La más odiada, la más valiente, la más grande 

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  El escritor y traductor estadounidense Benjamin Moser, a quien se deben dos de las más extraordinarias biografías – la de Clarice Lispector y la de Susan Sontag – presentó en setiembre pasado, en la Biblioteca Pública de Nueva York, su último libro: Anti-Zionism: A Jewish History (Antisionismo: una historia judía). Se trata de una documentada historia que separa limpiamente al sionismo del judaismo y desarrolla la historia de judíos que se opusieron al sionismo y al violento accionar del Estado de Israel. 

Moser desvela el verdadero carácter del sionismo y como pasó de ser una concepción etnonacionalista minoritaria entre los judíos de todo el mundo a presentarse como un supuesto representante de todos los judíos, incluso de su cultura y su religión. Aunque en un principio el sionismo pretendía establecer un refugio para los judíos creó un enclave colonialista y racista en Medio Oriente y a pesar de sus negocios y tratativas con fascistas y nazis antes de la Segunda Guerra Mundial montó lo que otro destacado intelectual judío, Norman Finkelstein, ha calificado como “el negocio del Holocausto”. 

Lic. Fernando Britos V.

Este reciente trabajo de Moser sirve para comprender el tortuoso pasado del sionismo y sus variantes aparentes (sionismo cultural, sionismo revisionista, sionismo laborista, etc.), su papel en relación con la limpieza étnica en Palestina, en 1948 y en 1967, el drama de los refugiados, el apartheid, los crímenes del colonialismo y el militarismo en Medio Oriente. También es una obra rebosante de actualidad porque apunta a la relación carnal entre el imperialismo estadounidense, las dictaduras latinoamericanas y los actuales regímenes y organizaciones de ultraderecha motorizadas por los llamados sionistas cristianos. 

Moser es un destacado traductor y es muy posible y deseable que traduzca este libro al español. Sin embargo y como aperitivo imprescindible adelantamos para La Onda Digital una versión abreviada del capítulo noveno que el autor tituló EL ESTADO COMO EMPRESA CRIMINAL y se refiere a la vida de Felicia Langer que a estos efectos

calificamos nosotros como LA MÁS ODIADA, LA MÁS VALIENTE, LA MÁS GRANDE . 

En 1990, Felicia Langer se estableció en la agradable villa universitaria de Tübingen, en el suroeste de Alemania. De los 90.000 habitantes una tercera parte eran estudiantes de una universidad que se fundó quince 

años antes de que Colón llegara a América. La ciudad no era muy diferente ni más grande que en el siglo XV y se parecía mucho a como había sido antes de la Segunda Guerra Mundial. 

Escritor y traductor Benjamin Moser

Más conocida para los alemanes como el lugar en el que el poeta Hölderlin pasó 36 años en una torre asediado por la enfermedad mental, Tübingen, sin embargo, parece distante de la locura de Israel, donde Langer pasó décadas de su vida y donde fue demencialmente odiada aún para lo que era común en esa tierra de odios amargos; objeto de burlas por la prensa y víctima de escupitajos por la calle. 

A la prolija Tübingen le llevó algún tiempo acostumbrarse a eso. Cuando, inmediatamente después de una presentación en televisión, ella recibió una amenaza de muerte, su esposo bromeó diciéndole: “Por primera vez sentí que estaba en casa”. 

En la época en que llegó, la pequeña y rubia Langer, con sus brillantes ojos azules y su lápiz labial rosa brillante, se parecía más a una abuela que a la “Felicia la terrorista” o “Felicia la Grande”, pero detrás de su prolija apariencia había una vida de privación y combate que hay que estudiar como una antología de los horrores del siglo XX. 

Nacida sesenta años antes de su llegada a Tübingen de una amorosa pareja en la ciudad polaca de Tarnów, Felicia parecía destinada a la felicidad: el significado de su nombre. Su padre era abogado y vivían en una casa con arañas de cristal y un baño moderno que era el orgullo de sus progenitores: una bañera hundida en el piso, revestimientos en blanco y negro y una elaborado sistema de cepillado dental “como el de un dentista”. La casa tenía porcelanas chinas, alfombras persas y muebles de nogal, pero Langer notaría que este lujo se detenía en la puerta de la habitación donde Aniela, su doméstica, residía. “Si la guerra

Clarice Lispector

y todas sus ordalías no hubieran llegado, me pregunto cuándo y cómo habría llegado a la conclusión que Aniela también tenía derecho a una vivienda adecuada”. 

La guerra llegó. Felicia recién había cumplido nueve años. “Mi niñez terminó abruptamente y para siempre”. La familia huyó hacia el Este y se internó en la Unión Soviética. Felicia siempre recuerda la bondad de la gente modesta que encontraron en los Urales, “el buen corazón y la disposición a sacrificarse”. Amaba la escuela y el idioma ruso que aprendió a hablar sin acento, pero ella era una refugiada.”Uno nunca olvida el sufrimiento de una existencia como refugiado”. 

Vivían en cabañas de madera, dos o tres familias en una habitación, sin electricidad ni agua corriente. En invierno, cuando la temperatura caía a 40 grados bajo cero, debían excavar su camino a través de un metro ochenta de nieve. 

Eventualmente llegaron a Kazajistán, una tierra más soleada, lejos del frente. Muchos refugiados tenían la esperanza de que esto fuera una mejoría, sin percibir que se producían epidemias y que muchos de los que llegaron a Asia Central morirían de disentería o de hambre. A pesar de los incesantes intentos de su madre por encontrar comida, la familia empezó a pasar hambre. 

