«Los colores del tiempo»: La sensibilidad que nos une

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 La temporalidad y la intemporalidad, el arte como disparador de sensaciones oculares y emociones, la herencia genética, el abandono, el amor, el desencuentro y el reencuentro son los siete pilares argumentales de “Los colores del tiempo”, el sensible film del realizador francés Cédric Klapisch, que recupera la cercanía entre las personas, cada vez tan distantes en nuestro tiempo y construye dos línea narrativas paralelas nacidas de una matriz común.

Esta película, que es inclasificable, podría ser clasificada, a priori, como una comedia costumbrista algo agridulce, impregnada de profundo romanticismo, aunque es bastante más que eso, No en vano, se ambienta en dos espacios temporales, uno de ellos ambientado en las postrimerías del siglo XIX, que coincide con los umbrales de la Belle Epoque.  En tanto, el otro está ambientado en la caótica posmodernidad del siglo XXI, Son dos tiempos históricos radicalmente diferentes, impregnados de esplendores, pero también claros y oscuros como todas las épocas de la humanidad,

En efecto, la  Belle Époque fue un período histórico de gran optimismo, paz relativa, progreso técnico y florecimiento cultural en Europa, que abarcó desde el fin de la guerra franco-prusiana en 1871, hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914.

En ese contexto, hubo un vigoroso progreso científico y técnico, en el marco de la Segunda Revolución Industrial, cuando afloró el comienzo del uso de la electricidad, del automóvil,  del teléfono y de la fotografía e incluso despuntó la magia del cine. También hubo vertiginosos avances científicos, 

Ese marco tan singular coincidió con el auge de París, que se convirtió en el centro mundial de la cultura, destacando el movimiento Art Nouveau, el impresionismo y la vida bohemia en cafés y cabarés, como el Moulin Rouge. Incluso, se popularizó la práctica de deporte, así como las exposiciones universales y la vida social al aire libre, con una burguesía que estaba en el cenit de la escala social,  Sin embargo, en el trasfondo de la bonanza y la fe ciega en el progreso, existían profundas desigualdades sociales y hasta tensiones imperialistas ocultas bajo la llamada “Paz armada”.

Fue un período casi de ensueño, pero, como en todas las sociedades, no fue un modelo, porque, por un lado estaban las clases altas que disfrutaban de todos los privilegios y por el otro, quienes vivían en la periferia. Pero, como todo sueño, fue un período efímero, abruptamente interrumpido por la Primera Guerra Mundial,  en 1914,

Obviamente,  un siglo y medio después, el presente, por lo menos en los países desarrollados como Francia, es muy diferente. Si bien persisten algunas asimetrías sociales y la burguesía sigue siendo la clase dominante, ya no existe esa visión idílica sobre la cultura, ya que la nueva cultura, aunque exista aún espacio para el arte, es la tecnología. Las sociedades marchan a la velocidad del vértigo que les impone el mercado, que no deja casi espacio para el desarrollo de la sensiblidad.

Sin embargo, los colores del tiempo a los que alude el título de esta película,  se cruzan por casualidad o más bien por causalidad, cuando treinta personas que no se conocen ente sí reciben la noticia que han heredado una propiedad  en un paraje semi-rural de Normandía, que perteneció, en el pasado, a una mujer que vivió las mejores experiencias de su existencia en el siglo XIX.

El inconveniente es que esta vasta propiedad, que por su superficie tiene un potencial valor económico, está cerrada y abandonada desde 1944 y virtualmente invadida por la maleza, lo cual, a priori, la devalúa. No obstante, las autoridades del ayuntamiento, conscientes de esta situación, quieren aprovechar la oportunidad y manifiestan su interés por adquirirla, para luego demolerla y construir allí un centro comercial.

El relato, que se desarrolla en dos tiempos históricos paralelos, uno de ellos en las postrimería del siglo XIX y el otro en la actualidad, comienza en un museo de arte atestado de turistas, que incluye una sesión de fotos para publicitar ropa. En ese marco, una modelo que posa y pega saltitos delante de “Les nymphéas” de Claude Monet, pieza fundamental del Musée de l’orangerie, se acomoda una y otra vez a sugerencia del fotógrafo para logar las mejores imágenes. En este caso, las piezas pictóricas exhibidas  componen la colección conocida en castellano como “Los nenúfares”, integrada por 250 cuadros pintados al óleo  Estas obras, que fueron creadas durante los últimos treinta años de la vida del célebre Monet,  muestran el jardín acuático y el estanque con el puente japonés de ´su casa en Giverny, Francia.

