Patrimonio Indigena

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  Historia personal incluida en el libro del autor “Cuentos de Pueblo”

“MAMAVIEJA”

En mi consanguínea familia, todos vecinos en la pequeña planta urbana, había una integrante apartada; la bisabuela. Habitaba en soledad una pequeña chacra fuera del pueblo, más allá del Camino de las Tropas, cerca de la Cuchilla de Haedo. Se alimentaba de sus gallinas y el ordeñe de una sola vaca. Pero también enganchaba el arado de mano a un buey prestado por un vecino y sembraba maíz y papas. Además, cultivaba zapallos, zapallitos de tronco, melones y hasta sandías, cuyas cosechas sobrepasaban largamente el consumo propio.

Entonces cargaba la carretilla y, vadeando la cañadita, entraba al centro a puro pulso por la calle Industria. A quince cuadras paraba en el Almacén de ramos generales de Almacio, trocaba parte de su cosecha por artículos de primera necesidad y ya con dinero, a pocos metros por la misma calle, estacionaba la carretilla y entraba al nuevo comercio del “turco” Julio por pan y galletas de campaña. Reservaba unas hortalizas para dejar a su hija Juana una cuadra mas allá y, antes del anochecer, emprendía carretilla en mano, el regreso.

Nunca pidió nada o se le escuchó una queja. Ni ella sabía su edad, aunque a tenor de la de mi abuela no podía tener menos de ochenta. Pero en tanto los rasgos delataban su origen, su forma de vida lo certificaba. Su entereza y humilde pero digna existencia provenía de la etnia masacrada por el Gral. Rivera. Todos los años el 11 de setiembre parte en Guichón desde la Ruta de los Charrúas una caballada criolla que rememora la matanza y denuncia la traición y el genocidio en Salsipuedes. Nuestra historia oficial no consigna sobrevivientes pero muy probablemente “Mamavieja” era hija de alguno de ellos.

Como las leyes de herencia se trasmiten generaciones por medio, trasmitió a mi madre genes de valor y capacidad para afrontar circunstancias vitales. Y a mí no me tocó nada salvo el orgullo no merecido de tener tales ancestros.

La última vez que la vi fue a mis veinte años, cuando vine a la capital en el tren nocturno para inscribirme en la Facultad y me encargaron traerla, ya muy viejita para ser alojada en un residencial de salud. Durante las nueve horas de viaje narré su vida a Sergio Florio, futuro compañero y colega que venía desde Salto. Su percepción era que en vez de cuidarla parecía que la vieja, callada e inmóvil desde su asiento, me cuidaba a mí. Todavía lo hace.

Arquitecto Luis Fabre

Nota del autor: el análisis de ADN conseguido por el tataranieto Profesor Santiago Delgado certifica la etnia indígena heredada de “Mamavieja” Petrona Castro.
 

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