El orgullo de Felicia eran sus zapatos. Sus padres se vieron forzados a venderlos lo que significaba que, cuando llegó el invierno, ya no pudo ir a la escuela. Sus compañeros de clase y sus maestros lo sentían mucho pero nadie tenía zapatos de sobra.”Verás mi querida que este no es el fin” – dijo su padre – y durante todo el invierno le enseñó idiomas, incluso latín. Su madre se vio obligada a quemar sus libros, página por página, para mantener calor. “Cuando el bosque está ardiendo no hay tiempo para lamentarse por las rosas”. 

La salud de su padre estaba declinando. Fue preso por negarse a aceptar un pasaporte soviético, temeroso de que eso le impidiera retornar a Polonia. Felicia lo visitó en la cárcel, la primera de muchas horrendas prisiones que visitaría en el curso de su vida. Después de

que lo liberaron sufrió un ataque al corazón. Más adelante se le destinó a trabajos forzados aunque rogó en vano que se le eximiera por razones de salud. “Solo tú puedes salvarme” le dijo a Felicia y esta se dirigió al comandante y estalló en llanto. Su padre fue autorizado a quedarse. Las lágrimas fueron típicas, la victoria no. El padre que adoraba pronto moriría. Más tarde, ella se convertiría en una anomalía entre los abogados más famosos y era considerada una gran abogada aunque perdió la mayoría de sus casos. 

Cuando su padre murió, su madre perdió su empleo. Madre e hija finalmente encontraron un cuarto donde dormir. Felicia agradecía que allí no hubiera un espejo porque el hambre y la suciedad hacían que a los catorce años pareciera de diez. Su piel estaba cubierta de llagas purulentas. Finalmente su madre consiguió que fuera admitida en un hospital. Allí recibió una comida de inimaginable suntuosidad, pan y leche. Cada noche un paciente leía un capítulo de “La guerra y la paz”. 

Susan Sontag

La guerra terminó y ellas retornaron a Polonia. Ni uno solo de sus familiares había sobrevivido. “Algo en mí se rebeló. Pensé: ¿si hay Dios cómo puede haber permitido semejante injusticia”. En Polonia, de nuevo en la escuela encontró un muchacho, Mieczyslaw o Mieciu, cuya familia había sido asesinada en el Holocausto. Le dijo que quería casarse con ella, que entonces tenía diecisiete, y ella dudó pero finalmente aceptó hacerlo pero dos años después cuando se hubiese graduado. 

Al mismo tiempo su madre había encontrado un hombre que había perdido su esposa en el Holocausto. Ella no lo amaba como al que había sido el padre de Felicia pero deseaba seguridad. A instancias de su padrastro se mudaron a Breslau, una ciudad alemana que había pasado a Polonia. Allí Felicia terminó la escuela. Como el padrastro tenía un hijo en Israel, él y su madre decidieron irse para allá. Felicia y Mieciu no tenían intención de hacerlo. “Amábamos la vida en Polonia, el entusiasmo con que la gente estaba construyendo una nueva sociedad” pero su madre se sentía muy mal: “si no vienes me mataré” le escribió y ellos fueron.

Después de su llegada, en 1950, su vida en el nuevo Estado era muy desgraciada.”Nunca fueron sionistas” dijo su hijo “y entendieron la situación de los palestinos en dos minutos”. Felicia trabajaba en una textil haciendo uniformes para los militares. Vio lo desigual que era la sociedad: el dueño de la fábrica se paseaba en un enorme coche estadounidense mientras ella trabajaba por un salario que debía destinar completamente a pagar el alquiler de un apartamento miserable. Ella se sentía más desarraigada que su esposo. Añoraba leer y estudiar. Extrañaba la vida cultural polaca. 

Vio la discriminación: de los ashkenazis conrra los sefarditas, de los judíos contra los árabes y encontró consuelo adhiriendo al Partido Comunista, el único partido que contaba tanto con miembros judíos como palestinos. A través de sus camaradas empezó a visitar aldeas palestinas y vio la vida bajo la ley marcial que gobernaba a los árabes. “Conocí la tragedia de los refugiados que yo había sufrido en carne propia”. Sin embargo, en una sociedad recién fundada, pensaba que era posible un cambio y entre los comunistas sintió “un romanticismo que ya no existe”. 

En 1953, Felicia y Mieciu consiguieron comprar una vivienda, algo que difícilmente se le parecía porque era un sótano aislado con asbesto que servía como bunker en casos de peligro. Allí nació su hijo Michael. Felicia se sentía optimista respecto al futuro. Tenía la esperanza de que cuando Michael creciera no habría más guerras. (Mieciu decía que un optimista es un pesimista con insuficiente información). 

Tres años después, Israel, Inglaterra y Francia atacaron a Egipto que se disponía a nacionalizar el Canal de Suez. Esta guerra de agresión, típicamente imperialista, sólo encontró la oposición de los comunistas en el Knesset. Como Felicia era comunista, una vecina trató de expulsarla a ella y a su pequeño hijo del sótano en que vivían. La mujer maldecía a los árabes “que quieren destruirnos” y cualquier judío que se opusiera a la guerra. Nadie defendió a una mujer con su bebé. Esa era la indiferencia que tendría que lamentar muchas veces en su vida. Al final de la guerra, empezó a enterarse de los crímenes que Israel había cometido, tales como la masacre de Kafr Qasim, 20 kilómetros al este de Tel Aviv. Allí, el día en que empezó la guerra, el 29 de octubre de 1956, la policía de frontera asesinó a 49 civiles indefensos, hombres, mujeres y niños. Las condenas a los perpetradores fueron ridículas; los acusados alegaron que cumplían órdenes. Un soldado que había asesinado a 43 palestinos, fue liberado después de tres años y medio en prisión y, ese mismo año, fue ascendido a encargado de “asuntos árabes” en la ciudad de Ramleh. 

