EEUU disimula la derrota

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El estrangulamiento del paso de petróleo para Occidente, culminado por los hutíes a última hora del jueves, lleva las dificultades para el consumo mundial a un 30 a 32% del total, la tercera parte. Hoy sábado, el hecho no figura en las portadas del New York Times ni de El País, pero sí en la del verdaderamente independiente, por liberal, de The Guardian.

“Dios es el más fuerte en poder y severo en el castigo”


 

El efecto del bajo perfil de la noticia aporta a la contención del precio del petróleo. En su página económica, el New York Times afirma, abusando de la elipsis, que «el sector asume un entorno más prolongado de disrupción del suministro y estudia la nueva oportunidad de negocio de Venezuela. Las alzas bursátiles en el año superan el 100% en EE UU».

El restar importancia al triunfo Hutí, por ocho años codiciado, se abona con elevar en consideración la posición bélica de Iran, su aliado: «La tregua entre Estados Unidos e Irán ha terminado, y los precios del petróleo y sus derivados lo reflejan. Tras la destrucción de al menos ocho petroleros iraníes en la última semana, el tráfico por el estrecho de Ormuz ha quedado estrangulado una vez más», dice un párrafo en el interior del New Yor Times.

A esto se suma que Arabia Saudí ha clausurado un oleoducto crucial, acusando a milicianos iraquíes de lanzar ataques con drones contra la ruta de exportación utilizada para sortear el bloqueo del estrecho de Ormuz. Por allí circulaba del 4 al 5% del total mundial consumido

El mayor exportador mundial de petróleo crudo había aumentado el uso del oleoducto de 1200 km que atraviesa la península arábiga y que une Abqaiq, cerca del Golfo Pérsico, con el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, desde que comenzó la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán .

El Ministerio de Asuntos Exteriores saudí condenó «el ataque con drones procedentes de Irak contra el oleoducto Este-Oeste en las regiones de Riad y Medina, que causó heridos y daños materiales», que los llevó a cerrarlo.

Si se sincerara la realidad económica de Occidente, confesión que no se encuentra en la prensa, se destacaría que en último año el petróleo Brent, al que se toma como referencia, pasó de 58,72 hasta 126,41 dolares el barril. A fuerza de liberar reservas y no difusión de los hechos, se logró bajar el día 11, cuando la conquista hutí ya era información, en tres dólares el Brent, a 104,47 dólares por barril.

El sentido común sugiere que las reservas liberadas al mercado para presionar a la baja el precio tienden a agotarse, pero no hay aún información para vaticinar el tiempo y alcance de ese baño de realidad.

La ofensiva hutí es descripta minuciosamente por agencias de noticias vinculadas a Iran, como HispanTV (https://www.hispantv.com/), pues es una victoria militar de proporciones, que redibujó de manera fulminante el mapa estratégico del Mar Rojo.

En una operación militar denominada oficialmente “Dios es el más fuerte en poder y severo en el castigo”, el Ejército yemení, respaldado por las fuerzas de resistencia de Ansarolá, liberó ahora más de 5400 kilómetros cuadrados de territorio a lo largo de la costa yemení del mar Rojo, capturando puertos, localidades y posiciones geográficas de importancia estratégica que las fuerzas respaldadas por Arabia Saudí habían tomado y mantenido desde 2017 y 2018.

La velocidad, coordinación y profundidad del avance dejaron atónitos a los observadores militares y de seguridad, hicieron añicos una narrativa mediática saudí cuidadosamente construida y alteraron fundamentalmente la geometría estratégica de la guerra impuesta a Yemen.

El peso de la victoria, señala un artículo de opinión de Mohammad Molaei en HispanTV (https://www.hispantv.com/) se encuentra en un conjunto de informaciones de inteligencia y en una evaluación realizada en Saná meses antes de que se disparara el primer tiro. Se consideraba que Arabia Saudí, en coordinación con Estados Unidos, se estaba preparando para lanzar una gran ofensiva bajo el pretexto diplomático de garantizar la navegación internacional en el mar Rojo en algún momento del futuro próximo.

En primer lugar, los saudíes pretendían crear un espacio operativo para que Washington afianzara su dominio sobre el estrecho de Bab el-Mandeb, una vía marítima estratégica cuya capacidad de presión había sido utilizada cada vez con mayor eficacia por el Ejército yemení respaldado por Ansarolá desde que se sumó al frente de solidaridad con Gaza dos años atrás.

En segundo lugar, buscaban neutralizar esa capacidad de presión mediante la apertura de un conflicto terrestre a lo largo de la costa occidental y un avance hacia el norte en dirección a Hodeidah, desviando de facto la atención del Ejército yemení de las operaciones marítimas y arrastrándolo nuevamente a una costosa guerra terrestre.

El contexto más amplio es importante. Desde comienzos de 2016, Arabia Saudí había ido marginando gradualmente a Emiratos Árabes Unidos en las provincias situadas fuera del control del Gobierno yemení, consolidando su influencia sobre la coalición de mercenarios que operaba nominalmente bajo la bandera del régimen reconocido por Riad.

Para entonces, los emiratíes habían sido relegados en gran medida a los márgenes de la ecuación terrestre. Washington, tras no haber logrado resultados decisivos ni en el estrecho de Ormuz ni en Bab el-Mandeb mediante su propia agresión militar, parecía estar recalibrando su estrategia en torno a Riad como su principal instrumento. En esencia, EEUU se negó sistemáticamente a poner tropa pie en tierra, para evitar el desfile por TV de bolsas negras de cuerpos de soldados muertos en combate, que ya con Vietnam probó tener un muy alto costo político.

 

 

 

 

 

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