MAGA en la Acrópolis

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En una reciente visita a Atenas, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, ensalzó a la antigua Grecia como la cuna de la civilización occidental y se inspiró en ella para definir a los Estados Unidos actuales como líderes de Occidente. El discurso de Rubio en el Pnyx, una colina al oeste de la Acrópolis donde se practicó la democracia por primera vez, fue un intento audaz y elocuente de remontar las raíces ideológicas de MAGA hasta la democracia ateniense, así como hasta la cristiandad, los grandes descubrimientos y las conquistas imperiales. Y se trataba de «nosotros» y «ellos»: Occidente y el resto.

Según Rubio, los valores que hicieron grande y dominante a Occidente incluyen «una individualidad feroz y una ambición implacable», «la exploración y la invención audaces» y una «curiosidad insaciable por el mundo y los principios por los que se rige». Todo eso está muy bien, pero Rubio no hizo mención alguna a la cooperación, la solidaridad o el bien común.

De hecho, tanto él como todo el movimiento MAGA parecen considerar la interacción humana como una lucha constante en la que gana el mejor (o el más fuerte), y el resto queda en el olvido.

La misma lógica se aplica a los asuntos internacionales. En palabras del propio Rubio, Estados Unidos ha optado por «la búsqueda sin complejos del poder nacional». Si el objetivo es salvar la civilización occidental y mantener su dominio, las relaciones internacionales se convierten en un juego de suma cero —salvo la alianza transatlántica, que Rubio considera que debe reforzarse—.

Del mismo modo, no debería cederse más soberanía a las «burocracias globales» —presumiblemente las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Corte Penal Internacional, que han dicho o hecho algo que ha enfurecido al presidente de EE. UU., Donald Trump, aunque Rubio optó por no nombrarlas—. Para hacer coincidir las palabras con los hechos, Rubio anunció nuevas y drásticas sanciones contra la CPI tan solo unos días después de abandonar Atenas y tras conocerse la noticia de que un antiguo juez de la CPI había ganado el Premio Nobel de la Paz. Como era de esperar, el discurso de Rubio no hizo mención alguna al derecho internacional.

Aunque el discurso de Rubio se pronunció a miles de millas de Estados Unidos, estaba dirigido en gran medida a un público estadounidense: una sociedad profundamente dividida y enormemente desigual. La Acrópolis ofreció un escenario espectacular para un líder político que intentaba reforzar no solo la posición de «MAGA», sino también la suya propia. Pero, a diferencia de otros funcionarios de la Administración Trump, que han sometido a los europeos a insultos y amenazas, Rubio ha adoptado un enfoque diferente, haciendo hincapié en la herencia civilizatoria compartida.

En su discurso, Rubio animó a Estados Unidos y a sus aliados europeos a abrazar el thumos, que tradujo como «el fuego de la pasión, la fuerza, el valor y el orgullo» y que, según él, fue la fuerza motriz del éxito de la antigua Atenas. Pero si hubiera leído el relato del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso, quizá se habría topado con otra palabra griega: «hubris», fuente de la decadencia política interna y de la ambición imperial desmedida que provocaron la caída de la antigua Atenas y su democracia.

En lugar de mirar hacia dentro, Rubio y el resto de la Administración Trump se han centrado en Europa. En su opinión, el continente está en declive y se enfrenta a la cruda perspectiva de la «desaparición de la civilización», tal y como se describe en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca el año pasado.

La lista de supuestos pecados es larga: Europa se ha aprovechado de EE. UU. en materia de defensa (lo cual, por desgracia, es cierto) y es incapaz de plantar cara a las grandes potencias, incluido EE. UU. Los europeos se muestran demasiado arrepentidos por su pasado colonial y hablan demasiado de los derechos de las minorías, las políticas de bienestar, la regulación digital y el cambio climático. Han sido «invadidos» por inmigrantes e influenciados por la cultura «woke». Y, lo más importante, los europeos han cedido demasiada soberanía a la burocracia de la UE en Bruselas. En resumen, representan todo aquello que el movimiento MAGA desprecia.

Pero Europa ha aprendido algunas lecciones de la carnicería de las dos guerras mundiales sobre la proyección desenfrenada del poder nacional. Quedan pocos misioneros en el continente. Y los gobiernos europeos han llegado a comprender que la unión hace la fuerza a la hora de enfrentarse a un mundo cada vez más anárquico y altamente asimétrico.

¿Qué propone Rubio en su lugar a los europeos? ¿Limitarse a delegar la responsabilidad en el líder de Occidente y convertirse en seguidores obedientes? ¿Y en qué situación quedaría entonces los países no occidentales? ¿Qué conclusiones se supone que deben sacar?

El mundo no está volviendo a un orden bipolar como el de la Guerra Fría. Los indicios de multipolaridad están por todas partes. El discurso cargado de ideología de Rubio, pronunciado en un escenario que evoca el origen de «Occidente», no va a cambiar eso.

Por Loukas Tsoukalis 
Presidente de ELIAMEP, un centro de estudios griego especializado en política exterior, y profesor asociado de la Escuela de Asuntos Internacionales de París, en Sciences Po.

Fuente: Project-syndicate

 

 

 

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