Tres años después Langer empezó sus estudios de Derecho. Como era la única madre en la Facultad la importunaban con preguntas acerca de cómo podía dejar a su hijo al cuidado de vecinos, preguntas que desde luego no se le formulaban a los estudiantes varones con hijos. Entre sus compañeros de clase se encontraba Ariel Sharon, que llegaría a Primer 

Ministro pero que ya entonces era el perpetrador de un notorio crimen de guerra: la masacre de Qibya en 1953, en la que 69 civiles palestinos, la mayoría de ellos mujeres y niños, fueron encerrados en casas que después dinamitaron. 

El ataque fue un ejemplo de la teoría del “Muro de Hierro”. “Ahora la gente podrá sentir que las bandas terroristas tendrán que pensar dos veces antes de atacar – escribió Sharon – porque sabrán que seguramente sufrirán represalias”. Como lo muestra la historia del Estado de Israel, esa teoría no trajo la paz, aunque permitió una carrera ascendente a Sharon quien en los siguientes 50 años acumuló una cantidad inigualable de crímenes de guerra. 

Langer fue elegida como representante de la clase pero tuvo problemas para conseguir trabajo después de su graduación. Era mujer y además de su posición política no tenía conexiones en el mundo del nepotismo legal. Sus valores le impedían representar a personas moralmente descalificadas. Su rigor le cerró puertas y sus principios también los aplicó cuando trabajó con palestinos y se negó a defender a quienes hubiesen lastimado o herido a civiles. 

Trabajaba hasta 18 horas diarias en procedimientos legales para clientes pobres que a menudo no podían pagarle: manifestantes contra el régimen militar, desempleados, mujeres víctimas de abuso. A pesar

de su papel marginal, Felicia se enteraría, mucho tiempo después, que ya en 1965 los servicios de inteligencia le habían abierto un expediente. 

Cuando se desató la Guerra de los Seis Días, en 1967, Langer encontró su verdadera vocación. Como en el caso de la Guerra de Suez en 1956, esta guerra fue provocada por Israel y como lo reconoció Chaim Herzog, después Presidente de Israel, “si no hubiéramos empezado esa guerra, 

en junio de 1967, la totalidad del Medio Oriente, Asia Occidental así como una gran parte del continente americano, habrían caído bajo la influencia de la Unión Soviética. Era cuestión de dominar un importante trozo del mundo”. En vísperas de la guerra se había formado un gobierno de unidad nacional con todos los partidos excepto, como en 1956, el comunista. 

Felicia se consolaba pensando que su hijo era demasiado joven para participar en la guerra. Ella no sabía que no podría eludir el segundo acto de esta guerra permanente. 

La guerra de 1956 había sido brutal pero los medios de comunicación no habían informado como deberían haberlo hecho. A resultas de esto, muchos israelíes no sabían realmente – o realmente no querían saber – lo que había sucedido. Asimismo no sabían que la guerra había sido provocada por Israel. Sus dirigentes lo confesarían abiertamente más tarde. 

Un amigo le había dicho a Langer “no tienes idea de cuánta sangre derramamos en Gaza; había charcos de sangre humana y vi gansos bebiendo esa sangre”. Ella habría querido publicar lo que sabía acerca de los cadáveres carbonizados, las pilas de zapatos, las columnas de prisioneros de guerra egipcios, los esqueletos de los tanques. Su amigo se rió de su ingenuidad: los periodistas y el público no sabían de eso o no les importaba saber. 

Después de la Guerra de los Seis Días, toda Palestina quedó bajo dominio israelí, “del río hasta el mar”. “Al final de los seis días, el pequeño Israel se volvió un imperio: la orilla occidental del Jordán, el Jerusalén árabe, las alturas del Golán, la Franja de Gaza y el Sinaí”

escribió Langer. Esos territorios incluyeron a millones de palestinos que habían sido expulsados en la Nakba de 1948 del 78 por ciento de Palestina que se había transformado en el Estado de Israel. Esta gente se había refugiado en Gaza o en la Orilla Occidental y con la totalidad del territorio ahora en manos de Israel, los judíos israelíes podían explorar su nuevo imperio y ver, si lo deseaban, su costo humano. “El israelí promedio podía ver con sus propios ojos a quienes desde 1948 vivían en la pobreza y la necesidad, los ex habitantes de Ramleh, Lydda, Jaffa, Majdal, Masmiyah” escribió Langer. “Algunos de los refugiados se atrevieron a visitar sus casas y aún a beber una taza de café con los nuevos propietarios”. Estos refugiados ahora sufrían la ocupación por el mismo Estado que los había expulsado una generación antes. 

En la medida en que la guerra cambió al país, Israel cambió sus leyes. Mucho antes de 1967, se había instalado un sistema que confería diferentes derechos a los pueblos de acuerdo con su etnia, en forma similar al apartheid sudafricano. En 1967, las nuevas poblaciones que quedaron bajo la égida de Israel, no todas eran palestinas. Había egipcios en el Sinaí y sirios en el Golán y los palestinos tenían derechos distintos dependiendo de donde hubieran vivido: dentro de las fronteras de 1948, en Jerusalén, en Gaza o en la Orilla Occidental. 

