie aunque la convencieron del origen de la niña pero insistía en que necesitaba la aprobación de su esposo para dejarla ir. 

Marie tampoco quería dejar a su familia adoptiva y solamente después de gran insistencia se avino a ir a Checoslovaquia por dos semanas para conocer el lugar de su nacimiento. Una de las mujeres de Lídice que participó en esta búsqueda dijo que se había sentido conmovida cuando fueron al concejo municipal por una cuestión de papeles con Marie y esta saludó diciendo “Heil Hitler” al entrar a la oficina. 

El hallazgo de Marie fue fundamental porque ella mantenía contacto por correspondencia con otros tres niños de Lídice. Muchas búsquedas fueron infructuosas pero alguna otra resultó. Un muchacho sabía que era checo y provenía de Lídice pero estaba en un internado polaco y no tenía papeles. 

En diciembre de 1945 lo localizaron, llevaron una foto de su clase de la escuela y cuando el director de la institución se la mostró y le preguntó sobre ella dijo que era su clase, señaló su presencia e identificó a varios de sus compañeros. Al hacerlo el director se avino a dejarlo ir con las buscadoras. “Ni en mis peores pesadillas – dijo el joven – podría haberme imaginado que nunca vería a mis padres y que Lídice no existía”. 

Aunque , como vimos, la mayoría de los niños habían sido exterminados en Chelmno, la búsqueda de los “germanizados” incluye testimonios que

son elocuentes respecto al secuestro y el robo de la identidad que perjudicó a familias y trastornó profundamente a la sociedad. 

Para nosotros, los testimonios sobre los niños de Lídice son un recordatorio del inmenso dolor que causó a madres, abuelas y familiares, en Uruguay y en Argentina, la apropiación de niños en el marco del Plan Cóndor. 

La apropiación sistemática, el asesinato o la mutilación especialmente dirigida a los niños, es una política de Estado, una de las facetas más terribles del terror. Lo fue durante el Tercer Reich, durante el Plan Cóndor y está sucediendo ahora mismo en Palestina. 

Emilie Frejová fue encontrada en Sassnitz (Pomerania Occidental, isla de Rügen) en marzo de 1946. Anna Hroniková, una de las más tesoneras buscadoras, acompañada por la esposa del Presidente Benes, llegaron hasta el hogar de la niña. 

Los soldados checos le mostraron una foto de su clase de segundo año de escuela y le preguntaron si reconocía a alguien. “Desde luego lo hice – dijo – y empecé a nombrar a mis compañeros y vecinos. La conversación se desarrollaba en alemán porque yo había olvidado el checo. Mi padre adoptivo no estaba presente en la entrevista porque era un oficial de alto rango de las SS y había huido a Hamburgo. 

Yo no quería ir a Checoslovaquia, ni siquiera sabía lo que significaba, lo que yo había conocido era el Protectorado de Bohemia y Moravia. Mi madre adoptiva no quería dejarme ir, estaba muy nerviosa y lloraba. Yo permanecía con los soldados, que estaban por todas partes, mientras se hacía el papeleo. Ni siquiera permitían que recibiera comida de mi madre adoptiva, me traían comida de un restaurante (tal vez pensaban que podría hacerme algo). 

Solamente en Kladno entendí lo que había sucedido. No reconocí el lugar donde había estado Lídice. La Gestapo lo había borrado del mapa. Fue un golpe terrible”. 

Niñas que habían olvidado su idioma natal, que solamente se reconocían en las fotos escolares publicadas en un libro especial mediante detalles, incluso de vestimenta (una de ellas se reconoció por

una moña que siempre había lucido en el pelo). Las mujeres de Lídice y los niños recuperados se alojaban en una casa comunal en Krocehlavy, que había sido un campamento alemán. 