Sin embargo, esta auténtica proeza artística es usada como mero telón del fondo casi decorativo, porque en este caso lo realmente trascendente es la colección de vestidos que tan graciosamente luce la modelo, En un momento,  la joven advierte que el color de su indumentaria no combina con los colores de las piezas pictóricas y se manifiesta sumamente molesta. Cuando el fotógrafo le sugiere que cambie sus vestidos para lograr una armonía cromática perfecta, la modelo insólitamente que pregunta si no es posible cambia los colores de los cuadros, lo cual demuestra su absoluta ignorancia y su falta de sensibilidad. Esta reflexión corrobora, que, en el presente, una foto vale más que un cuadro, porque la tecnología permite sacar decenas de imágenes en apenas unos segundos. Si bien la fotografía es también una expresión artística, no tiene punto de comparación con un cuadro, que nace de la inspiración, el genio y el talento de un pintor.

¿Tiene algo que ver esta secuencia inicial con el ulterior desarrollo de la película? Mucho, porque el relato juega con los territorios epocales, pero también con los colores de la naturaleza, de las fotos de hace un siglo y medio y con el arte pictórico, que en Francia conoció su auge precisamente en le Belle Epoque. 

Ese será el desafío de cuatro de los integrantes del grupo de herederos, a cuyo cargo estará la reapertura de la inmensa casa, luego que esta permaneciera ochenta años deshabitada.

Ellos son Seb (Abraham Wapler), un joven creador de contenidos digitales y fotógrafo profesional; un apicultor Guy (Vincent Macaigne), un docente de Literatura de un colegio secundario llamado Abdelkrim (Zinedine Soualem) y Céline (Julia Piaton), una ingeniera en tecnología con una visión nada convencional. Todos se manifiestan fascinados por la historia de Adèle (Suzanne Lindon), una veinteañera que fue la última moradora de la propiedad, quien, en 1895, abandona su pueblo rural para conocer París y descubrir quienes fueron sus padres, ya que fue entregada en custodia a su abuela cuando era una niña.

Pese a que la casa está abandonada e invadida por la maleza, los cuatro tienen la expectativa de desentrañar los misterios que alberga y tal vez hallar allí algunos objetos de alto valor económico. Sin embargo, sólo encuentran un ambiente colmado de suciedad y telarañas, donde descubren otros tesoros que careces de cotización de mercado: los tesoros del pasado y, por  ende, los de la memoria de los antiguos moradores, que son, por supuesto, sus ascendientes, 

En ese contexto, se nutren de fotos en blanco y negro de un mundo de estética sepia, algunas pinturas y numerosas cartas, a través de las cuales van reconstruyendo la historia de  Adèle, la joven provinciana que, a bordo de un destartalado carruaje y con escasas pertenencias, abandona el bucólico paraje donde transcurrió su infancia y su adolescencia, rumbo a la fascínate Ciudad Luz.

Aunque no sabe ni leer ni escribir, se tiene confianza para alcanzar sus objetivo de encontrar su verdadero origen e iniciar una nueva vida en una urbe que ofrece muchas oportunidades,

Julia Piaton

En ese marco, el film se desarrolla siempre en dos dimensiones temporales: la del presente con la peripecia de búsqueda y descubrimiento de cuatro de los herederos y la de la humilde joven que aspira a integrarse a una París de ensueño, con todas las dificultades que ello conlleva para una persona que ha vivido únicamente en el campo e ignora los códigos de una gran ciudad, que, por entonces, era una emblemático centro cultural, en plena revolución industrial, con el impresionismo como arte pictórico de vanguardia. La protagonista es sorprendida por esta geografía urbana, donde ya circulaban los primeros automóviles, ya se comenzaba a estrenar la luz eléctrica y los primeros teléfonos y hasta se avecinaban las primeras funciones de cine. Incluso, se reproducía la imagen a través de la fotografía, que, por entonces,  también era una novedad.

A quienes nacimos en el siglo XX, todos estos avances no nos parecen sorprendentes, por más que ahora hay televisión a color, computadoras, teléfonos celulares y tecnología por doquier. Sin embargo, para esta joven todo era como una suerte de cuento de hadas, a lo cual se sumaba un ambiente cultural en plena ebullición, con glamorosas fiestas, exposiciones de arte y otros pasatiempos que alimentaban la sensibilidad.

Empero, aunque conecta bien con algunos jóvenes de su edad que pertenecer a un estatus social más alto, esta  chica afronta conflictos y situaciones familiares bastante inquietantes, porque la búsqueda  sus orígenes se torna tortuosa y la sufre, ya que es una suerte de desamparada, Sin embargo, sus buenos vínculos la protegen y la apañan, para que no sufra tanto.

El relato, que realmente son dos relatos paralelos, le otorga mayor preponderancia al pasado que al presente, porque la génesis de la indagatoria que asumen los herederos de la propiedad está precisamente en ese distante territorio temporal.

Más allá de dolores subyacentes, la protagonista, que nació y creció en paisajes de hermosa belleza, ignora que hay otro mundo radialmente diferente. El mundo de una gran ciudad, que comienza a despuntar rumbo a la modernidad, que cambia las velas y las lámparas de aceite por la luz eléctrica, los carruajes por automóviles y comienza a comunicarse mediante rudimentarios teléfonos. Todas estas son  pequeñas revoluciones, que, por supuesto, mejoran la calidad de vida de los ciudadanos, particularmente de los socialmente privilegiados.