Estas áreas quedaron bajo un sistema muy desigual que pronto aprisionaría a sus habitantes en una red de leyes represivas. Muchos abogados palestinos se rehusaron a colaborar con la ocupación y los acusados palestinos no tenían a quienes los defendiera ante los tribunales militares. 

Cuando Langer anunció su intención de representar a clientes palestinos, escuchó lo que habitualmente escuchan las mujeres: que los árabes sexistas nunca confiarían en una mujer, especialmente en una judía; que solamente conseguiría que la mataran. 

Sin embargo, la primera persona que recurrió a ella fue un imam que dirigía la oración colectiva en la mezquita, el Sheikh Musa la-Bukhari, acompañado por su esposa. En correcto inglés le dijo que su hijo había sido detenido en Hebrón y nadie les decía por qué. Cuando había recogido la ropa del preso para lavarla le habían entregado una camisa empapada en sangre. Los ojos del padre se llenaron de lágrimas, la madre empezó a sollozar y en ese momento, lo que Langer siempre había temido que pasara sucedió: ella también empezó a llorar. “En lugar de irradiar autoridad, fuerza y decisión, lloré junto con ellos. Así es como sentados allí, tres personas adultas, llorábamos por el destino de su hijo torturado”. 

Más adelante a menudo se burlaban de ella por llorar pero sus lágrimas eran su conexión con la gente que representaba. Eran el rechazo de la idea de que para ser profesional había que ser desapasionado y también era un reproche a la lógica del machismo, en una sociedad hiper militarizada. Con su labial rosa y sus uñas pintadas, Langer nunca pretendió ser otra cosa que una mujer y su femineidad llegó a ser un signo de su fuerza. 

Ese primer caso transformó a esta pequeña mujer en una asidua del submundo de las prisiones, los tribunales militares y las cámaras de tortura que se establecieron por toda Palestina. A cada paso fue obstaculizada por burócratas que le negaban el permiso para ver expedientes y consultar archivos a los que legalmente tenía derecho, o para visitar a clientes que tenía derecho a visitar. La obligaron a horas de plantón bajo el sol del desierto y a trabajar, en invierno, a temperaturas bajísimas, para desmoralizarla a ella y a la gente que representaba. “Es fácil imaginarse cómo se siente un acusado cuando ve que su abogado es tratado en esa forma”. 

Ella vio el placer que les producía, a hombres que estaban a cargo de este sub mundo, el negarle las visitas o el inventar excusas absurdas para impedirlas. “Desgraciadamente he debido notar que muchos abogados israelíes, elevados por la ocupación a cargos de jueces en esos territorios – y hablo de civiles, reservistas y abogados militares – parecían extremadamente satisfechos por desempeñar esos papeles”. 

Desde el momento en que Langer empezó a representar a palestinos se volvió víctima de ataques. Los taximetristas se negaban a transportarla.

Había vehículos que se subían a la acera para atropellarla. Debió contratar un guardaespaldas. En una oportunidad en que se cayó y se lesionó una pierna, un médico del Hospital Hadassah en Jerusalén se negó a atenderla. La puerta de su oficina estaba cubierta de amenazas de muerte y los vecinos ordenaron repintarla, no porque estuvieran en desacuerdo con las amenazas sino porque los graffiti no eran estéticamente agradables. 

Cuando alcanzó alguna de sus raras victorias – al evitar la deportación de Bassam Shakaa, el alcalde de Nablus – terroristas israelíes pusieron una bomba en su auto cuya explosión le voló las piernas. Los ataques se extendieron a su hijo Michael. Cuando el joven llegó a la edad del servicio militar, Felicia temía que los militares abusaran de su hijo para vengarse de ella. 

Esto se produjo porque asignaron al joven a la Policía Militar y trataron de enfrentarlo con sus padres. Finalmente, durante la Guerra de 1973, los militares sometieron al hijo de Felicia a humillaciones y a presenciar  todo tipo de torturas. A Langer no le gustaba referirse a lo que había sufrido ella y su familia e insistía siempre en que no tenía comparación con lo que sufrían los palestinos. 

Después de la Guerra de 1973, empezó a escribir una serie de libros sobre la ocupación y no dejó de hacerlo en los 45 años siguientes, hasta su muerte. Lo que queda claro a partir de sus muchas obras es que el Estado de Israel es una empresa criminal en el sentido literal que los abogados aplican a lo ilegal. Libro tras libro documentó los crímenes de un Estado que constantemente viola sus propias leyes. Son el registro documentado de una serie interminable de humillaciones, prepotencia y tribunales amañados. 

Sus libros – dice Moser – muestran su carácter de acero. Felicia Langer, famosa por llorar en televisión, no lloraba en sus denuncias sino que establecía sólidamente lo que había visto “con mis propios ojos”, como es el título de su primer libro de 1975. No son libros para leer livianamente o en medio de la noche. Son tremendos porque los crímenes que describen nunca fueron penalizados y se siguen cometiendo. 

La campaña para ignorar y enterrar sus denuncias fue brutal en Israel. No hubo editorial alguna que quisiera publicar su primer libro, no recibió comentario alguno. Su amigo y compañero activista, Israel Shahak dijo “naturalmente, todos los diarios y periódicos y otros medios lo ignoraron completamente y no trataron de responder a las graves acusaciones hechas en el libro, obviamente porque pensaban que eran sustancialmente verdaderas”. 