Una de las niñas dijo “al día siguiente me compraron un vestido nuevo, me llevaron al Ministerio del Interior y en la tarde se me permitió ver a mi madre; estaba internada con tuberculosis en el hospital Krc de Praga; desde su retorno en mayo de 1945 había estado allí, no había visto a Lídice como había sido en 1942, excepto por fotografías. El médico me dijo que no debía besarla por el riesgo de contagio. Hablamos sobre mi hermano, cuya suerte preocupaba a mi madre. 

Hela Lefrerová debía traducir porque mi madre no hablaba ni entendía el alemán y yo no sabía checo. Conseguí que este encuentro fuera fotografiado; conservo todas las fotos como un muy querido y valioso recuerdo de mi madre porque solo se me permitía visitarla cada quince días. Regresé el 7 de agosto de 1946, la fecha en que había sido el cumpleaños de mi padre y mi madre falleció el 9 de diciembre”. 

La búsqueda se extendió por años después del fin de la guerra e incluso los niños vivieron efectos de la Guerra Fría. He aquí el testimonio de Vaclav Zelenka que en 1947 se llamaba Rolf Wagner y vivía con sus padres adoptivos en un pueblo de Sajonia, Lohsa, muy cerca de la frontera checa. 

“Al fin me encontraron el 1º de mayo de 1947, yo caminaba con el Sr. Wagner para ver las celebraciones del 1º de mayo cuando un jeep salió del bosque y se paró ante nosotros, un hombre de uniforme corrió hacia mí, abrió mi camisa descubrió mi pecho y gritó ‘es él’, entonces me levantó sobre su cabeza. 

Sucede que, cuando yo tenía unos ocho meses estuve muy enfermo y me habían quedado tres cicatrices en el pecho. Ese había sido el signo para reconocerme que mi madre había dado a los soldados. El que me localizó era el Inspector Principal Josef Ondracek del Comité de Repatriación del Ministerio del Interior. 

Yo no tenía idea de lo que estaba pasando. Nos subieron al jeep donde estaba también el alcalde del pueblo y empezaron a explicarle al señor

Wagner quien era yo y que debían devolverme a mi hogar. El Sr. Wagner se resistía. Dijo que tenía papeles que probaban que yo era un huérfano alemán pero eventualmente debió ceder. 

Lo que acordaron era que el Sr. Wagner me llevaría a Dresde el 14 de mayo a un centro donde se reunía a los niños para repatriarlos. El Sr. Wagner me llevó allí ese día. Admito que no tenía ganas de separarme de él. Aunque no era mi verdadero padre, realmente me quería. Era muy bueno conmigo y lo que es más, me había acostumbrado a Alemania y también había olvidado el checo. 

Además tenía una gran cantidad de amigos en la escuela. En relación con esto recuerdo una sola cosa negativa. Tan pronto como mis compañeros de escuela supieron que yo era checo, dejaron de hablarme. Excepto mi mejor amigo. A los ojos de los demás yo era repentinamente el enemigo como lo eran los rusos”. 

Vaclav Zelenka fue el último de los niños de Lídice en retornar. A pesar de las búsquedas sistemáticas, solamente 17 de los 105 niños perdidos fueron encontrados. Incluso, algunos de los que volvieron nunca encontrarían a sus madres. 

Jiri Pitín fue uno de estos niños: “mi madre provenía de Hostoun y mi padre de Busterhad, se encontraron a medio camino y se establecieron en Lídice, ellos mismos construyeron una casita en la ladera hacia Hostoun; un viejo nogal que crecía en el jardín es todo lo que queda de lo que mis padres construyeron. 

Mi padre trabajaba en unos hornos en Kladno y cuando supo lo que pasaba en Lídice y que todo el pueblo estaba en llamas se escondió en el bosque que rodea Unhost, donde encontró un guardabosques llamado Cerny a quien dio unos tickets de alimentación y le rogó que le trajera algo de pan a cambio. Pero el hombre vio en los tickets que mi padre era de Lídice y lo denunció a la Gestapo que lo detuvo. Lo incluyeron en un grupo de familiares de Lídice a los que fusilaron en Kobylisy el 16 de junio de 1942”. 