Los cuatro herederos encargados de investigar y determinar el destino de la propiedad con el consenso de los otros veintiséis parientes que aguardan expectantes el desenlace, fungen como una suerte de arqueólogos, porque  indagan, a partir de fotos, cartas y objetos, acerca de las personas otrora cobijadas por esas paredes, sus conflictos, sus encuentros  y desencuentros y sus eventuales amores y desamores, En realidad, ya no piensan en el valor material de lo encontrado en esa casona, sino en el valor espiritual, pese a que, entre polvo y telarañas, afloran una pieza pictórica emblemática del artista impresionista  Claude Monet: “Impresión: sol naciente”, que representa un amanecer en el puerto de Le Havre. En buena medida, este formidable cuadro  simboliza el parto del impresionismo y la inauguración del arte moderno, que sintoniza con un momento histórico de auge de una ciudad que, además de avanzar en materia de adelantos técnicos, deviene en un gran centro cultural, que, por su esplendor, marcó un punto de inflexión en la época.

En se contexto, los cuatro parientes adoptan la decisión de vivir una experiencia inédita: consumir ayahuasca, una bebida tradicional de la selva amazónica, que se prepara hirviendo juntos una liana y un arbusto y genera, en quienes la beben,  un estado de visión mental profunda y de conexión espiritual.

Suzanne Lindon

 

Eso les permite viajar en el tiempo, en un estado de sueño, y conectar con el período más glorioso de la Ciudad Luz, e incluso interactuar imaginariamente con personajes célebres de la cultura y del arte, en fastuosas exposiciones donde se exhiben auténticos tesoros de la pintura impresionista.

Aunque todo es un sueño que transcurre en otra dimensión temporal, en esos espacios privilegiados descubren incluso a Adéle, la última moradora de la casa heredada, inmersa en un mundo que logro mutar a una mera provinciana en una mujer de la alta sociedad parisina.

No es un dato menor que el origen de esa curiosa fascinación, además de las cartas, fueron esas primeras fotografías, que al reproducir paisajes y personas con total y absoluta fidelidad, comenzaron a competir con la pintura, que, hasta ese momento, era el único arte capaz de representar la realidad,  obviamente con la salvedad que la pintura es subjetiva y nace de la inspiración de su creador y la fotografía sólo se limita a retratar la realidad tal cual es y la observa el ojo humano, con un acotado espacio para la creatividad y la imaginación.

En este relato, aflora un juego de lógicas asimetrías pero también de simetrías, por ejemplo entre el joven fotógrafo Seb, el único amante de la imagen del grupo, y la ya legendaria Adele, porque ambos fueron criados por sus abuelos y no conocieron a sus padres, pero igualmente lograron construirse a sí mismos como personas independientes.

Más allá de algunos desajustes en materia de libreto, “Los colores del tiempo” es una película inusual y una auténtica rareza para nuestro tiempo, anegado por productos comerciales de bajo nivel que bastardean la magia del cine. En efecto, se trata de un film de fina sensibilidad, no solo por lo meramente estético sino por lo que trasunta en materia de valores, porque  hay más interés por conservar esa propiedad como una construcción simbólica que como un objeto de mercado.

Sin embargo, esa circunstancia que le permitió reunirse a esos treinta herederos, que a la sazón, son familiares lejanos, resulta ser una experiencia singularmente enriquecedora, en un tiempo histórico en el cual las personas están cada vez más distantes y casi todo se limita a comunicaciones a distancia, en las cuales sólo se escuchan voces grabadas y los rostros  devienen en minúsculas imágenes proyectadas en pantallas de celulares. 

La cercanía física es cada vez más esporádica y los abrazos, tan necesarios entre la gente que se quiere, constituyen una rareza. Empero, el epílogo de la narración corrobora que no está todo perdido, cuando el docente de literatura que se jubila, es ovacionado y aplaudido por los estudiantes y por sus colegas, como si se tratara de un héroe.

“Los colores del tiempo”, que cuenta con un reparto actoral realmente competente, es un ensayo también sobre la diversidad, que tiende puentes entre personas muy diferentes, de diferentes clases sociales y también con diversas aspiraciones en sus vidas,

A todas estas virtudes, se suma una estupenda fotografía, una portentosa reconstrucción de época de la luminiscente Belle Epoque y un mensaje realmente esperanzador en torno al reencuentro de los seres humanos, en un tiempo histórico signado más por el conflicto que por la concordia y la empatía.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Los colores del tiempo (La venue de l’avenir) Francia2025). Dirección: Cédric Klapisch. Guión: Cédric Klapisch y Santiago Amigorena.. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Edición: Anne-Sophie Bion. Música: Rob. Reparto actoral: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Julia Piaton, Vincent Macaigne, Zinedine Soualem, Paul Kircher, Vassili Schneider, Sara Giraudeau, Cécile de France, Vincent Perez y Olivier Gourmet

 

 

 

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