Los trabajos de Langer constituyen la más enciclopédica y terrible recopilación de los crímenes de guerra cometidos por un Estado moderno. La evolución de sus denuncias trazan también la de la vida de la autora en el sistema legal en el que trabajó. Al principio, sin ser ingenua, todavía expresaba cierta esperanza en la posibilidad de una sociedad más justa. Necesitaba – dice Moser – una cierta confianza en las instituciones, incluyendo a la policía y los tribunales israelíes, para poder funcionar. Como abogada y como ciudadana, necesitaba creer en la posibilidad de la justicia y en la existencia de ciertos derechos básicos. 

Sus primeros libros exponen los desafíos que las conquistas de 1967 trajeron aparejados. Muchas disposiciones destinadas a oprimir al pueblo palestino existían desde antes de la Nakba, en 1948. Estas comprendían las leyes que los ingleses promulgaron en 1945, bajo el Mandato Británico. Las Regulaciones de Emergencia para la Defensa, permitían la demolición de viviendas, la deportación de residentes y “la prisión administrativa” (una especie de Medidas Prontas de Seguridad que permitían aprisionar a las personas sin someterlas a juicio). 

Cuando esas medidas del Mandato Británico se aplicaron a los judíos, los sionistas las denunciaron como “fascistas”. Yaakov Shapira, que sería Fiscal General y Ministro de Justicia, dijo que las leyes de emergencia no tenían comparación con las de cualquier país civilizado y que aún en la Alemania nazi no existían leyes de ese tipo y que cosas como Maidanek, de hecho, iban contra la letra de las leyes. Sin embargo, esas leyes resultaron ser apropiadas cuando se dirigían contra los palestinos. 

A partir de la ocupación de Palestina en 1967 se requirieron constantes improvisaciones. Hubo un esfuerzo para mantener la apariencia de un sistema legal propio de un país democrático – abogados, jueces, tribunales – al tiempo que se vaciaba de contenido moral al sistema. “Empezó la opresión – escribió claramente Langer – y el conquistador se aseguró de envolverse en un manto legal”. No resultó claro de inmediato que las leyes que se aplicaban a los conquistadores no se aplicaban a la raza colonizada. 

Los judíos podían repartir volantes, manifestarse pacíficamente, protestar o leer publicaciones opositoras pero para los palestinos eso estaba específicamente prohibido y podía acarrear la prisión, el exilio y aún la muerte. Muchas huelgas tuvieron lugar en Israel y no eran consideradas crímenes pero unos estudiantes palestinos, que seguían el ejemplo de Gandhi en la India y su resistencia no violenta, fueron torturados, desnudándolos, golpeándolos, aplicándoles la picana eléctrica y amenazandolos con destruir los edificios en que vivían sus familiares. 

Durante el juicio posterior Langer dijo que mientras que los volantes solamente reclamaban el retiro del ejército israelí de Jerusalén Este, era posible escuchar el griterío de los nacionalistas judíos que reclamaban abiertamente la eliminación de los árabes o su expulsión total del país. El presidente del Tribunal la interrumpió diciendo que él nunca había oído tales cosas. Un curioso tipo de ignorancia respondió la abogada. Los estudiantes fueron condenados por todo tipo de cargos y sus denuncias de golpizas y torturas fueron rechazadas. 

Langer vio como las visibles lesiones en el cuerpo de los acusados eran descartadas como evidencia de las torturas que habían sufrido. Vio como los títulos legales de las viviendas eran rechazados como prueba de su propiedad por los palestinos. Vio como, con pretextos ridículos, eran despojados de sus bienes, hogares y tierras. Vio como los elementos más criminales de la sociedad israelí eran recompensados

con el dominio sobre los conquistados. Un juez militar, abogado como ella, le dijo que deberían dispararles porque si uno de ellos resultaba muerto eso atemorizaría a los demás. Hablaba como un hombre educado que besaba a sus hijos al despedirse cada mañana para ir a trabajar, en la misma forma en que lo hacían los padres de los muchachos que él había juzgado la noche anterior. 

Felicia Langer vio como aún los palestinos apolíticos se radicalizaban como resultado de los hostigamientos permanentes a los que estaban sometidos y como hasta las acusaciones más absurdas se transformaban en condenas. 

Vio a clientes extremadamente afectados por las torturas. Recordó por ejemplo a Tarek Shumali, acusado de haber arrojado “una o más piedras” en el campo de refugiados Ein as-Sultan, un lugar abandonado de la mano de Dios y lleno de escorpiones y serpientes. En prisión Shumali fue torturado hasta perder un riñón y fue llevado a juicio en silla de ruedas y con bolsas de suero conectadas. 

Fue testigo de que “el mantenimiento del orden público” significaba hacerle tan insoportable la vida a los palestinos para obligarlos a irse. Ningún medio era demasiado cruel para conseguirlo. Relató casos de presos conducidos y abandonados en medio del desierto sin saber dónde estaban ni adónde dirigirse. 

Langer vio la devastación de cientos de poblaciones palestinas que las fuerzas israelíes habían dinamitado durante la Nakba, en 1948. Más adelante cuando visitó Lídice, cerca de Praga – arrasada por los nazis en 1942 como represalia por el asesinato de Heydrich, el jefe de Adolf Eichmann – vio en una placa conmemorativa lo que dijo Albert Schweitzer: “las víctimas de Lídice son inmortales; la memoria de las víctimas de Lídice vivirán en la memoria de la humanidad”. Entonces recordó a tres aldeas cerca de Latrun – Yalo, Beit Nuba y Emaús – borradas de la faz de la tierra y reemplazadas por un parque fundado por un judío canadiense. Toda Palestina estaba llena de Lídices. El mapa del país mostraba la vacuidad de las afirmaciones que se habían inscrito en aquel memorial de Lídice.