“El 10 de junio de 1942 fue el fin absoluto de mi familia El hermano de mi padre, que vivía con nosotros fue fusilado con los hombres de Lídice

el 10 de junio; mi madre fue enviada al campo de concentración de Ravensbrück donde murió el 22 de diciembre de 1944 y mi hermana Maruska fue enviada de Kladno a Lodz con el grupo de 88 niños que después serían asesinados en Chelmno. Lo único que me queda de mi familia es una tarjeta amarillenta que ella le envió a una tía, desde Lodz, pidiéndole un poco de comida y alguna ropa”. 

Marie Dolezalová se refirió a cómo fue el regreso de los niños a Lídice. “Para las madres que habían perdido a sus pequeños era inexplicable porque esos niñitos habían muerto; ¿qué habían hecho? ¿en el camino de quien se habían interpuesto? ¿a quién le habían hecho algún mal? ¿a quién en la tierra podría haber herido un niño de trece meses? Y estoy segura de que se preguntaron entonces – es un sentimiento que todavía conservo; no puedo probar nada – y deben haberse planteado la pregunta ¿porqué este o esta niña retornaron y no los míos? 

Cuando nosotros regresamos realmente nos aceptaron como si fuéramos sus hijos porque les dábamos la esperanza, la fe de que sus propios hijos estaban en algún lugar y que regresarían algún día. Entonces se encontraron los registros que probaban que habían sido asesinados en Chelmno. Como dije, no admitirían eso pero creo que cada una de las madres de Lídice enfrentó esto en algún momento, preguntándose el porqué”. 

CRIMINALES JUZGADOS, RECONSTRUCCIÓN DEL PUEBLO, MEMORIAL Y MONUMENTO DEDICADO A LOS NIÑOS DEL MUNDO 

Buena parte de los nazis que participaron en el exterminio de Lídice fueron juzgados en tribunales checoeslovacos después de la guerra. Como ya vimos, algunos escaparon, otros se suicidaron. 

Los checos de los Sudetes, de origen alemán pero que hablaban ambos idiomas, fueron el apoyo mayoritario y decisivo para la ocupación y sus crímenes. De todos modos, terminada la guerra, casi la totalidad de los habitantes de los Sudetes fueron expulsados hacia Alemania. 

Estos formaron la SGL (Sudeten German Landsmannschaft) una asociación que reclamaba el retorno de muchos a sus hogares en

Checoslovaquia, aludiendo a que no todos habían sido nazis. Incluso, esta asociación hizo un pequeño aporte monetario para el Memorial de Lídice y eso provocó un fuerte rechazo por parte de los checos. Las últimas investigaciones no parecen haber explorado la participación de los derechistas checos que apoyaron el gobierno colaboracionista. 

El ex- SS Obergruppenführer K.H. Frank fue sometido a un tribunal popular especial y condenado a muerte. La ejecución pública tuvo lugar en el patio de la prisión Pankrác, en Praga, el 22 de mayo de 1946. Kurt Daluege, que había sido el Reichsprotektor alterno en la época del exterminio de Lídice también fue condenado a muerte y ejecutado el 23 de octubre de 1946. En 1947, los integrantes de la Gestapo de Kladno fueron sometidos a un tribunal popular especial; seis de ellos, H. Wiesmann, T. Thomsen, O. Felkl, W. Forster, O. Gehle y R. Vicek, fueron condenados a muerte y colgados el 24 de abril de 1947. Los demás pasaron largos años en prisión. 

A Josef Cerny, el guardabosque que había denunciado a Frantisek Pitín a la Gestapo, se le conmutó la pena de muerte por cadena perpetua y la misma pena se aplicó, el 3 de mayo de 1947, a Jaroslav Pála el dueño de la fábrica que había entregado a la Gestapo la carta que condujo a la pista falsa y finalmente a la tragedia de Lídice. 