Albert Schweitzer

Langer esbozó el procedimiento seguido para expulsar a los habitantes de esas aldeas durante la segunda limpieza étnica masiva en la historia del Estado de Israel. Esta fue la que tuvo lugar después de la Guerra de 

  1. A los pobladores no se les permitió llevar nada consigo. Las tareas de demolición fueron más totales que las que llevaron a cabo los romanos (estos al menos habían dejado en pie el Muro de los Lamentos). Disparaban sobre cualquiera que intentara regresar a su casa. Sus máquinas arrojaban piedras contra los niños que se acercaban; los perros eran ensillados con explosivos y enviados hacia las comunidades palestinas y libanesas; cuando las personas iban a acariciarlos los perros explotaban. 

En sus libros, Langer eludió la comparación entre los crímenes de Israel y los de los nazis. Considerando este hecho es posible ver lo que Moser señala como “una contorsión” frecuente en cada escritor que se aproxima al tema del sionismo. Para ocultar los hechos que tienen que ver con el corazón mismo del sionismo, en cuanto a su legitimidad y su moral, sus propagandistas atacan cada punto y cada coma en cualquier crítica. No importa que estas críticas estén formuladas en forma benévola o delicada, o la eminencia de la persona que las formule, ya sea judía o israelí, o sobreviviente del Holocausto o aún judíos israelíes sobrevivientes del Holocausto. 

Cada periodista, cada editor, cada profesor, sabe de alguien que ha sido atacado por informar acerca de hechos graves e indudables: prepoteado, patoteado, echado de su trabajo o de su vivienda. El sionismo ha sido y es violento, agresivo, intolerante. Esos ataques, en el pasado, tuvieron el efecto de instalar un pequeño censor sionista en la cabeza de cada escritor que pregunta constantemente ¿qué es lo que está permitido decir y cómo hay que decirlo? 

Benjamin Moser sostiene que la creación de tropos y manipulaciones del lenguaje siempre ha sido una prioridad del sionismo para imponer sus parámetros retóricos. Muchos escritores y académicos, incluyendo a Langer, Avi Shlaim y Hannah Arendt, por ejemplo, trataron de calibrar su lenguaje para conseguir que se les escuchara, para evitar se les

descartara como “extremistas”, “judíos que se odian a si mismos”, “antisemitas” y en los últimos años “terroristas”, “narcoterroristas” o cualquier otra etiqueta que promueva el lobby sionista a nivel mundial. 

Los escritores del pasado reciente saben que, debido a que el relato sionista se apoya tan pesadamente en la amenaza del nazismo – una amenaza que sostienen que sólo el sionismo puede conjurar – nada asegurará un ataque más violento y furioso de odio sionista que una comparación entre Israel y la Alemania nazi. 

Según Moser esto no se debe a que la memoria de los seis millones de víctimas sea sagrada para los sionistas sino porque, desde el inicio de la independencia de Israel, han sido los actos de ese Estado los que han conducido a establecer esa comparación. 

Después de la masacre de Deir Yassin, en 1948, muchos de los intelectuales judíos más eminentes – una filósofa como Hannah Arendt o un científico de la estatura de Albert Einstein – no eludieron o ignoraron esa comparación pero el tabú fue reforzado en forma cada vez más brutal cuando los sionistas, después del juicio a Eichmann en Jerusalén, se dieron cuenta del potencial propagandístico que tenía utilizar el Holocausto como justificación de sus acciones más brutales. 

Delimitaron el uso del Holocausto a dos preposiciones: 1) el Holocausto nunca debe ser olvidado y 2) Nunca se debe aplicar ese recuerdo a ningún otro acontecimiento. Para Felicia y Mieciu el nazismo nunca existió fuera de la historia y desde luego era algo al que no podía aplicarse la suposición de que no sucedería “nunca más”. Mieciu había sobrevivido a cinco campos de concentración antes de que el Ejército Rojo liberara Theresienstadt y “si hubieran demorado 24 horas más no habrían encontrado a nadie que pudieran salvar”. Esta fue la razón incontrovertible que hizo que Langer pusiera la comparación con la Alemania nazi en boca de su esposo. En una oportunidad, visitando a sus clientes en prisión, encontró que sus cabezas habían sido rapadas en franjas y que habían escrito números en ellas. Mieciu dijo que “los guardias habían aprendido de los nazis que les habían hecho eso a sus prisioneros”.

Aún respetando la prohibición de hacer la comparación temida por los sionistas, Langer utilizó permanentemente en sus denuncias los ejemplos concretos de violaciones tan brutales que eran perfectamente comparables y a veces superiores a las perpetradas por los nazis. “No hay desinfectante – dijo – nada en el mundo podrá lavar nunca el crimen de construir prisiones en el desierto y forzar a los prisioneros a morir de hambre por el derecho a respirar aire o ver la luz del sol”. Esta afirmación hacía eco a la que hizo Hans Frank, el administrador nazi de Polonia, famoso por haber declarado cuando fue juzgado en Nuremberg “Pasarán mil años y esta culpa de Alemania no se borrará”. 