En 1947 se decidió reconstruir el pueblo a unos 300 metros de su ubicación original. Los trabajos empezaron en mayo de 1948. Hubo contribuciones provenientes de distintos países, en particular una colecta organizada por los sindicatos de mineros británicos y desde luego fondos públicos estatales. Cientos de voluntarios de todo el mundo trabajaron en las obras. Las primeras casas estuvieron listas en 1949. Para mediados de los 50, Lídice contaba con la sede municipal, la oficina de correos, un centro cultural, un mercado y 150 casas. Cada mujer y cada huérfano recibió una casa. 

La identidad nacional se reafirmó con las conmemoraciones anuales en el Memorial de Lídice. Los soldados soviéticos construyeron un memorial en junio de 1945. A principios de los 50 se agregó un museo. En 1955 se creó el Rosedal de la Paz y la Amistad, un parque muy florido que conecta el sitio de la fosa común con el pueblo. En 1962 se desarrolló un nuevo museo y se consagró el sitio como “Monumento

Cultural”. Después del colapso de la República Socialista de Checoslovaquia, en 1989, sobrevino una década de abandono. Finalmente, en la primera década de este siglo se renovó el rosedal, se agregó una galería de arte, un centro educativo (una exposición interactiva permanente) y una sala para investigadores. 

El Memorial de Lídice, las autoridades del pueblo, las mujeres sobrevivientes y sus descendientes fueron los encargados indiscutibles de las prácticas conmemorativas. Ciertas prácticas posmodernas, con audiodramas y otras producciones de tipo espectacular, no fueron bien recibidas. La alcaldesa de Lídice se manifestó al respecto diciendo “el Memorial no es un lugar para la reconciliación” es decir: no es lugar para diluir el carácter antinazi y antifascista de las conmemoraciones. 

Finalmente, en la década de los 90 del siglo pasado, los niños asesinados en Chelmno volvieron a la llanura de Lídice bajo una forma de gran belleza, El Memorial de los Niños Víctimas de la Guerra. Se trata de una escultura que representa a 82 niños en tamaño real. Es la obra cumbre de la escultora y medallista checa Marie Uchytilová (1924-1989). 

En 1969 por iniciativa personal empezó a esculpir en arcilla figuras de niños de tamaño real. Su idea era representar a los niños de Lídice asesinados pero a pesar del realismo más riguroso, se propuso no hacer retratos reconocibles para respetar el dolor de las madres. Marie mantuvo entrevistas con casi todas las madres, vio fotos e imágenes de los niños y se informó acerca de sus características físicas, de personalidad, vestimentas, Etc. 

El significado que atribuyó a su obra fue una potente conmemoración de presencia de la ausencia de los 13 millones de niños que perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando en 1989 la escultora falleció repentinamente de un ataque al corazón, había completado la totalidad de las esculturas en arcilla, 42 niñas y 40 niños, pero solamente tres habían sido fundidas en bronce. 

Su esposo se hizo cargo de continuar el trabajo hasta que, en el año 2000, se pudo instalar el conjunto de la obra formando un arco convexo de 180 grados en que los niños en bronce y en conjunto, con una

pequeña separación entre ellos y sobre unos plintos muy bajos de material, aparecen en una colina mirando hacia la antigua ubicación de su pueblo. La disposición y la expresión que logró la escultora en dos décadas de trabajo produce un efecto impresionante a quienes se acercan al monumento. 

Es una especie de actuación de la historia, materializada en ese conjunto escultórico único, que también es una forma de resistencia contra la ausencia y un recordatorio acerca del mayor de los crímenes de lesa humanidad, cual es la muerte de niños. 

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Para preparar esta nota se recurrió a diversas obras de historia y en particular a Memories of Lídice (2007) del historiador checo Eduard Stehlik (obra de la cual se ha traducido libremente los testimonios que se transcriben) y a Alternative Accountabilities in Global Politics; The scars of violence (2013) por Brent J. Steele. El material gráfico proviene de The Lídice Memorial, el Archivo Nacional en Praga, el Instituto de Historia Militar de la República Checa y del Archivo Militar Central en Praga y en diversas páginas Web que abordan el tema.

 

 

 

 

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