Al principio, Langer ni siquiera empleaba este lenguaje codificado. Se movía con cuidado porque la censura era férrea: por ejemplo, la obra teatral de Shakespeare “El Mercader de Venecia” estaba prohibida, se 

hacían quemas de libros y había escritores presos. “¿No es una vergüenza encerrar a un poeta?” le dijo al juez que había ordenado la prisión sin cargos para el poeta Sami Kilani. 

Felicia se vio en la situación kafkiana de tener que defender a personas acusadas de posesión de los libros que ella había escrito. “Después que mi libro fue prohibido en ‘la pequeña cárcel’, quedó claro que sus lectores también serían perseguidos en ‘la gran cárcel’ de los territorios ocupados”. 

Las autoridades se preocupaban por prohibir sus libros porque están llenos de denuncias concretas de grandes crímenes (robos, violaciones, asesinatos) pero son todavía más efectivos como catálogo de las condiciones indignas a las que se sometía a la población: un hombre al que se le prohibía una última visita a su madre moribunda; un cliente expulsado hacia el Líbano quince minutos antes de que empezara su juicio. 

Aunque cuidaba su lenguaje, Langer era físicamente corajuda hasta el punto de la total falta de precauciones. En marzo de 1987, visitó a una clienta llamada Siham en la prisión para mujeres de Neve Tirza y cuando la besó sintió una quemadura en su rostro porque las

prisioneras habían sido gaseadas con sustancias tóxicas. Esto le produjo también a ella lesiones en la piel y los pulmones. A pesar de que se llevó consigo papeles que estaban embebidos en las sustancias tóxicas no pudo conseguir ningún profesional o laboratorio que se aviniera a determinar cuál era el agente venenoso. 

Mieciu se preocupaba porque ella arriesgaba su vida. Por ejemplo, una vez que fue a Hebrón – donde después de 1967 se habían establecido colonos israelíes en medio de las comunidades palestinas apropiándose de viviendas y tierras con fantasiosos pretextos bíblicos – sabiendo que esos colonos eran especialmente fanáticos y violentos y los de Hebrón especialmente feroces. Entonces venía en un taxi y vio a un grupo de judíos golpeando a un árabe, ordenó al conductor detenerse, bajó e increpó a los colonos al tiempo que introdujo a su víctima sangrante en el coche. Los colonos podrían haberla matado. 

Muchas veces, antes y después de ese episodio, Langer había recorrido Hebrón. Tuvo ocasión de encontrarse varias veces con el rabino Moshe Levinger, el fundador de la colonia en Hebrón, que había llegado en 1968. Alquiló una habitación en un hotel palestino y después se negó a abandonarla y la ocupó de hecho. Después Levinger se trasladó con sus seguidores a una parte de la prisión donde se establecieron como ocupantes. En las décadas siguientes, Langer recopiló un registro completo de los crímenes cometidos por los colonos capitaneados por Levinger, hostigamiento a las familias palestinas, invasión a sus hogares y comercios, destrozos, robos, palizas, expulsiones. 

La recopilación de hechos en Hebrón que hizo Langer es una descripción minuciosa de la limpieza étnica, casa por casa, habitación por habitación, metro por metro. Un operativo que se desarrollaba junto con la más completa impunidad legal que resultó en acciones cada vez más violentas por parte de los colonos. Los comerciantes palestinos, que tenían pequeños establecimientos en la planta baja de un edificio que había sido tomado por los colonos israelíes, se negaron a irse y el ejército israelí rodeó los comercios con bidones metálicos llenos de piedras y envueltos en alambre de púas de modo que quienes querían llegar a ellos debían pasar por estrechos corredores custodiados por

soldados armados. Los zapatos de los comerciantes debían ser revisados cada vez que entraban; los comercios eran allanados varias veces al día y los clientes eran hostigados por los soldados. Los palestinos le pidieron a Langer que presentara una petición de auxilio a la Suprema Corte y aunque había presenciado muchas veces la perversidad del Estado resultó sorprendida por la respuesta que obtuvo: con el tiempo el Estado estaba preparado para sustituir las barreras con algo “más decorativo”. 

Otra cara de la crueldad con que eran tratados los palestinos era el contraste con la mano de seda que se aplicaba a los israelíes, aún a criminales endurecidos como Levinger. Langer reseñó muchísimos casos. Por ejemplo el de uno de los promotores de la colonización Pinkhas Wallerstein, acusado de asesinar a un palestino y de herir a otro. La corte cambió la acusación de asesinato por otra más leve, la de homicidio culposo o ultraintencional, aduciendo que “los colonos nunca mataban árabes”. Por ende el criminal fue dejado en libertad con una palmadita de reconvención. 

Langer también vio como los asesinatos eran apoyados desde el extranjero, especialmente desde los Estados Unidos donde los dineros aportados para las defensas legales eran deducibles de los impuestos. El motivo inmediato fue el asesinato de cuatro palestinos en Jabalia, un campo de refugiados en el norte de Gaza, donde vivían 50.000 personas. (Este campo fue atacado varias veces por los israelíes desde noviembre del 2023 y totalmente arrasado en el 2024). 

Langer y muchos otros habían denunciado las injusticias durante años. Hasta el historiador sionista Benny Morris describió el sistema como “basado en la fuerza bruta, la represión y el miedo, la colaboración y la traición, las golpizas y las cámaras de tortura y la intimidación cotidiana, la humillación y la manipulación”. 

La respuesta a la Primera Intifada fue brutal como era previsible e incluyó lo que Langer calificó como “una orgía de encarcelamientos masivos”. En la medida en que los acontecimientos se volvían cada vez peores, se sentía menos segura de que sus esfuerzos pudieran

significar alguna diferencia en el enfrentamiento a la barbarie. Estaba agotada después de décadas de trabajo ininterrumpido. En sus raras vacaciones en el exterior a menudo estuvo a punto de colapsar. 

Se fue convenciendo de que no tenía sentido trabajar en una estructura racista y contribuir a propagar con su presencia “el mito de un equitativo sistema israelí de justicia”. En forma retrospectiva se sorprendían al considerar que durante mucho tiempo había creído que podría hacerlo. “Pensé que había esperanzas – dijo Langer – y durante tantos años había estado presentando cientos de escritos y alegatos ante la Suprema Corte sobre todo tipo de asuntos sin que nada sirviera. Pero aún – agregó – había dañado a sus clientes porque se dio cuenta de que se les castigaba con más dureza por el hecho de haber sido defendidos por Felicia Langer”. 

“En 1967 – dijo – convencí a los palestinos de que valía la pena actuar dentro de este sistema. Les dije que a pesar de todos los obstáculos los podría ayudar. Ahora siento que ya no puedo hacerlo. Los métodos de Rabin, de romper brazos y piernas, son imitados en forma especialmente delicada en el sistema legal. Las penas, que nunca fueron moderadas para empezar, se han vuelto extremadamente crueles”. Aún los argumentos más correctos del punto de vista legal serían rechazados y se vio reducida a formular pedidos de clemencia. 

La última gota tuvo lugar cuando un tribunal militar en Nablús se negó a conceder libertad condicional a una mujer embarazada. Monira, la madre de un bebé, estaba acusada de haber arrojado una piedra a un colono que asesinó a su hermano. Esta negativa fue la que decidió a Langer a cerrar su bufete pero dijo que era una razón más y citó una anécdota del emperador de los franceses, Napoleón, que durante la invasión a Rusia preguntó porqué no sonaban las campanas en una ciudad junto a la que acampaba. Se le contestó que había catorce razones distintas pero la primera era que no quedaban campanas en las iglesias. 

Ella también podía dar catorce razones diferentes para cerrar su oficina pero la única que importaba era su convicción que, desde la Intifada, no

tenía sentido. En los primeros lugares de la lista se encontraba el saber que su existencia como disidente le daba al Estado una fachada democrática, al pretender que los acusados podrían recibir un juicio justo. No quería ser “una hoja de parra”, una colaboradora en “un sistema que fuerza a uno a comprometer la propia consciencia, la propia responsabilidad profesional y todo aquello en lo que uno cree”. 

Otra razón era que décadas de odio la habían desgastado. “Cuando, sin haber hecho nada malo, me llamaron la “enemigo público número uno” – desde luego no oficialmente – muchos entrevistadores me preguntaban cómo podía vivir con tanto odio. Nunca dije que fuera fácil pero nunca admití cuánto de este odio me había afectado y cuánto me hería cuando los ojos hostiles quemaban mi piel y cuando las sonrisas desaparecían de la cara de las personas cuando me acercaba”. 

Recordó agradecida el amor que había recibido de sus padres y de su esposo y anunció que se mudaría a Alemania. Su hijo Michael vivía en Alemania pero su elección también era simbólica: una declaración que como mujer judía viviría más libremente en Alemania que en el llamado 

Estado judío. En Alemania – dijo – los jueces no le gritarían y por lo menos no tendría que llamarlas “Su Señoría”. Ya no creía que el estado israelí pudiera reformarse desde dentro y estaba dispuesta a llevar a cabo su lucha por otros medios. Se convirtió en profesora de la Universidad de Bremen y se dedicó a enseñar acerca de los peligros de los sistemas que utilizan la apariencia del debido proceso para ocultar las injusticias. 

En 1990, poco después de su llegada a Alemania, recibió el Right Livelihood Award, también conocido como el Premio Nobel Alternativo, “por su coraje ejemplar al abogar por los derechos básicos del pueblo palestino”. El premio le brindó una plataforma fuera de Israel. Dio conferencias constantemente, escribió más libros sobre Palestina y recibió gratificantes reconocimientos. 

En el 2009, a pesar de la feroz oposición de los sionistas, se le confirió la Cruz al Mérito Federal de Alemania. A pesar de los retrocesos sucesivos nunca depuso su convicción acerca del triunfo de la causa palestina. Refiriéndose a los israelíes dijo “todavía no entienden que todo es en vano, que todo eso es inútil cuando un pueblo lucha por su libertad”. 

A medida que envejecía comprendió que no viviría para ver esa libertad. Uno de sus nietos, usando el viejo sobrenombre polaco que Mieciu le daba, le dijo “Kitka, tu no lo verás pero nosotros lo veremos”. 

En el 2018, a la edad de 87 años se le diagnosticó un cáncer; fue operada con éxito y el cirujano le pidió su autorización para presentarla en la Facultad de Medicina de modo que los estudiantes pudiesen conocer el método empleado en la intervención. Con el espíritu de bien público que definió su vida entera Felicia Langer se avino a participar. Después de estar sentada largo rato ante la clase, mientras el médico desarrollaba su disertación, pidió para hablar y se le entregó el micrófono; entonces exhortó a los estudiantes: “nunca olviden al pueblo palestino”. Esa fue su última intervención pública. Falleció el 21 de junio del 2018 y yace en una colina sobre Tübingen junto a su amado Mieciu.

 

 

 

 

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